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10. La paz imposible y la derrota

 



 

El affaire Sixto

 

Mientras tanto, fueron naciendo sus hijos. Otón tenía ya cinco años; venían luego Adelaida, Roberto y el pequeño Felíx, a punto de cumplirun año. Vivían en Laxemburg, desde donde Carlos iba todos los días a Baden, para despachar con los militares y recibir las últimas noticias del frente.

Sus tentativas de paz comenzaron cuando los Imperios Centrales conseguían sus mejores logros militares. Le movía fundamentalmente, en palabras de su hijo Otto, su conciencia de cristiano. Habló con el ministro de Asuntos Exteriores y le hizo ver que “no se podía seguir sin hacer un plan de paz”. Ese plan no estaba supeditado a la victoria o la derrota: “esnecesario en ambos casos establecer un programa con cada uno de los diversos aliados”.

Aunque concluyera diciendo: “Ni puedo ni quiero ser pesimista”, y fuera menos experimentado que los viejos jefes militares, se demostró que era más lúcido que ellos y comprendía que la victoria soñada era pura quimera. Eso le llevó a buscar un punto de contacto con los aliados que pudiera ser el comienzo de unas conversaciones de paz

Desgraciadamente, dentro de los aliados habían cobrado una especial fuerza política los radicales franceses, profundamente laicistas, que deseaban crear una Europa de repúblicas cortadas por un mismo patrón ideológico. Para ellos el imperio de Austria-Hungría, monárquico y católico, era la bete noire que había que aniquilar. Éste era, según Fétjö el gran objetivo de los republicanos radicales, que crearon el falso cliché de una Austria-Hungría clericalona y opresiva.

 

Para su plan de paz Carlos solicitó la colaboración de dos cuñados suyos, Sixto y Javier, pidiéndoles que actuaran de enlaces con Inglaterra y Francia. Eran los dos hermanos mayores de Zita, que se mantenía en contacto con ellos por medio de su familia, que vivía en Warteeg, Suiza.

Sixto era doctor en Derecho y al igual que Javier, se sentía profundamente francés. Carlos había intercedido por ellos al comienzo de la guerra para que Francisco José le permitiera dejar Austria para luchar con Francia. Pero no lograron ser aceptados en el ejército galo y tuvieron que enrolarse en el belga.

Otros dos hermanos de Zita, Félix et René, batallaban con las tropas de de los Imperios Centrales con la condición –que fue respetada- de no luchar en el frente occidental contra las tropas francesas.

Ni Sixto ni Javier eran los hombres apropiados para esa misión: su pertenencia a la Casa de Borbón, como señala Fejtó,les convertía a los ojos de los republicanos franceses, en sus enemigos naturales. Además, Sixto era un hombre ambicioso que no poseía el tacto necesario para un negociador. Pero la política es el arte de lo posible y aquellos eran los dos únicos hombres de los que disponía Carlos.

 

Primera tentativa: marzo de 1917

El 5 de marzo de 1917 Sixto le entregó a Poincaré, Presidente de la República Francesa las proposiciones de Czernin, acompañadas por unas proposiciones secretas del Emperador, que sabía que las propuestas del primer ministro resultarían inaceptables para los aliados.

En esas proposiciones Carlos se comprometía a presionar a Alemania para que devolviera la Alsacia-Lorena a Francia. “Tenemos grandes simpatías — afirmaba- hacia Bélgica y sabemos que ha sufrido una injusticia. Entre la Entente y nosotros repararemos sus grandes pérdidas”.

Según Troud, el 17 de marzo de aquel año Sixto, de acuerdo con Poincaré y Briand redactó un proyecto de nota con los cuatro puntos de partida que aceptaba el gobierno de París:

  • Alsacia y Lorena retornarían a Francia
  • Se consolidaría la situación de Bélgica y de sus posesiones africanas
  • Se consolidaría también la independencia de Serbia, a la que se cedería Albania para proporcionarle una salida al Adriático.
  • Austria le cedería Constantinopla a Rusia.

Era sólo un comienzo, pero significaba un posible camino hacia la paz. Sixto y Javier viajaron en secreto hasta Viena donde llegaron en la noche del 23 al 24 de marzo. Estudiaron la propuesta y Carlos les entregó una carta autógrafa en la que aceptaba los tres primeros puntos y mostraba sus reservas hacia el tercero, por la confusa situación que se vivía en Rusia.

