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3. Mayoría de edad

 


Carlos, con uniforme militar


Agosto de 1907. Praga: la mayoría de edad

Le gustara o no aquel nuevo golpe de timón, ese cambio de escenario resultó positivo, porque Praga era uno de los grandes centros culturales europeos. Contaba desde 1348 con la famosa Universidad Carolina, la primera de Centroeuropa, fundada por Carlos IV, el “padre de la Patria”, rey de Bohemia y emperador que la convirtió en capital del imperio romano germánico, que le había dado sus monumentos más significativos, como la Muralla del Hambre o el famoso puente que lleva su nombre; y conservaba numerosos monumentos de la época de Fernando I, aquel Habsburgo nacido en España, elegido Rey de Bohemia en 1526, tras la muerte de Luís de Jagellón.

Fernando, cuñado del soberano fallecido y esposo de la hermana de Luís, Ana de Bohemia y de Hungría, había introducido en Bohemia algunos de sus rasgos de identidad: la devoción católica al que luego sería el famoso “Niño Jesús de Praga”; la rígida etiqueta de la corte española y el gusto por la moda hispana –sobria y severa- que triunfaba durante aquel tiempo en toda Europa.Había hecho construir un palacio magnífico para su esposa en el Jardín Real del Castillo, junto con la Sala de juegos de pelota, dotando a la ciudad de sus edificios más característicos, como la Plaza Pequeña de la Ciudad Vieja.

Uno de sus sucesores, Rodolfo II la había preferido a Viena, y había sido escenario en 1618 de las revueltas protestantes, y dos años después de la victoria de los Habsburgos en la batalla de laMontaña Blanca. El nacionalismo checo había reverdecido a mediados del siglo anterior. En aquellos momentos Bohemia estaba en pleno proceso de industrialización

De vez en cuando Carlos se detenía ante la tumba de su antepasado: el Mausoleo Real, una sepultura de estilo renacentista, tallada en mármol blanco, donde reposaba aquel hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, nieto de los Reyes Católicos de la lejana España, que por los sorprendentes azares de la historia y de política (nada parecía augurarle aquel futuro durante su infancia) se había convertido en cabeza de la rama austriaca de los Habsburgos.

Durante esos años Carlos se puso en contacto con la realidad del pueblo checo en un momento especialmente delicado para la doble monarquía: los nacionalistas húngaros habían ganado las elecciones en 1905 y un año después el Ejércitohabía clausurado el Parlamento de Budapest. No era un “asunto extranjero” para los checos: desde el siglo XVI, cuando Hungría y Bohemia decidieron elegir como su rey al mismo Habsburgo, las tormentas en Viena o en Budapest acababan repercutiendo de un modo u otro en Praga.

Vivía en la ciudad un joven intelectual judío de lengua alemana, Franz Kafka, que preparaba su doctorado en la Facultad de Derecho y que reflejaría en su obra –entonces inédita- el ambiente de aquella extraña ciudad durante aquellos años. Separados por fuertes murallas mentales, más poderosas que las distancias que le imponían sus barrios respectivos, convivían en Praga tres grupos humanos muy diversos: los checos, sometidos a la cultura germanizante; los alemanes de Bohemia, separados de Alemania desde hacía dos siglos; y los judíos.

Kafka satirizaría la figura del anciano Francisco José “El Emperador que nunca muere” y una de las lacras más insidiosas del imperio, que Carlos intentaría cambiar en el futuro: aquella burocracia absurda que había convertido muchos domicilios particulares de Praga en oficinas, ante la que no había posibilidad de crítica, y donde cada gestión se eternizaba en manos de funcionarios serviles. El proceso burocrático era tan lento como exasperante en cada uno de sus pasos: präesentirt, exhibirt, indicirt, priorit, konzipirt, revidrt, approbirt, mündirt, kollationirt, expidirt, registrirt…

Poco después de su llegada, el 1 de noviembre de 1906, falleció su padre, con sólo 41 años, de forma serena y cristiana, para sorpresa de muchos Carlos sabía bien la causa de su muerte: sífilis. La misma enfermedad que había padecido su tío paterno Maximiliano.

