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12. Exilio en Suiza

 



 

Ekcartsau

 

Al día siguiente, 12 de noviembre, a las cuatro de la tarde, la Asamblea Nacional austriaca convirtió el Imperio en una República. El 13 se firmó un acuerdo en Belgrado para la aplicación del armisticio con Hungría. El 16 se proclamó la república húngara, y dos semanas después, el 1 de diciembre, nació el Reino de los serbios, croatas y eslovenos, más tarde rebautizado como Yugoslavia (Eslavia del Sur).

Carlos seguía los acontecimientos desde Eckartsau, un palacio de caza de estilo barroco enclavado en la margen izquierda del Danubio, a sólo veinte kilómetros de Viena. Le alegraba pensar que con su marcha había evitado una previsible guerra civil, pero le entristecía la miseria en la que había caído la población. Debió apenarle también el distanciamiento súbito de los que le apoyaban poco tiempo atrás, pero guardó silencio y no tuvo palabras de rencor para nadie.

Se encontraba solo, como en tantos momentos de su vida. Ni siquiera los altos miembros de la Jerarquía católica le habían dado muestras de afecto. No pretendía que la Iglesia respaldara la institución monárquica, ahora en crisis, ni que defendiera su gestión política personal. Había procurado servirla sin utilizarla para sus propios intereses y no se había inmiscuido jamás en las competencias de los obispos, alejándose radicalmente de la conducta de su antepasado José II, que en su obsesión por someter el clero a sus dictados, llegó a prescribir cuanto debían durar los sermones y el número de velas que se podían encender…

Había respetado siempre la libertad de la Iglesia y no esperaba ningúnaval religioso; pero en su nueva situación -aunque comprendiera el distanciamiento de la Jerarquía hacia la monarquía que representaba-, hubiera agradecido alguna palabra de aliento, en el ámbito personal; es decir, en cuanto Carlos de Habsburgo, no en cuanto Emperador de Austria. No lo recibió: Gustav Piffl, el Arzobispo de Viena, le seguía tratando con su frialdad habitual, a pesar de que Carlos había estado siempre dispuesto a ayudarle.

 

Al fin había concluido aquella guerra. Muchos años después, las cifras confirmarían la magnitud de lo que el Papa había denominado “inútil destrucción”: a los más de ocho millosnes de soldados muertos había que sumar diez millones de civiles fallecidos por el hambre, la enfermedad y las privaciones de aquellos años, y miles de heridos

El panorama político europeo fue cambiando de forma casi frenética durante aquellos meses.El 24 de diciembre Transilvanía entró a formar parte de Rumanía. El Imperio formaba ya parte de la historia.

El último día de 1918 Carlos propuso a los suyos que rezaran juntos un Te Deum solemne, como solía hacer personalmente todas las tardes, para agradecer –dijo- las numerosas gracias que habían recibido aquel año.

-¿Qué gracias han sido ésas? – le preguntaron, con perplejidad.

-Muchas. Este año ha sido duro, pero podría haber sido mucho más trágico para nosotros. Si estamos dispuestos a aceptar todo lo bueno que Dios nos envía, debemos aceptar también con agradecimiento lo que nos parece difícil y doloroso. Además, hemos visto el final de la guerra, y por la paz vale la pena hacer cualquier sacrificio.

 

Seguía atentamente desde Eckartsau el desarrollo de la política internacional, esclava todavía de las pasiones, rencores y revanchas de la inmediata posguerra: en enero de 1919 se reunieron en Versalles los delegados de 27 países aliados y 6 dominios británicos sin la presencia de ningún representante de los países derrotados. Pero de hecho las posiciones se polarizaron en torno a Wilson y Clemenceau.

Wilson intentaba hacer realidad el nuevo orden mundial en el que soñaba. Clemenceau buscaba, sobre todo, reconstruir una Europa en la que una Alemania debilitada –sin colonias, sin Alsacia Lorena y sin la cuenca minera del Sarre, con un ejército de 100.000 hombres como máximo, sin fuerza aérea y con otras muchas limitaciones- no volviera a constituir una amenaza.

 

Tras un fallido Consejo de los Diez se llegó a un Consejo de los Cuatro: los Estados Unidos de Wilson, la Gran Bretaña de Lloyd George, la Francia de Clemenceau y la Italia de Orlando.

En Versalles se resolvió la “cuestión oriental”, con la presencia de Turquía en Europa. Pero “la cuestión alemana” quedó sin resolver, como afirma Howard. El espíritu revanchista hizo que aquella Conferencia fuese el origen de males aún peores que los que, desde el punto de vista teórico, pretendía combatir. Aunque decían inspirarse en los principios de Wilson, Clemenceau, Lloyd George y Orlando “defendieron los principios que les imponía la realidad práctica de la política europea y las conveniencias nacionales de sus respectivos estados. Clemenceau quería aniquilar para siempre la potencialidad militar de Alemania; Lloyd George, eliminarla de las colonias, los mares y el comercio mundial; Orlando, precipitar la disolución de Austria-Hungría.

El tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919 con Alemania, le impuso unas condiciones durísimas que lo llevarían a la pérdida de importantes territorios coloniales y europeos, en beneficio de Francia, Bélgica, Dinamarca y Polonia; y a la crisis económica.

