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13. El sueño de Hungría

 



 

Primavera de 1919. Prangins

 

Pasaron las tres primeras semanas en Warteegg, junto al lago Constanza, cerca de Stadd, una localidad próxima a la frontera, desde dondese veían, en la otra orilla, las montañas de Austria. Allí residía parte de la numerosa familia de Zita. En la primavera se trasladaron a Prangins, en el Canton de Vaud, junto al lago Leman.

Al desarraigo y la tristeza del exilio se unió la cuestión económica. El 2 de abril de 1919 el Gobierno de la República de Austria había confiscado todos los bienes de su Casa. También en Hungría los bienes de la Corona pasaron al Estado.

Carlos contemplaba como se iba construyendo un nuevo mapa político de Europa, en la que Austria-Hungría se configuraba claramente como la gran víctima de la guerra.

 

Alemania, convertida en República, había perdido la alta Silesia y Lorena; había cedido la Posnania a Polonia y se había creado un “corredor polaco” de acceso al mar, con Danzig como ciudad libre. Los vencedores habían fragmentado la antigua monarquía dual en siete estados distintos. Checoslovaquia era la suma de Bohemia, Moravia y Eslovaquia; el reino de Serbia en los Balcanes, estaba compuesto por servios, croatas y eslovenos; Polonia, que era ahora Estado independiente, había incorporadoa su territorio la Galitzia austriaca; Rumanía se había quedado con la Transilvania húngara, que era casi la mitad de su territorio dejándolo en un estado residual.

Italia había logrado el Trentino, el Alto Adigio y la península de Istria; Bulgaria había tenido que ceder la Tracia occidental a Grecia y Dobrudja a Rumanía, que recibió además Besarabia de Rusia. Servia agregó Eslovenia, Croacia, Bosnia, Herzegovina y Montenegro

Todo esto sin plebiscito alguno. “Rodeada de países enemigos, sin ejército ni medios económicos para subvenir a las necesidades de su población, Austria fue, desde el primer día, un cuerpo enfermo, débil y mísero, un cáncer que devoró la tranquilidad internacional de Europa, en grado todavía mayor que Danzig”.

Las posturas de los vencedores eran muy diversas: frente al revanchismno francés, Gran Bretaña no deseaba el hundimiento de Alemania, postura que encarnaba Clemenceau con su expresión: "Alemania pagará"-, para no fortalecer en exceso la posición de Francia en el continente.

Los representantes de los derrotados no fueron invitados a la conferencia y les presentaron los acuerdos como un hecho consumado El gobierno alemán firmó el 28 de junio de 1919 bajo la amenaza de una invasión del país.  Era el "diktat" –el dictado autoritario- de Versalles.

 

Seguía soñando en su proyecto político: “Una fructuosa comunidad de intereses económicos podía hacer olvidar los antagonismos nacionales y las luchas políticas del pasado. Toda minoría nacional –por ínfima que sea- encontraría compatriotas en una gran confederación e impulsaría el apoyo de estos pueblos entre sí, en la confianza y en la tranquilidad de sentir su nacionalidad al abrigo de todo peligro...".

La fuerza de ese ideal –que en estos momentos de exilio parecía una utopía- le seguía moviendo en aquella nueva situación. Era realista: no es más que un emperador sin imperio, un gobernante en el exilio y una pieza incómoda en el tablero internacional. Un hombre políticamente acabado, cuando estaba en la plenitud de la vida.

Algunos se acercaron a Prangins para proponerle planes descabellados que no tomaba en consideración. Le plantearon, por ejemplo, desgajar Alemania del Sur y unirla con el Tirol, para fundar un "gran estado católico". Carlos rechazó el disparate: supondría desgajar ilegalmente a la corona parte de sus territorios; y jamás había querido servirse de la religión para fines políticos. Sus convicciones religiosas le habían alentado en su tarea de gobierno, pero no eran un instrumento a su servicio. Se mantuvo esperanzado y trágicamente consecuente con su destino.

Su destino, en medio de la calma y la paz de Suiza, le llevaba ahora a dedicarse intensamente a sus hijos y a leer, día tras día, en las páginas de la prensa internacional, numerosas infamias sobre su persona, de las que no podía defenderse. Hay quienes propalan que está gravemente enfermo, a punto de morir, etc.

Sólo el Rey de España le miraba con simpatía. Pero ese país del extremo de Europa contaba muy poco en aquellos momentos en el concierto internacional.

Recibió una carta de Benedicto XV, fechada el 26 de marzo de 1919, que alababa su amor hacia sus pueblos. El Papa conocía todas sus tentativas fracasadas. También él había fracasado: era conocido que el gobierno italiano había obligado a sus aliados a comprometerse a “no escuchar ninguna intervención pacificadora del Papa y a que la Santa Sede quedara excluida de las eventuales conversaciones de paz”.

A pesar de su forzoso estilo protocolario, el afecto del Papa hacia su persona no dejaba lugar a dudas.

 

A su Majestad Carlos I:

 

Majestad:

 

Hemos leído con el más vivo interés la noble carta que su Majestad se ha complacido en enviarNos con fecha del 28 de febrero.

En primer lugar, Nos es grato expresarle Nuestra satisfacción por los altos sentimientos manifestados por Vuestra Majestad y por la filial confianza que ha demostrado hacia Nuestra persona.

De todo corazón, por tanto, Nos hacemos votos para el próspero futuro de estas poblaciones, tan bien amadas por Nos por su sincera unión con esta Sede Apostólica, y tan amadas también por vuestra Majestad.

