..Inicio

 


16. Funchal

 



9 de marzo de 1922. Una caminata hasta Funchal

 

Durante aquellos meses pudo dar abundantes paseos con sus hijos por la isla, poniéndose en contacto con las gentes del lugar. Aunque no dominaba el portugués, su dominio de diversos idiomas le facilitaba la comprensión. Paseaban por los alrededores. Les hablaba a sus hijos de historia, astronomía, geografía… A veces bajaba caminando a Funchal, que se encontraba a dos horas de camino. No disponían de coche, y sólo contaba para subir y bajar a la capital con un tren de cremallera.

Uno de esos días, el 9 de marzo, bajó hasta la capital con los dos mayores, Otón y Adelaida, para comprarle un regalo al pequeño Carlos Luis, que cumplía dentro de unos días cuatro años y se había puesto enfermo. Durante la subida, en funicular, sufrió un enfriamiento por el cambio de temperatura desde Funchal –donde hacía bastante calor- a la cumbre, al que no le dio mayor importancia. Pero poco después, por la tarde del 14 de marzo, cayó en cama, con dificultades respiratorias. Podía ser una gripe, la llamada entonces “gripe española”, aunque parece ser que su origen estaba en los soldados norteamericanos durante la pasada guerra.

Le atendía la esposa de Mensdorff, que había ejercido de enfermera durante la guerra. La abuela María Teresa, que también era enfermera, le sugería el método tirolés para curar la gripe: sumergir varias veces la cabeza en agua fría. Carlos lo puso en práctica sin mayores resultados. El 20 de marzo llegóKaroly desde Europa. Lo recibió en cama y escuchó las malas noticias de Hungría con serenidad, sin un asomo de critica hacia los que le habían traicionado, llevándole hasta su situación actual.

El 21 María Teresa, que lo auscultaba habitualmente,descubrió algo anormal en su respiración, y propuso llamar a un médico

Carlos se negó porque pensaba que había en la casa gastos más urgentes. Le convencieron y le reconoció el doctor Monteiro, que no ocultó su preocupación. Tiene 40 grados de fiebre. Prescribió una aspirina y otros medicamentos.

El 23 de marzo le subieron al primer piso, donde dormía la abuela Maria Teresa, una habitación más aireada y en la que daba el sol... cuando había sol, Carlos se resistió al cambio, para no causar trastornos, aunque al final aceptó.

Siguió empeorando, con fiebres muy altas. Al día siguiente Porto de Vasconcelos, colega de Monteiro, confirmó el diagnóstico: bronquitis aguda. Le reconocieron dos veces en el mismo día y decidieron aplicarle ventosas. Carlos se encontraba cada vez más fatigadoy el sábado, 25 de marzo, seguía con 40 grados de fiebre.

El domingo 26, tras la misa, pidió que le trajeran el Santísimo expuesto ante el que pasaba bastante tiempo cada día desde hacía muchos años.Era un antiguo privilegio de su los reyes de su dinastía: se podía exponer el Santísimo donde quiera que se encontraran.

A diferencia de otras prerrogativas, había usado ampliamente de ese privilegio eucarístico a lo largo de su vida. Las vigilias en oración se habían hecho cada vez más frecuentes desde los años terribles de la guerra, en los que, al final de jornadas agotadoras, se levantaba de la cama para arrodillarse ante la Eucaristía y rezar el Salmo 90: El que habita al amparo del Altísimo/ y mora a la sombra del Todopoderoso, diga a Dios: /"Tú eres mi refugio y mi ciudadela, /mi Dios, en quien confío" /pues Él te librará de la red del cazador/ y de la peste exterminadora ...

El médico iba poniendo los medios a su alcance: inyecciones de trementina, de alcanfor, de cafeína; emplastos y más ventosas que acabaron ulcerándole la piel. Trajeron bombonas de oxígeno para ayudarle a respirar.

La inyección de trementina le provocó una dolorosa inflamación en la rodilla y --- leve contacto con la sábana le producía dolor. Sufría al no poder ver a sus hijos, por los que preguntaba constantemente, pero no quería que entren en su habitación para evitar un contagio.

Mientras tanto la noticia de su enfermedad había llegado a Madeira, donde las autoridades habían recibido nuevas órdenes de estrecha vigilancia para evitar una posible evasión (¡!). Aquel mismo día las buenas gentes de Funchal, que estaban al tanto de lo que sucedía, porque las dimensiones de la isla lo facilitaban, ofrecieron por su curación la tradicional procesión del Cristo.

Se confirmó lo que se temía: era una neumonía doble, una enfermedad muy grave en aquella época en la que no existían los antibióticos, y se lo comentaron a Almeida, que vivía con la familia, para que le comunicará a Zita la gravedad de su estado.

