Lunes, 18 de abril de 2005.

Misa en la Basílica de San Pedro, para "elegir pontífice"

 

.

 


18 de abril de 2005

A las 10 de la mañana del 18 de abril de 2005 se celebró en la Basílica de san Pedro la solemne Ecucaristía en la que los cardenales electores pidieron a Dios, junto con toda la Iglesia, que el Espíritu Santo les iluminase para la elección del nuevo Pontífice.

Presidió la celebración el cardenal Joseph Ratzinger, decano de los cardenales. Algunas frases de homilía fue aplaudidas por los fieles que llenaban el templo, algo inusual en este tipo de celebraciones.

El cardenal comentó en la homilía la primera lectura del libro del profeta Isaías, en la que el Mesías, hablando de sí mismo dice que ha sido enviado a "promulgar el año de misericordia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios", dijo: "Estamos llamados a promulgar -no sólo con las palabras, sino con la vida y con los signos eficaces de los sacramentos el año de misericordia del Señor". Refiriéndose al "día de venganza de nuestro Dios", afirmó que el Señor "ha ofrecido un comentario verdadero a estas palabras con su muerte en la Cruz".
 
  "La misericordia de Cristo no es una gracia sin valor, no es una banalización del mal. Cristo soporta sobre su cuerpo y sobre su alma todo el peso del mal, toda su fuerza destructora. (...) El día de la venganza y el año de la misericordia coinciden en el Misterio Pascual, en Cristo muerto y resucitado. Así se venga Dios de nosotros: sufriendo Él mismo, por nosotros, en la persona del Hijo".
 
  En la segunda lectura, de la carta a los Efesios, San Pablo habla de la "medida de la plenitud de Cristo", a la que "estamos llamados para ser realmente adultos en la fe. No deberíamos seguir siendo niños en la fe, menores de edad. ¿En qué consiste ser niños en la fe? Responde San Pablo: significa "dejarse arrastrar por cualquier corriente doctrinal. ¡Una descripción muy actual!".
 
 

"Hemos conocido muchas corrientes doctrinales en estas últimas décadas, muchas corrientes ideológicas, muchas modas de pensamiento. (...) La pequeña barca del pensamiento de numerosos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estos oleajes, agitada de un extremo al otro, desde el marxismo al liberalismo, hasta llegar al libertinaje; desde el colectivismo al individualismo radical; desde el ateísmo a una especie de misticismo religioso; desde el agnosticismo al sincretismo, etc...

Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, conforme al Credo de la Iglesia, se etiqueta con frecuencia como fundamentalismo.

Mientras tanto, el relativismo, es decir, ese dejarse llevar "aquí y  allá por cualquier viento de doctrina' parece la única actitud digna de los tiempos que corren. Realmente ese relativismo es una dictadura que no reconoce nada que sea definitivo y que tiene como última medida el propio yo, y los propios deseos ".

 

"Nosotros, sin embargo tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero Hombre. Él es la medida del verdadero humanismo.

"Una fe adulta" no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad: una fe adulta y madura es una fe profundamente enraizada en la amistad con Cristo. (...)

Debemos hacer madurar esta fe adulta, y debemos guiar el rebaño de Cristo hacia esta fe. Solo esta fe crea unidad y se realiza en la caridad. (...) En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se compenetran".

 
El decano del colegio cardenalicio comentó el Evangelio de San Juan, en el que el Señor dice: "Ya no os llamo siervos... sino que os he llamado amigos". Cristo nos "otorga su confianza" y "nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía su verdad en nuestras débiles mentes, en nuestras débiles manos. (...) Nos ha hecho amigos suyos, y nosotros, ¿cómo respondemos?", preguntó. 
 
  Tras recordar el discurso en el que Jesús habla de dar fruto: "Os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca", dijo: "Debemos sentirnos animados por esta santa inquietud: la inquietud de dar a todos el don de la fe, de  la amistad con Cristo. (...) Hemos recibido la fe para entregarla a los demás. Somos sacerdotes para servir a los demás, y ttenemos que dar un fruto que permanezca".
 
  "Lo único que permanece en la eternidad es el alma humana, el ser humano creado por Dios para la eternidad. El fruto que permanece es lo que hemos sembrado en las almas humanas -el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor. Por tanto, pidamos al Señor que nos ayude a dar fruto, un fruto que permanezca".

El cardenal Ratzinger concluyó pidiendo "con insistencia al Señor, sobre todo en este momento, para que tras el gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé nuevamente un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría".


Traducción del italiano: José Miguel Cejas

 

o Volver a la Página de Inicio