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6. La Gran Guerra


Francisco Fernando y su esposa,
poco antes de fallecer asesinados



28 de junio de 1914.

 

Loika no pudo dormir en las noches que siguieron al 28 de junio de 1914. Le venían una vez y otra a la mente los recuerdos de la tragedia, en la que él había tenido parte de culpa, aunque los que le rodeaban trataban de quitarle esa idea de la cabeza: era absurdo que se preocupara, le decían: aquello se veía venir, hubiera sucedido tarde o temprano, con él o sin él...

Pero le había sucedido a él. Luego, a medida que fueron pasando las semanas, su inquietud se transformó en angustia primero, y en terror, después. Al principio, su sentimiento de culpabilidad era semejante al de que enciende inadvertidamente una hoguera en el monte, en la que fallecen varias personas; pero cuando la hoguera se transformó en un incendio pavoroso que comenzó a aniquilar pueblos y países, amenazando con devorar el continente entero, ya no supo qué pensar. Un hombre no podía ser el responsable de tanto sufrimiento. Aquello, empezó a comprender, no había sido la causa, sino el detonante, que es algo bien distinto.

Repasaba mentalmente, una y otra vez los sucesos de aquel día. Tenía grabadas en su mente cada hora, cada minuto. Su patrón, el conde Harrash, le había encomendado una de las misiones más importantes de su vida: conducir el automóvil que llevaría al Heredero del Imperio.

Era un vehículo magnífico: un descapotable de color verde, con la matrícula A-II-118, construido en 1910 por la firma "Graef und Stift", de 32 caballos de potencia. Un carruaje digno para un miembro de la Casa Imperial. Se sentía orgulloso por el trabajo que le habían confiado: era una demostración de confianza por parte del conde hacia su persona y una confirmación de su valía como conductor experimentado.

Había revisado meticulosamente el auto. Todo estaba en orden cuando llegó el archiduque, un hombre alto y corpulento, con el gran morrión de plumas. Le seguía la archiduquesa, vestida de blanco, con una sombrilla del mismo color en la mano. Sus ilustres ocupantes subieron a sus asientos y allí adelante, con su mejor uniforme, estaba él, de punta en blanco. A las diez y cuarto en punto, en cuanto sonaron las salvas de los cañones, arrancó en motor y comenzó a avanzar, abriendo una pequeña comitiva –marchaba detrás otro vehículo sin capota, junto con otros tres de escolta- que fue recorriendo lentamente las calles de la ciudad, entre la muchedumbre que vitoreaba al Heredero, en dirección a la Alcaldía, donde tendría lugar el acto de recepción.

Las calles estaban engalanadas para recibir a Francisco Fernando, que acababa de participar en unas maniobras militares austro-húngaras. Para los hombres fieles a la monarquía como Loyka, aquello era una manifestación espléndida del poder imperial, aunque sabía que para muchos eslavos de aquella ciudad sólo era una muestra más de la opresión vienesa sobre su nación.También sabía que corrían rumores de posibles atentados.

De improviso, en la avenida Miljačka, el rumor se hizo realidad: un joven salió de la multitud y se abalanzó hacía ellos, arrojándoles una bomba. Afortundamente Francisco Fernando pudo desviar el artefacto a tiempo, que alcanzó a Merizzi, uno de los militares de la escolta, hiriéndole gravemente.

Loyka se sintió feliz por haber tenido los reflejos suficientes: había acelerado a tiempo y su pericia había salvado la vida al Heredero. Si hubiese ido más lento, quizá no hubiese podido esquivar el golpe. Aquel atentado confirmaba los temores; y la facilidad con la que se había producido manifestaba la falta de medidas eficaces de seguridad.

Cinco años después supo que la Narodna Odbrana, que tenía el proyecto de atentar contra Francisco José y el rey Fernando de Bulgaria desde hacía tiempo, había cambiado de planes al enterarse de la visita del Heredero a Sarajevo, porque en aquella ciudad era fácil encontrar mano de obra entre los jóvenes militantes de la “Unión o muerte”, más conocida como la “Mano Negra”, que pretendía la unión entre Bosnia y Serbia. Los ideólogos del atentado habían sido, al parecer, dos militares serbios, Tankosic y Dimitrijevic, con el conocimiento de la cúpula política del país.

Poco después le dijeron también a Loika el nombre del agresor, que había intentado escapar de la policíalanzándose al río, donde fue detenido, mientras gritaba "¡Soy un héroe, soy un héroe!": Nedeljko Cabrinovic.

 

 

Conservó su sangre fría y condujo el automóvil a velocidad discreta, hasta el Ayuntamiento. Francisco Fernando bajó del auto visiblemente irritado. Luego le contaron a Loika que cuando el alcalde de Sarajevo, un musulmán,le dio la bienvenida, ponderándole la lealtad de los bosnios, el Heredero le había interrumpió furioso, dirigiéndose Potiorek, el Gobernador de aquella provincia:

-- ¡Fantástico! ¡Vengo de visita y me reciben con bombas! Y ahora, Potioreck, ¿qué hacemos? ¿Escondernos o seguir con nuestro plan?

--Su Alteza imperial no corre peligro –le había tranquilizado el Gobernador-. Tenemos dos alternativas: una es volver al Palacio del Gobernador por el recorrido previsto. Otra, dirigirnos al Museo sin pasar por el centro de la ciudad. Aquí está el Comisario de Policía: Gerde, díganos, ¿podemos continuar sin riesgos?

Gerde había hecho un gesto afirmativo, con el que Potiorek respiró. Francisco Fernando decidió que, una vez terminado el acto, pasarían por el hospital para visitar a Merizzi y luego se dirigirían al Museo, donde le esperaban para un nuevo acto oficial. Eso es lo que le comunicaron a él: irían por la vía Appel, evitando la de Francisco José, donde ya le esperaban las gentes de la ciudad.