Carlos estaba preocupado por Zita; por la salud de los pequeños Carlos y Félix, que seguían en cama con pulmonía y por Roberto, que padecía una afección intestinal; por el jardinero y el guarda de la finca, también enfermos. Preguntaba una y otra vez por ellos y confortaba a Zita, que sostenía la casa, en aquellos días difíciles con su energía habitual.

 

El 27 empeoró y durante la noche del 28 su estado se agravó peligrosamente. Por la mañana, los médicos le reconocieron y estuvieron hablando con Zita en voz baja. Cuando se marcharon, Carlos le preguntó:

- ¿Qué dicen, Zita?

- Nada, que la cosa va bien.

- Mi portugués –le dijo, sonriendo- me da para entender lo que han dicho…

Zita le preguntó si deseaba recibir la Extremaunción. Contestó afirmativamente, pero como era la primera vez que recibía ese sacramento, quería confesarse primero. Llamaron a Zsambocki, el joven capellán. Tras la confesión, le comentó a su esposa, con sencillez: “He hecho una confesión general. He perdonado a todos mis enemigos; a todos los que me han ofendido y a todos los que han tramado algo contra mí”.

Eran las nueve y media de la noche. Pidió que llamaran a Otón, de diez años, para que estuviese presente durante la Extremaunción, a pesar del riesgo del contagio: “Quiero que sea testigo de esto. Le servirá para toda su vida. Es necesario quesepa lo que debe hacer en esta situación un rey, un católico, un hombre”.

Fue recordando por su nombre a cada uno de sus hijos: Otón, Adelaida, Roberto, Félix, Carlos-Luís, Rodolfo… Comenzó la ceremonia. Llegó el pequeño Otón, sobrecogido, y se quedó rezagado, de rodillas, al fondo de la habitación: “Que se acerque un poco —dijo—, porque desde allí no ve nada".

El pequeño se arrodilló junto a su madre, y el sacerdote le hizo a Carlos, que permanecía con el semblante sereno, las unciones habituales.

Durante las horas siguientes sigue orando por sus hijos y por los antiguos pueblos del Imperio, consciente de que, influidas por las maledicencias, muchas de sus gentes le odian, por considerarle responsable de la guerra.

 

Volvió a preguntar por Otón. Le dolía que hubiese tenido que estar presente, a su edad, en la Extremaunción de su padre: “¡Pobre niño! ¡Cómo me hubiera gustado haberle evitado esto!”

Al mediodía la fiebre le hizo delirar de nuevo. Sus pérdidas de consciencia desnudaban su alma, dejándola en carne viva, y mostrando sus inquietudes profundas: preguntaba por sus hijos, oraba por su patria, pedía agua para un soldado ciego…

Al recobrar la lucidez preguntaba por el día de la semana, con impaciencia.

--¿Ya es sábado?

 

El miércoles 29 siguió padeciendo alucinaciones, seguidas por periodos de plena conciencia en los que se interesaba por sus hijos, en particular por los enfermos y por el resto de enfermos de la casa.

Los dolores en la pierna se hacían insoportables y respiraba con dificultad, sin quejarse, aunque de vez en cuando no podía evitar morderse los labios. Los médicos se admiraron por su entereza, ya que sabían que los dolores de la pierna eran terribles.

Siguió sometiéndose a las curas pacientemente. Los médicos indicaron una nueva inyección de serpentina, cuyas consecuencias ya conocía. Recibió la noticia en silencio. Le aplicaron seis ventosas, que le produjeron grandes llagas.

La noche del 29 al 30 de marzo, jueves, fue particularmente penosa. Sufrió una nueva crisis cardiaca y tenía el pulso a 146. Por la mañana, mientras le atendían, comentó la alegría y la paz que le proporcionaba su fe en el amor de Dios: “en otro caso, mi situación sería insoportable”.

Durante la noche del día siguiente volvió a tener delirios a causa de la fiebre: hablaba con su madre, con su hermano Max, con sus hijos. Cuando se reponía, agradecía a todos los cuidados que tenían con él. Le aplicaron otras seis ventosas. Llevaba mucho tiempo sin dormir y estaba agotado. El oxígeno le calmaba durante unos cuantos minutos. Le faltabael aire y sufría constantes ahogos.

Los médicos consultaron a otro colega, el doctor Machado, director del Hospital Militar de Funchal. Estaba desahuciado. Carlos era plenamente consciente de su situación: sabía que va a morir, y sentía en su alma, como le dijo a Zita, que Dios quería que aún sufriera un poco más, para la salvación de sus pueblos. Como el viejo rosario de oro que había desgastado totalmente durante los años de la guerra a fuerza de rezarlo en su intimidad, su vida estaba también a punto de consumirse.

