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I

Carlos de Austria, Emperador de la Paz

José Miguel Cejas

 



 

El Obispo

Hoy, 19 de agosto de 1887 ha sido un día especialmente agitado para Mons. Binder. Ha bautizado a muchos niños a lo largo de su vida pero ahora se trataba de un miembro de la familia imperial.Afortunadamente, todo ha salido según el orden previsto en la capilla improvisada en el castillo de Persenbeug. Binder no quiere pensarlo que hubiera sido esta ceremonia si llega a estar presente el emperador, con los mil y un formulismos que exige el protocolo de la Corte; pero al fin y al cabo, en esta ocasión no era necesaria su presencia, porque este archiduque recién nacido, es, con el debido respeto, un Habsburgo de segunda fila.

El obispo hace un breve recuento: el primero en la lista de sucesión al Emperador, al que Dios conceda larga vida, es Rodolfo, hijo de Francisco José y Sissí, de veintinueve años, casado con Estefanía de Bélgica y padre de la pequeña Isabel, de cuatro. Bien; imaginemos por un momento que Rodolfo no tiene hijos varones en el futuro; el segundo en el orden dinástico sería su tío Carlos Luís, el hermano de Francisco José, de cincuenta y cuatro años, casado tres veces: primero, con Margarita de Sajonia; luego, con María A. de Borbón; y por último, con María Teresa de Portugal.

Como el tercer hermano del Emperador, Luís Víctor, sólo tiene hijas –Gisela y María Valeria-; el tercer puesto le corresponderíaal primer hijo de Carlos Luis, Francisco Fernando, que aún sigue soltero, y a sus hijos; luego le correspondería al bello Otto, el segundo hijo de Carlos Luis, que hoy se ha comportado en la ceremonia, como de costumbre, de forma exquisita, aunque debe saber bien que no hay nadie en el Imperio que no esté al tanto de sus aventuras femeninas.

En consecuencia, es inimaginable –aunque en esta Casa Imperial se ha visto de todo- que este pequeño archiduque de dos días que acaba de bautizar pueda soñar siquiera con ocupar el trono.

 

Le ha impuesto la retahíla habitual de nombres de las casas reales- en este caso, nada menos que ocho: Carlos, Francisco, José, Luís, Humberto,Jorge, Otón y María- la madre del niño, María Josefa de Sajonia, una jovencita tímida y reservada de veinte años, que se repone de este primer parto, que ha puesto en peligro su vida.

 

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El primer nombre, Carlos, evoca a varias figuras gloriosas de esta dinastía. La principal es, sin duda alguna, el Emperador de Europa Carlos V, –Carlos I de España, el primer rey de la Casa de Austria para los españoles- con cuyo reinado los Habsburgo alcanzaron su máximo esplendor. Aquel monarca, a caballo entre el Medievo y el Renacimiento, que contempló el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, estuvo a punto de hacer realidad el sueño de la monarquía universal que había propuesto el Emperador Federico III a los de su Casa con su lema AEIOU:

 

Austria est imperare orbi universo

 

Otro Carlos insigne, también ligado a España fue Carlos VI, el padre de María Teresa, que contendió por la corona española con el Borbón Felipe V, nieto del Rey Sol de Francia, provocando la guerra de Sucesión. Pero sólo Dios conoce los caminos de la historia –debió pensar Binder- y particularmente, los de esta dinastía, porque el borgoñón Carlos V acabó en Yuste, su hermano Fernando, nacido en España, fue Emperador de Alemania, y el archiduque Carlos, que tanto empeño había tenido en reinar en España, recibió, tras la muerte de su hermano, José el trono de Austria y la Corona imperial alemana

El segundo y tercer nombre del pequeño Archiduque eran obligados: Francisco y José, como su tío abuelo el Emperador, que se encuentra prematuramente envejecido a sus 57 años.

El cuarto nombre, Luís, parecía ineludible: era el segundo nombre de su abuelo, su padrino de bautismo. El quinto, Humberto, formaba parte de la tradición de la Casa y aludía al Santo cazador que dio nombre a la Orden militar tan ligada a los Habsburgo-Lorena.

El sexto, Jorge, pertenecía a otra dinastía: la del abuelo materno del niño, el rey Jorge I de Sajonia. Y no podía faltar Otón -nombre de uno de los grandes emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico- por su padre.

Y al final, María. Una muestra de piedad mariana de esta dinastía fervorosamente católica, o una alusión, quizá, a la emperatriz María Teresa, la Landesmuttero “madre del país”.

