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14. A bordo del Cardiff

 



 

31 de octubre 1921. Con rumbo desconocido

  

En la mañana del día 31 Simenifalvy se presentó ante el Rey para conducirlo hasta el Danubio. Carlos le dijo que sólo cedería ante la fuerza. Exigió —y obtuvo— una declaración escrita por la cual el Gobierno requería del coronel el recurso de la violencia para alejara su soberano.

Caía por fin el telón de la farsa, y durante la noche del 31 al 1 de noviembre Carlos y Zita abandonaron la abadía.

Aunque parezca un relato del siglo XIX, esta segunda aventura húngara no había sido el fruto de un arrebato romántico. Cuando Carlos comprendió que había fracasado, aceptó la realidad y renunció a sus planes, sin fantasías falsamente audaces, que hubieran costado sangre a sus seguidores.

Durante estas últimas horas en Tihany sigue fiel a sí mismo, fuerte y sereno: no se derrumba, no cede a la desesperación, no arremete contra los desleales, a pesar de que se encontraba, junto con Zita, en una de las situaciones más humillantes de su existencia.

Habían pasado de soberanos legítimos a prisioneros de las grandes potencias europeas que habían ganado la guerra. Le estaban desterrando, aunque utilizasen el eufemismo de exilio adecuado. Y si todo destierro es triste, aquel fue, además de forzoso, largo y accidentado.

Los condujeron, firmemente custodiados, hasta un barco inglés -el Glowworm- con el que surcaron el Danubio en dirección al mar Negro. Desembarcaron en Moldavia y allí tomaron un tren para Bucarest, donde bajaron para dirigirse a Galatz. Allí se les unieron el conde y la condesa Hunyady. Carlos solicitó asistir a Misa. No se lo permitieron y tomaron otro barco hasta Sulina.

 

El Almirante del Cardiff

El almirante del Cardiff, un cañonero inglés de 4.500 toneladas, había recibido muchas órdenes a lo largo de su vida militar, pero aquélla era desde luego, la más delicada y extraña. Agradecía que el alto mando hubiese tenido esa muestra de confianza con él, pero en su fuero íntimo deseaba quitarse cuanto antes de encima aquel asunto.

Le habían pedido un absurdo: debía tratar a sus ilustres pasajeros con la máxima cortesía y llevarlos desde Sulina hasta su destino (que ya le concretarían más adelante)… pero sin olvidar en ningún momento en que eran sus prisioneros. ¿Y cómo se trata con la máxima cortesía a un preso –se preguntaba el capitán- cuando éste es, nada más y nada menos que el Emperador de Austria-Hungría?

Decidió no comportarse como un carcelero. Aquello no sería una segunda edición del trato dado a su tío Maximiliano en México: un almirante de la armada inglesa sabe bien como se debe tratar a un monarca en las horas felices y en las infelices. Los habían alojado –cuando llegó al buque- en el mejor aposento del barco: su propia cámara; un lugar estrecho, pero digno.

Decidió pedirle al Emperador un trato de caballeros: una declaración escrita, junto con su palabra de honor, de que no intentaría huir. Eso le serviría en caso de que se presentaran problemas y era una forma para establecer un trato de cordialidad.

El emperador se la dio, como esperaba, y el buque zarpó hacia Constantinopla – el primer destino que le habían indicado- donde arribaron el 8 y media de la mañana del 8 de noviembre.

Durante tiempo tuvo ocasión de hablar con estos altos personajes, que le había tocado en suerte o en desgracia –aún no lo sabía- custodiar hasta sus destino. Era una situación paradójica. Habitualmente uno no lleva a unos emperadores en la propia nave. La sencillez de sus reales huéspedes encarcelados, y el trato cotidiano de la vida a bordo (y más en un buque pequeño como el suyo) hicieron el resto.

Hablaronde sus recuerdos al pasar junto a la antigua ciudad. Pocos años antes, en mayo de 1918, los emperadores habían estado allí de visita oficial y aún sonaban en sus oídos las aclamaciones de los turcos y el lugar donde habían tomado té con el emperador otomano. En estos momentos aquellas recepciones calurosas en Pera y Dolmabagtche les parecían un sueño irreal.

