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9. La lucha denodada por la paz

 



 

1917. Estados Unidos entra en guerra

 

El primer ministro austriaco, el anciano Koerber, le había aconsejado que no cambiara nada del antiguo sistema, pero la ruptura se había hecho inevitable y el pasado 13 de diciembre Koerber le había presentado su dimisión, y Spitzmüller había formado un nuevo gabinete.

Decidió sustituir a Burian, ministro de Asuntos Exteriores, partidario de la postura alemana, por Ottocar Czernin, un aristócrata checo de amplia experiencia política, antiguo colaborador de Francisco Fernando, que adquirió cada vez más peso y logró que Carlos nombrara a Clam-Martinitz primer ministro de Austria. La figura política de Czernin, que había sido ministro plenipotenciario en Bucarest en 1913 y era miembro ad vitam de la Cámara de Magnates, es una de las más complejas, confusas y discutidas del gobierno de Carlos.

Las relaciones con su aliado alemán seguían siendo de franca debilidad. Un suceso entre muchos lo puso de manifiesto: el 8 de enero de 1917 el Alto Estado Mayor Alemán decidió reanudar la guerra submarina. “Los expertos aseguraban que bastaban seis meses de guerra submarina ilimitada para conseguir la rendición de Gran Bretaña. Era el remedio único ante la imposibilidad de conseguir la victoria en tierra y de romper el bloqueo naval a que los aliados tenían sometida a Alemania”.

Para llevar a cabo esa guerra en el Mediterráneo, los alemanes solicitaron que Austria abriera sus bases navales de Trieste, Pola y Cattaro, y el 20 de enero se celebró un consejo de ministros en Viena presidido por Carlos, en el que estaban presentes el secretario de Estado alemán, Zimmerman; el almirante alemán Holtzendorf; el almirante austriaco Haus; y el jefe del Estado mayor austriaco Hoetzendorf.

Holtzendorf dijo que con los ataques submarinos conquistarían Inglaterra en menos de seis meses. Lo mismo opinaban Haus y Hoetzendorf. Carlos levantó la sesión sin concluir nada y llamó a Holtzendorf para comunicarle su rotunda negativa a ese tipo de guerra, consciente de que conduciría a la derrota, mediante una guerra abierta con Estados unidos.

El Almirante le repitió sus argumentos y al ver que Carlos no cedía, le dijo que, a fin de cuentas, no necesitaban su consentimiento: aquella misma mañana el Alto Estado Alemán ya había dado órdenes de empezar la ofensiva. Pensaba –gravísimo error- que los escasos efectivos militares de los norteamericanos en aquellos momentos (130.000 hombres) y el tiempo que necesitaban para reclutar nuevos hombres y atravesar el Atlántico haría inútil su ofensiva,

Carlos viajó hasta el frente italiano, durante la batalla de Isonzo, y regresó a Viena con la idea firme de poner fin a aquellas matanzas: "No podemos seguir así eternamente – le dijo a su ayudante militar—. Necesito saber si la otra parte está dispuesta a hacer la paz"

Pocas semanas después, en el mes de febrero, Guillermo II visitó Viena en viaje oficial para pedirle que Austria rompiera sus relaciones con Estados Unidos. El Kaiser consideraba el conflicto desde el punto de vista de sus militares, profundamente nacionalistas, aunque mantenía buenas relaciones con él.

Carlos se negó a su propuesta, porque seguía intentando una paz negociada, frente a la diplomacia alemana que buscaba la victoria militar a cualquier precio.

-- Desconfía de las mujeres que se meten en política –le comentó el Kaiser a continuación- y procura no dejarte influenciar por ellas.

--No te preocupes –le dijo Carlos, que sabía que el comentario se basaba en las murmuraciones que corrían sobre Zita- porque la única que quiere meterse en política es la archiduquesa Isabel, y yo procuro evitarla todo lo que puedo.

Según Troud, que recoge esta conversación, el Kaiser se quedó en silencio, porque sabía que esa duquesa, tan activa políticamente, era germanófila.

Se sucedieron los encuentros. El 2 de abril –día en que Estados unidos declaró la guerra a Alemania- Carlos y Zita devolvieron la visita al Kaiser, que se encontraba en Homburg. Carlos se mantenía firme: "Si los monarcas no hacen la paz – le comunicó a Guillermo por carta en abril de 1917- la harán los pueblos".