“Era imposible —comentó Zita tiempo después— seguir a Carlos en aquella rápida ascensión. Era muy reservado. No se sabía nunca qué avances en ese Amor escondía tras aquel silencio suyo”. En aquellos momentos, lecomentó algunas cosas de su intimidad espiritual de las que jamás habíanhablado: “He buscado siempre el querer de Dios en todas las cosas y he procurado vivir siempre según su Voluntad”.

Pasó el día entre terribles sufrimientos. Sabedor de que era su última jornada en esta tierra, se disponía a morir en plena juventud, dejando a una mujer joven viuda con ocho hijos, aceptando de todo corazón la Voluntad de Dios.

Al final de aquel día terrible, le confesó a Zita: “no podía imaginar que fuera a ser tan doloroso”.

Zita —con un embarazo ya muy avanzado— llevaba quince días junto a él, día y noche, sin apartarse de su cabecera. Ahora la vida de Carlos se iba apagando con serenidad. “Su Majestad debe dormir”, le susurraba. Carlos se resistía; le quedaban pocas horas de vida: “¡Y me queda todavía tanto que rezar!”.

Miraba a Zita. El no llegaría a ver elhijo que esperaban.

-Si es una niña —le dice— ponle Isabel.

 

 

Amaneció por fin el 1 de abril. Tenía casi cuarenta grados de fiebre.

-- ¿Qué día es hoy? –preguntó.

-- El día de la Virgen, dijo Zita.

-- ¡Ah –sonrió- ya es sábado!

Zsambocki celebró la Misa

Luego, como de costumbre, expuso el Santísimo ante Carlos.

En un determinado momento le dijo a Zita su última declaración de amor:

-Te quiero con locura.

 

Se le administra el Viático. Al terminar, la alegría se hace patente en su rostro, contraído por el sufrimiento. “Tu amado Jesús viene a llevarte”- le dice Zita. Carlos asiente: “Jesús, ven”.

Pide que venga Otón. El sacerdote le da de nuevo la absolución. Carlos ora en voz alta por cada uno de sus hijos, por sus nombres. “Que se haga Tu Voluntad”. Luego exclama con voz fuerte: ¡Jesús, María. José!, y tras un breve silencio, expira.

Son las doce y veintitrés minutos del primer día de abril de 1922. Es sábado, comotantos días decisivos de su vida.

 

Al día siguiente, el cadáver de Carlos I de Habsburgo, Emperador de Austria y Rey Apostólico de Hungría, yace en un modesto ataúd colocado sobre las baldosas húmedas. Ha gobernado un imperio y ha muerto en una casa prestada, en un país extranjero, en una isla del Atlántico, lejos de su tierra y de sus pueblos.

Apunta levemente la primavera en Madeira. Depositan en sus manos un crucifijo y colocan sobre su pecho el Toisón de Oro. Las gentes de Madeira acuden para rezar ante el cadáver. El duelo se va convirtiendo en devoción.

 

Nuestra Señora del Monte, Madeira

El 5 de abril un tercio de la isla -treinta mil isleños- acudió a su funeral en Nuestra Señora del Monte. Los comercios de Funchal cerraron sus puertas en señal de luto. El obispo de Funchal comentaría tiempo después: «Ninguna misión ha colaborado tan eficazmente a reavivar en mi diócesis la fe como el ejemplo que dio su emperador durante su enfermedad y muerte».

Lasautoridades portuguesas propusieron a la emperatriz la posibilidad de rendirle los honores militares previstos para un soberano. Agradeciendo la propuesta, se vio obligada a rehusar: no debía aceptar –les dijo- el homenaje de unos soldados extranjeros, cuando no están presentes los de sus países.

 

En su tumba en Madeira, bajo el altar, se lee, grabado en mármol:

 

CAROLUS I. D. G. AUSTRIAE IMPERATOR

BOHEMIAE REX, ETC

APOSTOLICUS REX HUNGRIAE NOMINE IV

NATUS PERSENBEURG XVII. VIII. MDCCCLXXXVII

MORTUUS MADEIRA I. IV MCMXXII

ADORANS S. S. SACRAMENTUM PRAESENS

DICENS"FIATVOLUNTAS TUA”.

 

Carlos I, por la gracia de Dios, Emperador de Austria, Rey de Bohemia, etc. Rey apostólico de Hungría, cuarto de ese nombre. Nacido en Persenbeurg el 17-VIII-1887, Muerto en Madeira el 1-IV-1922, adorando el Santísimo Sacramento presente y diciendo: hágase su voluntad.

 


 

 

Ir la Página de Inicio