 

Durante el primer año de Carlos en Bohemia, Japón derrotó a Rusia tras una guerra terrible que dividió Manchuria en dos y obligó a los rusos a reconocer el protectorado de Japón sobre Corea. Ese suceso lejano, que parecía no afectar al Imperio, resultaría decisivo cara a su futuro, porque hizo que Rusia centrara su atención en los Balcanes a partir de entonces, lo que le acabaría llevando a una confrontación con Austria-Hungría.

El imperio daba algunos tímidos pasos modernizadores y en diciembre de 1906 había aprobado la ley de sufragio universal que se puso en práctica por primera vez en enero de 1907, lo que llevó a un considerable avance de los socialdemócratas, que pasaron de 11 a 87 escaños en la Cámara.

 

Ese mismo año, el 17 de agosto, día en que Carlos cumplía veinte años y alcanzaba la mayoría de edad, Wallis y Mattencloit fueron relevados de sus funciones, siguiendo otra de las costumbres de la Corte que detestaba. A partir de entonces, Francisco Fernando se convertiría en su tutor.

Las conversaciones con su tío comenzaron a proporcionarle una información privilegiada sobre la situación del Ejército, donde el Heredero al trono ejercía una notable influencia; y sobre los entresijos políticos del gobierno del Imperio. Era sabido que Francisco Fernando deseaba transformarlo, en cuanto llegara al poder, en una monarquía federal tripartita en la que los eslavos del sur, junto con Bosnia y Herzegovina, recuperaran su autonomía.

A pesar de todo, Carlos lamentó el alejamiento de Wallis en aquel periodo de su vida en el que necesitaba especialmente de sus consejos. Porque su entorno era ahora muy diverso. Siguiendo otra tradición de su Casa, al llegar a la mayoría de edad le habían asignado un apartamento propio dentro del castillo de Hradschin, y gozaba de un presupuesto generoso; tenía a su disposición un chambelán –Ledebeur-; un gentilhombre de cámara, Zdenko, y varios criados a su servicio. Años después Carlos manifestaría su profundo desagrado ante esta maquinaria de privilegios trasnochados y ante el absurdo de un sistema educativo que pasaba de la exigencia desmesurada en la infancia a la indulgencia extrema en la juventud, al revés de lo que pedía el sentido común.

Los resultados solían ser deplorables, y en el entorno familiar había ejemplos para confirmarlo. Los jóvenes archiduques se encontraban de repente con una legión de criados dispuesta a satisfacer todos sus caprichos mediante un sumiso: “a las órdenes de su Alteza”, que los convertía en déspotas de veinte años.

Y notó especialmente la ausencia de Wallis durante una temporada de 1908, cuando reanudó la carrera militar en el regimiento bohemio de Brandeis sur l'Elbe, en otros aspectos de carácter más personal. Francisco Fernando le comentó un día:

-Ten cuidado con las mujeres. Si no puedes, haz por lo menos lo mismo que yo: presérvate y vela por tu salud.

Aquellas palabras le turbaron. Consideraba a su tío como un hombre íntegro… Y si no era ése el sentido de sus palabras, ¿qué le había querido decir? ¿Qué corría el riesgo de contraer la misma enfermedad que su padre? ¿Qué la padecía ya?

Estaba desconcertado. Habló con un sacerdote. Quizá no fue demasiado claro, o el sacerdote no comprendió el alcance y sentido de su pregunta: el caso es que no le resolvió el problema y además, Carlos creyó entender, confundido, que aquel clérigo no le daba demasiada importancia al comercio sexual al que le animaban día tras día sus camaradas de cuartel.