Cuando se piensa en todo lo que Vuestra Majestad ha realizado para el bien de los pueblos que la Providencia Divina Le ha confiado, no sorprende constatar que Su ánimo, tras los graves acontecimientos políticos, continúe albergando las mejores disposiciones y los sentimientos más afectuosos hacia ellos.

Nos alegramos también por saber que Vuestra Majestad se conserva con buena salud, ya que Nos estábamos preocupados por las noticias poco tranquilizadoras que habíamos recibido sobre este punto. La fe y el abandono en Dios, que han confortado a Vuestra Majestad en el pasado, lo continuarán sosteniendo, sin duda, en las críticas circunstancias presentes, infundiéndole toda la fuerza que requiere el sacrificio actual.

Nos, mientras tanto, no cesaremos de implorar fervorosamente al Señor, cuyos (...) caminos son misteriosos, pero siempre ordenados a nuestro bien, para que conserve larga y felizmente a su Majestad y a todos los miembros de Su Augusta Familia.”

 

Hungría, marzo-agosto de 1919

El 28 de marzo de 1919, Hungría declaró la guerra a Checoslovaquia para recuperar la Eslovaquia. El 10 de abril Julius Karolyi, el Conde Bethen, Nicolas Horthy y el archiduque José intentaron infructuosamente una contrarrevolución.

Bela Kun tomó el poder el 22 de marzo de 1919 y fue derrocado el 7 de agosto de 1919. La República de los Consejos de Hungría de los comunistas, en sus apenas tres meses de vida, deterioró aún más la situación del país.

En marzo de 1920 Horthy fue designado Regente y Jefe de Estado y proclamó una monarquía húngara de trono vacante, por la que Carlos seguía siendo, al menos en el derecho, Rey Carlos IV de Hungría.

Carlos le puso por escrito su deseo de superar los errores del pasado: “no deben sacrificarse los bienes y la sangre de Hungría para satisfacer los fines de una ambición personal. Por lo tanto, yo me comprometo a compartir el derecho de declarar la guerra con los representantes constitucionales de la nación, respetando los límites estipulados por la ley...”.

El 10 de septiembre de 1919, por el Tratado de Saint Germain, Austria perdía sus puertos marítimos y se convertía en un pequeño estado tras el reconocimiento de la independencia de Hungría, Checoslovaquia, Polonia y Yugoslavia, y la cesión de varios territorios a Italia y Rumania.

Hungría, como consecuencia del tratado de paz de Versalles de 1920, dictado por las potencias victoriosas de la Entente, perdió dos terceras partes de sus territorios antiguos y más de la mitad de su población. A raíz de ello, dejó de existir el unificado sistema económico y cultural milenario del país, al igual que su red de comunicaciones. Más de 3 millones de húngaros corrieron la suerte de vivir en minoría en los ya crecidosEstados vecinos.

El nuevo régimen firmó en junio de 1920 las condiciones dictadas por las grandes potencias victoriosas en el tratado de paz de Trianon (Versailles), lo que significaba darse por enterados forzosamente de la desmembración de la Hungría histórica, que perdió dos terceras partes de sus antiguos territorios y más de la mitad de su población. Al contrario de sus nuevos vecinos, se convirtió en un Estado-nación casi homogéneo, mientras que una tercera parte de la población de nacionalidad húngara, más de tres millones de húngaros corrieron la suerte de vivir en minoría en los Estados sucesores vecinos.

Tras las elecciones de 1920 volvió la monarquía con el almirante Horthy como regente. Este mismos año su territorio fue muy reducido por el tratado de Trianón que se firmó en París.

En ese año se promulgó una constitución en Austria que implantaba Una república federal de ocho pequeños estados, un presidente elegido por la asamblea legislativa por cuatro años.

 

 

Marzo de 1921. Una conversación con Werkmann

 

Werckmann relata en sus Memorias su llegada a Prangins el 5 de marzo de 1921 con motivo del bautizo de la última hija de Carlos, Carlota. Estuvo hablando con el rey como de costumbre, dando un paseo por los jardines de la casa. Carlos le habló del proyecto que estaba madurando: regresar a Hungría.

Werkmann se mostró escéptico:

—Horthy no dejará el poder y su Majestad se encontrará sin autoridad y sin ayuda.

Pero Carlos estaba seguro de la fidelidad de su Regente:

— ¡Mi almirante no es capaz de traicionarme!

Tras dibujarle el estado de Hungría y de la situación internacional, Werkmann le avisó:

—Me temo un futuro terrible si deja Prangins. No volverá a ceñir la corona de San Esteban. Vuestra Majestad morirá en el exilio...

Carlos, tras escucharle atentamente, le contestó, poniendo la mano sobre su hombro:

 

—Usted, que ha estado a mi lado durante estos años de alegría y de dolor, debe comprenderme. Yo no quiero volver a Hungría por el simple afán de reinar. En mi vida sólo he llevado coronas de espinas y sé que es una corona de espinas lo que me espera en Hungría. Pero no puedo olvidar el juramento que hice el día de mi coronación. Según ese juramento, un rey debe estar junto su pueblo tanto en la prosperidad como en la desgracia.

Desde que me fui, Hungría no ha hecho más que hundirse en el abismo... Dios es testigo de que no me considero un superhombre capaz de darle a mi país, de un solo golpe, la paz, el poderío y unos barriles llenos de oro. Pero puedo poner fin a los combates que se libran en torno al poder real y están a punto de destruirlo.