 

Mi querido Sixto:

Se acerca el fin del tercer año de esta guerra que tantos lutos y tanto dolor está causando al mundo. Todos los pueblos de mi imperio están más unidos que nunca en la voluntad común de salvar la integridad de la Monarquía, a costa incluso a costa de los más graves sacrificios (...).

Francia ha mostrado por su parte una fuerza de resistencia y un ímpetu magníficos. Admiramos todos, sin reserva, la admirable bravura tradicional de su ejército y el abnegado espíritu de sacrificio de todos los franceses.

Me resulta particularmente agradable comprobar que, aunque seamos adversarios en estos momentos, no existe ninguna verdadera divergencia de miras o de aspiraciones que separen a mi Imperio de Francia y estoy en el derecho de esperar que la viva simpatía que albergo por Francia, sostenida por el afecto que su país inspira en toda la monarquía, evitarán para siempre el retorno a un estado de guerra, en la que no me incumbe ninguna responsabilidad.

Con este fin y para testimoniar con exactitud la realidad de mis sentimientos, te ruego que le transmitas a Monsieur Poincaré, Presidente de la República Francesa, de forma secreta y no oficial, mi intención de apoyar en el futuro por todos los medios, y haciendo uso de toda mi influencia personal en mis aliados, las justas reivindicaciones francesas sobre Alsacia-Lorena.

En cuanto a Bélgica, debe ser restablecida íntegramente en su soberanía, guardando el conjunto de sus posesiones africanas, sin perjuicio de las indemnizaciones que pueda recibir por las pérdidas que ha sufrido.

Con respecto a Serbia, se restablecerá su soberanía y estamos dispuestos a asegurarle un acceso vital y natural al mar Adriático, en prenda de nuestra buena voluntad, así como amplias concesiones económicas."

Sólo había una restricción respecto a Serbia: pedía la prohibición de todas las sociedades secretas, especialmente la "Narodna Obrana".

Con Rusia se mostraba cauteloso: se encontraba en un proceso revolucionario que aconsejaba esperar "hasta el día en que se haya establecido un gobierno legal y definitivo"

Concluía:

"Confiando en que las circunstancias nos permitirán pronto a una y otra parte terminar con los sufrimientos de tantos millones de hombres y tantas familias, sumidas en la aflicción y la angustia, te reitero mi vivo y fraternal afecto.

Carlos."

 

Pero durante ese tiempo se produjo un cambio de gobierno en Francia. Briand dimitió, y el nuevo Presidente, Alejandro Ribot, se negó a cualquier negociación con los austriacos e insistió en que se pusiese al primer ministro de Italia, Sonio, al corriente de estas negociaciones.

El 19 de abril se reunieron Ribot, Lloyd George y Sonnino. Las exigencias italianas eran aún más ambiciosas. A pesar de los grandes desastres militares que estaba sufriendo, Italia se oponía al proyecto, y así se lo comunicaron a Sixto el 22 de abril: la propuesta de Carlos era inaceptable.

Carlos envió una nueva propuesta al Presidente Poincaré por medio de una carta dirigida a Sixto.

 

Segunda tentativa: mayo de 1917

Carlos lo intentó por segunda vez. Sabía que Víctor Manuel había contemplado la oferta de paz y el 5 de mayo le entregó a Sixto una carta escrita de su puño y letra para que se la entregase a Ribot en la que hablaba de una posible cesión del Tirol de lengua italiana, como manifestación patente de que Austria estaba dispuesta a poner todos los medios para terminar la guerra. Pensaba que el rey de Italia, a pesar de la actitud de Sonnino, estaría dispuesto a emprender unas negociaciones

Pero Ribot no quería saber nada del asunto y dejó la carta sin respuesta. Carlos inició una serie de conversaciones con sus aliados. Hizo llegar una nueva propuesta de paz a Guillermo II por medio de Ledóchowski. Todo en vano: Guillermo seguía soñando con la victoria, y le hizo una propuesta sorprendente: dejar que Lenin, exiliado en Suiza, viajara a Rusia. Pensaba, sus consejeros, que su presencia daría nueva fuerza al bolchevismo (no se equivocó); y esto provocaría el desplome político de Rusia, quitándose de en medioa un enemigo poderoso...

