..Inicio


7. El desenlace inesperado

 



1916. La guerra de desgaste

 

En 1916 fue ascendido a teniente general del ejército y destinado a Galitzia, en el frente oriental, donde se puso al mando de la XII cuerpo de la Armada (Edelweiss). En esa zona se habían sucedido los triunfos militares, que Howard achaca sobre todo a la buena organización y logística de los ejércitos de los imperios Centrales –más que a la pericia de un Lundendorf-y a unos servicios de espionaje que interceptaban con facilidad los mensajes de radio del mando ruso.

En el frente occidental seguía la guerra de desgaste, consistente en procurar que los enemigos agotasen sus recursos. Falkenhayn intentó cambiar a un tipo de guerra móvil, y decidió comenzar el 21 de febrero la batalla de Verdún, con el deseo de causar cinco bajas a los franceses por cada dos alemanas. El general francés Petain le mantuvo en jaque hasta el 16 de diciembre, dejando más de 600.00 bajas –550.000 franceses, cifra muy poco superior a los 450.000 alemanes-, sin avances significativos.

 

Tras másde medio millón de cadáveres, al final de aquella batalla los frentes se mantenían casi en el mismo sitio. Tras su fracaso Von Falkenhayn fue sustituido por Hindemburg, y se nombró a Ludendorf Jefe del Estado Mayor. Y a partir de ese momento, establecieron de facto una dictadura militar en Alemania.

 

Los aliados contraatacaron en el Somme, donde se libró una batalla desde junio a noviembreresultados parecidos. El desaliento comenzaba a cundir entre las tropas.

El 4 de junio Rusia llevó a cabo la potente ofensiva Brusilov. La acción de Carlos fue decisiva para derrotar a Rumania y detener en el frente oriental el avance de las tropas a las órdenes del general ruso.

Las tropas alemanas bajo la dirección de Hindemburg, ocuparon la Polonia rusa y Lituania; Austria-Hungría conquistó Serbia y recuperó Galitzia. El 27 de agosto Italia declaraba la guerra a Alemania y Rumanía entraba en el conflicto del lado de los aliados, invadiendo Transilvania. Y el 15 de septiembre de ese año entró en escena una nueva arma de guerra, usada por los británicos en la batalla del Somme: el tanque, aunque en aquella batalla la utilidad del invento del coronel británico Swinton, a partir del tractor agrícola Holt Caterpillar, fue casi nula. Lo que puso de manifiesto, de nuevo, fue la superioridad de la defensiva: en aquella batalla murieron 420.000 británicos, 195.000 franceses y 650.000 alemanes.

Se sucedían los desencuentros de Carlos con los miembros del Estado Mayor alemán. Uno entre muchos es el que se produjo cuando se propuso un intercambio de oficiales entre los dos ejércitos en el verano de 1916.

En la teoría, ese intercambio resultaría beneficioso para ambos ejércitos, porquelos alemanes aportarían su experiencia en batallas como la de Somme, y los austriacos sus conocimientos de guerra en zonas de montaña. Carlos se oponía, y en su carta al Comandante en jefe de los Ejércitos austrohúngaros le hacía ver que:

la incorporación de oficiales alemanes como jefes de batallón o de compañía de los Regimientos húngaros o eslavos me parece imposible, porque en los momentos críticos estos jefes no lograrán hacerse entender por sus hombres, que se encontrarán sometidos, además, a unas ordenanzas extranjeras.

Por otra parte, poner a oficiales alemanes al frente de los regimientos checos sólo servirá para provocar deserciones en masa. Y, en fin, en el caso de los regimientos húngaros y croatas, existe un obstáculo insuperable: la lengua.

Mi propuesta es que esos oficiales alemanes se asocien a los estados mayores de los regimientos, pero sin otorgarles el mando”.

 

Un presentimiento

 

 

En a mediados de noviembre de 1916, aunque continuaba trabajando y concediendo audiencias como de costumbre, el Emperador, de 87 años, se encontraba mal de salud. Los médicos, Kerzl y Ortner, se resistían a realizar una declaración oficial.

Zita se temió lo peor y el 12 de noviembre le envió a Carlos, que se encontraba en Segesvár (Transilvania), un telegrama cifrado pidiéndole que regresara a Viena cuanto antes.

Al llegar a Schömbrunn, el Emperador le dijo que volviera al frente: eso confirmó sus temores. Poco después, el 20 de noviembre, los médicos le detectaron una grave infección pulmonar.

El 21 de noviembre Francisco José se levantó a las cuatro de la madrugada, y trabajó en su despacho, como de costumbre, hasta las ocho en punto de la mañana. Tenía 38 grados de fiebre, pero no quiso alterar un ápice su ritmo de vida, regular y preciso como las agujas del reloj.

Media hora después recibió a Montenuovo, el chambelán. Este le vio en tan mal estado que decidió llamar al capellán. Cuando este llegó, se encontró, ante su sorpresa, al emperador de pie, en el centro de la sala, aguardándole.

A las once y poco después fueron a verle Carlos y Zita que le pidieron que se sentara. Para el anciano aquella trasgresión de la etiqueta resultaba inconcebible: no debía estar sentado en presencia de una dama. Pero en esta ocasión su estado físico pudo más que la rígida etiqueta que había presidido su vida y que le acompañaría hasta el último momento, porque al despedirse de ellos regresó a su mesa de trabajo, donde continuó estudiando informes y firmando documentos.

Se acostó a la hora prevista y las ocho y media de la noche se despertó agonizante. Avisaron a Carlos y Zita, que estuvieron presentes cuando le dieron los santos Óleos. A las nueve y cinco en punto, tras pronunciar el Amén final de la plegaria, expiró.

Había reinado sesenta y ocho años sin interrupción; el periodo más dilatado de un monarca europeo conocido hasta la fecha.

 

 



 

Ir la Página de Inicio