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15. Madeira

 



Octubre de 1921. Funchal

 

A las tres de la tarde del 19 de octubre Carlos, Zita y sus acompañantes desembarcaron en Funchal, capital de Madeira, una isla portuguesa con extensos bosques de color esmeralda, situada en un lugar estratégico del Atlántico. Era una de las islas más grandes de la Macaronesia: 741 kilómetros cuadrados, con 57 kilómetros de largo y 22 de ancho. La capital rondaba los cien mil habitantes y tenía una iglesia con un campanario que les llamó la atención. Carlos y Zita decidieron visitarla en cuanto pudieran. Era Santa María del Monte.

Los visitantes habituales de la isla –en aquellos tiempos en los que no existía el turismo de masas- solían ser británicos adinerados que buscaban la frescura del clima o algún viajero excéntrico como la Emperatriz Sissi, que se había alojado allí durante uno de sus múltiples viajes. Por lo demás, la isla estaba aún poco desarrollada económicamente y en su puerto sólo atracaban algunos mercantes y paquebotes ingleses que se dirigían al continente africano.

Aquel 19 de octubre era sábado, día en el que habían ocurrido tantos sucesos decisivos, éxitos y fracasos, alegrías y dolores, en la vida de Carlos: se había confirmado en sábado; se había casado en sábado; fue coronado un sábado; y en ese día de la semana intentó recuperar por primera y segunda vez la corona de Hungría.

El recibimiento de las autoridades fue mucho más cordial de lo que esperaban. Wilikommen! -les dijo un eclesiástico local, con un acento portugués que les hizo reír. Los acogieron con más amabilidad de los que esperaban y los condujeron a la Villa Victoria, un edificio moderno con veinte habitaciones, anexo al Hotel Reid´s, que era el mejor de la isla. Zitaescribió a sus hijos: “Estamos bien. Tenemos un tiempo maravilloso. Me gustaría que estuvieseis serenos, como estoy yo”.

 

Allí recibieron la noticia de que el 4 de noviembre el gobierno húngaro de Esteban Bethlen había logrado la promulgación del Acta de Destronamiento, con la abolición de la monarquía. Como contrapunto, sus hijos seguían bien ya la acogida de las gentes del lugar era verdaderamente afectuosa.

Pensaban que eran riquísimos, y la Villa –desproporcionada para sus necesidades- estaba situada en un lugar céntrico, rodeada por un hermoso parque, pero resultaba excesiva para ellos. Dugast, -que ha investigado con detalle todos los pormenores de la estancia de Carlos en Madeira- describe su compleja situación económica: la Conferencia de Embajadores de los Aliados había acordado que le pasaran una pensión de 100.000 francos de la época por medio del gobierno portugués, que había aceptado hacer de intermediario. Pero de hecho jamás había recibido esa cantidad, entre otras causas por los obstáculos que puso Italia. Todos sus bienes habían sido confiscados. Debían buscar cuanto antes otro alojamiento.

Hablaron con el dueño del Hotel, que les dijo que un familiar suyo, que pasaba los inviernos en Suiza, podría alquilarle su residencia de verano, Quinta do Monte, situada a seiscientos metros, en la vertiente este de la isla.

Carlos ya estaba decidido a mudarse allí cuando el 25 de noviembre recibió un telegrama desde Suiza: su hijo Roberto, de seis años y medio, había sufrido un ataque de apendicitis y posiblemente tendrían que operarle. Una intervención de ese tipo, en aquel tiempo, revestía mucha gravedad.

Comenzaron a hacer gestiones en los diversos gobiernos para que permitieran a Zita acompañar a su hijo en esos momentos.

Se dirigieron a los Aliados, que dudaron sobre la conveniencia del viaje, y fueron allanando dificultades hasta que el gobernador de la isla pidió autorización al gobierno portugués para que le concedieran el pasaporte.

Al fin, el 9 de diciembre, la Confederación Helvética autorizó la estancia, estableciendo que debería ser lo más breve posible. Cuatro días después concretó aún más: Zita no podría permanecer más de quince días en suelo suizo. Al fin, cuando contaron con los permisos, autorizaciones, fechas de embarque, etc., pudieron fijar la fecha de partida: el 4 de enero.