Antes de abandonar el Ayuntamiento, su patrón Harrach vino hasta el auto para recoger algunas esquirlas incrustadas en la carrocería. Se las mostró a Francisco Fernando, que las observó satisfecho:

-- Muy bien, Harrach: póngalas en un medallón en recuerdo de este momento.

Dieron la orden de arrancar. Él había cumplido escrupulosamente el plan previsto. Dejó pasar primero el auto donde iba el Alcalde con el Comisario de Policía. Luego, según lo acordado, había salido él, guardando una distancia prudente. Aunque que no estaba previsto, la archiduquesa Sofía había subido también al vehículo. Les acompañaba Potiorek. El conde Harrach hizo una nueva manifestación de su fidelidad monárquica y se empeñó en hacer de escolta, de pie sobre el guardabarros, protegiendo al Heredero por el lado izquierdo.

Fue entonces cuando Loyka tuvo aquel error fatal. Al ver la muchedumbre que aguardaba dando vivas al Heredero se dirigió instintivamente hacia ella. Fueron sólo unos segundos de confusión, porque oyó enseguida como el Gobernador le gritaba algo desde atrás. Pero los clamores de las gentes y el ruido del motor le impidieron comprender que le quería decir. Luego supo que le había gritado:

-- ¿Hacía dónde va, Loika? ¡No es por ahí! ¡Es por la calle Appel!

Prinzip

Aminoró la marcha y volvió el rostro hacia el Gobernador, para escucharle. En ese instante, Gavrilo Prinzip -un joven tísico gravemente enfermo, al que "La Mano Negra” había seleccionado para aquella misión porque le quedaba poco tiempo de vida- se acercó hacia ellos, y sacó su revólver, un browning.

El primer disparo alcanzó a Francisco Fernando en el cuello. Loika oyó gritar a Sofía, a su espalda, horrorizada. Luego le contaron que la archiduquesa se había puesto en pie y que el asesino le había disparado casi a quemarropa.Él había acelerado, dirigiéndose a toda prisa hacia el palacio del Gobernador. Pero ya era tarde. La archiduquesa Sofía falleció antes de llegar al palacio y el Heredero poco después, a las once en punto de la mañana.

Esos dos disparos alteraron la vida del pobre Loyka, que siguió preguntándose hasta el final de sus días qué hubiera sucedido si no hubiese cometido aquel error fatal. Y cambiaron completamente la historia de Europa.

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El 6 de julio, Carlos, aguardaba con gesto sombrío en la estación de Viena la llegada de los restos mortales de sus tíos, en representación del Emperador, para conducirlos a la cripta de Arstetten. Francisco Fernando había elegido tiempo atrás ese lugar para poder ser enterrado junto a su esposa, a la que se le negaba el enterramiento en la Criptade los Capuchinos por no ser de sangre real. Todo había sucedido demasiado rápido desde que, una semana antes, se había recibido en Viena el telegrama de Harrach dando la noticia.

Carlos estaba en Wartholz y se dirigió rápidamente a Schömbrunn. Al día siguiente recibió al Emperador, que veraneaba en Ischl.

En Viena la figura del Heredero no era excesivamente popular y no se habían producido las mismas manifestaciones de furia que en Sarajevo, donde Prinzip había estado a punto de ser linchado por la multitud; pero la noticia había producido una gran conmoción. Aquel giro insospechado de la historia colocaba a Carlos en un puesto decisivo del Imperio.

-Tu hijo Otón y tú sois la única esperanza que me queda –le dijo Francisco José.

Una concatenación de sucesos: el fusilamiento de Maximiliano, hermano de Francisco José, en México, sin hijos; el suicidio de Rodolfo, único hijo del Emperador, también sin hijos; la muerte de su abuelo; el fallecimiento prematuro de su padre; y ahora, el asesinato de Francisco Fernando -cuyos hijos, por razón de su casamiento morganático, no estaban legitimados para ocupar el trono-, le habían situado de repente en la condición de Heredero de un Imperio, gobernado por un anciano destrozado íntimamente por este rosario de desgracias familiares, al que Joseph Roth retrata en La marcha Radeztky en el ocaso de su vida:

“El Emperador era viejo. Era el emperador más viejo del mundo. A su alrededor rondaba la muerte, trazando círculos y círculos, segando y segando sin cesar. El campo se había quedado vacío y ya sólo quedaba el emperador, como una espiga de plata olvidada.

Seguía esperando, con unos ojos claros y duros, que miraban, perdidos desde hacía muchos años, hacia una lejanía inmensa… Sus ojos irradiaban esa benevolencia artificial y genuina de los ojos imperiales: parecían ver a todos los que le miraban y saludar a los que le saludaban, pero en realidad no veía las imágenes y sus ojos permanecían fijos en esa débil y delicada línea del horizonte que está en la frontera de la vida y la muerte.”

 

Julio 1914. La espiral de la guerra

Francisco José consultó el 4 de julio con el Kaiser alemán Guillermo II antes de lanzarse a una acción de castigo contra Serbia. Sabía que esa acción suponía un reto para Rusia, que el militarismo estaba fuertemente asentado en Alemania donde la guerra parecía algo inevitable. Conocía la personalidad del káiser: la gran desgracia –escribe Howard- no sólo de Alemania sino también del mundo entero, fue que en aquella coyuntura la Casa de Hohenzollern produjera en Guillermo II un individuo que, podríamos decir, caracterizaban a la élite alemana gobernante: militarismo arcaico, ambición desmesurada e inseguridad neurótica”

Francisco José y Guillermo pensaban que sería fácil contener a los rusos en San Petersburgo mediante unas conversaciones diplomáticas, como había sucedidoen la anterior crisis de Bosnia. Era la ocasión para acabar de una vez por todas con el nacionalismo yugoslavo. Esa pequeña guerra, la guerra que debía terminar con todas las guerras, en una frase muy de la época, y que debía durar unos cuantos meses, podría salvar a la monarquía.

