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8. Emperador y Rey

 



 

Carlos

Según la Pragmática Sanción, que no preveía una coronación, Carlos se había convertido tras la muerte de Francisco José en el nuevo Emperador Carlos I de Austria; tras su juramento sería Carlos III de Bohemia y Carlos IV de Hungría; era rey de otros muchos reinos, y heredaba numerosos títulos y dignidades(algunos de carácter puramente histórico y nominal) como:

 

Rey de Croacia

Rey de Dalmacia

Rey de Galitzia

Rey de Iliria

Rey de Jerusalén

Rey de Lodomeria

Gran Duque de Toscana

Gran Duque de Cracovia

Duque de la Alta y la Baja Silesia

Duque de Auschwitz

Duque de Bucovina

Duque de Carintia

Duque de Carniola

Duque de Cieszyn

Duque de Estiria

Duque del Friul

Duque de Guastalla

Duque de Lorena

Duque de Módena

Duque de Parma

Duque de Plaisance

Duque de Ragusa

Duque de Salzburgo

Duque de Zara

Duque de Zator

Gran Príncipe de Transilvania

Príncipe de Trento

Príncipe de Bresanone

Margrave de la Alta y la Baja Lusacia

Margrave de Moravia

Conde de Breganza

Conde de Tirol

Conde de Dornbirn

Conde de Feldkirch

Conde de Gorizia

Conde de Gradisca

Conde Habsburgo

Conde de Homembens

Conde de Kiburgo

Conde de Montfort

Conde de Sonnenberg

Gran Voivoda de Serbia

Señor de Trieste

Señor de Cátaro

Etcétera.

Su primer acto oficial consistió en presidir la comitiva fúnebre de Francisco José por las calles de Viena. Zita le acompañaba cubierta de pies a cabeza con un tupido velo negro, y entre los dos caminaba el pequeño Otto.

 

 

El traslado del féretro se realizó conforme al protocolo imperial. Doscientos militares a caballo daban paso a la carroza fúnebre, tirada por seis corceles negros. Cuando llegaron a la iglesia de los capuchinos, el cortejo se detuvo frente al portón de entrada, y allí, siguiendo una tradición secular, un dignatario se acercó a la puerta y dio un fuerte aldabonazo.

— ¿Quién es? -preguntó una voz desde el interior.

—Su Majestad Imperial Francisco José, Emperador de Austria, Rey de Hungría, Rey de Bohemia....- y el dignatario siguió enumerando títulos.

—No le conocemos –se escuchó.

 

Se repitió la pregunta, con idéntica respuesta.

El dignatario golpeó el portón por tercera vez.

— ¿Quién es?

— Un pobre pecador.

— Que pase.

Se abrieron las puertas que conducirían el féretro hasta la cripta que ordenó construir en 1619 el Emperador Matías como panteón de los miembros de la dinastía. Había perdido dos grandes guerras durante su largísimo reinado y había muerto mientras se desarrollaba la tercera. Fue enterrado entre su esposa y su hijo, muerto los dos de forma violenta.

 

Ahora, la dignidad imperial le correspondía a Carlos, y ¡en qué circunstancias !Aparecía, ante los ojos del mundo entero, al frente de uno de los bandos de una guerra que estaba sembrando de cadáveres los campos de Europa. Austria se debatía en una situación desesperada, aunque el pasado 27 de octubre hubiesen alcanzado algún éxito militar, como el de Caporetto en Italia.

Escaseaban los alimentos y los ánimos políticos estaban cada vez más tensos. Se recogía la amarga cosecha de largas décadas de políticas desafortunadas. Como señala Troud, las cuestiones vitales de Chekia, de Eslovaquia o Hungría rara vez habían llegado a debatirse en las Cámaras, y los hombres de esos países morían ahora en frentes de naciones extrañas por decisiones que no habían tomado, bajo banderas que no considerabansuyas y por ideales que no les importaban…

 Asumió como imperador, el mando supremo de las tropas, y cambió sucuartel general de Teschen a Baden, cerca de Viena, para seguir de cerca los asuntos políticos y los militares. Relevó a Conrad “para dejar bien claro –como apunta Berenguer- que los militares dejaban de dirigir en adelante la política de la monarquía”. Expuso a los miembros del gobierno sus prioridades fundamentales: acabar con la Guerra cuanto antes y replantear la estructura del Imperio.