Carlos se negó a secundar el proyecto: "hay que impedir que se propague una doctrina ese tipo –le respondió- con todos los medios a nuestro alcance; porque si ayudamos a que se implanten esas ideas sobrevendrán gravísimos daños".

Siguió intentando establecer contactos con Francia, con Inglaterra, con Wilson, Presidente de los Estados Unidos, con Italia... Sentía dramáticamente sobre sus espaldas la responsabilidad de una guerra que, salvo el Papa, parecía que nadie quería concluir.

Deseaba alcanzar la paz junto con Alemania, pero no excluía que, si el Kaiser no aceptaba una salida positiva del conflicto, Austria pudiera desvincularse de la Alianza y firmar una paz por separado. Pero las pretensiones italianas dieron al traste con las negociaciones, lo mismo que la actitud de su ministro de Exteriores Ottokar Czernin. Su nombramiento fue, para historiadores como Gordon Brook-Shepherd, el granerror de Carlos.

Czernin era partidario de la postura alemana de pactar la paz sólo tras una victoria militar total y su conducta hizo que Clemenceau revelase al mundo las negociaciones secretas, rompiendo las vías de diálogo, poniendo en peligro la vida de Carlos y llevando a Austria a una situación difícil con respecto a su aliado alemán.

 

“Una victoria militar total”. Como señala Fejtö, el signo de aquel conflicto se había radicalizado hasta límites inimaginables. Ya no se trataba de vencer, sino de destruir, de arrasar completamente al adversario. Era la “guerra total” contra un enemigo al que se demonizaba: una especie de cruzada entre el Bien y el Mal. El diablo era, según las ópticas, francés o alemán.

“Este cambio de estrategia –señala Berenguer- se ajustaba bastante bien a la modificación de la constitución de los ejércitos en combate; las tropas en activo, compuestas por jóvenes reclutas, habían quedado reemplazadas (…) por legiones de reservistas, padres de familia arrancados de sus hogares al mando de oficiales de la reserva. Estas naciones en guerra necesitaban buenas razones para combatir, puesto que el simple respeto de la disciplina ya no era suficiente para mantener la moral. Por eso, la propaganda les ofreció como objetivo la victoria total, la eliminación de la guerra (…) mediante la eliminación del imperialismo y del militarismo alemán. La guerra se convertía así en ideológica, y por ende, se radicalizaba”.

Carlos buscó nuevas vías de diálogo, fiel a lo que había declarado en su primer Manifiesto al país: “Quiero hacer todo lo que esté a mi alcance para eliminar en el menor tiempo posible los horrores y sacrificios de la guerra y para devolver a mis pueblos los beneficios de la paz”.

¡La paz! Si hubiera dicho, como señala Troud, “quiero llevar mis tropas a la victoria” se hubiera ganado la simpatía de los militares, que se distanciaban progresivamente de él. Con su búsqueda de la paz –y era consciente de ello- se estaba labrando su ruina personal, y estaba concitando en su contra un desdén generalizado que pronto se convertiría en abierta hostilidad.

 

Agosto de 1917: tres años de guerra

 

El 1 de agosto se cumplieron tres años de aquella guerra que se pensaba que iba durar varias semanas; uno o dos meses, como mucho. Aquel mismo día Benedicto XV envió una nota a los países beligerantes, solicitando una paz sin vencedores ni vencidos. Proponía un programa con estos seis puntos:

 

  • Tras el desarme, un arbitraje para resolver los litigios entre las naciones, que contemplara sanciones para las que no aceptasen esas decisiones arbitrales.
  • Garantías para la libre navegación marítima.
  • Condonación recíproca de los daños y gastos de la guerra.
  • Restitución de los territorios ocupados.
  • Regulación de las diversas cuestiones territoriales, contando con el parecer de los propios pueblos afectados.
  • Estudio de las reivindicaciones de los Balcanes, Armenia y Polonia.

