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2. Infancia y juventud

 


Carlos, con su madre y su hermano Max


 

Una mañana en el Prater

En esta mañana de 1897, durante su paseo por el Prater el capitán Wallis ha decidido hacerse una fotografía con el pequeño. Habla con el fotógrafo sobre la disposición y el encuadre. Convienen que archiduque estará de pie, a su lado, y que él sentará en el banco, flanqueado por su tutor de rigurosa levita: el conde de Wallis y barón de Karighmain, nacido en Kolleschowitz, Bohemia, en 1856, que compone la estampa perfecta del militar del imperio de Francisco José.

Su trayectoria ha sido ejemplar. En 1875 Wallis ya era subteniente en el Regimiento de Húsares nº 11 Príncipe Alejandro de Württemberg; nueve años después alcanzaba el grado de teniente, y en 1889 ya era capitán. Carlos Luis, el hermano del emperador y luego, su hijo Otón habían depositado gran confianza en él, que se había concretado en la formación del pequeño Carlos.

Hoy es un día de descanso para el pequeño -10 años- al que ha llevado a ver la famosa Rueda Gigante de 67 metros de altura, la más grande del mundo.

Aunque el fotógrafo les anima a sonreír, el pequeño Carlos mira hacia la cámara con timidez, mientras que capitán, sentado a su lado, rie distendido, con sus enormes mostachos y lentes circulares. A su lado, el cuerpo menudo de Carlos da una impresión de fragilidad.

Wallis tiene una relación casi paternal con su preceptuado. Sabe que Carlos es consciente de los graves problemas conyugales de sus padres, aunque afortunadamente la esposa de Wallis, Sofía Pállfy, es una mujer cariñosa que procura darle al pequeño el cariño que no encuentra en su hogar.

El archiduque Otón está demasiado ocupado con sus aventuras amorosas como para ocuparse de él; y su madre, la archiduquesa María Josefa, es una mujer buena, piadosa, resignada, pero de un carácter excesivamente retraído y metódico, que ha vigilado hasta ahora su educación (encomendada, como de costumbre, a una institutriz, la irlandesa, Miss Casey) con excesiva frialdad. Esa frialdad que no deja de sorprender a todos, porque a su segundo hijo Max lo trata de forma mucho más afectuosa.

 

Wallis sabe bien por qué extraños caminos ha llegado a convertirse en el preceptor de este joven archiduque. Para todo el Imperio el 30 de enero de 1889 supuso un antes y un después, pero de forma singular para él.

Hasta ese año, la atención del Imperio se centraba en los eternos problemas particulares de cada nación. Los militares seguían hablando de Solferino; triunfaban los valses de Strauss en los medios populares y los burgueses de Viena estaban ocupados en cuestiones locales, como la inauguración del Teatro Nacional en la Ringstrasse, la gran avenida que había ordenado construir el emperador en torno al casco antiguo de la ciudad. Gruñones como de costumbre, habían concluido que “en el Parlamento no se oye nada, en el Ayuntamiento no se ve nada, y en el Teatro ni se oye ni se ve nada”. En aquella ocasión sus críticas tenían fundamento, porque se había tenido reformar la sala para mejorar la acústica.

Ese 30 de enero de 1889 cambió el rumbo de la historia de Europa, del Imperio y de la suya personal. Según la versión oficial, en aquella mañana el Kronprinz Rodolfo –un hombre de vida disipada, minado por las enfermedades- se había suicidado en el pabellón de caza de Mayerling en un momento de enajenación.

En los comunicados oficiales se pasaban por alto algunos datos y circunstancias de las que Wallis tuvo pronto noticia por sus contactos con la Corte de Viena. Rodolfo se había quitado la vida junto a su última conquista, María Vetsera,una muchacha de dieciséis años. El desencadenante del suicidio había sido, decían, la negativa del Emperador a secundar su proyecto: era sabido desde hace tiempo en los círculos políticos y militares que Rodolfo soñaba con un imperio federal en el que las nacionalidades se integraran con gran autonomía, que disentía de las orientaciones de la política exterior de su padre y que el año anterior había llegado a un acuerdo con los nacionalistas húngaros para dar un golpe de estado, que le convertiría en rey de Hungría y de las provincias orientales.

