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4. La conspiración Braganza:
noviazgo y boda de Carlos
con Zita de Borbón-Parma

 



 

La conspiración Braganza

La archiduquesa María de las Nieves, esposa del Duque de San Jaime, Alfonso Carlos de Borbón, también estaba de maniobras, aunque las suyas eran más sutiles que las militares y en determinados aspectos, más decisivas. Doña María tenía un prestigio consolidado de experta casamentera y estaba decidida a confirmarlo. Este tipo de operaciones no eran nada nuevo; formaban parte de una antigua tradición de la dinastía Habsburgo a la que pertenecía Carlos, y las había iniciado el mismísimo emperador Maximiliano, el abuelo del gran Carlos V, con su famoso lema:

Alii bella gerant

Tu, felix Austria, nube.

“Que otros hagan la guerra

Tú,feliz Austria, concierta matrimonios”.

 

Doña María de las Nieves sabía bien que el triunfo de aquella dinastía se había debido, siglo tras siglo, a hábiles políticas matrimoniales, como la de la emperatriz María Teresa que se había convertido en la “suegra de Europa” gracias a los oportunos enlaces de susdieciséis hijos, a los que había logrado colocar en los tronos más variados: su hija preferida, María Antonieta, de final infausto, fue reina de Francia; Carolina, reina de Nápoles; Leopoldo, gran duque de Toscana; Fernando, duque de Módena…

No en vano los vieneses eran maestros del arte de la diplomacia, que había cosechado uno de sus mejores triunfos un siglo antes, durante el Congreso de Viena.Allí se había inaugurado una nueva etapa en la historia de las relaciones internacionales con un sentido que podíamos llamar “austriaco” de la política, que les llevaba a alternar cacerías, cenas y bailes -“el Congreso se divierte”- con compromisos y firmas de acuerdos secretos.

Uno de los últimos grandes logros de esa diplomacia había tenido lugar en España. En 1878 el rey Alfonso XII había quedado viudo sin sucesión, y un año después se casaba con una hija del archiduque Carlos Fernando, primo de Francisco José, María Cristina de Habsburgo Lorena, que había sido regente de ese país desde la muerte de su marido, en 1885, hasta la mayoría de edad de su hijo Alfonso, actual rey de España.

Pero la situación familiar de la dinastía, en aquellos momentos –sin herederos directos de Francisco José a los que casar- no permitía tantos enlaces. Otras dinastías habían tomado el relevo, siguiendo el modelo austriaco: los reyes de Dinamarca, Cristian y Luisa Guillermina, eran llamados “los abuelos de Europa”, porque habían situado a sus hijos nada menos que en los tronos de Suecia-Noruega, Inglaterra, Grecia y Rusia.

La gran aliada de doña María de las Nieves en estas maniobras era la tercera esposa de Carlos Luis, María Teresa de Braganza, que llevaba tiempo pensando en el matrimonio de de su nieto Carlos, como era su obligación. Una vez bien estudiadas las princesas casaderas de Europa, las dos damas habían concluido que Zita, una de las hijas de su cuñado Roberto, duque de Parma, casado con su hermana María Antonia, era la candidata ideal.

Esa jovencita de dieciséis años reunía todas las condiciones requeridas para aquellas expertas del Gotha, en lo que se refería a antepasados, alcurnia, edad, posición familiar y económica, religión, carácter, formación, espiritualidad, belleza…

El enlace no planteaba ningún problema internacional. No suscitaba suspicacia en ninguna casa reinante. Las urdidoras no habían dejado un cabo suelto, después de repasar, una tras otra, todas las candidatas disponibles: unas eran demasiado jóvenes; otras eran unas frívolas; otras parecían excesivamente serias para el talante alegre y jovial del joven archiduque… Había dinastías con el estigma de la hemofilia, a las que era mejor olvidar… Lo habían decidido : a un hombre como Carlos le convenía una mujer de temperamento, decidida y resuelta; y esa mujer era Zita.

Desde el punto de vista de la sangre tampoco había peros. Zita procedía de una rama de la Casa de Borbón que había reinado en Parma durante los siglos XVIII y XIX, y provenía de los Capetos franceses a través de los Borbones españoles. Era descendiente de Felipe V de España; de Luis I, Rey de Etruria y era nieta de Carlos III de Parma y Luisa de Francia.

Su padre, Roberto I, había sido el último duque reinante de Parma, (aunque en realidad, casi ni se dio cuenta: subió al trono en 1854, con seis años, tras el asesinato de su padre por un carbonario). Su abuela paterna había sido la Regente de aquel ducado, también por poco tiempo, porque cinco años después, fue anexionado al Piamonte, en la Italia unificada, y la familia tuvo que exiliarse, primero a Suiza y luego a Francia.