El 7 de julio se reunió el Consejo de la Corona con el Emperador para estudiar una posible declaración de la guerra. Asistieron Stürgkh, Presidente del Gobierno austriaco; Tisza, Presidente del Gobierno húngaro; Leopold Berchtold, ministro del Exterior; Kobatin, ministro de Guerra; Bilinski, ministro de Finanzas y Hötzendorf, Jefe del Estado Mayor. No convocaron a Carlos, porque era conocida su posición en contra de la guerra. Aunque por su condición de Heredero debía estar presente, acababa de asumir esa función y no contaba aún con el peso político necesario.

“Está en juego nuestro honor nacional –argumentaban los jefes militares- que puede resolverse con un ultimátum”.

Hötzendorf presionaba: un simple ultimátum bastaría para que Serbia cambiara de actitud. Serbia, repetía,era consciente de su debilidad militar, y sabía que para Austria, el hecho de ocupar su territorio no era más que un paseo para las tropas…

Salvo Tisza, que se oponía al ultimátum, el resto del Gabinete aconsejaba al Emperador humillar a Serbia, para mantener el prestigio del Imperio en los Balcanes. Humillar a Serbia, reiteraban una y otra vez. Eso robustecería el Imperio. No cabía duda de a quiénes beneficiaba aquel crimen, y era notorio que Rusia alentaba en secreto a política paneslavista. Había que reafirmar el prestigio de Austria, aunque sin irritar excesivamente al gobierno ruso.

El emperador dudaba: conocía bien la realidad de la guerra y había sufrido varios fracasos militares. Sus consejeros presionaban. Al fin, “viejo y debilitado –escribe Bérenguer-, cometió un error trágico”.

Semanas después, cuando toda Europa pensaba que el peligro se había alejado, el 23 de julio, Austria envió su ultimátum, sabiendo que era inaceptable de entrada para Belgrado. Era el fruto de seis largas redacciones, y estaba escrito en un tono categórico. Le exigía, entre otros puntos, al gobierno serbio:

- una explicación en el periódico oficial de lo sucedido, tal y como se le indicaba, condenando cualquier tentativa de separación del imperio.

- la prohibición de cualquier publicación anti- austriaca.

- la disolución inmediata de la Narodna Odbrana.

- la despedida de determinados oficiales y funcionarios.

- la autorización a la policía austriaca para que participase en la investigación del atentado y en el castigo de los responsables.

Belgrado debía aceptar estas condiciones y comunicarlas a Viena en un plazo de cuarenta y ocho horas.

En la noche del 25 de julio, pocos minutos antes de que se terminara el plazo, Paschich entregaba una nota al barón de Giesl, embajador de Austria en Belgrado, en la que contestaba, de forma amable, que el gobierno de Serbia aceptaba todos los puntos (con algunos matices), salvo el de la propaganda anti-austriaca y el de la participación de la policía en la investigación, ya que eso significaría una violación de su soberanía.

Como se esperaba, Giesl la declaró insuficiente y poco después abandonaba la embajada con todo el personal. Las relaciones diplomáticas quedaron rotas.

Cuando los berlineses leyeron en el Tägliche Rundschau el rechazo de Serbia dieron gritos de alborozo: “Et jeht los!” (Ya está). El día 26 el gobierno ruso ordenó una premovilización general. Gran Bretaña propuso una conferencia de naciones no implicadas en aquel conflicto. Pero los hombres de Estado en Viena querían poner a Europa ante el hecho consumado. Francisco José siguió dudando en dar el paso hasta que el 28 notificó a Belgrado la declaración de guerra.

Como apuntó Clausewitz los planes militares no siguen una lógica, sino su propia gramática interna, según el juego de las alianzas: “no había lógica alguna en la decisión tomada por el estado mayor alemán de que para apoyar a los austriacos en un conflicto con Rusia acerca de Serbia, Alemania tuviera que atacar a Francia, que no era parte implicada en la contienda”

Pocos días después, el uno de agosto, Alemania declaraba la guerra aRusi a. Ese fin de semana se celebraron casi 2.000 bodas de urgencia en Berlín. Italia se declaró inmediatamente país neutral. El día 2 Pío X hizo un llamamiento a las naciones europeas, que nadie quiso escuchar. Se desencadenó la espiral de la violencia: el día 3, Alemania declaraba la guerra a Francia e iniciaba la ocupación de Bélgica. Fueron cayendo, una tras otra, por razones diversas, las diversas fichas del dominó europeo, hasta verse “inmersos en un conflicto temido por todos, no querido expresamente por ninguno y a cuyo estallido todos contribuyeron eficazmente”.

El cuatro de agosto Gran Bretaña –que se había mantenido al margen hasta entonces- declaró la guerra a Alemania, al ver que tropas alemanas habían violado la neutralidad de Bélgica. El cinco, Austria declaró la guerra a Rusia y Montenegro, a Austria. El seis, lo hizo Serbia con Alemania. El once, Montenegro declaró la guerra a Alemania, y Francia a Austria-Hungría.

Fueron incorporándose nuevos países. España –en un extremo del continente, sin intereses en aquel conflicto- se declaró neutral.

¿Quién fue el culpable de aquella guerra? Durante los años siguientes está pregunta obsesionó a los periodistas y a los intelectuales de los diversos países, que culparon mutuamente a sus gobernates. Hay que ser cautos con la respuesta, para no caer en simplificaciones, que llevarían, por el camino del ridículo, a las cavilaciones del pobre Loyka. Hubo muchas causas: unas de carácter político y territorial, nacían de rivalidades a veces seculares; otras eran fruto del imperialismo o de las guerras del siglo XIX; otras eran de carácter económico, como consecuencia de la fuerte competencia comercial; y por último estaban los nacionalismos, la carrera de armamento, la fuerte propaganda de determinados grupos.

“Para comprender las causas profundas de la conflagración hay que remontarse a mediados del siglo XIX y rastrear las trayectorias históricas que la hicieron inevitable. Es preciso, en otras palabras, referirse a la ruptura del equilibrio europeo, a la competencia colonial, al nacionalismo exacerbado, al sistema de la paz armada y los recelos creados por las crisis de 1905 a1913”.