El golpe había fracasado, pero Rodolfo seguía intentándolo. Al no conseguirlo, afirmaban, había decidido suicidarse, porque no podía soportar el deshonor de su fracaso. Y su joven amante había decididoacompañarle en su último viaje.

Los hechos corroboraban esta versión, junto con otros detalles que fueron llegando a oídos de Wallis: la carta de despedida de Rodolfo a su criado Loschek, pidiéndole que le enterraran junto a su amante; la misiva que dirigió a su amigo húngaro Szügenyi, explicándole por qué había tomado aquella decisión; o las palabras escritas por María Vetsera en un cenicero, con tinta violeta: “El revólver es mejor que el veneno, más seguro”.

Según esa versión, que corría de boca en boca, Rodolfo habría asesinado a las seis y media de la mañana a María Vetsera, con su consentimiento; luego habría avisado a su criado para decirle que le despertara una hora después; a continuación se habría suicidado en su cuarto, disparándose en la sien con un revólver, frente al espejo, para no errar el tiro.

Pero circulaba otra versión menos romántica, que afirmaba que aquello había sido en realidad un doble asesinato. Rodolfo –decían- temía que les mataran desde hacía tiempo, y por esa razón había decidido aquella noche que durmieran en el pabellón de caza varios amigos suyos.

Aseguraban que incluso había puesto un armario frente a la puerta en previsión del atentado, pero que los asesinos, ocho hombres fuertes, habían entrado por la ventana y le habían destrozado la cabeza, mientras sus amigos intentaban en vano entrar en el cuarto… No; aquello no había sido un suicidio sino el fruto de una extraña conspiración, porque los que examinaron el cadáver no habían encontrado la herida de la bala, y tenía los dedos cortados....

A partir de entonces se habían ido sucediendo las hipótesis y las falsas “revelaciones periodísticas”. En las tertulias militares y en los cenáculos políticos cada cual defendía su propia hipótesis: para unos estaba claro que los asesinos formaban parte de una conjura organizada por la masonería. ¿Cómo podían eso –replicaban otros- cuando se sabía que Rodolfo se había iniciado en la masonería años atrás? No había duda –se argumentaba en otros ambientes-: los judíos eran los responsables. ¡Los judíos! –contestaban- ¡Si precisamente Rodolfo mantenía muy buenas relaciones con ellos!

En todo caso, el suicidio/asesinato de Rodolfo había situado al pequeño Carlos, de forma imprevista, en el cuarto puesto de la línea sucesoria al Trono, y eso había hecho que el Emperador dispusiera que comenzara a formarse de acuerdo a los intereses de Estado.

Esta decisión había preocupado a su madre. María Josefa había recibido una buena formación cultural en la corte de Dresde y conocía bien-porque las sufría en carne propia- las deficiencias de la educación cortesana de Viena, donde se realizaba durante aquellos años una política anticlerical, de raíz josefinista. No quería que a su hijo Carlos le sucediera lo mismo que a Rodolfo yque le asignaran, como a él, unos preceptores de orientación laicista, entre los que se contaba un benedictino francmasón.

Ella y su marido –en uno de los escasas intervenciones del archiduque Otón en la vida de su hijo- habían hablado con Francisco José, conviniendo en nombrarle a él, preceptor oficial de su hijo Carlos.

Había aceptado gustoso. Además, el pequeño tenía buena madera y ya conocía algo del imperio, porquehabían nombrado a su padre comandante del 9º Regimiento de Húsares y se había trasladado a Sopron, en Hungría. Era importante que además del húngaro, comenzase a aprender las diversas lenguas de la doble monarquía.