En aquellos momentos –y esto era importante- el padre de Zita era considerado como uno de los miembros de la realeza destronada más ricos de Europa. Roberto repartía su vida, gracias a la extraterritorialidad que le había concedido Francisco José, entre las diversas mansiones que había heredado de su familia: tenía un palacio en Italia, en Pianore, Lucca; y otro en Francia, donde Enrique de Francia le había legado el castillo de Chambord; y la esposa de Enrique le había legado tres palacios más en Austria, donde Roberto había comprado otro en Schwarzau, a sesenta kilómetros al sur de Viena. A estos castillos y palacios había que sumar la mansión de Wartegg, en Suiza.

Hay que reconocer que la vida de Roberto tenía un punto de exageración: por sus numerosos títulos nobiliarios, riquezas y posesiones; por sus múltiples herencias en países distintos y por sus dos matrimonios, en los que había tenido nada menos que veinticuatro hijos.

Con su primera mujer, la princesa María Pía, hija del rey Fernando II de Nápoles, había tenido doce.Con la segunda, la infanta de Portugal, María Antonia de Braganza, hija de Miguel I, rey de Portugal yde la princesa Adelaida de Lowenstein,tuvo losdoce siguientes: Adelaida, Sixto, Francisco Javier, Francisco José, Zita, Félix, Renato, María Antonia, Isabel, Luís, Enriqueta y Cayetano.

Zita había heredado las riquezas de su padre junto con la fortaleza y resolución de carácter de su madre. Era la hija número diecisiete; es decir, la quinta del segundo matrimonio de Roberto. Había que actuar rápidamente –decidieron las conspiradoras- antes de que se le ocurriera hacerse religiosa, como la mayor, Adelaida.

Desde el punto de vista de la formación, tampoco había peros: la candidata había recibido una profunda preparación espiritual y una formación humanística francesa exquisita. Además, conocía bien la realidad europea, fruto de sus estancias en Chambord, Schwarzau y Zangberg, en la Alta Baviera.

En resumen: perfecta.

 

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Lo que autores como Balansó definen como una conspiración familiar en toda regla, para Zita fue sólo un simple cúmulo de casualidades. Conocía a Carlos desde que era pequeña y habían compartido juegos infantiles. “Vi a Carlos por primera vez en casa de mi tía María Teresa, en Wartholz –comentaba, divertida, en una entrevista-.Mi hermana y yo estábamos muy enfadadas contra él. ¡Figúrese que había apuntado con su carabina de juguetehacia la ventana donde estábamos asomadas!”

Varios años después, coincidieron en Wartholz: “era mayor que nosotras y no nos interesaba nada. Pero nos divertía mucho ver como se preocupaba por su hermano pequeño Max, cuidándolo como si fuese su ama de cría”.

Volvieron a verse en Franzensbad.María Teresa había organizado casualmente una cacería de una semana donde pudieron conocerse mejor. La diplomacia vienesa volvió a triunfar. Ya no eran dos niños. Carlos tenía veintidós y Zita diecisiete. Para Carlos fue un auténtico flechazo.

Ella se lo tomó con calma: “Tenía cuatro años más que yo. Me enamoré de él poco a poco en el espacio de dos años, mientras que él tomó súbitamente su decisión en 1910, cuando se corrió la voz de que yo me había comprometido con un lejano pariente español, don Jaime de Borbón...”.

Para Carlos no había duda alguna: era la mujer de su vida, y se lo comentó a su madre, que le aconsejó esperar. Ese casamiento, le dijo María Josefa, parecía problemático por razones de consanguinidad; había que saber qué opinaba el Emperador; etcétera.

 

Junio de 1911. Una conversación don Zita

 

Los esponsales previos a la boda –que se celebraban entonces con una ceremonia religiosa- tuvieron lugar el 13 de junio de 1911, en la capilla del palacio de Pianore. No había problemas de consaguinidad (era una simple cortina de humo de su madre, antes de tantear como iba ser recibida la noticia en Palacio) y a Francisco José la decisión le había parecido excelente.

En la fotografía oficial, Carlos, de uniforme, se inclina hacia delante, con apostura marcial, mientras que Zita mira con seriedad hacia la cámara. Carlos le había propuesto el matrimonio en el santuario de   Mariazell,  frente al Santísimo. Y el día anterior le había dicho en voz baja: “Zita: ¡ahora tenemos que ayudarnos para alcanzar el Cielo!”