Hubo muchos culpables: el militarismo alemán; el empeño de Rusia y Austria-Hungría, por dominar los Balcanes; el espíritu revanchista de Francia…

 

“La causa profunda y real de la guerra Europea fue que, a partir de la aceptación generalizada de la ideología liberal-progresista, no había límite para la expansión y el crecimiento, pues dicha ideología implicaba precisamente la eliminación de la noción de límite. Y como el espacio se había ido limitando de hecho, en la medida en que no se quiso renunciar a los planteamientos liberales, el choque se transformó en inevitable. Cada nación, como cada individuo, era en cuanto se realizaba mediante el ejercicio ilimitado de su libertad. Y sobrevino la confrontación universal. En la medida en que se siguió marginando la concepción del hombre como persona, las soluciones únicas que lograron al final abrirse camino fueron las propuestas por el ordenamiento inmanentista en los sistemas democráticos ya conocidos”.

Aquello significaba el verdadero final del siglo XIX, el último acto de la Belle Epoque, y el comienzo de una guerra que en agosto de 1914 – a pesar de las experiencias pasadas de la guerra de Crimea y la de los bóers- muchos se obstinaban en pensar que sería breve: unas semanas, unos meses, quizá. En Navidades, como mucho, estaría firmada la paz.

“Alemania le ha declarado la guerra a Rusia –escribió Kafka en su Diario en agosto de 1914-; por la tarde me he ido a nadar”.

 

Otoño de 1914. Preparativos de guerra

Carlos recibió la noticia de la declaración de guerra en Reichenau junto con el nombramiento de Coronel del Primer Regimiento de Húsares. Al día siguiente viajó hasta Hetzendorf, donde se encontró con una población exultante, que le recibió entre vivas y cantos patrióticos. A Carlos, un patriota alejado de la exaltación nacionalista romántica, le sorprendieron estas manifestaciones de júbilo, en las que participaban muchas mujeres, y le comentó a Zita:

--Soy militar, pero no entiendo que estas madres se alegran por esta guerra, que puede convertirlas en viudas, dejando a sus hijos enla miseria.

Comenzaron las movilizaciones. En Londres, París, San Petersburgo, Viena y Berlín se sucedieron los discursos, las soflamas, los desfiles y las paradas militares, entre arengas y cantos patrióticos. Cada gabinete de propaganda gubernamental encontró sus razones para la guerrA. Algunas imágenes de esos actos parecen ahora, al cabo de casi un siglo, de una ingenuidad tétrica. Pervivía una concepción decimonónica de la guerra, en la que los ejércitos conservaban aún, en sus modos y trajes, rasgos de la antigua épica caballeresca. Era el fruto de una educación nacionalista de décadas y del adoctrinamiento del servicio militar obligatorio (aunque apunta Howard que en GranBretaña no existía, y la opinión pública era tan nacionalista como en el continente).Los jóvenes se enrolaban con un entusiasmo que pronto se convertiría en angustia entre fango inacabable de las trincheras.

Se agudizaba el drama personal de Carlos, al que Francisco José envió para que le representara en las maniobras de movilización de los diversos Ejércitos. Carlos no compartía aquellas exaltaciones de nacionalismo exacerbado, no sólo por su condición de miembro de la Casa de Habsburgo que le llevaba a no vincularse exclusivamente con ningún pueblo, sino también por realismo político: sabía que Austria – que contaba con un elevado sector de la población pro alemana- tenía un escaso margen de movimientos en el tablero político europeo, y que para contrapesar el poder de Rusia sólo tenía una salida: aliarse con Alemania; pero esa alianza era muy peligrosa.Presentía que el país vecino acabaría sirviéndose de Austria –como sucedió- para sus propiosintereses. De hecho, a partir de aquel momento, Alemania fue la gran protagonista de la guerra desde el lado de los Imperios centrales.

Mientras tanto, en agosto de 1914 se consolidaron los dos grandes bloques de la contienda: por una parte, los Imperios Centrales (Alemania y Austria- Hungría); por la otra, la Entente de los Aliados (Francia, el Reino Unido, Rusia, Bélgica y Serbia). Comenzaba una guerra europea, en suelo europeo, pero –por primera vez en la historia- con repercusiones globales.

 

El Plan Schlieffen

Fue un tiempo de trabajo febril en los Estados Mayores de los Ejércitos, que pusieron en marcha sus estrategias pensando en la derrota más rápida posible del enemigo. El jefe del Alto Estado Mayor alemán, Helmuth von Moltke, sobrino del gran vencedor de 1866 y 1870, ordenó que se aplicara en el frente occidental una variante, modificada por él, del minucioso plan que había elaborado Alfred von Schlieffen en 1906, y que había resumido en esta frase: “Alemania entera debe lanzarse sobre un solo enemigo, el más fuerte, el más poderoso y el más peligroso, y ése sólo puede ser Francia”.

El Plan Schlieffen, en el que tantos pusieron sus esperanzas, consistía en lanzar el grueso del ejército alemán contra Francia de modo fulminante, con una trayectoria envolvente, formando un arco desde la frontera suiza, atravesando el territorio belga, conquistando París en menos de dos meses, aniquilando las tropas francesas en una Schlacht ohne Morgen: una batalla sin mañana.

La clave era dominar cuanto antes los puertos del canal para impedir la comunicación con Gran Bretaña. Luego, las tropas se concentrarían en el frente del Este; mientras tanto, bastaría con el VIII Ejército para contrarrestar la ofensiva rusa.Schlieffen había previsto que en el plazo de un año, como mucho, concluiría la guerra, logrando evitar una doble guerra con dos frentes simultáneos, en el Este y en el Oeste.

