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17. La Dama de Negro

 



- “Vi el hambre, la miseria, la angustia, el dolor y los esfuerzos sobrehumanos que hacía mi esposo –contaba Zita- por conseguir la paz. Pero eso la gente no lo sabía, y comprendo que se fraguara una especie de resentimiento contra nosotros.

La primera tarea que se propuso Karl fue procurar que la guerra acabase de una vez por todas. Pero existían demasiadas fuerzas interesadas en que el conflicto continuara. Sabíamos que la guerra solo podría tener un triste final y por eso se intentó encontrar una fórmula para atajarla, pero no tuvimos éxito. Yo, ahora, tanto tiempo después, sólo guardo amor por toda aquella gente que nos despreció, porque estaban engañados. No sabían lo que ocurría realmente”.

 

A partir de la muerte del Emperador la emperatriz visitió siempre de negro. Aquel luto fue, sobre todo, un perpetuo homenaje hacia Carlos, hacia su vida y su muerte, cuyo último sentido conocía bien.

En aquellos momentos Zita contaba sólo con dos valedores en la esfera internacional: los reyes de Inglaterra y de España. Alfonso XIII –como le había asegurado Carlos- logró convencer a la Entente para que permitieran regresar al continente europeo a la Emperatriz y sus hijos venciendo la oposición de la Conferencia de Embajadores.

--No te olvides –le había dicho Carlos la misma noche antes de morir—que el Rey de España me prometió ayudarte. Es un caballero, tú lo conoces, aunque ya sabes que es un poco así, así… -le había dicho, aludiendo al carácter peculiar de Alfonso.

Ella pensaba que se hallaba en uno de los delirios producidos por la fiebre, pero Carlos la había mirado fijamente antes de repetirle:

-- No te olvides, acepta su ayuda. Me lo prometió firmemente.

 

La Emperatriz Zita, con sus hijos, yernos y nueras. A su derecha, Otto

De Cádiz llegó a Sevilla con sus hijos. En la ciudad hispalense tuvieron una acogida particularmente cálida. Al llegar a Madrid el rey le ofreció el Palacio del Pardo y les contó que la noche anterior a la muerte de Carlos había estado pensando en la posibilidad de que le sucediera lo mismo a él y a su familia. Esa noche decidió que, si Zita se quedaba viuda, debía cumplir enseguida con la palabra que le había dado a Carlos varios años antes.

En el Pardo nació la última hija del Emperador. Aquel palacio, construido en tiempos de Carlos V, una de las grandes figuras de los Habsburgo, les evocaba muchos recuerdos. En la portada renacentista se leía la inscripción: Carolus I Romanorum Imperator Hispaniarum rex 1547. En los pedestales de las columnas del llamado Patio de los Austrias,los eslabones del collar del Toisón de oro se alternaban con las cruces de San Andrés.

Su estancia en El Pardo fue necesariamente breve y tras pasar unos meses en San Sebastián, un potentado español, Adolfo de Urquijo, les ayudó a instalarse en una casona de Lekeitio, junto al Cantábrico, donde residieron siete años, un periodo que les pareció largo después de aquellos continuos trasiegos.

En 1929, en vista del curso que tomaba la situación política española-Alfonso XIII se exiliaría dos años después—Zita decidió trasladarse a Bélgica con sus hijos, aunque los miembros del Ayuntamiento de Lequeitio le habían comunicado que podían seguir residiendo allí. Lo agradeció, pero prefirió aceptar la ayuda del rey de los belgas, y se instaló con sus hijos en Steenockerzeel, Bravante, un día lluvioso de 1930 -el 20 de noviembre- leyó la declaración de mayoría de edad de su hijo primogénito, que quedó constituido Jefe de la Casa imperial austriaca.

El mismo día que murió Carlos, siguiendo la tradición, le había dicho a Otto:

-Hasta este momento, el Emperador-rey era tu padre. Ahora, el Emperador-rey eres tú.

Y le había besado la mano entre lágrimas.

 

A partir de entonces la figura de la dama de negro desapareció del panorama político europeo. Deseó siempre volver a Austria, pero las autoridades no se lo permitieron. Decidió pasar los últimos años de su vidaen un convento de la Suiza alemana, donde dijo, en el transcurso de una entrevista:

-Yo creo que he permanecido todo este tiempo fuera de mi patria por una desconsideración o por un error jurídico. En fin de la Primera Guerra Mundial fue, con seguridad, uno de los mayores cambios que ha registrado este siglo, pero entonces, la correlación de fuerzas de la situación política mundial no permitió una disposición de ánimo para que regresase junto a mi familia a Austria.

Porque yo no he abdicado nunca... ¿Sabe?... No tenía que hacerlo, sencillamente, porque no tenía ningún derecho por mí misma, ya que en el derecho de los Habsburgo, la sucesión se lleva a cabo por vía masculina. Yo no era, por tanto, la sucesora del emperador, sino, simplemente, su esposa. Por eso, cuando me preguntan a menudo "¿Ha renunciado usted?"..., insisto en que no tenía nada de qué renunciar.

Yo me convertí en ciudadana austriaca por mi enlace con el emperador Carlos y, como tal, debía haber vivido en mi patria desde mucho tiempo atrás.