"La única solución posible –comenta Troud- era conseguir una paz inmediata que permitiese llevar a cabo unas reformas radicales en el edificio gubernamental. Pero eso, en aquellos momentos, no eran más que buenos deseos: para llevarlos a cabo se necesitaba algo más que la voluntad imperial: hacía falta contar con ayudas eficaces, con seguidores dispuestos a asumir una parte de la responsabilidad, con consejos y consejeros...".

 

 

30 de diciembre de 1916. La corona de san Esteban

Tisza, el jefe del gobierno húngaro, le ofreció su experiencia política y le recordó que la Pragmática Sanción de 1713 establecía que tras el fallecimiento del rey, el nuevo rey de Hungría debía aceptar la corona de San Esteban en los seis meses siguientes, prestando juramento de fidelidad a la Constitución y a las leyes del país.

Polzer se opuso a lo que consideraba un grave error político: aquel juramento le llevaba a defender la integridad del territorio húngaro en un momento en el que los eslavos del sur y los rumanos de Transilvania deseaban emanciparse. Pero Carlos se encontraba de nuevo sin alternativa, y le dijo al gobierno húngaro que estaba dispuesto a ser coronado rey de Hungría, pero no a prestar juramento a la Constitución húngara, porque deseaba modificarla en el futuro.

El gobierno húngaro le respondió asegurándole que ese juramento formaba parte del ritual de la coronación: era un simple formalismo que dejaba abierta la puerta a futuros cambios.

Carlos aceptó, enviándoles una carta manuscrita, que fue leída en el Parlamento húngaro el 27 de noviembre, en la que distinguía entre la ceremonia religiosa de la coronación y el juramento de la Constitución, que consideraba un acto de carácter laico.

Un mes después, 27 de diciembre de 1916 hizo su entrada oficial con Zita en Budapest. La ciudad –creada en 1873 con la unión de la ciudadela medieval de Buda y la neoclásica Pest, ofrecía un aspecto grandioso. En las últimas décadas se habían construido edificios similares a los de Viena, aunque de estilo más tradicional; y aquel día se mostraba engalanada con arcos de triunfo, tapices y adornos florales. Los documentos fílmicos recogen su llegada, entre el entusiasmo popular.

 

El 30 de diciembre tuvo lugar la ceremonia de la coronación, llena de gravedad y unción litúrgica. Carlos vivió aquel acto con un profundo sentido espiritual. Había estudiado con detalle cada plegaria del ritual que se repetía desde hacía novecientos años.

Era mucho más que una ceremonia de carácter político: gran parte del pueblo húngaro le daba un sentido casi religioso, y para Carlos significaba la asunción de un compromiso de fidelidad con Dios y con su pueblo. Eso explica que aquel acto dejase una huella indeleble en su alma.

El único parangón posible –salvando las distancias- sería el de una consagración episcopal. En cierto sentido, Carlos se disponía a ser consagrado como rey. Comprender en todo su alcance el sentido de esta coronaciónconstituye una clave decisiva para entender la existencia de Carlos a partir de ahora. Ninguno de sus pueblos pesará en su corazón tanto como Hungría.

 

 

A las ocho y media de la mañana el Cardenal entró en la iglesia de Nuestra Señora, mientras sonaba el himno Ecce Sacerdos Magnus. En ese instante, siguiendo la costumbre, Carlos y Zita salían de Palacio precedidos por un cortejo compuesto por medio escuadrón de húsares en uniforme de gala sobre caballos blancos; tras ellos, la guardia real húngara, con largas capas, también de color blanco; y a continuación, el heraldo real, que daba paso a las carrozas de los archiduques.

Al fin, entre el entusiasmo de la multitud, venía la carroza real con un tiro de ocho caballos que había pertenecido a la reina María Teresa.