No sólo le animaban. En una ocasión le prepararon una encerrona con una mujer. Tras un breve periodo de crisis y confusión moral, Carlos recapacitó y se reafirmó en la coherencia del pensamiento y conducta que había aprendido de Wallis.

Este episodio fugaz, que le dejó el regusto amargo de la infidelidad, ponía de relieve -una vez más- una constante de su vida: aunque estuviese rodeado por una nube de sirvientes y ayudas de cámara, se encontraba solo. Esa situación era un preludio del futuro, en el que tendría que enfrentarse con problemas mayores en una dolorosa soledad.

 

La monarquía dual conoció, durante aquel año, un éxito aparente: se anexionó Bosnia-Herzegovina tras la revolución de los Jóvenes Turcos en Turquía. Alemania había apoyado en su empeño y Rusia se había visto forzada a ceder ante la agresión. El dominio del Imperio en los Balcanes parecía consolidarse.

Mientras tanto, Carlos fue convirtiéndose en un joven capitán de lanceros sencillo y jovial, buen camarada y con muchos amigos. Uno de ellos era Jaroslav Gross, un teniente “sin más”, algo mal visto por la Corte vienesa, que consideraba extravagante ese trato indiferenciado con plebeyos.

A los ojos de esos cortesanos, Carlos parecía un tipo singular, paradójicamente, por su normalidad. Muchos de sus críticos estaban curados de espanto: habían sido testigos de las extravagancias de Sissíy de las aventuras de archiduques excéntricos como Luís Salvador, un bon vivant que había elegido Mallorca como refugio tras de sus viajes por medio mundo.

Las excentricidades de Carlos eran de otro tipo: no parecía prestarle demasiada atención (más bien ninguna), a los placeres de la mesa, que habían cobrado una importancia casi capital en la Viena de comienzos de siglo. No bebía. No se le conocían aventuras amorosas, como a su padre; su conducta parecía, en aquella Corte que se autoproclamaba católica según las conveniencias, demasiado coherente con su fe.

Sólo se le conocía una pasión: Viena y la música (la música vienesa, naturalmente), pero esto solía ser habitual en los Habsburgos (salvo en el caso de Francisco José, a juzgar por sus ronquidos en la Ópera).

Siempre que Carlos venía de permiso a Viena subía los---- del campanario de la catedral de san Esteban para contemplar la ciudad desde las alturas: el tejado de azulejos vidriados del templo, la silueta barroca de la iglesia de san Pedro; la fastuosidad del Palacio Imperial; las dos columnas de san Carlos; el teatro de la Ópera; los nuevos edificios de la Ringstrasse, las arboledas del Prater…

 

Paseos por Miramar

 

Miramar

A los dieciocho años fue nombrado oficial de caballería y le destinaron al regimiento de dragones "Duque de Lothringen". Pasaba los inviernos en pequeñas guarniciones de Bohemia o de Galitzia y los veranos en el chateau de Miramar, el espléndido palacio que su tío paterno Fernando Maximiliano había hecho construir a orillas del Adriático, cerca de Trieste, sobre el promontorio rocoso de Grignano.

Todo, en aquel palacio de almenas blancas yjardines de gusto ecléctico, construido en 1856, evocaba la figura de su tío, aquel archiduque viajero, contralmirante de la armada imperial, que treinta años antes de nacimiento de Carlos se había casado con Carlota Amalia, hija del Rey Leopoldo I de los Belgas, y que ese mismo año había sido nombrado gobernador general del Reino Lombardo-Véneto en 1857.

Fernando-Max había comenzado a gobernar en Lombardía y Venecia conforme a su ideología moderadamente liberal con todo el ímpetu de sus veinticinco años, hasta que Francisco José, de veintisiete (y bastante menos dotado intelectualmente que él, según Bérenguer), lo removió de su puesto al cabo de dos años –al comienzo de la guerra entre Austria y la coalición de Francia y el Piamonte- por disconformidad con su línea política.