El 12 de agosto, las tropas austrohúngaras invadieron Serbia y se produjo lo que ahora denominaríamos una globalización del conflicto: Japón se unió a los Aliados el 20 de agosto y Turquía se alió poco después, en noviembre, a los Imperios Centrales.

Los combatientes comenzaron a partir hacia los frentes para aquella “guerra rápida” con sus vistosos uniformes: los rojos y azules brillantes de los soldados franceses, o el sobrio color negro de los belgas, cargando con un equipo pesadísimo (marmita, zapatos de repuesto, pico, pala, cantimplora,raciones de reserva y hasta molinillos de café) y armas anticuadas: los alemanes, con fusiles Mauser de 1898 y cargadores para cinco balas; y los franceses, con los viejos Lebel de 1886.

La prensa empleaba aún un lenguaje romántico y en los países neutrales, como España, la opinión se dividía, en las contiendas de las tertulias de café, entrealiadófilos y germanófilos. La Guerra Ilustrada ofrecía semanalmente a sus lectores de lengua castellana una crónica bélica al viejo estilo, con una fraseología belicista, retratos coloreados de los reyes en las portadas y unos mapas exhaustivos en el interior, en los que se describían los movimientos de tropas en los “teatros de operaciones”.

Pocos presentían el horror que se avecinaba, porque en las primeras semanas el plan Schlieffen parecía funcionar como un engranaje magníficamente diseñado: el despliegue militar era portentoso; los soldados fluían por los caminos de Europa como un aluvión imparable; parecía que los ejércitos de los Imperios Centrales -los boches, para sus enemigos- llegarían en pocas semanas a París. Atravesaron Bélgica, violando su neutralidad, y se dirigieron hacia la capital francesa, provocando una avalancha de refugiados belgas. Sus atrocidades iniciales crearon la leyenda entre los Aliados de la barbarie alemana: “Viendo saboteadores y francotiradores incluso donde no los había, las tropas alemanas apresaron y fusilaron una cifra estimada de 5.000 civiles belgas y prendieron fuego indiscriminadamente a edificios, incluyendo los de la universidad medieval de Lovaina”.

En este primer compás de la contienda, en los Estados Mayoresy los gabinetes de Gobierno de Viena, Berlín, París y Londres todos seguían pensando en una guerra corta, salvo algunos militares, como Falkenhayn en Alemania, o Kitchener en Inglaterra:

“Lord Kitchener –escribe Horme-, que rondaba por el ministerio de Guerra con su uniforme de mariscal de campo, como si estuviera en un desfile del Ejército británico, hizo una sorprendente afirmación: dijo que la guerra duraría unos tres o cuatro años y que Gran Bretaña acabaría por tener un ejército de varios millones de hombres; pero Kitchener tenía una inteligencia que funcionaba por intuiciones brillantes que, como decía Lloyd George, al igual que un faro producía una luz penetrante seguida de la oscuridad absoluta y el consejo de ministros no tenía una opinión demasiado alta de sus ideas”.

El 2 de septiembre, tras comprobar que la resistencia belga había sido mucho mayor que la esperada, el cuerpo del Ejército del general von Kluk llegaba a 25 kilómetros de París. Al día siguiente cruzaron el Marne y el gobierno francés se trasladó a Burdeos. El día 4 tomaban Reims y Moltke, según algunos expertos, cometió un error fatal: confiado, retiró algunas divisiones para frenar el avance ruso en el frente oriental, y Joffre, al mando del ejército francés, aprovechó la ocasión para detener las tropas alemanas en la batalla del Marne, que duró del 6 al 7 de septiembre.

“[Los alemanes] –escribía un corresponsal de guerra en el Marne con el estilo retórico de la época- resistieron el fuego de fusilería de sus contrarios y la lluvia de granadas; aguantaron las formidables cargas a la bayonetas que iban a lanzarles desde sus improvisadas trincheras; y soportaron durante horas y horas el huracán de hierro que les azotaba, barriendo compañías enteras a cada ráfaga. Sus jefes y oficiales decíanles que de la suerte de aquella batalla dependía la del Imperio, la grandeza de la patria, la expansión ilimitada de las fuerzas germánicas por todos los ámbitos del mundo, y los soldados resistían firmes y serenos, enrojecíanse las aguas del río, se cubrían de cuerpos muertos que la corriente llevaba hacia la gran ciudad...”.

El 14, los alemanes abandonaban Reims, conquistado poco antes, y Moltke, presa de una gran agitación nerviosa, fue sustituido por el ministro de guerra Falkenhayn. La “guerra relámpago” había fracasado.

 

Septiembre de 1914. Bautismo de fuego

Falkenhayn intentó rectificar los errores de Moltke, que fue acusado de haber aplicado mal la estrategia de Schlieffen (una estrategia que una vez concluido el conflicto, se comprobaría imposible de realizar desde el punto de vista logístico) y siguiendo los objetivos prioritarios de ese plan se propuso lograr el control de los puertos del Canal antes de la llegada del invierno.

Pero no loconsiguió, y tras la batalla del Yser llegó la decisiva de Ypres, en la que los británicos repelieron, con el grueso de su viejo y experimentado ejército regular, a cuatro cuerpos del ejército alemán acabados de crear, compuestos por miles de estudiantes sin formación castrense que no alcanzaban siquiera la edad militar. Con razón se la llamó en Alemania la Kindermord, la matanza de los inocentes.

Tras esta primera batalla en Ypres, acabó la guerra móvil y la contienda se estabilizó en dos frentes, que permanecieron, con escasas variantes, hasta el final de la guerra. Se creó un interminable frente occidental que se extendía a lo largo de 650 kilómetros, desde Suiza hasta el Mar del Norte, con una sucesión de alambres de espinos y refugios subterráneos.

Mientras tanto, la guerra se desarrollaba –con desigual intensidad- en los cinco continentes: hubo dos combates navales en América, algunas operaciones militares en Oceanía y en África. En Asia hubo frentes militares permanentes; pero los dos grandes frentes se situaron en Europa.