 

 

Carlos era el último vástago de una dinastía que hundía sus raíces en Suabia, con Rodolfo “el Antiguo” (1199-1232). Desde 1273, año en el que Rodolfo I, rey de romanos, fue coronado en Aquisgrán, los Habsburgos habían reinado sobre todo tipo de naciones y gentes: borgoñones, bohemios, checos, eslavos y hasta castellanos y aragoneses, en el otro extremo del Continente.

En el siglo XVI el llamado Imperio Austriaco no era todavía realmente un imperio, porque, como señala Sánchez Mantero, su soberano sólo podía considerarse emperador cuando era elegido para el cetro honorario del Sacro Imperio Romano. “No era tampoco un estado nacional, como Francia, Inglaterra o España, sino una unión, bajo una monarquía común, de las tierras y pueblos más dispares.

Era un conjunto de posesiones diversas bajo el dominio directo de la Corona de Austria y de las cuales un soberano podía obtener recursos económicos y militares de los que carecía el Imperio esencialmente alemán. Se llamaba Imperio austriaco porque su núcleo lo constituía el archiducado de Austria. De él dependían las regiones de Estiria, Corintia, Carniola y el Tirol. En el siglo XVI los Habsburgo consiguieron también las coronas de Hungría y Bohemia”.

 

Cuando Carlos V de Alemania y I de España se retiróa Yuste, dividió sus estados entre su hijo y su hermano, creando las dos grandes ramas de los Habsburgo: la española, para su hijo Felipe II, y la austriaca, para su hermano pequeño, Fernando I, que fue elegido Rey de Romanos en 1531 y Emperador en 1556.

Tanto Carlos como su hermano Fernando tuvieron un difícil proceso de adaptación con sus respectivos pueblos en los comienzos de su reinado. Fernando padeció, al igual que Carlos a llegar a Valladolid, la desconfianza de sus súbditos. Si los españoles recelaban de aquel borgoñón que llegaba a la Península sin saber castellano rodeado por una pequeña corte de flamencos, los súbditos de Fernando sospechaban de aquel español acompañado de consejeros castellanos, como Salamanca, su tesorero, amigo y confidente.

Pero, superadas esas dificultades, los Habsburgo habían creado una dinastía de carácter realmente europeo, cualidad en la que, como apunta Bérenguer, radicaba la clave de su grandeza y de su debilidad. Habían llegado a ser aceptados por pueblos muy diversos porque no se habían identificado con ninguno de ellos a lo largo de la historia y sólo en raras ocasiones –como en España y Austria- una nación se había identificado con ellos; pero a medida que los nacionalismos adquirían mayor peso en el continente, su función parecía cada vez más superada y anacrónica.

 

España y Austria habían sido las dos excepciones que confirmaban la regla: estas dos naciones, tan apartadas geográficamente entre sí, habían hecho de la Casa de Habsburgo su monarquía, aunque España, cuando tuvo que elegir en 1700 entre un Borbón (Felipe V)y un Habsburgo (el archiduque Carlos), no mantuvo su fidelidad a la Casa hasta el punto de sacrificar sus propios intereses ante las reivindicaciones de la rama alemana.

Pero en este año de 1887, todo esto es historia pasada, y el Imperio Austrohúngaro es una “gran potencia”, en expresión de la época, que reúne a cincuenta y un millones de habitantes de lenguas y países dispares: está compuesto, al oeste, por Tirol y Estiria; en el centro, por la Alta y la Baja Austria, con la capital en Viena, de población prácticamente alemana; al sur, por Bosnia-Herzegovina; al Sureste, en torno al mar Adriático, por Istria y Dalmacia; y al norte, por Bohemia, Moravia, Bucovina y Galitzia, que se había anexionado en 1846 la ciudad libre deCracovia.

Cada una de esas naciones y territorios goza de sus propias singularidades: en el Trentino, se habla italiano; Estiria está compuesta por alemanes y eslovenos; en Bohemia hay alemanes y checos. En Galitizia hay un 17% de polacos, que se imponen a los incultos rutenos, que son sólo un 12 %. Al noreste del imperio, hay ucranianos; Transilvania cuenta con alemanes, magiares y rumanos.

 

Francisco José de Austria y la popular "Sissí"

 

Es Imperio y no Reino, porque el soberano se considera la cabeza del Sacro Imperio y el heredero espiritual de los antiguos emperadores romanos, aunque ya nadie crea en las viejas leyendas que enlazaban la casa de Habsburgo con la gens Julia y el mismísimo Julio César.

