Seguro que has podido ver alguna vez un mono de cerca, en un zoo o un lugar semejante donde hay varios o muchos. El mono es un animal gracioso. Tiene su aquél. Es mono.
Brinca, palmotea, se rasca la cabeza y las axilas; sonríe sin sentido; cuando le hablas, hasta parece que entiende; pero lo cierto es que no escucha. Si le enseñas un plátano, sí. Eso lo entiende. Y sabe pelarlo él solito: es su plátano. Y si le das más plátanos, le interesan. Pero no te entiende nada. Y le da igual, claro, porque es un mono y sólo saber pensar en sus plátanos.
El mono parece no tener problemas: no piensa en el futuro, no piensa en el trabajo, no piensa en los demás. Bueno, principalmente, no piensa. Lo que hace es vivir, como mono que es, sin pudores ni nada, porque no los tiene. A veces gruñe y grita. Cuando quiere busca monas; tampoco importa mucho cuál, con tal de que sea más o menos mona.
Como el mono no piensa mucho, le puedes engañar un poco. Es famoso el ejemplo: tú pones en un sitio o un canal unos panchitos metidos en un agujero pequeño; el simio mete la mano, coge panchitos y ya no sabe sacarla y ahí se queda, atascado, el pobre, sin saber soltar los panchitos.
El mono es un animal gracioso. Pero, al fin y al cabo, un animal. Seguro que has podido ver alguna vez un mono de cerca. Por lo que más quieras: ¡no hagas el mono!
Pablo Mateu
|
| |