Esa fallida “guerra relámpago”, que comenzó el 4 de agosto y terminó sin vencedor, supuso un terrible error de perspectiva por los dos bandos. En París se pensaba que los soldados rusos acabarían doblegando la resistencia en el Este de los Imperios centrales. Pero los artífices de aquella guerra, que comenzó con planteamientos del siglo anterior, se encontraron con las nuevas armas del siglo XX –desde la aviación a los gases- fruto de los avances científicos y técnicos de la Revolución Industrial; con el insospechado poder de la industria bélica de las potencias europeas en conflicto; y con unos combatientes más insospechados todavía: las grandes epidemias que comenzaron a diezmar especialmente a los soldados venidos de las colonias, no inmunizados ante las enfermedades europeas mas comunes.

 

Carlos comenzó a trabajar en Teschen como oficial del Estado Mayor, bajo las órdenes del archiduque Federico de Prusia, Heredero del trono alemán y primogénitodel Kaiser. Allí encontró al general prusiano Ludendorff, que sería uno de los enemigos más acendrados de su política y su persona.

Logró que el emperador le diera el permiso para visitar las tropas que batallaban en primera línea. Eso le permitió conocer en directo las situaciones reales de las tropas, de la que informaba al Emperador cada vez que iba a Schömbrunn, donde vivían Zita y sus hijos, por expreso deseo de Francisco José.

Recibió su bautismo de fuego el 10 de septiembre de 1914 en el frente oriental, en la batalla de Lemberg, que le proporcionó una experiencia directa del conflicto, estancado en una terrible “guerra de posiciones”, de la que carecieron los dirigentes políticos de su tiempo, en uno y otro bando. Durante ese mes se comprobó la debilidad del ejército austrohúngaro y el peso de la guerra recayó en Alemania.

Mientras tanto una ola de belicismo parecía recorrer Europa, espoleada por los intereses políticos y los medios de comunicación, que ocultaban el drama que vivían miles de familias. El fervor nacionalista había arrastrado incluso a los socialistas. El 29 de octubre Turquía entraba en guerra junto a los Imperios Centrales y atacaba Rusia. En las grandes capitales se celebraban funerales por los caídos con ceremonias a la antigua usanza: las comitivas fúnebres abarrotaban las calles de París en dirección a Los Inválidos, donde dejaban las banderas alemanas tomadas en los combates; y en Berlín las tropas desfilaban bajo la Puerta de Brandenburgo mostrando a la población las máquinas militares arrebatadas al enemigo.

Aún se daban actos esporádicos de fraternización entre las tropas, como en las guerras de antaño: hubo soldados alemanes e ingleses de primera línea que confraternizaron durante unas horas en la noche de Navidad de 1914. Algunas imágenes de este primer periodo – como las fotografías de las cometas que lanzaba el ejército francés con máquinas fotográficas en su interior para captar los movimientos enemigos— guardan un desconcertante y terrible aire naif.

 

En el frente oriental los alemanes lograron una situación algo más ventajosa en el mes de agosto de 1914, con la batalla de Tannenberg. Sin embargo, las tropas austro-húngaras fracasaron en su ataque a Serbia.

Fueron apareciendo nuevas armas de guerra. En otoño la fundición Krupp comenzó a suministrar cañones con un campo de tiro de 360 grados, capaces de alcanzar a los dirigibles. Y se especulaba con un ataque sorpresa de zeppelines sobre Inglaterra.

“-- ¿Piensa usted atacar Londres –le preguntó el director de United Press al propio Zeppelin- con una flota de dirigibles?

-- Esa pregunta debe hacérsela al Estado Mayor; yo no puedo contestarle.

--¿Han luchado alguna vez un dirigible y un aeroplano entre sí?

-- Que yo sepa, en una ocasión un dirigible logró hacer huir a dos aeroplanos y salió indemne del tropiezo.”.

Comenzaron los primeros ataques submarinos. Y el gobierno italiano, que deseaba sacar el mayor provecho posible a su neutralidad, empezó a tantear el terreno, mediante conversaciones con Alemania.

Como no se esperaba una guerra larga, los gobiernos tuvieron que improvisarlo todo, mediante una fuerte intervención estatal en la economía, y en la propaganda: “la organización del entusiasmo”. Faltaba material bélico.

Se comprobó que las tropas austro-húngaras no estaban preparadas para afrontar aquel conflicto. Según Tapié, la mitad del ejército regular –mal pertrechado, tecnológicamente atrasado y con insuficientes recursos económicos– fue eliminada en los combates de 1914.

 

Comenzaron los problemas de abastecimiento. Las potencias enemigas empezaron el bloqueo de alimentos. Se escucharon entonces las primeras voces a favor de la paz. “En algunos países –afirmaba La Guerra Ilustrada, confundiendo sus deseos con la realidad- empieza a manifestarse el espíritu revolucionario para que cese la guerra. Dentro de seis o de ocho meses habrá terminado la lucha, porque es materialmente imposible prolongarla por más tiempo”. Esas voces eran acalladas, en los estados contendientes, por la fuerte censura y un aparato propagandístico.

 

1915. En los frentes de guerra

A medida que avanzaba el conflicto, Francisco José dejó en manos de Calos algunas tareas diplomáticas. No le importabasu juventud –él había llegado al trono con dieciocho años- y valoraba su prudencia y olfato político. Eso hizo que comienzos de 1915, Carlos comenzara un largo y penoso viaje por los frentes de guerra, en representación del Emperador.

Hablaba con los soldados, condecoraba a los oficiales, alentaba a las tropas, y descansaba donde podía: en las literas de trenes, en los jergones de las tiendas de campaña o en cualquier camastro improvisado. En todo el mes de enero sólo pudo dormir dos veces en una auténtica cama. Veía muy de tarde en tarde a su familia: cuando nació su hijo Roberto sólo pudo estar día y medio en Viena.