No; no estoy dispuesto a abdicar, porque eso significaría renunciar a mi juramento y a mis deberes como soberano; y no quiero desertar de la bandera húngara. Además, ¿qué pasaría, si abdico? ¿Cree usted sinceramente que se acabarían de golpe las candidaturas de los Habsburgos, de los ingleses, de los belgas, de los rumanos, de los serbios y que todo el mundo se volvería hacia mi primogénito? ¡No, desde luego que no! ¿Debo yo exponer a mi hijo a los mismos peligros que quiero evitar? Usted no puede pedirme eso, como hombre y como soldado.

Es necesario que vaya a Hungría, tarde o temprano. Sí, Werkmann: ¡tarde o temprano!

 

25 de marzo 1921. Un viaje relámpago

 

Veinte días después, el 25 de marzo, Viernes Santo, un español, Jaime Lasuen, llega a la estación ferrocarril de París y sube a hora muy temprana al Orient Express, que hace la ruta París-Viena-Constantinopla. Ha reservado una plaza en el wagon-lit 1717. En Estrasburgo sube un conocido suyo, con lentes oscuros. Según su pasaporte, se trata de una alta personalidad norteamericana. Eso le libra de los interrogatorios en la aduana cuando, muchas horas después, cruzan la frontera con Austria.

Descienden del tren en la estación de Viena a las diez en punto de la noche. En el andén les espera un hombre joven; tras un apretón de manos, el norteamericano se despide y se dirige al centro de la ciudad. Poco después, Lasuen coincide en un taxi con el norteamericano.

El auto se detiene en la calle indicada. El norteamericano pide al taxista que lo lleve a diversos hoteles, pero, aparentemente, no encuentra plaza. Al final decide bajar en la Landskrongasse y le da al taxista unos francos suizos.

--Lo siento, señor, pero esa moneda no está en curso.

--Son diez francos suizos. Con eso se pueden comprar muchas cosas.

--Sí; de todo, menos pan.

Viena sigue racionada. El americano saca de su bolsa unos bienes inapreciables en aquel momento -pan y chocolate- y se los ofrece. El taxista sonríe:

--Yo tengo que pagarle a mi patrón en dinero…

Suena el silbato de un policía. El americano le alarga un generoso billete.

--Tome: cambie esto en un banco, y sacará bastante más que el precio de esta carrera…

 

El americano baja rápidamente y se dirige al portal número 5 de la calle. La dueña de la casa no le reconoce hasta que se quita los lentes oscuros.

--¡Majestad!

Entra en casa, desconcertada, explicándole que esta noche, por fortuna su marido –el conde Tamas Erdödy- se encuentra allí. Ahora se gana la vida como puede, trabajando por las noches en el cuerpo de bomberos. Carlos le pone al tanto de los últimos acontecimientos.

Desde que llegó a Suiza –le cuenta- sigue en contacto con los húngaros fieles a su persona. Su cuñado Sixto se ha puesto en contacto con el Presidente Briand, que está preocupado por el sesgo que va tomando la política en Checoslovaquia, cada vez más cercana al comunismo. En Hungría puede suceder algo parecido. Sixto le ha mencionado la posibilidad de un retorno del Rey…¿Una vuelta del rey a Hungría? En ese caso –le ha dicho Briand- Francia se limitaría a una protesta verbal…

Luego, Sixto y René han estado buscando apoyos financieros en Europa. Y ha puesto en marcha un plan. Ha consultado con algunos consejeros con Werkmann, que no está de acuerdo. Pero desde Hungría le piden que regrese lo antes posible. Llegará a Budapest y hablará con su Regente para que le ceda el poder que le corresponde. Confía en él. En cuanto a los documentos, tiene un pasaporte portugués. Zita había descubierto que el jardinero que trabaja en la casa de Suiza, Rodrigo Sánchez, se parece mucho a él. De hecho, han escuchado comentarios del tipo: “Fíjate, el emperador de Austria trabaja en su jardín”. Y…

 

Al concluir, Erdödy coincide con Werkmann: el plan le parece precipitado, porque de hecho el presidente francés no ha firmado ningún documento. Entiende el optimismo de Sixto, pero no lo comparte. En cuanto a Horthy…

--¿Sí…?

--No tiene las manos libres, Majestad: ha prometido la paz a todos; a los países vecinos, a los vencedores, ¡a todos!

Pero Carlos confía en Horthy. No puede traicionarle. Quizá haya en su actitud una falta de experiencia política. Puede ser que proyecte en sus subordinados su fuerte sentido personal de la fidelidad. Pero Horthy le ha prometido fidelidad. ¿Cómo va a desconfiar sin un motivo claro?

Al día siguiente, Erdödy le entrega el visado rápido que ha conseguido para atravesar la frontera y al medio día se ponen en marcha. Surgen diversos incidentes; uno de sus acompañantes no lleva pasaporte; la documentación del vehículo no está del todo en regla. Cambian de vehículo. Pasan la frontera sin dificultad. Según el relato de Dugast en el primer lugar en el que se detienen para almorzar, una de las camareras, que había trabajado en Baden, le reconoce inmediatamente, y luego le rodea “una masa entusiasta que entona el hinmo húngaro”.

El relato de Troud tiene más colorido: Carlos charla con una de las camareras que le sirven: hablan de la guerra, del futuro de Austria, de Hungría, del rey...

— ¿Qué aspecto tiene? -pregunta Carlos.

—Es joven, rubio... dice ella.

Brindan a la salud del monarca y Carlos deja el lugar, pensando que no le han reconocido. Pero en cuanto se marchan, dice la camarera:

— ¡Es el rey! ¡Estoy segura!