Además, debía aprender a comportarse cuanto antes conforme a su rango. Su único acto “oficial” por decirlo de algún modo, había tenido lugar con motivo del nacimiento de su hermano Max. Al ser el archiduque más joven le había correspondido llevar el cirio bautismal durante la ceremonia, celebrada conforme al llamado ceremonial español de la Casa de Austria, el protocolo más envarado y engorroso, según los críticos, de todas las cortes europeas.

Todos los informes que recibió Wallis sobre el pequeño eran muy positivos. Uno de sus preceptores, Geggerle, lo retrataba como un niño sencillo, sin el engreimiento habitual de los miembros de las casas reales. En 1896, cuando falleció su abuelo Carlos Luis, Carlos le había preguntado quién sería el siguiente emperador.

 

-- Vuestro tío Francisco Fernando, si se cura –le dijo Geggerle.

En aquel tiempo el sobrino de Francisco José, Heredero de la Corona, seguía soltero y se estaba reponiendo en Egipto de una tuberculosis pulmonar.

-- ¿Y si no se cura?

-- Vuestro padre.

-- ¿Y si él también se pone malo?

-- Ah… Entonces –sonrió Geggerle-os tocará a vos.

-- ¡No! –exclamó Carlos ingenuamente--. ¡Le tocará a mamá!

Geggerle le hizo ver que su madre sólo podía ser Regente, y que él podría ser el futuro emperador, sucediendo a su padre, Otón. Pero a Carlos no parecía seducirle la idea –que juzgaba imposible- y siguió estudiando, sin darle demasiada importancia al hecho de ocupar el tercer puesto en la sucesión al trono imperial.

 

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No cabe duda alguna de que la elección de Wallis fue acertada, aunque el capitán se sobrepasó, por exceso de celo, en la aplicación del rigor y la disciplina, sin llegar a los métodos del general Gondrecourt, el primer preceptor que tuvo Rodolfo varias décadas antes. Hasta que su madre Sissí logró acabar con aquello, Gondrecourt despertaba al pequeño Rodolfo por las noches con un disparo de revólver junto a la almohada -para templarle carácter, decía-sometiéndolo a la tortura de interminables duchas heladas.

Los métodos de Wallis eran más razonables, pero sin duda excesivos, contemplados desde la actualidad, para un niño de la edad y la constitución de Carlos, que no tuvo más remedio que acostumbrarse a sufrir en silencio desde su infancia una disciplina de cadete. Wallis debió pensar que éste era el mejor camino –o quizá, era el único que conocía- para virilizar su voluntad e inculcarle las virtudes y las pautas de conducta –rectitud, responsabilidad, fidelidad, sentido del deber- que no había recibido de su padre.

Al mismo tiempo, fue preparándole –con la ayuda del teniente Mattencloit,que se ocupaba de la educación física-para su futuro ingreso en el Ejército. Nadie se planteaba que Carlos pudiera dedicarse a otra cosa: la carrera militar era, por decirlo así, la “ocupación natural” de los archiduques austriacos. Le impuso una vida extremadamente sobria –en algunos aspectos, casi espartana- con el deseo de que le ayudara a contrarrestar desde pequeño la disipación de los ambientes cortesanos en los que debería moverse en el futuro.

Junto con Wallis estaba Holzlechner, un helenista doctor en Derecho, que seocupaba de su formación humanística. Ésta incluía el aprendizaje de las lenguas principales del imperio. Afortunadamente Carlos había heredado el talento natural para los idiomas de los Habsburgo y llegaría a desenvolverse con en tiempo en siete lenguas; algunas de notable complejidad, como el húngaro.

Esta formación, rigurosa y exigente, constituyó la preparación humana y psíquica que Carlos necesitaba para el futuro, proporcionándole un formidable autocontrol interiory una extraordinaria capacidad de resistencia ante las adversidades. Sin ella, es posible que no hubiera superado las sucesivas desgracias que fueron cayendo sobre su vida, una tras otra, como planchas de hierro.