Procesión con las reliquias del Beato Carlos de Austria Hungría

 

 

Más allá de Austria-Hungría

La existencia de Carlos alcanzó, el 3 de octubre de 2004, una resonancia insospechada en un ámbito más universal que el de su Imperio, que sólo duró medio siglo, en sentido estricto del término. En 1920, un militar polaco del ejército austro-húngaro que admiraba profundamente su figura, decidió que su hijo recién nacido se llamara Karol, Carlos, como homenaje al Emperador destronado. Ochenta y cuatro años después, en el 2004, el hijo de ese militar polaco, convertido en el Papa Juan Pablo II, Karol Wojtyla, beatificaba en Roma a aquel Emperador que se atrevió a soñar a la paz

Desde entonces, para el ámbito católico, Carlos representa un modelo de coherencia cristiana y de plena identificación con Cristo. Es un testigo de la Fe. Pero su mensaje, traspasa la esfera eclesial y alcanza muchos otros ámbitos. Para los europeos de cualquier credo, ideología y cultura, Carlos es un recordatorio de la Europa que pudo ser y no fue; y también, de la Europa que puede construirse en el futuro si se intenta aplicar su mensaje de respeto a la persona humana y solidaridad entre los pueblos.

Su fracaso histórico, su muerte en el destierro de Madeira –un Yuste forzoso- constituye, paradójicamente, su gran victoria moral sobre la política suicida de su época. Aunque ninguno de sus gobernantes contemporáneos deseaba la guerra, la provocaron; y no supieron o no quisieron detenerla. No hace falta demasiado esfuerzo para comprobar que muchos de los conflictos actuales –desde los Balcanes al Oriente Medio- hunden sus raíces en aquella Guerra que Carlos no logró detener.

En la actualidad, los cánones culturales de la Europa de Carlos I de Austria-Hungríahan desaparecido, lo mismo que su imperio. Sus países se han independizado o forman parte de estructuras políticas diversas. En algunos todavía no reina todavía la paz. Las concepciones de Carlos sobre la función monárquica, al igual que las soluciones socio-políticas que propuso en su tiempo, pertenecen al pasado.

Es inútil hacer ejercicios de historia-ficción sobre lo que pudo haber sido el futuro de Europa si este Carlos I de Austria –que evoca, por su grandeza moral y por la amplitud de su concepción política, al Carlos I de España- hubiera triunfado en su empeño. Un hombre aislado no puede escribir la historia de su país, que siempre será fruto de la libertad y del entrelazamiento de múltiples concausas; pero muy posiblemente el proyecto político de Carlos con sus luces y sombras, sus aciertos y errores, hubiera podido evitar a muchos pueblos de Europa gran parte de sus penalidades.

“¿Valía la pena destruir Austria-Hungría? – se preguntaba Bérenguer en 1989-. Sus pueblos eran indiscutiblemente más libres antes de 1914 que con los sistemas establecidos a partir de 1938”. Muchos países de lo que fue su Imperio sufrieron las penalidades de una nueva guerra mundial, aún más terrible que la primera; el triunfo del nazismo, el horror de los campos de concentración y las deportaciones;la guerra fría y el muro de la vergüenza. Conocieron décadas de violencia y represión: era todo lo que Carlos quería evitar y no logró, porque -desde el punto de vista estrictamente político- fue un gran derrotado. Con él se cerró el último capítulo de la historia, gloriosa unas veces, turbulenta otras, de la dinastía Habsburgo.

Pero lo esencial de su mensaje sigue siendo permanente en estos momentos en los que los escasos monarcas de Europa que aún ocupan sus tronos ofrecen una figura muy diversa a la que Carlos desempeño. Para compartir los valores y los ideales de Carlos –el respeto al hombre y la construcción de la paz, desde una concepción trascendente- no hace falta ser monárquico o partidario del modelo federal que propugnaba. Carlos es uno de esos personajes de la Historia que se alzan sobre las circunstancias temporales en las que vivieron, para superarlas, proyectándose de forma asombrosamente moderna hacia el futuro.

En su biografía sobre Carlos V el primogénito de Carlos, Otto de Habsburgo, señala que el Emperador de Europa y fundador histórico de la España de la edad moderna, “luchó lleno de valor por un orden justo en la Tierra y reconoció los límites impuestos a la voluntad humana. Su concepción de la dignidad imperial y del imperio puede parecer a primera vista vinculada a las instituciones de su tiempo, y por lo tanto, ya superada.

En realidad, responde a los principios fundamentales arraigados en la naturaleza humana y que cada época y cada generación tienen que asumir de nuevo y hacerlos realidad en su forma correspondiente. Como personaje histórico, Carlos V estaba llamado a desaparecer; de su vida en la tierra queda tan sóloalgo de polvo en una tumba de mármol en El Escorial. Pero como representante de un ideal eterno, el Emperador continúa viviendo entre nosotros más de 400 años después de su muerte: no sólo como antepasado de Europa, sino como un indicador del rumbo que debe guiarla en los próximos siglos”.

 

Estas palabras, referidas a Carlos I de España, pueden aplicarse también al último emperador reinante de entre los descendientes de su hermano, el Emperador Fernando I.

Con ilustre miembro de su Casa, Carlos I de Austria, encarnó los mejores valores de Europa; y su mensaje esencial de solidaridad, paz y respeto democrático entre los pueblos, tan combatido e incomprendido en su tiempo, resulta más urgente que nunca en esta Europa que -con palabras el doctor Laguna, aquel español universal del siglo XVI-, no cesa de atormentarse a sí misma.

José Miguel Cejas

Funerales de la Emperatriz Zita

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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