El 10 de septiembre Austria tuvo que someterse a la paz de los aliados mediante el Tratado de Saint Germain-en-Laye, que llevaron al desmenbramiento del imperio. Aunque los aliados decían inspirarse en los principios de Wilson, éste sólo había hablado de la concesión de autonomías a los pueblos eslavos y rumanos, que Carlos también deseaba potenciar.

Como fruto de la tensión de los últimos meses Carlos había caído en un estado depostración y cansancio. Aunque su espíritu se mantenía fuerte y no se encontraba abatido psíquicamente, su cuerpo se había resentido y guardaba el reposo que le habían prescrito los médicos. Pero con el paso de las semanas, mientras recobraba la salud, se dio cuenta que debía tomar una nueva decisión, al comprobar que su presencia cerca de Viena molestaba a los nuevos gobernantes.

Las gentes decían que había abdicado. No era cierto. Y no lo había hecho por aferramiento al poder, como suponía la gran mayoría del país: creía en conciencia que no debía hacerlo. Estaba íntimamente convencido de que era “rey por la gracia de Dios y no por la gracia del pueblo”. Podían impedirle ejercitar su responsabilidad como rey; pero él, por muy pesada que fuese, no podía renunciar a ella.

El 17 de noviembre un periódico vienés, el Arbeiter Zeitung, publicó un artículo con este titular: “La dinastía debe emigrar”. Comenzaron las presiones por parte de los nuevos gobernantes: unos le pedían que abdicase; otros estaban negociaban con la Confederación Helvética para que los acogiese en suelo suizo. Pero Suiza se resistía a albergar a una familia cuya presencia sólo le traería problemas. Al fin, Inglaterra intercedió por ellos y cedieron.

Sólo permanecían a su lado Ledochowski, el capitánSchonta, Hunaydy, el general Zeidler y su consejero Werckmann, a quien debemos el relato detallado de estos momentos. El resto de personas de su entorno habían huido o intentaban acomodarse a las nuevas circunstancias.

¿Qué debía hacer ahora? ¿Exiliarse, sin más? ¿Negarse a marchar a Suiza, corriendo el riesgo de que le encarcelaran? Analizó las consecuencias internacionales de ese posible gesto: Inglaterra no lo permitiría y se crearía una situación diplomática que no beneficiaría a nadie; en primer lugar a los austriacos, exhaustos tras la guerra.

La situación política no le permitía ir a Hungría, país del que seguía siendo rey. Mientras tanto, su situación en Eckartsau se volvíainsostenible. Pequeñas bandas armadas –las llamadas guardias rojas-merodeaban por los alrededores del palacio impidiendo el abastecimiento cotidiano. De vez en cuando disparaban al aire, para amedrentarlos.

El gobierno no garantizaba la seguridad de su familia. Jorge V, que deseaba evitar que sufrieran la misma suerte que los Romanov, envió a un coronel inglés para que los custodiase.

 

 

La despedida

A lo largo de aquel domingo 23 de marzo de 1919 Carlos se despidió de sus generales, ministros y amigos, hasta que a las siete de la tarde se dirigió con su familia a la estación de Kopfstetten, donde los campesinos les tributaron los últimos honores en tierra austriaca. Allí, acompañada por Schonta y Werkmann, la familia subió al tren especial que la llevaría Suiza.

— ¡Nos veremos de nuevo en la patria!— gritó Carlos al partir.

El tren se puso en marcha. Tras las ventanillas contemplaron — ¿por última vez?— los paisajes del Tirol y las montañas de los Alpes.

Al amanecer del día siguiente llegaron a Suiza. En Feldkirch, antes de abandonar su patria, quiso firmar y fechar esta nota de protesta formal:

 

“En el momento en el que me dispongo a dejar el territorio de la Austria alemana y piso el suelo hospitalario de Suiza, deseo hacer constar solemnemente, en mi nombre y en el de mi Casa, que no he deseado otra cosa que la felicidad y la paz de nuestros pueblos…”

 

Tras mostrar su disconformidad con la decisión del nuevo gobierno, concluía:

“Fui llamado a ocupar el trono de mis antepasados durante la guerra; me he esforzado por llevar a mis pueblos hacia la paz, y es en la paz en la que he deseado y deseo ser para ellos un padre justo, entregado a ellos con fidelidad.

Feldkirch, 24 de marzo de 1919

Carlos”

 

Era un documento para la historia, que no hizo público en aquellos momentos por el bien de la paz. No quería contribuir al desorden que reinaba en Austria, ni proporcionar una excusa a los gobernantes para que cometieran cualquier acción en contra los suyos.

El coronel Bridler y el diplomático Borsänger-Buchs le recibieron en la estación de Busch en nombre del Consejo Federal Helvético, indicándole que debía abstenerse de cualquier actividad política en Suiza que pudiese comprometer a la Confederación.

Carlos les dio su palabra: no realizaría ningún tipo de actividad política en Suiza.

 



En algunas biografías se afirma que fueron a visitarle a Ekartsau algunos miembros de la masonería, para proponerle algo tan increíble como la devolución de la corona (¡!) a cambio dedeterminados compromisos. Carlos les habría contestado -si la entrevista realmente existió-: “Soy católico. No tengo ninguna respuesta que darles”. Y -siempre según esas fuentes- cuando éstos abandonaron la sala, Carlos habría pronunciado unas palabras premonitorias: “A partir de ahora, mis asuntos van a tener una difícil solución”.

 

 

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