Esta disciplina no enrareció su carácter, sencillo, alegre y generoso, como se puso de manifiesto con motivo del incendio de una casa cercana a Reichenau. Carlos corrió a su cuarto para dar todo lo que tenía a la familia que se había quedado sin hogar. Esta anécdota delata algo más que un arrebato aislado de generosidad adolescente: es un símbolo del sentido global de su existencia. Se explica que Carlos guardase un profundo afecto hacia el capitán, hombre severo y cariñoso al mismo tiempo, de profunda rectitud moral,católico sincero y posiblemente la única persona con la que tuvo verdadera confianza en su infancia y adolescencia.

 

En 1898 nombraron a Otón general de Brigada y tuvo que trasladarse de nuevo, esta vez al palacio vienés de Augarten, que alberga en la actualidad a los famosos Niños Cantores de Viena.Era un palacete de caza del XVII donde habían actuado figuras como Beethoven, Mozart o Johann Strauss.

Durante el curso siguiente, dio un paso inaudito en la historia de su dinastía: comenzó a estudiar en el prestigioso Colegio de los Escoceses, situado en el centro de Viena, regido por los benedictinos. Era la primera vez que un archiduque asistía a clases fuera de palacio.

 

Mientras tanto, en su familia seguían sucediéndose las desgracias: el 10 de septiembre de aquel año su tía abuela política, la Emperatriz Isabel, era asesinada en Ginebra por el anarquista italiano Lucheni. Aquella muerte, que consolidó el mito de Sissí, era la enésima desgracia que caía sobre Francisco José, cada vez más solitario y aislado, y su familia.

Viena en el Siglo XIX

 

Durante esos años de fin de siglo, Viena conocía uno de sus grandes periodos de esplendor. Era la generación de Freud, Wittgenstein, Klimt,Kokoschka y Mahler que había asumido la dirección de la Ópera de la Corte en la última década del XIX y a partir del año siguiente, de la Orquesta Filarmónica. Triunfaba el vals y la opereta de gusto popular con Strauss hijo y Lanner. Era un fruto de la vitalidad cultural y artística del mosaico de pueblos del Imperio. Los doctores de su Escuela de Medicina tenían prestigio mundial

Todo esto había tenido su reflejo en la arquitectura de la ciudad, de lo que se llamaría “la era de la Ringtrasse”, la gran avenida que rodeaba el casco antiguo de Viena, como una soberbia corona de edificios monumentales – la Universidad, el Museo de Bellas Artes, el museo de Ciencias, el Palacio Imperial- etc. Esa avenida estaba particularmente ligada a su tío abuelo: Francisco José en persona había ordenado construirla en 1857, tras un concurso internacional en el que participaron 85 arquitectos de toda Europa, y veintidós años después, en 1879, había celebrado en ella sus bodas de plata en el trono con un magnífico desfile. Habían participado en su construcción arquitectos de renombre internacional, como el danés Hansen, que vino de Atenas para concluir el Musikverein, un edificio de estilo helénico, para la Sociedad de Amigos de la Música; el alemán Schmid o el suizo Semper, que crearon un conjunto arquitectónico grandioso, de estilo historicista, dentro de la tradición clásica.

Allí vivían los miembros de la alta nobleza, los aristócratas y los nuevos ricos, muchos de los cuales habían obtenido un título nobiliario por sus servicios a la monarquía (entre 1804 y 1918 se concedieron unos 9.000); y aquel fue el paisaje de adolescencia de Carlos: cocheros con látigos y bombines

 

Pero aquella época tocaba a su fin. Uno de los artistas oficiales, Otto Wagner, había cambiado de estilo arquitectónico, construyendo en 1898 dos inmensos edificios funcionales fuera del Ring, insolentes por su modernidad y sencillez. Nada de estucos, estatuas de bronce tímpanos y cornucopias: las ventanas se asomaban, con sus perfiles nítidos, en la desnudez del muro. Y un grupo de artistas, encabezados por Klimt habían fundado el movimiento Secesión. Su divisa lucía en un frontón de un edificio de Olbrich, uno de sus integrantes: “A cada época su arte, al arte su libertad”.