Fernando-Max se había retirado a este palacio en plena juventud con un cargo meramente honorífico, y aquí, entre viaje y viaje, había recibido en 1861 la visita de Rechberg, ministro de Asuntos Exteriores, que le preguntó si estaba dispuesto a aceptar la corona imperial mexicana. Los conservadores buscaban un príncipe europeo para que fuera Emperador del Segundo Imperio que deseaban implantar en su país, donde el primer Emperador, Itúrbide, había sido derrocado, desterrado y fusilado cuarenta años antes.

El joven archiduque puso como condición la aceptación de Francia y de Inglaterray la celebración de un referéndum en México. En México, ocupado por los franceses, la Junta de Notables declaró el 10 de julio de 1863 su apoyo a la monarquía y envió una comisión oficial a Trieste, que se entrevistó con Fernando más tres meses después, el 3 de octubre.

Fernando-Max seguía dudando; pero Napoleón III –con quien congeniaba desde su estancia en París en 1856- le aconsejaba aceptar, llevado por su megalomanía, porque deseaba contar con una monarquía católica en América, tutelada por Francia. También al joven archiduque le ilusionaba componer la figura del salvador de los oprimidos mexicanos frente a los cada vez más poderosos Estados Unidos de Norteamérica.

Se habían cumplido las condiciones gracias a que las tropas francesas habían invadido México con el pretexto de que el país no había satisfecho sus deudas a Francia. (Las razones de esta curiosa aventura ultramarina francesa no están del todo claras para los estudiosos, que se preguntan: ¿fue realmente la emperatriz, la española Victoria Eugenia, la que influyó en su esposo para que creara una potencia católica americana que sirviese de freno a los Estados Unidos? ¿Era un paso más para construir el soñado canal en Centroamérica? ¿O todo se debía, simplemente a los intereses financieros del hermanastro de Napoleón?).

Se había realizado también el plebiscito que solicitaba. De seis a ocho millones de personas - le aseguraban- le esperaban ansiosas en México.

 

Maximiliano

El archiduque ignoraba como se había preparado y desarrollado aquella consulta popular. Tampoco sabía hasta qué punto el republicano Juárez llevaría la lucha contra su figura. En realidad lo ignoraba casi todo sobre México, un país profundamente católico dominado por unas elites anticlericales y anticristianas. Sólo contaba con sus lecturas de Humboldt, algunos estudios sobre fortificaciones militares y la experiencia de sus viajes en Brasil; pero en vista de lo que le contaban y del generoso préstamo de Napoleón (que le garantizó que sus tropas en México le protegerían) el 10 de abril de 1864 firmó, en aquel mismo palacio, su aceptación de la corona mexicana, convirtiéndose en Maximiliano I de México y renunciando a sus eventuales derechos hereditarios a la corona austriaca.

Un óleo de dell´Acqua refleja, idealizada por el gusto romántico, la despedida de los jóvenes Maximiliano y Carlotadel muelle del Castillo de Miramar el 14 de abril, en la nave Novara, de la marina austriaca, rumbo a su nuevo imperio, bajo una enorme bandera mexicana.

Fue reconocido muy pronto en el ámbito internacional, salvo por Abraham Lincoln, que mantuvo su embajador ante el presidente republicano Benito Juárez.

Cuando los jóvenes emperadores –que habían aprendido castellano y tenían el firme deseo de agradar a sus súbditos- llegaron al puerto de Veracruz, el 28 de mayo de 1864, además de la frialdad del recibimiento, encontraron un país muy diverso al que le habían pintado. México estaba desgarrado por las luchas internas y sufría fuertes desniveles sociales y económicos. La situación de la Hacienda era lamentable. Tras un viaje por el interior, en el mes de agosto, Maximiliano empezó a tomar medidas liberales, que le fueron distanciando de los terratenientes, sus principales valedores. Además, algunas de sus decisiones le malquistaron con la jerarquía de la Iglesia.