El vínculo fundamental entre estos pueblos de gentes dispares es la figura del emperador Francisco José, un gobernante personalista, respetado, que lleva ya casi cuarenta años en el trono y una larga experiencia de derrotas. “No es un gran estadista, es verdad –escribe Droz-; es sólo un burócrata, puntual y aplicado, de espíritu lento y estrecho; seco y egoísta por temperamento. Carece por completo de esa generosidad de alma de los grandes soberanos (…). Tampoco poseía una voluntad firme; un formalismo rígido se combinaba en él a una táctica dilatoria, a la preocupación de alejar de sí las dificultades y al horror a las complicaciones. Únicamente por el respeto que supo inspirar por la escrupulosidad con que cumplía los deberes de su cargo, por la modestia de su vida privada, pudo mantener el prestigio de la corona y la autoridad de la dinastía”.

El emperador había sucedido a su tío Fernando en 1848, cuando éste fue obligado a abdicar tras la revolución liberal. Hasta 1859 había gobernado con el sistema Bach, un modelo autoritario y centralista, conforme al absolutismo germánico, que le había permitido impulsar la modernización económica de sus pueblos. Mientras hubo prosperidad le toleraron ese sistema; pero el cambio de coyuntura económica de 1857 y las derrotas de derrotas de Magenta y Solferino, en 1859 le habían obligado a un cambio de gobierno.

Francisco José había buscado diversas fórmulas para gobernar sus reinos, como el Diploma de Octubre de 1860, que pretendía crear un Estado federal a partir de las Dietas, las jurisdicciones del Antiguo Régimen. Hubo una resistencia pasiva con el impago de impuestos, en Viena protestaron por el carácter aristocrático de las Dietas y el modelo fracasó. Sucedió lo mismo con la Patente de febrero de 1861. La derrota frente a los prusianos de 1866 le obligó a negociar con los húngaros, y veinte años antes había llegado al Compromiso (Ausgleich) de 1867 con el canciller húngaro Andrassy, que establecía la doble monarquía.

Mediante este compromiso el emperador se comprometía a restablecer el régimen constitucional en Austria y se reconocía la independencia de Hungría con respecto de Austria. Además, Francisco José aceptaba ser coronado Rey Apostólico de Hungría. Pero este compromiso, que había resuelto en parte la cuestión húngara, estaba suponiendo un agravio comparativo con el resto de las nacionalidades.

En este año de 1887 en el que nace Carlos, el Imperio sufre los efectos de la expansión de Alemania y se repone de las derrotas sufridas durante las guerras de independencia de Italia. El Emperador intenta guardar un difícil equilibrio entre las fuerzas de sus diversos pueblos, que aspiran a la autonomía –igual que Hungría-, cuando no a la independencia. En Bohemia la mayoría checa se siente agraviada por la negativa de Francisco José a coronarse en Praga rey de Bohemia, como hizo en Budapest, como rey de Hungría; y esa mayoría está enfrentada a la minoría alemana (un 30% de la población) que se niega a aprender el checo.

Los croatas de Croacia-Eslavonia son fieles a la dinastía, pero se resisten a seguir bajo la tutela de Budapest que impone una dura política de magiarización, privilegiando a las minorías húngaras en los puestos políticos y administrativos. (Los burócratas de Viena son, en este sentido, algo más sutiles). La autonomía que los croatas habían logrado diez años antes (1867) con una representación en el Parlamento y algunas concesiones lingüísticas y educativas, no han logrado acallar su fobia anti-húngara.

Por su parte, los polacos de Galitzia, que han conseguido cierta autonomía gracias a la influencia de sus nobles en Viena, están sofocando las pretensiones de afirmación de los ucranianos.

Los serbios ortodoxos siguen enfrentados a los croatas católicos, y han aceptado de mal grado la anexión de Bosnia-Herzegovina. Y los expansionistas panserbios sueñan con la Gran Serbia, compuesta por la antigua Serbia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro.

Y en conjunto, las tensiones entre los súbditos de cultura alemana (11 millones) y losde cultura eslava (21 millones) se hacen cada vez mayores.

Francisco José conoce bien este conjunto de reivindicaciones, pero no se decide acambiar el equilibrio de fuerzas, pensando quizá que el remedio resultaría peor que la enfermedad.