 

Los Aliados -tal y como habían acordado con el gobierno italiano en el pacto secreto de Londres de 1915- rechazaron la propuesta por el mero hecho de venir del Papa, y se escandalizaron de que hubiese calificado la guerra una “inútil destrucción”, acusándole al unísono de intentar desmoralizar a las tropas, y de ponerse de parte de los Estados Centrales. Numerosos medios de comunicación de los países aliados secundaron las consignas políticas de Clemenceau, para quien Benedicto XV era el "Pape boche". (Las consignas de Ludendorff, eran similares: para el alemán, el Pontífice era “el Papa francés”.

El Pontífice –aparte de la acción humanitaria que llevó a cabo el Vaticano- sólo logró en el ámbito internacional que se hiciera un intercambio de prisioneros inválidos y se trasladara a un contingente de prisioneros enfermos a territorio suizo.

Mientras tanto, la guerra iba teniendo repercusiones en todo el mundo, incluso en países neutrales como España, donde se derrumbó el sistema de turnos entre conservadores y liberales y tuvo lugar una huelga general revolucionaria. Efectos similares se produjeron en países tan alejados como la India.

El socialista radical francés Anatole France calificaría a Carlos tiempo después como el único hombre honrado que hubo durante aquel conflicto en un puesto de gobierno, “pero no se le escuchó. Deseó sinceramente la paz, y por eso fue despreciado por todos. Se perdió una ocasión única”.

Mientras tanto en Rusia la Revolución de Octubre había llevado a los bolcheviques al poder. Era el germen de la futura Unión Soviética.


En agosto de 1917 se dirigió al frente de Isonzo, donde acababa de terminar una nueva batalla. Schuhmann, el fotógrafo de palacio, le siguió al verle avanzar entre los cadáveres. La mayoría estaban carbonizados. Carlos, conocido por su autocontrol, su sangre fría y su serenidad en medio de los combates, comenzó a llorar ante aquella carnicería.

-- No hay hombre capaz de responder de esto delante de Dios. – dijo con voz dolorida- . Yo lo haré y cuanto antes.


 

 

 

Laurie

 

5/2/18
Francia, por la noche.

Cariño mío:

Ahora, si no hay problemas, te voy a contar todo lo que ocurre aquí. Sé que te vas a llevar una gran sorpresa cuando te llegue esta carta... ¡Si algún mando la viera! (...)


Quizá te guste saber como está el ánimo de los hombres por aquí. Bien; pues la verdad es que (y como te dije antes, me fusilarían si alguien importante pillara esta carta) todo el mundo está totalmente harto y a ninguno le queda nada de eso que llaman patriotismo. A nadie le importa un rábano si Alemania se queda con Alsacia, Bélgica o Francia. Lo único que deseatodo el mundo es acabar de una vez con esto y marcharse a su casa.

Esta es, honradamente, la verdad de lo que pasa, y cualquiera que haya estado en los últimos meses te dirá lo mismo.

De hecho, y esto no es una exageración, la gran esperanza de la mayoría es que los disturbios y las protestas acaben obligando al gobierno a acabar esto como sea.

Ahora ya sabes cuál es el estado real de la situación.

Yo puedo añadir que he perdido todo el patriotismo que me quedaba y que sólo pienso en todos los que estáis ahí, en todos a los que quiero y en los que confían en mí para que contribuya al esfuerzo necesario para vuestra seguridad y libertad. Es lo único que me mantiene y lo único que me da fuerzas para aguantar esto. En cuanto a la religión... que Dios me perdone, pero no es algo que ocupe ni uno de entre un millón de los pensamientos que ocupan las mentes de los hombres aquí.

Dios te bendiga,cariño y bendiga a todos los que amo y me aman, porque sin su amor y confianza, desfallecería y fracasaría. Pero no te preocupes, corazón mío, porque continuaré hasta el final, sea bueno o malo.

Laurie

 

Esta carta de un soldado del frente occidental muestra el estado psicológico de gran parte de las tropas en este último periodo de la guerra. Y las poblaciones civiles, sobre todo las que vivían en grandes ciudades, no corrían mejor suerte.

En Viena la población soportaba largas colas ante las tiendas para conseguir artículos de primera necesidad; los autobuses no circulaban para ahorrar energía y la gripe –bautizada como española- se cobraba millares de víctimas. La culpa, se decía era de Hungría, que no quería dar de su trigo; algo falso, porque, como señala Dugast, en Budapest las cosas no iban mejor y se comía pan de maíz.