El caos se iba generalizando en unas sociedades que sufrían penalidades de todo tipo por una guerra que no parecía tener fin. Los alemanes multiplicaron los hundimientos de buques mercantes (sólo en abril hundieron casi un millón de toneladas), provocando las barreras de minas, los convoyes, las cargas de profundidad y los vuelos de reconocimiento. A fines de año –pensaban- habrían acabado con la flota mercante británica.

El Alto mando germano no le había dado, en uno de sus errores más fatales, la importancia requerida a la declaración de guerra de los norteamericanos, porque subestimaban su potencia bélica, y pensaban -como señala Dugast-, que los yankis no podrían trasladar a Europa sus soldados antes de que finalizara el conflicto. Pero los norteamericanos reaccionaron con inusitada rapidez; promulgaron una ley de servicio militar obligatorio y pusieron los medios para transportar a cientos de miles de soldados a través del Atlántico. En ese mismo mes estallaba la revolución en Rusia.

Mientras tanto, las consecuencias de la guerra se dejaban notar entre la población austriaca, cada vez más exasperada por la duración y marcha del conflicto. La industria de armamentos estaba en crisis. Como en otros países en guerra, muchas mujeres y adolescentes se habían visto obligados a trabajar, y la carestía de alimentos obligaba al racionamiento.

Carlos pensaba que el país no soportaría otro invierno en aquella situación, en contra de la opinión de Guillermo II, que le aseguraba que la ofensiva aliada no iba a ser tan terrible: Francia –repetía sin cesar— estaba al límite de sus fuerzas.

Siguió intentando en vano que Alemania le permitiera dar los primeros pasos de una negociación con Francia e Inglaterra. Sin su poderoso aliado esa negociación era impensable. Austria estaba ligada con Alemania por medio de una serie de pactos firmados por Francisco José y sus tropas combatían junto con las alemanas en diversos frentes. No podía pretender firmar un armisticio por separado con la Entente.

Pero era demasiado tarde. Los checos pedían su reconocimiento como pueblo soberano. Polonia reclamaba la unificación de sus territorios. Y Hungría deseaba separarse de Austria. Se acercaba el fin

El Parlamento austriaco, mientras tanto, se sumía en el caos. Carlos expuso su proyecto de un Estado confederado, en el que los diversos países gozaran de autonomía y de igualdad. Propuso el derecho de sufragio en Hungría y la reforma del censo, para que las minorías estuviesen mejor representadas en aquella Cámara. Era injusto que los húngaros tuvieran más de 400 diputados, mientras que los ocho millones de eslavos y rumanos que vivían en tierra húngara sólo tenían seis.

Pero Tisza –un hombre valioso políticamente, pero de otra generación, conservador a ultranza- se negaba en rotundo a cualquier modificación en la Cámara que supusiese una disminución del peso de Hungría, y tras un periodo de tensiones, dimitió en el mes de mayo. Le sucedió Maurice Esterhazy.

 

Medio año después de su coronación, el 31 de mayo de 1917, durante la inauguración de la Asamblea de los Diputados –que no se había convocado desde hacía tres años- Carlos no pudo manifestar su deseo de impulsar el desarrollo de unas nacionalidades libres, con los mismos derechos, dentro de la unidad del Estado. Los dirigentes húngaros –que temían perder sus privilegios- se lo impidieron y tuvo que conformarse con pronunciar un discurso literario, formal y vacío.

Su postura se alejaba tanto de las tesis de los nacionalistas austro-pangermanistas, como de las que defendía el gobierno húngaro, que se resistía a hacer la menor concesión a los residentes no húngaros en su país y no estaban dispuestos a acometer las reformas sociales necesarias. Estaba de nuevo, con las manos atadas; con Czernin en contra de sus tesis y uno de sus consejeros, Polzer-Hodit, víctima de una campaña denigratoria. Su figura política se debilitaba.

 


 

El 25 de junio las tropas estadounidenses desembarcaron en Francia y Grecia declaró la guerra a los aliados cuatro días después. Estados Unidos estaba poniendo en marcha un ejército gigantesco de cuatro millones de hombres (tres millones y medio de civiles, y medio millón de marinos). Hicieron grandes préstamos a los aliados y la flota pasó de un millón a diez millones de toneladas.