 

Además de un mosaico de culturas y lenguas, esta doble monarquía es un rompecabezas jurídico. El poder del Emperador está limitado por la Constituciones de Austria y de Hungría. Desde 1867 los territorios del Imperio están divididos en dos bloques: la Cisleitania, bajo administración austriaca, y la Transleitania, bajo administración húngara. Las Constituciones, los gobiernos y los primeros ministros son distintos: sólo tienen en común el emperador –emperador de Austria y rey de Hungría– que es el Jefe de Estado y algunos ministerios, como el de la Guerra, las Relaciones Exteriores y las Finanzas. Eso significa que de hecho, coexisten en la doble monarquía políticas diversas con objetivos no siempre coincidentes.

El Emperador nombra y destituye a los presidentes de Gobierno de Austria y de Hungría, pero las leyes fundamentales del Imperio de Austria y del Reino de Hungría son diversas entre sí, con relaciones singulares desde el punto de vista político. Por ejemplo: aunque las Relaciones Exteriores sean teóricamente comunes, el gobierno húngaro no considera comunes todos los asuntos extranjeros, mientras que todos los asuntoscomunes deben resolverse de acuerdo con el parecer de los húngaros...

No es una fórmula sencilla la que Francisco José está intentando llevar a la práctica: ser emperador de Austria (realidad que no se limita al concepto actual de “nación austriaca”) y al mismo tiempo rey de la poderosa Hungría, un antiguo reino nacido en el 896, de personalidad histórica y jurídica bien definida, con una aristocracia rural de terratenientes magiares que controlan un campesinado pobre

La población de Hungría es la sumade lo que se llama, con cierto eufemismo, países asociados, como Eslovenia, Croacia y Transilvania, que en realidad habían perdido sus derechos políticos en 1867 en beneficio de Hungría, a consecuencia del intenso proceso de magiarización. Su población es un puzzle formado por nueve millones de magiares (52,9%); dos millones de germanos (11.1%); tres millones de rumanos (16,6%); dos millones de eslovacos (11.2%); 450.000 ucranianos (2.5%); 460.000 serbios (2,5 %) y 190.000 croatas.

Además, la mentalidad de los austriacos y los húngaros con respecto a la monarquía dual que representa es muy diversa: lo que en Austria se considera unión, para los húngaros es una simple cooperación; los austriacos hablan del imperio austro-húngaro, mientras que los húngaros distinguen siempre entre el imperio de Austria y el reino de Hungría; y hay otros países de gran tradición histórica, como Bohemia, que insisten en gozar de las mismas prerrogativas.

Esta era, a grandes trazos, la situación de la llamada “Monarquía del Danubio” en 1887, año del nacimiento de Carlos.


Nota:


Desde entonces, los enlaces entre los Habsburgos de la rama española y austriaca fueron frecuentes, lo mismo que con los miembros de la Casa deBorbón que les sucedieron en los tronos vinculados de hecho o históricamente con la corona de España, como el reino de Nápoles y Dos Sicilias. Por ejemplo, Leopoldo II (1747 - 1792) casó con María Luisa, una hija de Carlos III de España y Amalia de Sajonia; su hijo Francisco II (1768 -1835) contrajo matrimonio con Maria Teresa, hija del rey Fernando I de Nápoles y Dos Sicilias; Carlos Luis (1833 - 1896) casó María Anunciada, hija de Fernando II de Nápoles y dos Sicilias.Cuando nació Carlos, una mujer de su familia, María Cristina de Habsburgo,hija de un primo de Francisco José,era desde hacía dos años la Reina Regente de España.

En esta semblanza sobre Carlos se emplean los términos más comprensibles y convencionales para designar las instituciones y cargos políticos del Imperio (Parlamento, Jefe de Gobierno, Cámara de Diputados etc.) aunque no sean del todo exactos.

Excede el propósito de estas páginas la distinción entre parlamentos, cámaras, consejos de estado, consejos imperiales, etc. En Austria y en Hungría cada una de estas instituciones tenía un alcance y sentido diverso. Por ejemplo, el Reischsrat austriaco (literalmente, “consejo imperial”) designa a la cámara baja prevista por la constitución austriaca de 1867 y tenía un funcionamiento diferente al de las dos cámaras –una de magnates y otra de diputados, de la que constaba la Asamblea del País húngaro. Por la misma razón, se simplifican al máximo los apellidos, cargos y títulos nobiliarios.

Preferimos usar el término “doble monarquía”, o “Imperio austrohúngaro” al término “Monarquía danubiana” con el que los historiadores austriacos designan habitualmente la monarquía de los Habsburgos formada a partir de 1526 únicamente por Austria, Bohemia y Hungría.


 

 

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