El 8 de enero de aquel año el presidente demócrata Woodrow Wilson –que deseaba globalizar el sistema democrático y superar las formas clásicas del liberalismo- había leído ante el Congreso de la Unión su famoso “discurso de los catorce puntos para una paz justa”, que deseaba inspirar unos equitativos tratados de paz de lafutura Sociedad de Naciones, pero que de hecho sería el punto de partida y la justificación teórica para el reparto de Europa por parte de los vencedores. Entre esos puntos había propuestas de carácter territorial sobre Austria-Hungría que resultaban más aceptables que las que habían formulado algunos países de la Entente. Los catorce puntos proponían,en síntesis:

 

1. Abolición de los tratados secretos: “Acuerdos de paz negociados abiertamente (...) La diplomacia procederá siempre (...) públicamente”.

2. Libertad absoluta de navegación en todos los mares, fuera de las aguas territoriales, tanto en tiempo de paz como de guerra.

3. “Supresión, hasta donde sea posible, de todas las barreras económicas” entre las naciones que acepten la paz.

4. Reducción de armamentos: “Suficientes garantías recíprocas de que los armamentos nacionales serán reducidos al límite compatible con la seguridad interior del país”.

5. Regulación imparcial “de todas las reivindicaciones coloniales”.

6. Restauración del territorio ruso: “Evacuación de todos los territorios rusos”.

7. Restauración del territorio belga: “Bélgica (...) deberá ser evacuada y restituida” sin intentos de limitar su soberanía.

8. Devolución de Alsacia-Lorena a Francia: “Todo el territorio francés deberá ser liberado" Reparación del daño hecho a Francia en 1871 “en lo que se refiere a Alsacia-Lorena”.

9. Reajuste de las fronteras italianas, atendiendo a las nacionalidades que sean claramente reconocibles.

10. Libertad para el pueblo de Austria-Hungría: A los pueblos de Austria-Hungría (...) deberá serles permitido, con la mayor premura, la posibilidad de un desarrollo autónomo”

11. Libertadpara los Balcanes: “Rumanía, Serbia y Montenegro deberán ser evacuadas (...) A Serbia se le concederá libre y seguro acceso al mar”.

12. Libertad para las poblaciones conquistadas por Turquía: “A los territorios turcos del actual Imperio otomano se les garantizará plena soberanía (...), pero las otras nacionalidades que viven actualmente bajo el régimen de este Imperio deberán disfrutar de una total seguridad de existencia y de gozar de un desarrollo autónomo sin obstáculos”.

13. “Deberá constituirse un Estado polaco independiente, que comprenda los territorios incontestablemente habitados por polacos, que deberán tener asegurado el libre acceso al mar”.

14. Deberá crearse una Sociedad general de las Naciones en virtud de acuerdos formales, que tenga por objeto ofrecer garantías recíprocas de independencia política e integridad territorial tanto a los pequeños como a los grandes estados."

 

El décimo punto afectaba directamente al futuro de Austria-Hungría y Carlosse puso en contacto con el presidente norteamericano, por carta, sirviéndose de la mediación de un país neutral. Según Dugast, Wilson le respondió, pero el diálogo quedó interrumpido por la negativa de ese país neutral a seguir sirviendo de intermediario.

En febrero de 1918 Carlos se trasladó a la Kaiser Haus de Baden. Era pequeña, pero se encontraba junto alcuartel general del Ejército –algo decisivo en ese periodo de la guerra- y ofrecía una mayor seguridad para su familia.Zita daría luz allí a su cuarto hijo, Carlos Luis. Además, esa proximidad física le permitía además, estar más en contacto con sus hijos, sin las formalidades que le exigía la etiqueta.

Carlos recibía en el salón principal, que era su despacho y que por la noche les servía de dormitorio. Una simple cortina ocultaba la cama.

El trabajo era agotador. Por la mañana iba despachando diversos asuntos de Gobierno con sus colaboradores; tras la comida, seguía trabajando y a última hora de la tarde recibía al Jefe de Estado Mayor que le traía las últimas novedades de guerra desde el cuartel general, como las conversaciones que mantenían los alemanes y Czernin en Brest-Litovsk con los soviéticos para llegar a la paz con Rusia. A continuación venían los jefes de los diversos Gabinete, con los documentos que debía firmar. Con frecuencia se tenía que quedar en su despacho hasta la madrugada resolviendo asuntos.Soportaba bien ese ritmo porque estaba en la plenitud física –treinta años- y le habían ejercitado a desarrollar tareas intensas desde su infancia.