Habían tenido una conversación particularmente íntima mientras paseaban porlos jardines de plantas exóticas de aquella mansión a la que el antiguo duque de Parma había querido dar unesplendor de corte. En aquellas cinco hectáreas se alzaban diversas construcciones, como el palacio ducal –donde vivía parte de la numerosísima familia de Zita- o la Villa de María Teresa de Saboya, la hija de Victorio Manuel I, rey de Cerdeña.

Carlos se había sentido en el deber de explicarle con claridad lo que había sido su vida. En concreto, algunas horas y días de su vida que le avergonzaban. Pesaba sobre su conciencia la encerrona con aquella mujer que le habían preparado sus camaradas de cuartel, y quería ser completamente sincero con la que iba a ser su esposa desde el primer momento, para que en su matrimonio no se repitiera la falta de confianza que había visto en sus padres.

- Después de lo que te he contado… ¿estás dispuesta a casarte conmigo?

Y le prometió serle siempre enteramente fiel. Como prueba de la veracidad de sus intenciones hizo el juramento de que, si alguna vez la traicionaba en algo, por pequeño que fuera, se lo contaría antes de que pasasen veinticuatro horas. Zita sabía lo que significaba la palabra “juramento” en los labios de un hombre como Carlos.

Comenzaron a verse con más frecuencia. Carlos congenió pronto con su futura familia política, de ambiente y dimensiones tan diversas ala suya. Ese buen entendimiento le ayudaría mucho en el futuro. Mientras tanto, el Emperador dispuso que la joven pareja le representara en Londres durante la coronación de Jorge V, para darlos a conocer a la nobleza europea.

Pasaron los meses y se fue preparando el enlace conforme a las normas y tradiciones de la etiqueta austriaca. Uno de los pasos obligados era ir a Roma para recibir la bendición del Papa. Pero ese viaje, en aquellos momentos, resultaba embarazoso desde el punto de vista diplomático. Pío X seguía "prisionero" en el Vaticano como protesta contra el gobierno italiano, que había ocupado los antiguos Estados Pontificios en contra de su voluntad, para ponerlos bajo la corona del Rey de Italia; y la presencia de unHabsburgo en el Vaticano podía molestar al rey que estaba aliado de Austria.

 

 

 

 

San Pío X

Francisco José no quería desairar al Papa, ni molestar a los Saboya, ni romper la tradición y buscó una solución de compromiso: irían sólo Zita y su madre, que eran parmesanas de nacionalidad.

Durante la audiencia, Pío X le preguntó a Zita por Carlos, el príncipe heredero.

—Santidad --le dijo, sorprendida—, Carlos no es el heredero…

Pero el Papa –que no se enteró o no quiso darse por enterado- siguió hablándole de Carlos en el mismo sentido, bendiciendo a la nación austriaca y a su “futuro monarca”, con un entusiasmo inusual para una audiencia protocolaria de aquel tipo.

Al despedirse, el Papa –que parecía estar bien informado sobre su futuro marido- exclamó:

- ¡Dichoso el país con semejante soberano!

 

Verano de 1911. Un viaje por Europa

Durante aquel verano Carlos y Zita visitaron, entre otras ciudades, Wiener-Neustadt, en la que se estaba fraguando una revolución de carácter marxista. Ese viaje les permitió conocerse mejor y hablar con calma. Descubrieron una sintonía íntima entre ellos, no sólo afectiva, sino también intelectual y cultural.

Ambos consideraban la monarquía como una herencia histórica y un sistema que preservaba grandes valores del hombre como la fe, la familia, las tradiciones o el progreso.

Uno de los factores de cohesión del Imperio,la religión –con un ochenta por ciento de católicos- no significaba un apoyo incondicional por parte de la Iglesia a las aspiraciones monárquicas, y Carlos lo sabía bien. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, para él, lo mismo que para Zita, su fe no estaba ligada a un determinado régimen político, por mucho que estuviera íntimamente convencido –al igual que su futura mujer- de que el sistema monárquico era el quegarantizaba mejor la libertad de la Iglesia para llevar a cabo su misión en aquella época de la historia.

Su condición de miembros de dos grandes dinastías europeas –Habsburgo y Borbón- no les volvía ciegos ante los problemas con los que se enfrentaba su sociedad y, en concreto, la monarquía austro-húngara; problemas que no eran fruto sólo del alto número de naciones que la integraban o de las tensiones políticas internas de cada país. Era el modelo en sí, unitario y centralista; era la estructura política del Imperio, desfasada e inoperante, lo que había que renovar.