En el rostro de Carlos, envejecido prematuramente, afloraban las últimas penalidades vividas. A ellas se unía ahora, como un aldabonazo póstumo, la preocupación por Roberto.

Acabó aquel año terrible de 1921, en el que había fracasado en sus dos intentos de recuperar el trono y le habían enviado a un destierro humillante, separándolo de sus hijos. El día 31 estuvieron en el fuerte de san Juan Bautista contemplando los fuegos artificiales. Los isleños ya se iban acostumbrando a su presencia entre ellos y superada la expectación de las primeras semanas, se había establecido una corriente de mutua simpatía y de profunda admiración.

 

Luego, según su costumbre, volvieron a la Villa para rezar elTe Deum en de La acción de gracias la capilla que habían instalado en la Villa. Estaban sólo Carlos, Zita y el matrimonio Lackner. Los últimos acontecimientos, la ausencia de los hijos y la enfermedad de Roberto pesaban en la mente de todos, y fueron enmudeciendo a lo largo de la plegaria; todos menos Carlos, que recitó el canto de acción de gracias a Dios con voz firme, hasta el final, con entera confianza.

 

Pocos días después, el 4 de enero Zita –embarazada de nuevo- partió en el vapor San Miguel rumbo a Lisboa, con el nombre de condesa de Lusacia. Allí le esperaba Obregón, un representante de Alfonso XIII, que la acompañó hasta la frontera francesa. Tras una breve estancia en París para recoger a la Sra. Sepibus, que se ocupaba de sus hijos, llegó a Suiza el 11 de enero.

Un funcionario del gobierno federal, Egger, le hizo saber las órdenes que había recibido: mientras estuviera en el hospital de Zurich con su hijo Roberto, no debía mantener contactos políticos de ningún tipo; estaría permanentemente vigilada; y debía pedir autorización para tomar un taxi, para desplazarse, etc.

Zita era consciente de que su presencia en Europa despertaba grandes suspicacias en algunos gobiernos. Cuarenta y ocho horas después de la operación de Roberto, que tuvo lugar el 14 de enero, los diplomáticos yugoslavos y checoslovacos comenzaron a difundir rumores fantásticos que saltaron pronto a los titulares de los periódicos, provocando una nueva decisión de la Conferencia de Embajadores. ¿No estaría preparando la Emperatriz un nuevo intento de recuperación del trono?

En previsión de esto, se publicó en la prensa que, en caso de una nueva tentativa para recuperar el trono de Hungría, Carlos sería deportado a una isla aún más lejana. En vista de la situación, Zita decidió regresar lo antes posible a Madeira. El 18 de enero, en cuanto dejaron el hospital, fue a Wartegg para estar brevemente con el resto de sus hijos, que puso bajo la tutela de un abogado y el preceptor Aukern, y comenzó su retorno a Madeira. Regresaba más tranquila: Aukern se ocuparía de llevar a sus hijos hasta España, y Roberto se quedaría reponiéndose con su abuela María Teresa.

 

Su embarazo estaba ya avanzado y pensaba descansar un día en París, pero la obligaron a tomar inmediatamente el tren que hacía el trayecto Ginebra-Burdeos y que, a causa del desajuste de horarios y de los frecuentes cambios de vagón, tardó más de treinta horas en llegar a su destino, cerca de la frontera española.

Alfonso XIII envió un oficial a la frontera para que la acompañase hasta Madrid donde fue recibida el 25 de enero -por última vez en su vida- con honores de soberana. Recogió a seis de sus hijos en Medina del Campo y viajaron juntos hasta Lisboa, donde embarcaron hacia Madeira.

 

Carlos atravesaba, mientras tanto, uno de los momentos más difíciles de su vida. Llevaba un mes solo, pendiente de la operación de su hijo, y de la venida de toda su familia, siguiendo hora tras hora las noticias que le llegaban de Hungría. El gobierno había encarcelado a sus partidarios y se había publicado el acta de destronamiento que abrogaba sus derechos al trono.