 

El 3 marzo de 1918 los imperios centrales firmaron el primer tratado de paz con Rusia, tras las conversaciones de Brest-Litovsk. Rusia aceptó las duras condiciones alemanas y la pérdida de importantes territorios: 800.000 kilómetros cuadrados y 56 millones de habitantes. Abandonó Polonia, Ucrania, los Estados bálticos, la Rusia Blanca, Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Czernin fue recibido en Viena como “el campeón de la paz”, pero no todos compartían la euforia del momento. Uno de ellos era Polzer: “No he logrado comprender nunca –escribía- por qué aquel asunto trajo tanto ruido. Lo importante no era hacer la paz con el Este, que ya existía de hecho. Rusia ya no tenía capacidad para proseguir las hostilidades.

Uno de los peores errores fue entrar en conversaciones con los representantes de la República Soviética, reconociéndolos de hecho como un gobierno regular. Rusia estaba indefensa y sus fronteras estaban, por decirlo así, abiertas para nosotros. ¿Por qué teníamos que limitar nuestra capacidad de acción, aceptando unas negociaciones (…) con políticos, consolidando su prestigio a los ojos del mundo?

Lenin y Trotsky necesitaban imperiosamente la paz para afirmar su dominio sobre un pueblo ruso exangüe. Las Potencias Centrales habrían podido declaran que no estaban dispuestas a negociar con un gobierno revolucionario que no representaba al pueblo ruso”.

El Gabinete de Gobierno seguía en crisis; a Esterhazy le sustituyó Wekerle; y a Martiniz, Von Seidler, que duró poco tiempo en su puesto; ese mismo año le sucedió Hussarek. A mediados de abril de 1918 dimitió todo el gabinete de Wekerle, mientras el emperador retiraba su confianza en Czernin, que había provocado que el francés Clemenceau diera a conocer públicamente las conversaciones secretas que había mantenido con el gobierno francés elaño anterior.

Cuando los alemanes se enteraron de sus conversaciones con los enemigos, le exigieron seis divisiones austrohúngaras para el frente francés como prueba de auténtica colaboración. Carlos no tuvo más remedio que aceptar esta exigencia, que supuso nuevos sacrificios para su pueblo.

El abandono de la guerra por parte de la Rusia revolucionaria permitió a Alemania concentrar el conjunto de sus fuerzas en el frente occidental. El 27 de mayo de 1918 tuvo lugar la tercera batalla en Aisne. Durante el verano de 1918 realizó unas potentes ofensivas alemanas, pero la llegada masiva de tropas norteamericanas había desencadenó la contraofensiva definitiva de la Entente bajo el mando de Foch, que consiguió una férrea unidad de mando sobre franceses, británicos y norteamericanos. El 15 de julio tuvo lugar la segunda batalla del Marne. La superioridad numérica del ejército norteamericano era patente. El 18 de julio Foch pasó a la contraofensiva. La batalla duró hasta agosto. El 3 de septiembre el ejército alemán se replegó hasta la línea Hindenburg. Se acercaba el final.

Mientras tanto, tanto en Viena como en Budapest, nadie quería secundar el propósito de Carlos de unificar un imperio que se deshacía. El 12 de octubre de 1918, cuando recibió en el Kaisehaus de Baden a treinta diputados de todos los partidos, ya era demasiado tarde.

Tres días después el Parlamento húngaro proclamaba la independencia de Hungría con respecto a Austria, salvo en la persona del emperador. Las tropas húngaras abandonaron en masa el frente italiano. La monarquía dual dejaba de existir.

Carlos intentó una última solución: el 17 de octubre proclamó, a la desesperada, un Manifiesto anunciando nuevos estados dentro del imperio. Pero en Viena los diputados del área alemana se pronunciaron el 21 a favor de una unión con Alemania, frente a los socialcristianos que defendían la Monarquía constitucional. El 23 Carlos hizo su última visita oficial a Hungría con motivo de la inauguración de la Universidad de Debreczin, y pocos días después Cárolyi, liberal y republicano, era designado primer ministro de Hungría.