Le preguntaban por su destino. Élcomprendía que no le creyeran cuando les decía que lo ignoraba, pero así era. De hecho, se detuvo frente a Santa Sofía y bajó a tierra para enviar un telegrama a Londres en el que solicitaba instrucciones.Era una tarde deliciosa, con el cielo surcado por miles de aves marinas, con un fabuloso arco iris sobre el mar. Zita le había entregado una carta abierta, para sus hijos. Al principio no supo qué hacer. Tras muchas vacilaciones, aceptó enviarla.

El recuerdo de los hijos que habían dejado en Suiza se volvía, hora tras hora, más doloroso. Se habían separado de ellos doce días antes, un tiempo que ahora les parecía un siglo. ¿Cuando los volverían a encontrar? ¿Hacia dónde los llevaban?

Permitió a los que le acompañaban que hiciesen algunas gestiones, como comprarle un traje civil al monarca. Por la tarde le dieron un telegrama que había enviado Strutt con noticias de sus hijos: aquello supuso un bálsamo para ellos en medio de la angustia. Estaban todos bien y esperaban saber cual era el destino de sus padres para reunirse con ellos.

El día 9 el almirante recibió nuevas órdenes: debía dirigirse a Gibraltar. A medianoche levó anclas, y avanzó por el mar de Mármara, sereno como un espejo. Cuando llegaron a Dardanelos el cielo comenzó a nublarse y la nave cruzó el mar entre restos de buques hundidos durante la pasada guerra. Al día siguiente llegaron al Egeo, que les ofreció una sucesión de tormentas como bienvenida.

Para Carlos fueron unas jornadas muy duras: no podía comulgar, algo que le daba fuerzas, y tras la tensión de los días pasados se encontraba físicamente agotado. Ese cansancio físico se percibe claramente en la fotografía que se hicieron a bordo,con los Hunaydy.

Llegó a Malta. Bajó de nuevo a tierra para preguntar a sus superiores el destino del viaje. “Probablemente Madeira”, le dijeron. ¿Probablemente? ¿Qué significaba “probablemente”? Cuando estuvo conversando con Carlos y Zita y le preguntaron por su destino les dijo el primer lugar que le vino a la mente: la isla de Asunción.

Carlos palideció. ¡Asunción! Una isla de clima insoportable para un europeo. Sus hijos no lo resistirían. “Eso significa que no podremos volver a verlos”, dijo, pensando en voz alta. Se rehizo: “¡Qué pusilánime soy! No me pueden enviar a ningún lugar donde Dios no quiera que vaya!”

A partir del día 12 mejoró el tiempo. A las dos avistaron las costas de Sicilia y fueron costeando, contemplando en la lejanía el norte de África. Recibió un nuevo telegrama de Strutt. Aquello tranquilizó a sus reales prisioneros sobre el estado de sus hijos y el Almirante aprovechó aquel tiempo de distensión para organizar una caza de palomas en la que tomó parte el propio emperador. El 14 pasaron por delante de Argelia. Al día siguiente vieron por primera vez las costas meridionales de España.

El 16, a las 7 de la mañana, llegaron a Gibraltar.

Carlos se encontraba mal de salud. Le habían afectado tantas jornadas de navegación y le pidió bajar al almirante que le dejara bajar a tierra para confesarse, asistir a Misa y comulgar. Además, se había levantado una tormenta que aconsejaba dilatar el viaje.

Al almirante le hubiese gustado concederle aquello, pero se mantuvo firme: ordenes son órdenes. Pero se preocupó de que un sacerdote católico subiera a bordo para darle esos auxilios espirituales.

Luego, la nave puso proa hacia el Atlántico.

 



Según Troud, en cuanto se tuvo noticia del destierro, el gobierno suizo hizo saber a las personas del entorno de Carlos que debían abandonar Suiza en el plazo de ocho días. Estas personas eran: María Josefa, madre de Carlos; su secretario Werkmann; sus ayudas de campo, Ledochowsky y Schonta; y el capellán Seydl. A sus hijos les permitieron quedarse en Hertenstein, aunque poco después se trasladaron con su abuela materna a Wartegg.

 

 

 

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