Poco después nacería la “República Soviética Húngara” en la que Bela Kun, un periodista, antiguo sargento mayor del ejército húngaro, implantó una “dictadura del proletariado” que duró 133 días. Bela Kun se vió forzado a huir ante el avance de las tropas rumanas, pero después de ser hecho prisionero por los rusos, volvió para ponerse a la cabeza del movimiento subversivo. Encarcelado por el gobierno republicano, salió triunfante de la prisión para convertirse de nuevo, al cabo de cinco meses, en jefe del país, en el que estableció una dictadura comunista dependiente de Rusia.

A Gouveia, un eclesiástico que le visita en esos días difíciles, le sorprendía su serenidad y su capacidad de perdón: no pronunció una palabra en contra de sus enemigos y sabía que pasaba gran parte de la noche rezando por los suyos: su esposa, sus hijos, su familia, sus pueblos. “¡Con qué alegría recibió la noticia –contaba Gouveia- de que la operación de su hijo en Suiza había salido bien! Vino a verme enseguida, caminando un kilómetro bajo una lluvia terrible, para contármelo”. “Todo ha ido bien. Me han quitado un gran peso del corazón –le dijo, Carlos, aliviado--: ¡cuánto se lo agradezco a Dios!”.

 

Al, fin, el 2 de febrero –cuando se cumplía casi un mes de ausencia de su mujer- llegó Zita con los niños, a los que no había visto desde hacía tres meses. Carlos estaba feliz e inquieto al mismo tiempo, por que no sabía los efectos del cambio de clima en los pequeños. La familia estaba ya casi al completo: sólo faltaba Roberto, aún convaleciente, que llegaría más tarde con su abuela. Cinco días después llegarían Dittrich, el preceptor; Zsambóki, un joven capellán, y algunas personas de servicio de diversas nacionalidades, como el matrimonio croata Golovic o la checa Amalia Dvorak.

La situación económica, mientras tanto, se había vuelto insostenible. No podían puede disponer de su dinero en Suiza y Carlos sólo contaba con 5.000 francos suizos cuando los gastos del hotel superaban los miles de libras esterlinas. Todos le creían inmensamente rico, pero la familia se mantenía de hecho gracias a la ayuda del banquero Vieira. Los Hunaydy habían puesto a su disposición una suma de dinero, pero Carlos, agradeciéndole el gesto, no queríadisponer de ella.

 

18 febrero 1922. En la Quinta do Monte

El 18 de febrero –día en que Checoslovaquia confiscó todos los bienes de la corona- se trasladaron a Quinta do Monte, una casa espaciosa y bien amueblada. En el hall de entrada se dispuso la capilla y se retiraron los muebles de valor, por temor a que los niños los estropearan. La Quinta disponía de teléfono, pero no de luz eléctrica. Era un lugar agradable para pasar el verano, aunque resultaba excesivamente húmeda en aquellos meses de invierno, porque estaba en una zona de la isla especialmente lluviosa.

Residían allí unas treinta personas: Carlos, Zita y sus hijos, la abuela María Teresa, los preceptores de los niños y algunas personas de servicio.

Estas últimas vivieron intensamente el cambio. Habían pasado de la esplendidez de los palacios europeos a las carencias lógicas de un chalet húmedo en las montañas de Madeira. Y veían, asombradas, pasar estrecheces económicas a la familia imperial, algo a lo que no estaban acostumbradas. Una de ellas le contaba su nueva situación por carta a una amiga de Europa:

“Este pobre emperador que no toma más de tres platos al día, que no puede tomar carne; sólo legumbres...

Nos hemos ido de Funchal a la montaña. La casa estaba casi vacía y hemos tenido que pedir prestado casi todo al Hotel Victoria. Pero pronto se lo tendremos que devolver todo al Hotel. Abajo en la ciudad estábamos muy bien, pero nuestras pobres Majestades no tenían dinero y no podían seguir pagando el hotel. Aquí arriba el tiempo se soporta sólo en mayo y en junio... Hemos tenido únicamente tres días calurosos y el resto, lluvia, niebla y humedad. No tenemos luz eléctrica y sólo hay agua en el primer piso y abajo, en la cocina.