 

 

En Szombathely

Continúan el viaje entre diversos percances. A las diez de la noche llegan a Szombathely. Saludan al obispo Mikes, que no da crédito a sus ojos. Cenan rápidamente y pone en marcha su plan. Carlos llama por teléfono a Teleky, el Presidente del Consejo; a Vass, ministro de Instrucción pública; al coronel Lehar, que manda las tropas locales.El regente Horthy debe enterarse lo más tarde posible de su llegada.

A las cuatro y media llega Teleki. El Rey le lee el discurso que desea publicar en cuanto llegue a Budapest:

“…Atendiendo a los deseos de mi corazón, he regresado a mi querido país para asumir el gobierno a partir de hoy”.

Teleki le habla de los posibles contratiempos. Y le avisa:

-- Horthy está al servicio de la nación..

 

Carlos decide ejecutar su plan: se dirigirán a la capital y llegaranal Palacio al mediodía. El coronel Jarmi le aconseja que vaya con uniforme militar. Llaman al sastre del regimiento que se pone a trabajar a toda prisa. Cuando apuntan las primeras luces de la mañana de Pascua el uniforme está listo. Uno de militares los que le acompañan, Erdödy, le entrega un paquete con sus medallas y condecoraciones.

-- ¡Pero éstas no son las mías! –exclama Carlos.

-- Pero me las impusisteis vos –responde Erdödy, divertido.

A las dos de la tarde, aterido por el frío, Carlos llega al Palacio Real de Buda, donde vive Horthy, que se sobresalta al oír la noticia. ¡El Rey en Budapest! No sabe qué hacer. Al fin se decide a recibirlo:

— ¡Qué desgracia, Majestad! ¡Qué desgracia! No hay solución. Debe regresarinmediatamente a Suiza...

Comienza un largo forcejeo de varias horas entre el Rey y su Regente. Carlos constata –demasiado tarde- que las acusaciones sobre Horthy son ciertas. El Regente no sabe cómo argumentar, hasta que le pregunta, según Werkmann y Dugast:

— ¿Qué me daría su majestad si le entrego el poder?

Werkmann apunta que Horthy tiene una vieja ambición: el Ducado de Otranto. Carlosaccede, y le recuerda el juramento de fidelidad que ha hecho a su persona.Le conmina a entregarle el poder. Horthy se niega, escudándose en las amenazas de la Entente. Carlos le dice que cuenta con apoyos.

-¿Qué apoyos? ¿Por parte de quién?

Entonces, después de que su Regente le prometa que guardará el secreto, le habla de las garantías que le ha dado Briand.

Llegan a un acuerdo de compromiso. El Rey volverá a Szombathely, mientras que el Regente va tomando las medidas necesarias para su vuelta. Y –siempre, según Werkmann- le dice, antes de despedirse:

—Tengo una última condición. Su Majestad debe conferirme la dignidad de Caballero de la Orden de María Teresa, con el ceremonial en uso durante la guerra...

El Rey accede a esta última petición: será Caballero de la Orden de María Teresa, con el ceremonial en uso durante la guerra. Es decir: será el Rey en persona quien se la imponga.

A las cuatro y media Carlos abandona el Palacio. Horthy se reúne con un grupo de treinta personas a las que asegura:

—El Rey me ha prometido que abandonará el país.

Y ordenaal coronel Lehar que acompañe al monarca a pasar la frontera tras su llegada a Szombathely.

 

Después de viajar durante toda la noche, Carlos regresa a Szombathely a las 5.30 de la mañana. Durante ese tiempo Horthy ha convocado a los embajadores extranjeros para comunicarlesque acaba de conversar con el Rey, que ha decidido volver a Suiza; ya se ha dirigido al Rey de España para conseguir un salvoconducto que le permita regresar.

Durante los días siguientes Carlos se mantiene en continuo contacto telefónico con la capital. El 1 de abril cae enfermo. La estrategia de Horthy tiene éxito: los checos, los rumanos y los serbios envían un ultimátum reclamando la salida inmediata de Carlos tierras húngaras. Salvo unos cuantos incondicionales, todos le hacen el vacío.

Carlos acepta la situación con realismo y 5 de abril decide volver a Suiza. La Entente ha designado a tres oficiales para que le acompañen: un francés, un inglés y un italiano, con un destacamento compuesto por doce soldados ingleses.

El Gobierno le pide que regrese con la mayor discreción posible, pero Carlos se niega; a las diez de la mañana, antes de partir, se asoma al balcón del palacio, donde le aclama un grupo de personas con el saludo característico:

—¡Eljen! ¡Eljen!

Suena el himno nacional. Carlos se cuadra militarmente y escucha en silencio. Al terminar dice un vigoroso y convencido ¡hasta pronto! en húngaro:

—¡Viszontlastara!

 

De nuevo en Suiza.Hertenstein.

La noticia de su vuelta, mientras tanto, ha corrido como la pólvora por el antiguo Imperio. Cuando llegan al norte de Graz descubren que unas milicias obreras, de signo comunista, han quitado algunas vías. El tren se detiene poco antes de llegar a la estación.

Los oficiales llaman a Viena y al poco tiempo las milicias dejan pasar el convoy entre insultos y amenazas. Hay un momento crítico durante el cambio de locomotora: los manifestantes se acercan al vagón donde viaja Carlos y los soldados ingleses se ven obligados a cargar sus rifles. Tras unos instantes de indecisión, se alejan.

Llegan a Feldkirch a las cinco de la tarde. Carlos telefonea a las autoridades suizas, para informarles de su entrada en el país. Le dicen que debe esperar, porque hay problemas.

Zita le espera en Buchs, en la frontera suiza. Aguarda en Lienschentein en espera de una respuesta. El cantón de Vaud se niega a acogerlo. El de Lucerna, tradicionalmente católico, solicita “el honor de contar con su presencia”.