Carlos estudió que alternativas honorables podría ofrecer a sus aliados. En verano del 1917 les propuso que si Alemania llegaba a un acuerdo con Francia sobre Alsacia y Lorena, Austria estaría dispuesta a renunciar a Galitzia para posibilitar el nacimiento de un reino polaco unificado, que estaría ligado a Alemania mediante una unión personal. Guillermo rechazó de plano esa posibilidad.

Cada día se veía obligado a firmar órdenes que llevarían a la muerte casi segura a miles de sus hombres en los diversos frentes. Esto le llevaba a buscar, uno tras otros, los caminos posibles para la paz. Sustituyó al Jefe del Estado Mayor, Conrad von Hötzendorf, el "Ludendorff austríaco", por el general Arz. Pero todos sus intentos de tender puentes fueron cayendo en el vacío.

Esa inquietud interior se puso de manifiesto cuando estuvo a punto de perder la vida en un accidente de automóvil. El 10 de noviembre se dirigía con dos soldados a través de un río, que había atravesado sin dificultad tres días antes. Al llegar a la mitad, el auto se detuvo inesperadamente. Intentaron acercarse a la orilla, pero una crecida de la corriente comenzó a arrastrarlos. Se salvaron de milagro, al encontrar en medio del río un saliente al que agarrarse.

“Soy militar desde hace mucho tiempo –le comentaba al día siguiente a Windisch- y me alegro de haber estado de nuevo en peligro. Resulta muy doloroso tomar decisiones en un lugar seguro y enviar cientos de miles de personas a la muerte. Me he sentido, de nuevo, un soldado. Si me hubiera ahogado ayer hubiera dado mi vida frente al enemigo, cumpliendo mi deber de jefe militar. Ningún archiduque ha muerto, ni ha sido herido en esta guerra.”

 

Mis hombres

Esta expresión, en su acepción castrense, sin connotaciones paternalistas, pone de relieve una de las preocupaciones esenciales de Carlos: velar por su pueblo, y de modo muy particular, por sus soldados. Aunque había sido coronado rey al viejo estilo, su concepción del ejercicio del poder era asombrosamente moderna. A diferencia de los gobernantes de la Europa de su tiempo, tuvo un contacto estrecho con sus soldados: los había visto morir en los frentes de guerray luchó con todas sus fuerzas por salvaguardar su dignidad.

Con un sentido del honor genuinamente militar, quiso ser fiel a los hombres que le juraban fidelidad hasta la muerte. Este sentido de la fidelidad, de la lealtad,que fue clave de su grandeza en lo personal, fue también, en gran medida, la causa de su derrota en el aspecto político, como veremos más adelante.

Intentó humanizar la situación de los prisioneros de guerra; se opuso a las represalias contra civiles y prohibió el duelo, uno de las cuestiones más debatidas, especialmente en ámbitos militares. No dudó en rehabilitar al capitán Ledóchowski, degradado años atrás por oponerse a esta práctica.

Abolió las penas corporales a los soldados, muy arraigadas en la mentalidad castrense. Una de las más habituales consistía en esposar las muñecas con los talones.

Para Carlos sus soldados no fueron nunca una masa anónima.Era un jefe exigente y al mismo tiempo, humanitario, que no confundió jamás, en aquellos años de brutalidad generalizada, la disciplina con la barbarie. En Isonzo no dudó en poner en peligro su vida para salvar a un soldado que se estaba ahogando. Durante una marcha por el valle de Astico hacia Arserio se fijó en un soldado de cierta edad que avanzaba torpemente por un sendero. Descubrió que tenía los pies completamente llagados. Llamó al oficial médico: “ni usted ni yo –le dijo- seríamos capaces de caminar con los pies en estas condiciones. Envíelo lo antes posible a un hospital».

No hacía excepciones ni con su propio hermano: al enterarse de que Max pasaba largas temporadas en Viena, alejado de sus deberes militares, le envió rápidamente al puesto de guerra donde le correspondía estar. Y no dudó tampoco en enemistarse con los todopoderosos archiduques o con los militares de alta graduación, si consideraba que se aprovechaban de la coyuntura para enriquecerse. Un ejemplo entre muchos fue el affaire del general Auffenberg, que tuvo que comparecer ante un tribunal de honor para explicar sus relaciones con la fábrica Skoda.

La guerra se había convertido en un gran negocio para los potentados, los especuladores y los marchantes del mercado negro. Eso explica que Windisch-Graetz, encargado del suministro de las tropas, al ver la escasa calidad de la comida que le servían a Carlos, le dijera que había que actuar rápidamente contra los cocineros de la Corte que sustraían alimentos.