Mientras tanto, los checos y los eslovacos se habían unido, y el 28 de octubre se proclamó la República de Checoslovaquia en Praga, presidida por Masaryk. El ejército austrohúngaro se replegaba en desbandada. El 30 de octubre los aliados firmaron un armisticio con los turcos. Al día siguiente, Tisza fueasesinado en Budapest por tres soldados que le consideraban responsable del conflicto. Era una amarga ironía, porque había sido el único en oponerse en 1914 al ultimátum contra Servia.

¿Qué hubiese sucedido si las propuestas de Carlos hubiesen encontrado eco? Stefan Zweig no duda en afirmar: “Carlos quería concluir la guerra lo antes posible con condiciones favorables para ambas partes en conflicto. Si se hubiesen seguido sus ideas, Europa no hubiera conocido las grandes dictaduras. Carlos se encuentra entre las grandes figuras de todos los tiempos”.

Bernard Michel se muestra más cauto: aunque sus objetivos políticos eran justos y nobles, en su gobierno se advierten fases de gran resolución, junto a periodos de duda y de indecisión. Se equivocó en la elección de algunos de sus colaboradores. Pero en unas situaciones tan excepcionales en las que vivió –concluye- no tuvo más remedio que correr esos riesgos.

 

Hungría

En el otoño de 1918, el desmoronamiento militar alemán-austríaco-húngaro, puso en peligro la integridad territorial de la Hungría histórica: Rumanía exigía para sí Transilvania, el Estado sureslavo en formación reclamó la región meridional y el estado checoslovaco demandó la región septentrional.

En 1918 tras una revolución encabezada por Miháy Karoly (1875-1955 se declaró la República Independientede Hungría.

En esta situación crítica, en octubre de 1918 estalló una revolución en Budapest. Se proclamó la república, cuyo presidente fue el conde Mihály Károlyi, quien simpatizaba con la Entente. Sin embargo, la reforma social democrática iniciada no pudo equilibrar el trauma causado por la derrota en la guerra, la descomposición de la economía y el ataque de los países de la llamada Pequeña Entente.

El descontento de las masas fue intensificado aún más por los agitadores bolcheviques recién formados, que acababan de regresar de los campamentos de prisioneros de guerra de Rusia

Mientras tanto, se expandía por el mundo una pavorosa epidemia de gripe: en Inglaterra, en el Norte de Europa, en Estados Unidos, en Sudamérica, en México, las cifras eran escalofriantes. A la epidemia se unía la falta de alimentación, que cada día se cobraba más muertos.

Las cartillas de racionamientos proporcionaban cantidades insuficientes. El número de tuberculosos en Alemania se triplicó con respecto al año anterior. En los tres últimos años habían muerto en Alemania unas 760.000 personas a causa del bloque de la Entente. En el mes de julio la llamada gripe española –una enfermedad mortal y rapidísima- azota toda Europa.

 

Austria, 3 de noviembre de 1918: el armisticio

 

El 3 de noviembre de 1918 Austria firmó el armisticio en Villa Giusti, aceptando las condiciones de los vencedores. Cedió a Italia el Trentino y el Alto Adigio; Hungría perdió Transilvania –la mitad de su territorio- que pasó a Rumanía; Galitzia se incorporó a la nueva Polonia. El 7 de noviembre se había proclamado la republica polaca en Dublín.

Cuando Hindemburg y Ludendorff le comunicaron a Guillermo II la derrota militar se produjo una revolución en Alemania, que llevó a la abdicación de Guillermo II y la proclamación de la Repúblicael 9 noviembre. Dos días después Alemania, el 11 de noviembre, terminaba la guerra, con la firma del armisticio en el bosque de Compiegne, en el norte de Francia. La guerra había dejado, según las estimaciones más fiables, ocho millones y medio de muertos: entre ellos alrededor de 1.200.000 eran de Austria-Hungría; 1.400.000 de Francia; 1.700.000 de Rusia y 1.800.000 de Alemania.