La situación internacional se ido complicando durante esos días. La Confederación Helvética ha entablado relaciones diplomáticas con la República de Austria y Carlos ya no puede pretender -le dicen- que se le trate como a un soberano -le explican-, cuando jurídicamente ya no lo es.

Carlos les recuerda que sigue siendo Rey de Hungría, de donde nadie le ha destronado: los documentos oficiales siguen aludiendo al “Rey de Hungría que, por una serie de circunstancias particulares, está impedido para ejercer sus funciones reales”.

Esta doble condición -Emperador destronado y Rey reconocido- resulta problemática para sus huéspedes. Se instala primero en el Hotel Nacional de Lucerna y al poco tiempo en Hertenstein, cerca del Lago de los Cuatro Cantones.

El 18 de mayo de 1921 el ministro suizo Dinichert les comunica que deben empezar a buscar otro país para asilarse, porque la Confederación se encuentra en una situación incómoda frente a la Entente y sus vecinos austríacos por su causa. Tiene de plazo hasta el próximo octubre: menos de seis meses.

-- No es culpa de Suiza –le dicen con tono de reproche-. ¡Si hubiera cumplido su palabra, las cosas serían distintas!

Carlos replica. Ha cumplido con su promesa: no ha hecho política enSuiza. ¿Quien podrá recriminarle porhaber visitado un país... del que es el Rey legítimo? ¿Es eso “hacer política”?

Comienza a pedir asilo político a los gobiernos de Francia, Suecia y España. París se niega. El gobierno de Estocolmo responde con una negativa envuelta en amables disculpas.Madrid parece el destino más probable, aunque la respuesta oficial sea muy vaga: “la cuestión sigue en estudio”.

En vista de la situación, el Consejo Federal le da permiso para permanecer en suelo suizo hasta que concluyan las negociaciones con España.

Se trasladan a Hertenstein junto al lago de los Cuatro Cantonesa a media hora en barco de Lucerna. El cerco político se hace cada vez más opresivo. Se le niega la visita de sus cuñados René y Sixto. Zita les escribe cartas en clave de contenido aparentemente familiar. Pero la policia suiza sigue al tanto y no llegan a sus destinatarios. Carlos pide una prolongación de permiso de residencia hasta enero de 1922.

Siguen las negociaciones con París. El abogado de Carlos se entrevista con el Presidente francés. Sigue con las mismas disposiciones, pero sólo declarará ante hechos consumados, para que no parezca que Francia aliente la reposición de Carlos. Se designa un representante permanente con París que sirva de enlace.

21 de octubre de 1921. Cambio de ruta

 

A las tres dela noche del20 de octubre salen Carlos y Zita de Hertenstein con ropas de viaje. El alcalde de la localidad –al que debían notificar todos sus movimientos- les había autorizado a realizar una excursión con un coche alquilado hasta Einsiedln, para celebrar el décimo aniversario de su matrimonio. Les acompañaba Ledochowsky. Durante el camino, cerca de Rapperswil Carlos le preguntó:

 

-¿Sabes a dónde nos dirigimos la Emperatriz y yo?

-A Einsieldln, Majestad.

-¡No! ¡Vamos a Hungría!

Tras ayudar a Ledochowsky a digerir la noticia con una copa de coñac, le indicaron como debía informar a sus hijos sobre aquello y se despidieron de él, porque ya les esperaba su secretario Boroviczeny en Ruti, con otro automóvil, para llevarlos a Zurich.

 

Era el fin de un nuevo proyecto largamente meditado, del que sólo tenían noticia algunos allegados. Tras la tentativa frustrada de abril, en Hungría se había recrudecido la lucha política. Horthy estaba llevando a cabo una amplia depuración dentro del ejército, para licenciar a todos los oficiales afectos a Carlos y estaba situando a coroneles como Lehár y Osztenburg lejos de los centros de poder.

En vista de la situación, Carlos había decidido poner en marcha un nuevo plan: viajar en avión hasta Sopron, donde le aguardarían las tropas leales; llegar a Budapest en un tren militar y marchar sobre Palacio con las tropas de Osztenburg, que le protegerían.

Había consultado el plan con Werkmann, que le había desaconsejado de nuevo la aventura; y con Polzer, que la consideraba precipitada y mal preparada. Sin embargo, los húngaros le apremiaban a que fuese: ahora o nunca. A pesar de todo, Carlos había decidido acometerla, asumiendo el riesgo, confiando en las noticias alentadoras que le llegaban de Hungría.

Zita había querido acompañarle. Boroviczeny quiso disuadirla: era un viaje arriesgado y estaba esperando un nuevo hijo.

—-Bien. Todos esos peligros —había dicho, zanjando la cuestión— me reafirman aún más en mi decisión. Debo estar al lado de mi marido. Ése es mi puesto. Mis hijos se quedarán aquí, con su abuela, donde estoy segura de que no les pasará nada.

Según Troud, se habían barajado varias posibilidades: ir en avión, en tren o en barco por el Danubio. Cuando optaron por el avión, Boroviczeny se había puesto en contacto con Lehár en Hungría, que contaba con un oficial experimentado y de confianza: el capitán Alexay. Les acompañaría también el capitán Fekete, que había pilotado ese tipo de aparatos durante la guerra.