La creación de la doble monarquía había llevado a una doble centralización –con una cabeza en Viena y otra en Budapest- que favorecía y privilegiaba en contra de la tradición de los Habsburgo, dos culturas concretas: la alemana de Austria y la húngara.

Durante sus estancias y viajes por las naciones del Imperio, Carlos y Zita habían podido observar de cerca las realidades económicas de los diversos pueblos. Hoy diríamos que el Imperio caminaba con varias velocidades. En Austria, al igual que en otras naciones del centro y del sur de Europa, el abismo entre las zonas agrícolas y las industrializadas se hacía cada vez mayor, aunque algunos sectores del campo austriaco conservaran su vitalidad económica porque un porcentaje considerable del campesinado erapropietario de sus tierras.

Pero la estructura agraria de Hungría seguía lastrada por la inercia del sistema latifundista. La nobleza rural húngara –la Gentry- seguía defendiendo sus privilegios a toda costa y se oponía de forma suicida a la necesaria reforma agraria, mientras la masa campesina seempobrecía cada vez más.

Carlos se iba acercando a una visión federal, aunque sabía que una transformación de ese tipo exigiría una cirugía dolorosa en el tejido político de la monarquía dual. Además debería ser una transformación necesariamente lenta que requeriría, además de un largo periodo de paz, una prudenciay un tacto político singular.

En la mente de Carlos los diversos estados miembros debían gozar de efectiva igualdad de deberes y derechos; para había que responsabilizar a las minorías dirigentes actuales, crear nuevas elites y formarlas cara al futuro; sustituir la “alta burocracia” por un sistema administrativo eficaz, etc.

Esos cambios, además de inevitables, eran urgentes. Si no se iban dando los pasos para democratizar aquellas estructuras socioeconómicas profundamente injustas, logrando una efectiva mejora en el status de vida de los obreros, aquellos emporios industriales que Carlos y Zita contemplaban con una mezcla de asombro y preocupación, corrían el peligro de convertirse, a corto plazo, en un polvorín.

No se necesitaba demasiada agudeza política para intuir que esas desigualdades sociales constituían un campo abonado para las demagogias, las utopías marxistas y las soluciones desesperadas. Unas soluciones que, para Carlos y Zita, más que traer la libertad y la justicia soñada, hundirían aún más a los que las padecían. Pero los que podían ser agentes de un cambio pacífico (las clases dirigentes y la alta burguesía) se empeñabanen mirar hacia otro lado.

 

Octubre de 1911. Boda en Schwarzau

 

La boda se celebró el 21 de octubre de 1911, en una de las numerosas mansiones de la familia de Zita: la capilla del palacio de Schwarzau, en la Baja Austria, al pie de los Alpes.

 

 

 

En los reportajes cinematográficos se ve a Carlos con gesto decidido, cordial y sonriente, con uniforme de capitán de dragones; a Zita, llamativamente joven, esbelta y seria, luciendo la soberbia capa nupcial, laminada en plata, que donaría a la iglesia de san Quintín de Parma; al Emperador, con el rostro avejentado, con los enormes mostachos blancos y la figura encorvada que presidía entonces, en miles cuadros y láminas, los despachos oficiales del Imperio; a la madre de Carlos, María Josefa, seria, discreta, casi inexpresiva, junto al emperador; y se distinguen a diversas figuras de la realeza europea, como Fernando de Bulgaria, esposo de María Luisa, una de las doce hermanastras de Zita.

 

El Cardenal Bisletti leyó el mensaje pontificio que el Papa les había escrito de su puño y letra. Al terminar la ceremonia, les dijo a los novios, en privado, que había tenido que saltarse un párrafo en atención a Francisco Fernando, allí presente, porque Pío Xl persistía en su error, y denominaba a Carlos y Zita como los “futuros soberanos”.

 

El Emperador, que obsequió a la novia una diadema de brillantes, estaba exultante: ¡al fin un miembro de su Casa se casaba con la persona adecuada! Durante el banquete dirigió a los recién casados una calurosa felicitación que provocó un cruce de miradas cómplices entre las conspiradoras. Doña María de las Nieves –según Balansó- sonreía con gesto de victoria. Misión cumplida.

Fueron a Wartholz, peregrinaron luego a Mariazell y su viaje de novios se convirtió en un largo periplo de representación oficial por los estados del Imperio: el Tirol, el Trentino, Trieste, Dalmacia, Bosnia, Herzegovina, Transilvania, etc.


 

 

 

 

 

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