-- Entre los funcionarios de la Corte –le hizo notar Carlos- hay muchos pobres con hijos y usted lo sabe bien: por eso, no hay que poner el grito en el cielo porque roben un poco de azúcar o de café. Lo verdaderamente escandaloso son los negocios detestables que realizan ciertos señores distinguidos y codiciosos en perjuicio del pueblo. ¡Eso es lo que hay que combatir con energía! Y ése es su trabajo, Windisch, tanto en Hungría como aquí. No soporto que haya archiduques y condesespeculadores.”

Y como la mujer del César, además de honesta, debe parecerlo, licenció en 1918 a un archiduque de Austria por la rama toscana, el coronel Leopoldo Salvador, porque, siendo de casa real y militar de alto rango, comerciaba con el Ejército, vendiéndole su producción agrícola.

Todo esto le fue creando enemigos fuera y dentro del Ejército. Algunos mandos no comprendían el sentido de sus medidas, como la prohibición de requisar las casas de los pueblos por los que pasaban, rompiendo con la vieja costumbre militar; no suscribían tampoco sus leyes para la protección de la juventud o a favor de la dignidad moral de la mujer. Carlos había ordenado la supresión de los “burdeles del Ejército”, “instituciones” que jefes militares como Bardoff consideraban “higiénicas y razonables”.

El colmo de la irritación llegó con el decreto de amnistía del 2 de julio de 1917 para todos los delitos políticos cometidos desde el comienzo de la guerra. Carlos sabía que esos tribunales habían actuado de forma arbitraria, en especial contra los checos, condenando por “alta traición”, por ejemplo, a un campesino polaco que había rezado por el zar, o a una bailarina que le había dado una mala respuesta al oficial que la acosaba…

Los Clubs económicos se oponían también su línea de gobierno, en defensa de sus intereses. Y fue creciendo de día en día, como señala Dugast, la hostilidad de ciertos elementos de la alta nobleza. Cuando uno de sus hombres más fieles, Windisch-Graetz, llamado “el príncipe rojo” por su preocupación social, le habló del asunto, Carlos le dijo: “estamos en una situación desesperada y Alemania perderá la guerra (…) Me da igual que los que se beneficiaron del antiguo régimen estén a mi lado o que esos Clubs se pongan en mi contra. Lo único que busco es dejarle al pueblo que me han legado mis antepasados un porvenir pacífico, libre y dichoso”.

 

Perfil de un gobernante

Ese cambio de estilo se hizo patente en la vida de la corte. Suprimió las prebendas abusivas de la nobleza y las manifestaciones de boato, introduciendo una etiqueta sencilla y sobria. El encorsetamiento palaciego de la época de Francisco José, con reverencias e inclinaciones de cabeza, además de desfasado, se adaptaba mal a su talante.

—Majestad –le preguntaba el maestro de ceremonias- tiene audiencia con X. ¿La prefiere simple osolemne?

-- Me da igual –respondía- . ¡Lo único que deseo es hablar con él!

Su modo de actuar le valió el mote de “Carlos el repentino”, porque no le gustaba hacer ni hacerse esperar; y como sabía que las paredes oyen, solía conceder muchas audiencias paseando por los jardines de Laxemburg, la residencia donde se había establecido con su familia en marzo de 1917.

Intentó agilizar la burocracia del Imperio, proverbial por su lentitud, pidiendo informes precisos, breves y sencillos. El capitán Werkmann que se ocupaba de lo que podríamos llamar “Gabinete de Prensa” de la Casa Imperial, lo definía como “uno de esos raros monarcas que no sólo soportan la sinceridad, sino que la exigen abiertamente. No soporta la adulación. Argumenta con lógica y escucha las objeciones.

 

Antes de formarse un juicio quería conocer todos los pros y los contras. Recortó los presupuestos de la corte, organizó comedores para personas sin recursos y luchó contra la corrupción en todos sus órdenes, pero no le dio tiempo para realizar los cambios que deseaba. Era un hombre fuerte ("bueno, sin ser débil", puntualiza Werkmann), pero sin los apoyos necesarios en una de las coyunturas más difíciles de la historia de Europa.

Una de sus propuestas más innovadoras fue la creación de un organismo de ayuda social –el primero de ese tipo en el mundo- que ahora suele denominarse, en los diversos países, con el término Ministerio de Asuntos Sociales o similar.