Comenzaron a buscar el aeródromo suizo más adecuado: al final sólo reunía las condiciones el de Dubendorf-lez-Zurich. Allí encontraron un monoplano Junkers C.H.59de 180 caballos, con capacidad para seispersonas, que alquilaron pagando un seguro por adelantado de 50.000 francos suizos. Pero sólo podían disponer del Junkers a partir del 1 de noviembre porque la sociedad Ad Astra tenía un derecho de opción sobre el aparato; y la compañía propietaria había convenido con ella que hasta esa fecha debía estar bajo el cuidado del oficial alemán Zimmerman, que era el único con derecho a pilotarlo.

No tenían otra solución que contarle el plan a Zimmernman. Después de deliberarlo, se lo propusieron y aceptó pilotar el vuelo. Decidieron partir el 20 de octubre, pero la fecha se retrasó al 22 por razones atmosféricas.

Antes de partir, enviaron un telegrama cifrado a Lehár, avisándole de su llegada. Ese telegrama llegó mucho tiempo después de lo previsto, por causas desconocidas y fortuitas, y ese retraso tuvo gravísimas consecuencias.

A las 11.55, la hora convenida, Carlos y Zita llegaron a Dubendorf, donde les esperaban los tres pilotos, ultimando la puesta a punto del aparato en el hangar. Veinte minutos después se sentaban al fondo de la carlinga, tras Boroviczeny y Alexay. En la cabina de mandos, en el exterior del aparato, iban Zimmerman y Fekete.

A las 12 y 20 el avión se elevó hacia el sol de Suiza y cruzó el lago de Constanza a 3.500 metros. El tiempo era espléndido y la visibilidad perfecta. Iban a 170 km a la hora. ¡Estaban a un paso del triunfo!

Al cruzar la frontera bávara el motor tuvo un fallo, y durante unos diez minutos los pilotos intentaron desesperadamente contener la bajada planeando. Tras unos momentos de tensión, recobraron el control del aparato a 1.500 metros de altitud. Poco después, al sobrevolar Salzburgo, se situaron de nuevo en los 3.500.

Siguieron su viaje por el cielo de Austria. De repente, un fuerte olor a gasolina inundó la carlinga, y avisaron al piloto, que les confirmó sus sospechas: el depósito tenía una fuga. No podían solucionar aquello en pleno vuelo, y veían allá abajo, entre los bosques, la cuenca caudalosa del Danubio. El olor era cada vez más asfixiante. ¿Cuanta cantidad estarían perdiendo? ¿Podrían llegar a la frontera húngara?

Con esta interrogante sobrevolaron Viena. Poco tiempo después avistaron el lago del Neusiedln. Al fin, ¡Hungría!

Descendieron a 600 metros. Habían convenido con Lehár que un grupo de jóvenes les estaría esperando en Hungría para indicarles el campo de aterrizaje con antorchas, si se les hacía de noche. A las 4.25 comenzaron a perder visibilidad y vieron unos fuegos en la lejanía. Debía ser la señal convenida. Fue un error. El Junker se posó sobre un campo, entre la expectación de un grupo de campesinos reunidos en torno a una fogata.

Revisaron el motor, se informaron del lugar donde se encontraban –Csalad, muy lejos de su destino- y remontaron el vuelo. Poco después aterrizaban en el lugar convenido, cerca de la finca del conde Cziraky. Carlos y Zita bajaron decididos, tras felicitar a los pilotos. Poco después, llegó Czirahy -que los había visto volar sobre su finca- y les dijo que deberían cambiar de plan, porque en aquellos momentos su casa estaba llena de familiares celebrando el bautizo de su tercer hijo. Les propuso que se alojaran en casa de un hermano suyo, en Kenyeri, hacía donde los condujo en su auto.

El retraso del telegrama se hizo notar por primera vez: les comunicaron que el tren, en el que venían las tropas de soldados que los acompañarían a Budapest, no había llegado todavía. Habían tomado algunas precauciones, como cortar las líneas telefónicas de la finca, para impedir que nadie pudiese comunicar su llegada, pero el plan se fue complicando: y como la casa de Kenyeri no parecía del todo segura, decidieron ir en plena noche a Sajtos- Kál, una propiedad del barón de Rupprecht. Éste no se encontraba en casa y Carlos y Zita decidieron dormir en el cuartel, para no despertar sospechas, bajo la protección de Lehár.

Al día siguiente llegaron a Sopron, donde Carlos comenzó a poner en marcha la segunda parte del plan. Se entrevistó con los dirigentes políticos que le apoyaban, Gratz, Andrassy y Rakowsky, presidente de la Asamblea nacional, con los que constituyó un gabinete de gobierno provisional que debía entrar en funciones aquella misma noche, en cuanto llegara a Budapest. Pensaba que en la capital nadie estaría advertido todavía de su presencia, pero algunos, como el general Hegedüs lo habían comentado con los oficiales ingleses, franceses e italianos de la zona. La noticia no tardaría en llegar a oídos del Regente.

Al fin llegaron las tropas –unos tres milhombres, según Troud-bajo el mando de Osztenburg. Al medio día le prestaron juramento de fidelidad. Se dirigieron a la estación donde aguardaba el tren. Carlos subió con Zita en el segundo vagón; en el tercero iban los oficiales, y en el resto, los combatientes. Durmieron en el tren, en la misma estación de Sopron, y a las cuatro de la mañana del día 22 se dio por fin la orden de partida.

Troud afirma que a estas horas en Budapest ya se estaba al corriente de la situación, porque el general Hegedüs, que iba con las tropas partidarias de Carlos les había telefoneado antes de partir.Dugast da otra versión: fue el general Löcrinczy, de Gyor, quien, al enterarse de la llegada del tren a la una de la tarde, habría telegrafiado al gobierno de Horthy, que se puso rápidamente en contacto con la Entente, y ordenó detener el convoy.