Junto con el tratado de paz, la delegación austriaca recibió en la Sociedad de Naciones una extensa carta en la que las potencias aliadas rebatían el argumentoaustriaco de que el pueblo no debía compartir la responsabilidad del gobierno que provocó la guerra. El texto era tajante: "El pueblo austriaco es y seguirá siendo, hasta la firma de la paz, un pueblo enemigo". Y valoraba de este modo la política del imperio:

“Si la política austro-húngara hubiese sido una política de generosidad y justicia con sus antiguos súbditos, los Estados del Alto Danubio hubieran podido conservar su unidad económica y política y sus relaciones amistosas (...). La política hegemónica produce ahora su inevitable resultado: el desmembramiento total del Imperio".

Sus enemigos ponían por escrito las predicciones que Carlos había hecho pocos años atrás. Aquella guerra, que había terminado con diez millones de muertos, setenta millones de hombres movilizados, veinte millones de heridos y ocho naciones invadidas, significaría el fin de la monarquía dual. Y las consecuencias morales fueron más graves aún. Como afirma Comellas,“toda la confianza del hombre de Occidente en sí mismo, denominador común de la era del positivismo y la belle époque, se derrumbó catastróficamente. La angustia llenó los campos de la filosofía, la literatura y el arte”

Al día siguiente de la firma del armisticio, el 12 de noviembre, los socialdemócratas tomaron las riendas del gobierno y dijero que el monarca debía abdicar, como había sucedido en Alemania. "Me han amenazado —comentaba Carlos días antes, el 9 de noviembre- con lanzar las masas obreras sobre Schömbrunn si no renuncio a la corona... Pero yo no abdicaré, ni huiré".

La propaganda lo presentabaa las masas como el gran enemigo del pueblo.

¡Enemigo del pueblo! “Si hubo alguna vez un hombre en la doble monarquía -escribe Gordon Brook-Shepperd- capaz de pensar y de sentir con once mentes y con once corazones -cada uno por cada una de las nacionalidades del mosaico- ése fue Carlos, tanto como archiduque, como emperador. Y lo mismo podemos decir del concepto que tenía de lo que debía ser en cuanto monarca, un concepto que había comenzado a perfilarse antes que el atentado de Sarajevo lo situase de golpe en el escalón más cercano al trono.

En su juventud había decidido gobernar como soberano constitucional de los nuevos tiempos, rechazando el absolutismo latente del viejo orden de los Habsburgos, luchando contra las injusticias y cambiando las formas arcaicas de gobierno...”

Como había previsto, todos le responsabilizaban de la derrota militar y pedían su abdicación. Carlos comprendió que sólo le quedaba una salida honrosa: la suspensión temporal de sus prerrogativas regias: “la suspensión no me priva de ninguno de mis derechos, porque no renuncio a ninguno”.

Se puso en contacto conlos demócrata-cristianos, intentando que su líder, Hauser, le apoyase. No lo consiguió. Como afirma Michel, se comportó hasta el último momento como un gobernante moderno, escuchando a sus opositores e intentando encontrar vías de diálogo y puntos de encuentro; pero el caos se había apoderado del país.

Werckmann afirma que le dijo a Carlos en aquellas circunstancias:

- La razón y la reflexión no cuentan nada en estos instantes: es la hora de la pasión, de la traición y de la fuerza... La monarquía ha dejado de existir: Hungría se ha desligado, lo mismo que Checoslovaquia y Croacia, y se puede decir lo mismo de Austria.

¿Se puede llamar monarquía aquella en la que un Gabinete de Ministros, pasando por encima de su Emperador, entra en negociaciones con el enemigo para ofrecer la patria a otro Estado? Cuando los alemanes, los húngaros, los checos y los polacos comprendan que deben ayudarse entre sí, harán una llamada a un soberano que pueda ser el vínculo que los una y la cabeza que los guíe. Pero ahora hemos entrado en el reino de la locura, y no hay quien reine en una casa de locos”.

La monarquía dual se había convertido en la gran víctima de la paz de París. Había miles de familias destrozadas. La guerra había dejado exhaustos a los países del Imperio y los soldados que regresaban a sus casas –muchos de ellos heridos o mutilados- componían una mezcla políglota de hombres exasperados que no comprendían el sentido de su sacrificio.

El Jefe de Policía de Viena le dijo a Carlos que no podía garantizar el orden en los alrededores de Schömbrunn. Se rumoreaba que Guillermo II había huído, que se preparaba un baño de sangre en Berlín, y que Austria parecía seguir el mismo camino.

 


 

 

 

 

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