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11. La Renuncia

 


Schönbrunn


11 de noviembre de 1918: la renuncia

 

— No puedes firmar ese documento.

Zita no entendía --o no quería entender- de qué le hablaba Carlos; pensaba que estaba dispuestoa abdicar y le argumentaba:

- Un soberano no puede abdicar. Le pueden deponer, le pueden despojar de sus derechos a la fuerza, pero él no puede abdicar.

Ledochowski urgía:

—Majestad, los ministros están fuera, aguardando una respuesta.

-- Un momento –dijo Carlos, con serenidad- y le propuso a Zita y a Werkmann que charlaran con calma en el Salón de las Porcelanas.

Allí le explicó la gravedad de la situación: no tenían otra salida, aquel día en el que terminaba la guerra. Su hermano Max y otros archiduques le habían propuesto que abdicara, para que no le confiscarían sus bienes. Les había contestado que una corona no puede venderse por dinero. No era cuestión sólo de dinero: Lammasch le había dicho que temía que pasara en Viena lo mismo que en Berlín, donde las masas habían tomado el control de las calles, obligando a Guillermo a huir precipitadamente a los Países Bajos. No quería que su actitud provocara un derramamiento de sangre. Y le habían comunicado que no podían garantizar la seguridad de Schönbrunn.

Carlos permanecía sereno, incluso cuando algunos miembros de su gabinete le presentaron un posible manifiesto de renuncia, no de abdicación –tomando como modelo la renuncia del rey de Wurtemberg-, que podría servir para calmar la situación. Pero era urgente que lo firmara, para que lo pudieran imprimir enseguida y los periódicos lo publicaran aquella misma tarde.

Esa renuncia podría calmar los motines que se estaban preparando. Werkmann estaba de acuerdo: no tenía más remedio que firmar aquella declaración, en la que no abdicaba: renunciaba tan sólo a las tareas de gobierno. Decía así:

 

“Desde mi llegada al trono me he esforzado sin cesar en librar a mis pueblos de los horrores de la guerra, en cuya declaración no tuve ninguna responsabilidad.

Movido siempre, ahora como antes, por un amor inalterable hacia mis pueblos, no deseo que mi persona se convierta en un obstáculo para su libre desarrollo.

Reconozco por adelantado las decisiones que tome en el futuro la Austria alemana con respecto a su forma constitucional.

El pueblo ha tomado el poder por medio de sus representantes. Yo renuncio a la parte que me corresponde en la dirección de los asuntos de Estado.

Relevo además a mi gobierno austriaco de sus funciones.

Carlos

 

Zita comprendió. A las tres de la tarde Carlos firmó el documento de renuncia en presencia de Gayer, Ministro de Interior.

 

A las seis y media de la tarde Carlos y Zita se despidieron de los sirvientes, y tras rezar en la capilla junto con sus hijos, se dirigieron hacia la puerta, donde un puñado de cadetes –que habían asumido voluntariamente aquel servicio- juró fidelidad hacia sus personas.

— ¡Hasta luego! — dijo Carlos—. ¡Nosotros somos siempre los mismos!

 

Cuando el auto del emperador se perdió en la lejanía, Mensdorff se dirigió hasta el lugar donde, generación tras generación, los oficiales de servicio habían ido grabando su nombre con un punzón en la madera, y escribió:

Mensdorff, 11 noviembre de 1918.

 

Era el epitafio de un Imperio.

 


 

 

 

 

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