Este periplo le proporcionó un conocimiento directo de la realidad en un momento en el que no existían los medios de comunicación actuales y la prensa informaba al servicio de los intereses políticos y militares: vio el verdadero rostro de la guerra, convertida en una carnicería imparable y en un trasiego constante de muertos tras cada ataque frontal.

Se seguían utilizando tácticas absurdas y decimonónicas como las cargas a la bayoneta, frente a los modernos armamentos del siglo XX, con una insospechada capacidad de fuego y destrucción; la caballería estaba dando paso a la artillería pesada y todo el concepto de guerra y estrategia militar estaba cambiando de signo. Hasta entonces, la población civil sólo había sufrido las consecuencias de la guerra cuando se encontraba cerca de los frentes. Ahora, como se comprobaba dramáticamente, aquellas guerras en las que sólo combatían los ejércitos pertenecían a la historia.

Carlos se esforzó por ganarse, sin conseguirlo en muchas ocasiones, la confianza de los generales, que temían –con razón- que su presencia en los frentes le permitiera descubrir muchos errores graves en la cadena de mando que el Cuartel General del Ejército intentaba que ignorara el Emperador

Su paulatino acercamiento a los asuntos de Estado no agradaba a las diversas corrientes políticas, que intentaban atraerle a su bando, sesgando la información que recibía. Esas tensiones se habían dado desde el mismo momento en que se convirtió en Heredero: ya entonces le habían acusado de pretender que Francisco Fernando no tuviera funerales de estado por su casamiento morganático, para pulsar a favor de qué bando se decantaba.

Carlos intentaba no agravar las tensiones políticas internas en un momento en el que el equilibrio de fuerzas era cada vez más difícil. Las posiciones se radicalizaban: “y si esto antes no era bueno para el país-comentaba- ahora, en plena guerra, puede ser desastroso”.

El 22 de febrero de 1915 Alemania inició una ofensiva masiva con submarinos, a la que Carlos se había opuesto directamente. Esa ofensiva llevaría el 7 de abril al hundimiento del Lusitania, el más lujoso de los trasantlánticos británicos. Aunque se salvaron muchos, perecieron 1198 civiles, entre pasajeros y tripulación, de los cuales algo más de cien eran norteamericanos. Wilson dirigió al Reich una advertencia tan severa, que logró frenar ese tipo de guerra.

 

Abril de 1915. Los gases

Los jefes militares alemanes decidieron poner en práctica las “últimas soluciones”. El 22 de abril de 1915 habían utilizado por primera vez gases tóxicos sobre Ypres. Los soldados franceses que no murieron asfixiados, huyeron despavoridos, abandonando los frentes.

El impacto psicológico fue enorme. Horme relata el pavor de las tropas inglesas que contemplaban el ataque:

 

“lo más sorprendente de todo fue una nube baja de humo o vapor gris amarillento, y por debajo de ella, un murmullo sordo y confuso. De repente apareció por la carretera del canal de Iser un tiro de caballos al galope, con los jinetes hincando las espuelas en sus monturas con frenesí; luego otro y otro, hasta que la carretera se convirtió en un turbulento manto de polvo. Algo horrible estaba ocurriendo. ¿Qué era?

Los oficiales y el estado mayor contemplaron pasmados la escena, horrorizados y confusos. La brisa del norte traía un olor picante y nauseabundo que irritaba la garganta y hacía escocer los ojos. Caballos y hombres inundaban la carretera, dos o tres jinetes en cada caballo; ví, mientras por el campo corría atropelladamente la infantería, a los morenos guerreros del África francesa.

Habían abandonado sus rifles y sus equipos, incluso sus chilabas, para correr más aprisa. Un zuavo llegó hasta nuestras líneas tropezando a cada paso. Uno de nuestros oficiales le agarró y apuntándole con el revólver le dijo: “¿Qué os pasa, hatajo de cobardes?” El zuavo echaba espuma por la boca y los ojos se le salían de las órbitas; cayó retorciéndose a los pies del oficial”.

 

La respuesta de los Aliados no se hizo esperar. “Si Alemania se vale de los gases asfixiantes para hacer la guerra –declaraba Tribune de Chicago— los demás países pueden usar de represalias con medios parecidos y aún más eficaces. Así lo afirma el sabio físico J. H. Fowzen, que acaba de inventar una nueva bomba de gases asfixiantes, muy superior a la que emplean los alemanes”.

La guerra se fue radicalizando, convirtiéndose en un conflicto de ideologías. Los aliados demonizaron a Alemania hasta tal punto que la familia real inglesa dejó de llamarse Casa de Hannover (Sajonia-Coburgo-Gotha) para convertirse en la Casa de Windsor, modificando los apellidos: de Battenberg a Mountbatten. Los alemanes se presentaron como cruzados contra la barbarie eslava, frente a la decadencia de la cultura francesa y el materialismo anglosajón.

Se multiplicaron las cifras de muertos y heridos. “Lo que yo he visto no es un combate –escribía un corresponsal holandés del periódico Tjyd— sino una carnicería. Miles y miles de heridos caen en el campo de batalla, y quedan abandonados a su suerte, o se retiran, los que pueden, formando lamentables grupos. Millares de cadáveres yacen en el suelo sin que nadie cuide de darles sepultura y sobre sus cuerpos helados pasan carros y cañones, como si pasaran sobre montones de inmundicia. Nadie se puede formar idea del número de víctimas que producen estos combates”.

Las medidas de protección eran insuficientes, y se empezaron a utilizar los artefactos más curiosos. Los ingleses se cubrían la nariz y la boca con filtros de algodón recubiertos de gasa. Los franceses llevaban unas armaduras de hierro con láminas de algodón empapadas en hiposulfito sódico. Otros usaban la “máscara de Robert”, con aberturas para los ojos protegidas por cristales. Todos resultaban igualmente ineficaces.

Carlos se opuso firmemente al uso de los gases, en contra del jefe de Estado mayor alemán Hans von Seeckt cuando éste pretendía emplearlos en el frente oriental.