Carlos iba grave, con uniforme de general de caballería, con el cordón de la Orfen de san Esteban, agradeciendo las muestras de afecto de la multitud con inclinaciones de cabeza y saludos militares. Sita vestía la seda blanca entonces de modo en las grandes ceremonias (por ejemplo, la de su boda, en la que todas sus invitadas fueron de blanco) Otón, el príncipe heredero, con cabellos acaracolados , iba al modo tradiconal de los príncipes húngaros.

Entraron en el templo entre una apoteosis de trompetas y cimbales. Les recibió el cardenal Primado Csernoch. Tras el himno Veni Creator, comenzó la ceremonia, al pie del altar mayor. Uno de los prelados preguntó, en latín, al coro de obispos y eclesiásticos:

-- ¿Deseáis elevar a este muy insigne caballero aquí presente al rango supremo de la realeza?

-- Sí; lo deseamos –contestaron los eclesiásticos, al unísono.

El prelado se volvió luego, como ordenaba la tradición, hacia el arzobispo de Kalocsa:

-- Y vos: ¿creéis que merece recibir esa dignidad?

-- Sí, lo creo –respondióel arzobispo.

El Primado entonó un Deo gratias. Carlos se postró en el suelo y fue ungido con los Santos Óleos.

A continuación le mostró una espada, símbolo de poder y dominio.

-- Accipe gladium (Recibe la espada)

Tres dignatarios, rodeados por los prelados, le ciñeron la espada en la cintura. Carlos, siguiendo el ritual, desenvainó el acero y se volvió hacia la asamblea. Alzó la espada en alto y la blandió por tres veces. La muchedumbre le contemplaba conteniendo el aliento.

Durante unos segundos mantuvo la espada inmóvil en el aire. Luego, volvió a blandirla otras tres, antes de devolverla a la vaina.

Cumplido el rito, unos dignatarios trajeron el manto real, bordado por Gisela, la esposa de San Esteban.

-- Ponedle Señor –oró el Primado, mientras le revestía— el peso de la soberanía y haced que sea un gobernante fuerte, justo, fiel, sagaz e infatigable.

El Primado se adelantó hacia él con la corona, diciéndole:

-- Accipe coronam (Recibe la corona)

Carlos se arrodilló mientras el Prelado lo coronaba. A continuación la puso sobre la espalda de Zit como símbolo del apoyo que la reina debía prestar al rey en su misión.

El Primado le condujo al trono, poniéndole el cetro en sus manos:

-- Recibeel cetro de la Fuerza y de la Verdad, símbolo de la bondad con la que debes tratar a los buenos y del rigor con el que debes castigar a los perversos. Debes guiar a los que viven en el error, levantar a los que desfallecen, confundir a los soberbios y enaltecer a los humildes.

Carlos tomó el cetro con la derecha y con la izquierda la manzana de oro de la realeza, adornada con una doble cruz.

Tizsa gritó: ¡Viva el Rey! El grito fue coreado por los asistentes y por los que aguardaban fuera del templo, entre los repiques de las campanas y los disparos de los cañones.

Las gentes gritaban vivas al nuevo Rey: ¡Eljen! ¡Eljen!

A continuación, como signo de sumisión, fueron haciéndole reverencia con los estandartes, mientras Carlos IV y Zita se aposentaban en sus tronos. Comenzó la Eucaristía, con los primeros acordes de la Misa de la Coronación de Franz Liszt. Al concluir, el Rey nombró a los nuevos caballeros según la usanza medieval.

 

 

Esta ceremonia, con rituales que hundían sus raíces en la Edad Media, tenía elementos más propios de una ceremonia litúrgica que de un acto civil: era una especie de consagración del rey-pastor, que debía gobernar y dirigir su reino conduciéndolo hacia su salvación, tanto en lo temporal y en lo espiritual.

 

A partir de entonces –subrayaba Zita- Carlos debía trabajar para la felicidad de sus súbditos, y no solamente en los aspectos meramente humanos y materiales. Eso significaba “orar, luchar, defenderlos, abnegarse por ellos”. Carlos se consideraba, en palabras de Zita, “soberano por la gracia de Dios, y no por la suya propia, para servir a sus pueblos y a la Iglesia de Cristo; y, siguiendo la enseñanza espiritual de san Roberto Belarmino, llevaría su cetro como la cruz”.