Fuera como fuese, el plan inicial de toma por sorpresa había fracasado, aunque la respuesta que iban encontrando en las diversas poblaciones por las que atravesaban era alentadora. Al pasar por Györ, a 150 kilómetros de Budapest, las tropas se unieron a la causa de Carlos.

En Comaron empezaron las dificultades. Las tropas gubernamentales habían recibido órdenes de Budapest de detener el tren y ya estaban comenzando a quitar los raíles y preparándose para resistir. Los partidarios de Carlos decidieron hacerles frente, pero no hizo falta: al verlos, los soldados se unieron a ellos y prestaron juramento de fidelidad al rey. El teniente coronel Siménfalvy, que los mandaba, fue hecho prisionero y encerrado en el vagón de cola. En cuanto se repusieron los raíles el tren se puso de nuevo en marcha.

Un ministro del gobierno de Horthy, Vass, llegó en coche desde Budapest y subió al tren en Comaron, donde se entrevistó con Andrassy. Le dijo queel Regente Horthy no deseaba el retorno del Rey porque temía complicaciones internacionales. Andrassy le contestó que cuando el Regente y el gobierno vieran cómo la población apoyaba al monarca se acabarían esas reticencias

Esto pareció confirmarse de nuevo en Tata, donde los soldados, al ver a Carlos, le prestaron juramento de fidelidad. Vass bajó del tren y se dirigió en coche a Budapest para informar al Regente.

 

23 de octubre. Rumbo a Budapest

El tren continuó sin encontrar resistencia en lo que parecía un viaje triunfal.

Estaba previsto llegar a Budapest a las siete de la mañana y marchar luego hacia el Palacio. Pero en Bia-Torbagy el convoy se detuvo. Habían arrancado los raíles a la altura de Buda-Oers, donde les esperaba una pequeña tropa de estudiantes a las órdenes de Horthy. Según Troud, les habían dicho que unas tropas checas intentaban invadir la ciudad. Los destacamentos de Budapest habían decidido esperar para ver como se desarrollaban los acontecimientos. Llegaron noticias de la guarnición de Kelenford: estaba dispuesta a apoyar la causa del rey, pero sólo podrían resistir si llegaban enseguida.

En ese estado de incertidumbre, a las nueve de la mañana Carlos y Zita asistieron a la Misa que se celebró en el mismo andén. Se escuchaban de vez en cuando disparos. Eran las tropas de Léhar respondiendo en la lejanía a los ataques de los estudiantes. Carlos deseaba evitar un derramamiento de sangre a cualquier precio, porque sabía que era la excusa que buscaba el gobierno de Horthy para impedir su objetivo frente a la Entente. Cada minuto que pasaba la situación se volvía más crítica.

Mientras tanto, los soldados de Lehár –que debían apoyar la operación en cuanto el tren llegara a la capital- llevaban 48 horas caminando y estaban exhaustos. Hegedüs le pidió permiso a Carlos para viajar a Budapest y negociar con Horthy. Carlos asintió.

Según Troud, llegó al lugar donde aguardaban las tropas de Léhar y les dio órdenes retirarse, asegurándoles que provenían del Rey.

Cuando regresó, a las dos de la tarde, le comunicó que Horthy marchaba contra él.

Carlos reaccionó con rapidez: ordenó al maquinista que colocase una bandera blanca en la chimenea de la locomotora y subió a la máquina junto a él. Zita decidió acompañarle. Carlos dio la orden de avance. Sorprendente estampa, que parece arrancada de una novela de aventuras, la de estos dos jóvenes soberanos, que se dirigen, entre el polvo y el humo de una locomotora, por un entorno solitario, en este anochecer del mes de octubre, a la conquista de un reino arrebatado.

En la locomotora viajaban también, sentados sobre el carbón, Andrássy, Esterházy, Rakovsky y Hegedüs. Cuando les faltaba poco para llegar a la zona enemiga, un disparo rozó la espalda del maquinista. Anochecía. Se replantearon la estrategia. Carlos deseaba llegar a Budapest cuanto antes para negociar la paz. Pero cayó la noche y decidieron permanecer en Tata, en casa de Esterházy.

A las ocho de la mañana del día siguiente Oztemburg recibe un mensaje del jefe de las tropas gubernamentales, comunicándole que el armisticio ha finalizado a las cinco, tres horas antes. Comprendieron que aquella espera era el tiempo que había necesitado el Regente para organizar sus tropas. Escucharon disparos. Un destacamento de hombres fieles al Regente habían tomado ya los alrededores del Palacio. Las tropas de Horthy se acercaban. Al día siguiente, de madrugada, se encuentran rodeados. Según Troud, las tropas del Regente bombardean el tren, que se ve obligado a recular hasta Tata, mientras hacen prisioneros a los hombres de los batallones de apoyo.

En Tata, Lehár y Osztemburg están dispuestos a combatir. Carlos les explica con serenidad que desea seguir con su plan hasta el final: no puede recobrar el trono por la fuerza; necesita contar con el asentimiento general. Irán ellos solos, en una locomotora, hasta la misma línea de fuego, para negociar.

Carlos ordenó a Léhar y Osztemburg que , para preservarlos de las represalias del gobierno y aguardó la llegada de las tropas de Horthy.

Horthy

Según Troud, durante la noche del 24 al 25 de octubre tres hombres entraron en la casa asegurando que llevaban una autorización firmada por Horthy. Uno de ellos comenzó a subir las escaleras en dirección a la habitación donde estaban Carlos y Zita, con una granada de mano; al darse cuenta Esterazhy, subió rápidamente y tras forcejear con él, logró reducirle y arrebatarle la granada, que cayó al suelo sin explotar. Los otros dos huyeron al ver la situación.