El objetivo con el que soñaba Carlos era muy amplio, y sorprende por su modernidad de concepción y planteamientos: se proponía ayudar a resolver los problemas de la juventud y de las víctimas de guerra; proteger los derechos de los trabajadores y emigrantes, velar por la custodia de inválidos, viudas y huérfanos, etc. Era unproyecto muy avanzado en algunos ámbitos, como la seguridad social,  que se desarrollarían décadas más tarde en algunos países de Europa. Ese organismo debía actuar además como agencia de colocación, ocupándose de los subsidios de paro y de los problemas de vivienda. Pero aquel novedoso Ministerio sólo pudo dar los primeros pasos bajo el gobierno de Carlos.

 

Una eficaz campaña de desinformación

La reacción no se hizo esperar: los alemanes y pangermanistas organizaron en su contra lo que ahora se denominaría una campaña de desinformación Fue orquestada por uno de sus máximos adversarios, el almirante Ludendorff y diseñada al detalle por el coronel Bauer. El “hombre en Viena” fue Wedel embajador de Alemania en Austria.

El objetivo era múltiple: se trataba de denigrar a Carlos como persona, político, gobernante y militar. Para eso había que ensuciar su reputación con sucesivos escándalos; presentar sus afanes a favor de la paz ante el Kaiser y la opinión pública de los imperios centrales como una mera táctica política, en beneficio de las Casas de Habsburgo y Borbón, en contra de los intereses de Alemania; y retratarlo como un gobernante débil, influido por su esposa.

Riepenhausen, consejero de Webel en la embajada, definió el plan de trabajo: “Debemos desacreditar a los Habsburgos ante el pueblo por todos los medios. Pero hay que llevar esta operación con habilidad, para que no se sepa proviene de esta embajada”.

La táctica fue la habitual en unos años que no contaban con la diversidad actual de medios de comunicación. Wedel y Riepenhausen fueron haciendo llegar las diversas calumnias a focos estratégicos de información –cenáculos políticos, elites militares- para que ellos las transmitieran a las personas-clave de la prensa, del gobierno, del Ejército, etc. El clima exaltado de un país en guerra haría el resto.

Era conocido el perfil hondamente cristiano de Carlos y pocos ponían en duda su coherencia moral, al margen las de afinidades o las discrepancias hacia su política. Su sobriedad y rechazo del lujo era patente: había ordenado que en el cuartel general de Baden no se tomara pan blanco, que debía distribuirseentre enfermos y heridos. Era sabido que en su propia casa se comía pan negro y que había dicho que se utilizaran los caballos de la Corte para distribuir el carbón en Viena. Por todo esto gozaba de gran popularidad entre sus soldados.

Aunque alguno de los promotores de la campaña, como Cramon, se retractara luego de sus afirmaciones, los intoxicadores trabajaron mucho y con notable eficacia, porque estos tópicos denigratorios calaron hondamente en la sociedad austriaca y algunos de ellos se siguen repitiendo en la actualidad.

Sele acusó de mujeriego, débil e incompetente; se dijo que estaba dominado por su mujer, "la sombra italiana". Y como se necesitaba un escándalo sexual (a ser posible con adulterio incluido), no faltó la prostituta dispuesta a inventarse una historia truculenta a cambio de dinero. Luego, como suele suceder, esta mujer intentó realizar sus operaciones de extorsión por cuenta propia, mediante cartas falsas.

 

Zita era otro de los objetivos, porque el origen francés de su familia constituía un buen blanco. Bauer lanzó la especie de que estaba conspirando con Cardona, el general italiano. Y como suele ser rara la campaña de calumnias contra un buen católico que no acuda al tópico anti -eclesiástico, se intentó involucrar en la trama a la Iglesia, a los curas y, cómo no, tratándose de Austria, a los jesuitas. Todo esto se formulaba de diverso modo, según los receptores. En sus informes para el Kaiser, Wedel adoptaba un tono aparentemente respetuoso:

“Como es conocido, el monarca está fuertemente influenciado por su esposa. La emperatriz Zita se encuentra por una parte, bajo la influencia de su madre, la duquesa de Parmay otras; sobre todo bajo la influencia de su tía, la archiduquesa María Teresa, a la que se considera la urdidora del matrimonio imperial. Los señores eclesiásticos, entre los que se encuentran los jesuitas, visitan todos los días a la Augusta Dama”.