También Carlos quiso formarse en libertad, como un Habsburgo de su época; pero los convencionalismos sociales se lo impidieron. Archicarlos -como le llamaban sus compañeros- no pudo presentarse a las evaluaciones de fin de curso con ellos, porque el emperador pensaba que un miembro de su Casa no podía someterse a un examen como un alumno cualquiera...

Fue el primer desencuentro de Carlos con una mentalidad caduca contra la que lucharía a lo largo de su existencia. Una existencia que el emperador iba diseñando desde su gabinete de trabajo, de acuerdo con sus padres.

 

 

Tras su estancia en el Colegio de los Escoceses decidieron que completara su formación durante los dos años siguientes –1902 y 1903- viajando por los territorios del Imperio y por algunos países como Alemania, Francia, Inglaterra y Suiza. Ese tour europeo formaba parte de la formación humanística de los nobles desde hacía siglos y Carlos no fue la excepción.

No sabemos con qué ánimo recibió Carlos ese cambio de plan. Viajar suele ser algo apasionante para cualquier un adolescente. Los que le trataron entonces le recuerdan como un muchacho discreto, con algunas de las cualidades que los antiguos cronistas aplicaban al fundador de la Casa, Rodolfo I, Rey de Romanos. De Rodolfo se decía que era “un hombre moderado en sus apetitos en lo que concierne a la comida, la bebida y las demás cosas; un hombre inteligente y sensato”, “de expresión grave y digna que revelaba un gran carácter”.

Lo mismo se podía decir de Carlos, en el que ya se adivinaba al hombre de carácter. Era un joven sereno, que había heredado la pietas eucharistica de los Habsburgo, de la que hablaba ya en el siglo XIV el cronista suizo Wintherthur. Los capellanes de la Casa relataban como el Emperador Rodolfo, al encontrarse con un sacerdote que llevaba el Viático a un moribundo, le había ofrecido su propio caballo para que vadeara el río, y que luego se lo había regalado para ese fin, aduciendo que él no podía seguir usando una montura que había llevado el Cuerpo de Cristo.

Desde entonces, la devoción al Santísimo era una de las “señas de identidad” de los Habsburgo. Francisco José había dado muestras patentes medio siglo antes, en 1852, cuando descendió de su carroza al ver a un sacerdote portando el viático por el Prater. Esa piedad, queformaba parte de la leyenda de su dinastía, era en su caso, genuina y sincera, y constituye una clave decisiva para entender el sentido íntimo de su existencia.

En la primavera de 1904, los médicos vieron que se fatigaba de modo preocupante –consecuencia quizá del riguroso plan de trabajo y de los excesivos ejercicios físicos a los que había sido sometido desde pequeño- y aconsejaron que pasara un tiempo descansando en el Tirol. Le acompañóPolzer, un político de treinta y cuatro años, que trabajaba en el ministerio austriaco del Interior y se estaba abriendo camino en aquellos momentos en el entorno político de Francisco Fernando.

En cuanto se repuso, comenzó la carrera militar, y en septiembre de 1905, con dieciocho años, según el plan previsto, se trasladó a la base marítima de Pola donde se enroló en el 7º Regimiento de Dragones del Duque de Lorena, cerca de Bilin en Bohemia: disciplina y más disciplina, clases de esgrima, equitación, táctica y organización de tropas; armas blancas y de fuego; gimnasia, etc.

Se comportó durante ese periodo como un buen camarada, como había puesto de manifiesto años atrás, cuando no quiso decir el nombre del muchacho le había herido en una pierna mientras patinaba, para no causarle perjuicios; y eso que tuvo que someterse a una dolorosa operación–no se contaba aún con la anestesia actual- que le dejó una leve cojera al caminar.

No hay detalles de especial relieve en este periodo de su vida hasta que en otoño de 1905 le comunicaron otrocambio de planes: debía interrumpir la carrera militar y trasladarse a Praga, para estudiar Derecho, Historia del Arte, Economía y Políticas en dos universidades.

 

 


 

 

 

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