Para encender el fuego sólo tenemos leña verde, que suelta muchísimo humo. Y para lavar, agua fría y jabón... El sol es tropical, cuando sale, porque hasta ahora lo hemos visto poco... La casa está muy húmeda, llena de moho, con los cristales siempre empañados. Los únicos medios de comunicación son el coche y los carros tirados de bueyes, que no nos podemos permitir, o bien un ferrocarril de cremallera que no hace servicio todos los días. Para ir a pie hasta Funchal y volver hasta aquí se necesita casi todo un día...

Por la noche no hay carne, sólo legumbres y puding que nos están destrozando el estómago a todos. Yo no me quejo, pero realmente no se come lo suficiente. Tenemos hambre. Nos faltan constantemente las cosas necesarias para vivir. El profesor de los chicos, que es un doctor, vive en un barracón medio caído que hay en el jardín, con un techo que se ha reparado como se ha podido.

Lo peor es que la Emperatriz está esperando un niño para mayo y no pueden pagar a una comadrona ni a un médico. Sólo tenemos una niñera que no tiene experiencia para asistir a un parto. Esto me preocupa terriblemente. Te escribo estas cosas sin que su Majestad lo sepa, porque no puedo soportar que estos inocentes permanezcan durante tanto tiempo en una casa inadecuada. ¡Cada uno debería protestar por su lado!

Su Majestad no se lamenta, como no se lamentaría si lo encerraran en un sótano o lo dejaran a pan y agua. Sobre las paredes de nuestra capilla hay un dedo de moho. A veces nos deprimimos, pero cuando vemos con cuánta paciencia acepta su Majestad todos estos males, tiramos para adelante con coraje”.

Carlos sufre por sus hijos, esforzándose por sonreír y sobrellevar con ánimo estos momentos. Por fin, el 2 de marzo, llega su abuela María Teresa –una mujer de 61 años, fuerte y animosa- con el pequeño Roberto. Ya está la familia completa. Le trae nuevas noticias de Europa, dondecorren todo tipo de bulos sobre su persona. Unos dicen que está muy enfermo y otros, que a punto de morirse.Un día mientras pasea con Zita por el parque de Villa Concordia mira hacia el santuario de Nuestra Señora del Monte, y tiene un presentimiento: “Yo no debería morir aquí”. Se corrige enseguida: “pero que sea lo que Dios quiera”.

 

Zita le veía especialmente recogido en su mismo. Días después, cuando contemplaban en la lejanía la silueta de Nuestra Señora del Monte mientras paseaban por el Parqude la Concordia, Carlos le comentó una inquietud interior de su alma: sentía que Dios le pedía que ofreciera su vida por la salvación de sus pueblos, para que encontraran la paz.

Zita se quedó atónita ante estas palabras, y no supo qué decirle, porque Carlos parecía esperar una respuesta por su parte. Luego, mirando al santuario, le oyó decir, con voz firme:

-- Lo haré.

No hablaron más de esta cuestión, aunque Zita comenzó a rezar para que se olvidara de esa idea, porque advertía que desde ese momento, de tarde en tarde, Carlos le hablaba del futuro como si no fuera a estar con ellos.

El gobierno de la isla le propuso a Carlos que fuera padrino en la ceremonia la bendición del reloj de la torre de la catedral. Acudió con los pequeños Otón y Adelaida. Aquel sería su último acto oficial.

Las gentes de Funchal le recibieron calurosamente. Más que al emperador destronado, veían al padre de familia que conversaba con ellos con sencillez. Para muchos hombres y mujeres de sus pueblos Carlos sólo había sido el último representante de los Habsburgo en el trono, la encarnación del poder o el símbolo de la guerra; las sombras de sus antepasados se habían proyectado sobre su figura hasta desfigurarla. Aquí en Madeira, despojado de la historia, era él mismo, con su grandeza solitaria, en la desnudez del exilio.

 


 


 

 

 

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