Aunque esta terminología forme parte de la argumentación clásica de las “monarquías de derecho divino”, no era el modelo de monarca que asumía Carlos, que no justificaba el autoritarismo, la dictadura o la tiranía con falsas razones espirituales. Tampoco guarda relación con el teocentrismo de algunosdirigentes islámicos actuales. Para el primogénito de Carlos, el sentido de esta concepción monárquica hay que encontrarlo en la respuesta de Cristo a Poncio Pilato: “no tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto”…

Para Carlos un buen soberano debía esforzarse por actuar según la voluntad de Dios en cada momento; pero, adiferencia de los reyes y gobernantes “de derecho divino” que se consideraban elegidos para detentar su propio poder “por la gracia de Dios”, para élla autoridad seguía residiendo en Dios: no era suya; como gobernante sólole correspondía administrarla según la voluntad divina.

En su concepción política, esa “voluntad de lo alto” se oponía al ejercicio abusivo del deber; al autoritarismo en todas sus formas; y también –aspecto decisivo para entender los últimos años de su vida- a la cobardía moral y la dejación de responsabilidades.

 

A la salida del templo tuvo lugar la ceremonia del Juramento de fidelidad a la Constitución al pie de la Columna de la Trinidad. El nuevo rey Carlos IV fue siguiendo, uno a uno, todos los pasos deaquella costumbre centenaria. Con la corona ceñida y un crucifijo en la mano derecha, hizo un signo trinitario –extendiendo tres dedos— con la mano izquierda.

Montó a caballo tras el escuadrón de húsares y se formó un nuevo cortejo, compuesto esta vez por el alcalde de Budapest, once caballeros con las once banderas de la Santa Corona, los representantes de las ciudades con sus estandartesy la carroza de los altos jerarcas de la Iglesia.

La comitiva se detuvo cerca del Palacio Real, junto a una colina que se había levantado para la ocasión, formada con tierra traída de cada una de las regiones del reino. Carlos, a caballo, subió a la colina, desenvainando la espada y blandiéndola en el aire. Hizo caracolear su caballo sobre los cuatro puntos cardenales como símbolo de su dominio sobre las tierras del reino y pronunció las palabras del juramento:

— Juro por Dios vivo, la Virgen María y todos los santos de Dios… ¡defender y conservar íntegras las tierras de san Esteban!

 

En busca de la paz

Esa misma noche, tras su coronación, se vio obligado a regresar a Viena, porque le habían comunicado que los aliados habían respondido negativamente a su propuesta de paz. Le hubiera resultado más grato, sin duda, gozar de las fiestas que se celebraron en su honor en Budapest (y de hecho, los húngaros interpretaron aquel súbito alejamiento como una nueva afrenta vienesa); pero Carlos no podía retrasar unas horas su respuesta, cuando sabía que estaban muriendo continuamente miles de hombres en los frentes.

"En eldiscurso del Trono –le escribía al Papa- que hemos pronunciado en la apertura del Reischsrat austríaco, hemos (…) manifestado que buscábamos una paz que aleje a todos los pueblos del odio y de la sed de venganza en el futuro, protegiéndoles, en las sucesivas generaciones, de todo llamamiento a la fuerza armada".

La búsqueda de la paz iba a estar siempre presente en sus palabras, incluso en las arengas que debía dar a los soldados que luchaban en los frentes:

-¡Soldados del Ejército y de la Marina! (...) En el deseo de devolver a los pueblos que hoy, en momentos difíciles, continúan virilmente la acción emprendida, para lograr los beneficios de la paz, yo y mis augustos aliados hemos emprendido una tentativa para conseguir una paz honrosa. Ruego a Dios omnipotente acompañe a este paso con una bendición”.

1916 concluyó con una sensación de derrota en ambos ejércitos. Max de Badem, el futuro canciller de Alemania escribió que aquel año terminaba “con la más amarga desolación por todas partes. Nuestra sangre y la de nuestros enemigos se ha ido derramando a ríosy ninguno de los dos ha dado un solo paso hacia la victoria”.

 


 

 

 

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