 

Mientras tanto el gobierno de Italia, que había analizado de cual de las dos alianzas podría sacar más beneficios territoriales –según la teoría, expuesta abiertamente, del sacro egoísmo nacional-, se inclinó por la Entente y el 23 de mayo de 1915 entró en guerra con el imperio austro-húngaro, tras firmar en secreto el Tratado de Londres. Eso suponía para Austria un nuevo frente en los Alpes. El gobierno austriaco emitió una nota de protesta, en la que reconocía que durante las negociaciones había estado dispuesto a contentar a su vecino italiano con territorios en los Balcanes:

“Sólo después de repetidas reclamaciones dio a conocer Italia sus contraposiciones con fecha 10 de abril, que eran exorbitantes. No pidió solamente la cesión de todo el Tirol italiano, sino también de las porciones tirolesas de territorios de lengua alemana, y además, como reivindicación primordial, los territorios eslavos del valle de Isonzo, con la población de Goerz, una faja de Kaernten y el territorio de la costa hasta Nabresilam; y por último, las islas totalmente eslavas de Lissa, Lessina, Curzola, Lagosta y varias islas pequeñas..., el reconocimiento de la soberanía italiana sobre Valona y su territorio...”.

Bulgaria, por el contrario, se unió a partir de aquel mismo 23 de mayo a los Imperios Centrales. El conflicto había entrado ya en su fase más dramática: la “guerra de posiciones” que conoció grados inimaginables de horror y violencia. El 31 de mayo un zeppelín bombardeaba Londres y se desarrollaba la guerra de Jutlandia. En Europa millones de soldados quedaron atrapados en las trincheras a lo largo de cientos de kilómetros.

En el frente occidental los ejércitos intentaban romper las líneas de frente a la desesperada. A veces se lograba, pero con un coste altísimo: avanzar unos cuantos kilómetros suponía la muerte de miles de soldados, sin que eso supusiera nada significativo en el conjunto de la guerra.

En el frente rumano, donde se encontraba, Carlos siguió poniendo todos los medios para humanizar aquella guerra. En una ocasión, durante una visita a un frente, dio una contraorden, prohibiendo utilizar el gas, que se había convertido en práctica corriente en los frentes franceses. No era partidario de los gases, ni de los bombardeos a las ciudades hostiles, ni de las represalias; pero la suya era cada vez más, unavoz en el desierto de aquel verano de 1915 que Graves evocacomo “los primeros tiempos de la guerra de trincheras, los días de las bombas hechas de latas de mermelada y de los morteros fabricados con cañerías de gas; días que no conocían todavía los cañones Lewis o Stockes, los cascos de acero, los fusiles con miras telescópicas, las bombas de gas, los blocaos, los tanques, las incursiones bien organizadas a las trincheras enemigas y otros refinamientos de la guerra de trincheras”.

 

“La guerra de movimientos de los primeros meses de la guerra –escribe Ocaña- vino rápidamente a su fin.  Sobre las masas de infantería y caballería cayeron toneladas de granadas y miles de ráfagas de ametralladora diezmaron las filas. Tras la batalla del Marnelos ejércitos debieron esconderse, arrastrarse por el barro, cavar cada vez más complejos sistemas de trincheras para sobrevivir al fuego enemigo. Desde el Mar del Norte hasta Suiza, miles de kilómetros de trincheras enfrentaron a millones de hombres en el frente de occidental. Anegadas de barro, infectadas de ratas, las trincheras se convirtieron en el hogar de unos soldados que sufrieron lo indecible. Los reiterados intentos de los militares por romper el frente llevaron a matanzas que aún hoy siguen teniendo un lugar de privilegio en la historia del horror: Verdún, Somme, Paseendale en Ypres (Bégica)”.

 

El 3 de septiembre fue elegido Papa el genovés Giacomo della Chiesa con el nombre de Benedicto XV. Como el fin de la guerra parecía impensable en aquellos momentos, propuso una tregua. Pero la propaganda bélica de los países contendientes manipuló su propuesta presentándola como derrotismo, apoyo solapado de la Iglesia hacia el otro bando, etc.

Durante el otoño de 1915 las tropas alemanas permanecieron a la defensiva, rechazando los ataques aliados desde sus trincheras. La situación se estabilizó y a fin de año, los ejércitos seguían estancados en sus posiciones. Se produjeron cambios en los jefes militares.

Ojo por ojo y diente por diente: el 25 de septiembre los británicos usaron por primera vez gases contra los alemanes, obligándoles a retroceder. Las tropas austriacas, con una tecnología más atrasada, empezaron a depender por completo de sus aliados. Habían combatido hasta entonces con energía y eficacia, señala Tapié, y los soldados “cualquiera que fuese su origen étnico (…) ligados “por un sentimiento personal de lealtad” habían dado numerosas pruebas de resistencia y valor. Pero a finales de 1915 el cansancio y las pérdidas de vidas humanas los habían desmoralizado.

Carlos seguía recorriendo frente tras frente. Al terminar regresaba a Viena; informaba sobre las operaciones militares, y se dirigía inmediatamente hacia otra línea de fuego. Además de los frentes, oriental y occidental, la guerra otros escenarios: en el mar, en las colonias, en los Dardanelos, en Salónica... Dura escuela, terrible aprendizaje, para un Heredero al trono de veintisiete años.

 


 

Los dos autores del atentado de Sarajevo murieron de tuberculosis en la cárcel checa de Teresienstadt. Cabrionovic falleció en 1916, y Prinzip en 1918. Prinzip era un nacionalista serbio, originario de una familia serbobosnia. En 1912, marchó a Belgrado, donde se incorporó a la Mano Negra. Tankosic le eligió por estar enfermo y ser menor de edad (por lo que no podía ser condenado a pena de muerte) para llevar a cabo el asesinato. En 1930 fueron elevados a la categoría de héroes nacionales: se dio su nombre a un puente, se pusieron placas conmemorativas en su honor, etc.

 

 

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