Otra de las acusaciones era la supuesta “debilidad” de Carlos. Sus esfuerzos denodados a favor de la paz honorable eran sólo una manifestación de su falta de carácter; su negativa en las reuniones con los altos mandos miltiares alemanes a bombardear con aviones y submarinosciudades italianas como Venecia (Carlos no sólo se negó, sino que abandonó la mesa de reuniones para hacer más patente su rechazo a la posibilidad de esos ataques) confirmaba su falta de aplomo. Y para colmo - se aseguraba- Carlos era un alcóholico perdido, un borracho.

Todo esto llegaba a sus oídos y aunque estas maniobras no le sorprendieran (años antes una cantante de ópera ya había propalado por Viena todo tipo de historias falsas sobre él) le apenaban, sin duda; y le preguntaba a un benedictino que le conocía bien:

- ¿Pero cómo es posible que digan todas esas cosas de mí?

La pluma de Werkmann cobra acentos de furia ante una de esas calumnias. “¡Un borracho! –escribía-. ¡Llamar borracho a un hombre que no conocía la gula! A mí, que había sido educado en un medio infinitamente más sencillo, me divertía ver que el Emperador encontraba excelente una comida mediocre hecha en un vagón restaurante o en un hostal de pueblo”. Añade: “No encontraba ninguna diferencia entre unos cigarrillos detestables y otros de primera calidad”.

La ira de Werkmann tiene una clave personal: era sabido entre los que trabajaban en Palacio que la tensión de la guerra le había destrozado, convirtiéndole en un alcohólico. Los rumores partían de un equívoco de nombres (el “Karl borracho” del que se hablaba en palacio en voz baja se refería a Karl Werkmann, no al emperador), pero la fantasía calumniadora, poco amiga de matices, no teníaescrúpulos en achacar al soberano las debilidades de su consejero.

La campaña duró hasta que Schober, Prefecto de Policía de Viena, localizó la fuente de las calumnias y se lo hizo saber al ayudante de campo Hunyady, que le confirmó el dato a Carlos. Una vez verificada la información, el Emperador ordenó que Wedel regresara a Berlín. Pero ya se había sembrado la cizaña a manos llenas en un país que sufría de forma atroz las consecuencias de la guerra.

 

Confluían en su contra intereses muy diversos. Los pasquines antibélicos le pintaban como un Emperador que se había olvidado del sufrimiento de su pueblo. Algunos círculos de poder económico estaban molestos porque hubiera destituido de sus cargos públicos a personas como Sieghart, gobernador de la Boden-Credit-Anstalt, que había creado un trust mediante de la compra de varios periódicos y cuyos métodos bancarios eran considerados como insólitos.

 

En una hoja volandera, que corría de mano en mano por las calles de Viena, se decía:

 

“Nuestros hijos y hermanos están muriendo en los campos de batalla, en las salas de los hospitales de sangre y en trincheras infectas. Y nosotros, aunque estemos alejados de las líneas del frente, padecemos aún aún más que ellos y nos morimos de la misma manera. Su suerte –son reses llevadas al matadero- es preferible a la nuestra.

No tenemos pan con que acallar el hambre, ni combustible con qué ahuyentar el frío, ni ropa, ni zapatos. Nuestros hijos se mueren de hambre porque el pecho de sus madres está seco. Y mientras que los obreros, los miserables, carecemos de lo necesario, hay millares de comerciantes y cientos de miles de detallistas que se están enriqueciendo escandalosamente(...). Esta guerra se declaró por la ambición de un monarca y de algunos políticos y cortesanos; y ahora no se quiere firmar la paz, a pesar de que es evidente de que no podemos obtener la victoria.

Alemania no quiere declararse vencida y por su terquedad estamos muriendo y padeciendo los austriacos, los húngaros, los checos. (...) Dicen que Alemania es la culpable de las desdichas del Imperio. No es cierto. Los culpables son Francisco José y el Conde Tisza; los culpables son el Emperador actual y los políticos que no le dicen que es necesario hacer la paz”.

A medida que avanzaba el conflicto, Carlos era consciente de que el fracaso militar le haría perder su reputación como político: “A pesar de todo lo que he hecho para conseguir la paz –le comentaba a Polzer- me achacarán la responsabilidad de la guerra, lo mismo que al Emperador Guillermo. Los verdaderos responsables… saldrán de escena, para acabar condenándonos”.

 


 

 

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