¿Quiénes eran? ¿Quien los enviaba? Según Troud, por la mañana llegó una orden de Budapest, en la que se indicaba al coronel que devolviera sus armas a aquellos seis desconocidos, que tomaron de nuevo su coche y volvieron a la capital.

Poco después, el coronel Simenyfalvy rodeó el lugar donde se encontraban. Comenzaron las presiones del Gobierno. Llegó la orden de que Andrasy, Gratz y Rakowsky comparecieran ante un tribunal militar. Carlos se negó a dejarlos partir.

El Gobierno insistió en que la orden se ejecutase al momento y presionó a Simenyfalvy, que se presentó ante el rey diciéndole que le habían nombrado “Comandante de las tropas enviadas para la seguridad de la familia real”.

Al oír aquello, Carlos decidió acabar con lafarsa.

— ¡Coronel! –dijo con voz enérgica--. Arrestar a los que han asumido una responsabilidad política en defensa de mi causa es lo mismo que arrestarme a mí. Y el país va a contemplar el deshonor de ver a su rey arrestado por un coronel como vos, que fuisteis mi oficial, que me habéis jurado fidelidad y lleváis todavía mi Orden de Leopoldo sobre el pecho. ¡Tomad mi bayoneta!

Simenifalvy se quedó perplejo.

— ¡Señor, no puedo hacerlo! —dijo, saliendo de la habitación.

Llamaron de nuevo desde Budapest, donde continuaba la ceremonia de la confusión: no; no había problema: los militares —le aseguraron de parte del gobierno— podían permanecer con él. Bethlen le dijo que jamás pensó en hacer prisionero al Rey, y el Gobierno propuso a Carlos que se dirigiera a Tihany, cerca del lago Balatón "para escapar del peligro que despiertan las fuerzas checas que se dirigen a Tata".

 

 

26 de octubre. Tihany

Con estos últimos datos -que Carlos y Zita creyeron ciertos-, se dirigieron el día 26 hacia Tihany, una abadía benedictina del siglo XII. Al llegar, la encontraron convertida en un cuartel, con soldados que escrutaban todos sus movimientos con la bayoneta calada.

Troud anota, en su larga y pormenorizada relación de estos sucesos, que dos días antes la conferencia de Embajadores de París había decidido exigir a Hungría la proclamación de la abdicación del rey, su arresto y expulsión. Pero el Gobierno seguía intentando una tercera vía: la renuncia voluntaria de Carlos.

Al día siguiente llegó un nuevo contingente de tropas a Tihany. Carlos y Zita se convirtieron en prisioneros del que era, aparentemente, su propio Gobierno, que deseaba resolver el problema guardando las apariencias d legalidad.

Pero Carlos no estaba dispuesto al juego. Llamó a Siménifalvy, se despojó de su bayoneta y arrojándola sobre la mesa, le dijo:

—Dígale a Horthy que el Rey se considera su prisionero y se niega a llevar las armas. Esta comedia ha durado demasiado.

 

Le volvieron a llamar desde Budapest, pidiéndole que abdicase. Al día siguiente, 20 de octubre,le visitó Csernoch, el Cardenal Primado. El gobierno le había pedido que lograra que Carlos abdicase. Se había negado: “yo le he coronado: no me pueden pedir ahora que solicite su renuncia”. Encontró a Carlos y Zita cansadospor el trasiego de los últimos días, pero firmes en su proyecto.

El cardenal les hizo ver la difícil situación en la que se encontraban y la amenaza de las potencias extranjeras. El rey le recordó la promesa que había hecho ante Dios de defender aquella corona. El Primado asentía a sus razones y a su voluntad firma de no abdicar, porque consideraba que esa decisión hubiese sido más funesta para el país que el destronamiento del monarca.

Aquello se estaba convirtiendo, más que en una comedia, en un drama al que sólo faltaba el desenlace. Este llegó el 30 de octubre, cuando le comunicaron que el Gabinete húngaro había decidido confiarlo al Comandante de la flotilla británica del Danubio.

 

Carlos escribió entonces la siguiente declaración que entregó al delegado del Gobierno, Kanya:

“Mientras que Dios me de fuerzas para llevar a cabo mi misión, no renunciaré de ningún modo al trono de Hungría, al que estoy ligado por mi juramento de rey coronado.

Mantendré todos mis derechos como poseedor de la Santa Corona sin desfallecer y estaré siempre dispuesto a cumplir con los deberes que me corresponden.

Mantengo la íntima convicción de que mi proceder responde a las grandes tradiciones y a los intereses de la nación húngara, que permanecen inmutables e independientes de las pruebas pasajeras que ahora está atravesando”.

Concluía con trazo firme:

Declaro que la resolución tomada por la Asamblea Nacional, que ha votado esta resolución contra mí bajo la presión y la coacción del extranjero, es ilegal y nula desde el punto de vista de la Constitución y de las leyes húngaras.

Por lo tanto, protesto contra tal resolución.

No renuncio a ninguno de los derechos que me corresponden conforme a la Constitución húngara en cuanto Rey apostólico, coronado con la corona de San Esteban.

Protesto contra la conducta del gobierno húngaro que, ante la decisión de la conferencia de los embajadores, me entrega al comandante de la flota británica del Danubio.

Tihany, 1921.

Carlos

 



 

 

Dugast explica la traición de Hegedüs por razones personales: tenía dos hijos en las tropas del gobierno. Aún así, su actuación resulta excesivamente contradictoria.

 

 

 

 

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