Quizá la aventura romántica de Maximiliano hubiese tenido otro final si Napoleón, que se enfrentaba con nuevos problemas en Europa, no le hubiese abandonado, tanto en el aspecto económico como en el militar; y si los Estados Unidos, al terminar su guerra de Secesión, no hubiesen apoyado decisivamente a Juárez. Porque la pareja imperial –que al no poder tener hijos, ya habían adoptado como príncipes mexicanos a Salvador y Agustín, descendientes del anterior emperador Itúrbide (se llamarían Habsburgo-Itúrbide) - pronto se encontró sin salida, aunqueMaximiliano atenuó su política liberal y la cambiópor otra más personal, con ayuda de los conservadores.

Carlota viajó a Europa en 1866 para intentar convencer a Napoleón de que no retirara sus tropas. Desde allí, pasando por Roma, llegó a Miramar, donde se manifestaron los primeros síntomas de la locura que le acompañaría el resto de su vida. Las tropas francesas abandonaron México, y algunos, como el general francés Castelnau, aconsejaron a Maximiliano que abdicara y regresara a Europa, pero no hizo caso.

El 15 de mayo de 1867, en plena guerra con los juaristas, uno de sus más cercanos aliados, el coronel López, lo traicionó. Maximiliano estaba dispuesto a abdicar, pero los acontecimientos se precipitaron. El 13 de junio se inició el consejo de guerra en el Teatro Iturbe de Querétaro. Fue condenado a muerte. Juárez le negó el indulto y la ejecución tuvo lugar el día 19, en el Cerro de las Campanas, en presencia de cuatro mil soldados. Había pagado unas monedas de oro para que los soldados del pelotón no le dispararan a la cabeza y que su madre, la archiduquesa Sofia, pudiera reconocerle tras su muerte.

 

“Perdono a todos –dijo antes de morir-, y pido a todos que me perdonen. Que mi sangre, a punto de ser derramada, sea para bien de este país !Viva México! !Viva la independencia!” Sus verdugos le dispararon a la cabeza, como se observa en el conocido lienzo deEdouard Manet, L´exécution de Maximilien (1867). El 29 de septiembre, su cuerpo regresó a Europa en el mismo buque que le había conducido a México, el Novara.

Al conocer la noticia, Napoleón III viajó a Salzburgo junto con Eugenia de Montijo para dar el pésame a la familia, perola archiduquesa Sofía se negó a recibir al que consideraba el “asesino de su hijo”.

La aventura política de aquellos jóvenes emperadores con final trágico, la muerte de su tío en un país extraño, debió ser tema de abundante reflexión para Carlos durante sus estancias en Miramar. Ignoraba entonces hasta qué punto aquellos hechos influirían en su vida futura.

 

En noviembre de 1908 se celebró en Viena el sexagésimo aniversario del reinado de Francisco José. Carlos participó en los actos y estuvo conversando con Polzer, que le había acompañado durante sus años en Praga, acerca de la difícil situación que –según Carlos- atravesaba la Monarquía. Polzer, que conocía su buen sentido y olfato político, se quedó sorprendido ante su análisis, que juzgó excesivamente sombrío y poco acorde a su temperamento, optimista. De todas formas, le escuchó con atención, porque sabía que contaba con la información privilegiada de su tío Francisco Fernando.

 

Carlos le vino a decir, en líneas generales, que estaba convencido de que, si no se variaba la línea habitual de gobierno –ir aplazando sine die, una tras otra, las grandes cuestiones sobre el funcionamiento de la monarquía-, se avecinaba una catástrofe. A Polzer le pareció una valoración juvenil demasiado precipitada.

De todas formas, en aquellos momentos, la influencia de Carlos en la vida política era nula. Se contentaba con seguir atentamente la marcha del Imperio desde Hungría, donde se ejercitaba en maniobras militares.

 


 

 

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