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Yoga, zen y meditación trascendental

 


¿Qué es el yoga?

La palabra yoga sugiere a muchos la práctica regularizada de ejercicios físicos, gimnásticos y mentales. Y ciertamente lo es. Precisamente a esto alude su etimología significativa de enyugar los poderes físicos y psíquicos del individuo en orden a conseguir el desarrollo pleno de su personalidad.

¿Qué tipos de yoga hay?

Hay muchos tipos de yoga. El criterio diferenciador de las diferentes clases de yoga radica en su punto de partida o -quizás mejor- de apoyo.

Se enumeran a continuación las principales clases de yoga y su punto de apoyo primordial:

1) el filosófico (jñana-yoga= yoga del conocimiento) que acentúa la liberación de la mente de la influencia de lo sensorial;

2) el operativo o de la acción (karma-yoga), que se apoya en la concentración en el cumplimiento del deber o de cada acción sin apegamiento a los resultados;

3) el vivencial, irracional (bhakti-yoga), de donación absoluta a la divinidad por medio de la exaltación del sentimiento;

4) el mágico-verbal (mantra-yoga), que no pone en primer lugar las ideas, ni la acción, ni el sentimiento, sino el sonido de la misma palabra, casi siempre enigmática e ininteligible (mantra), repetida lenta y tenuemente en sincronía con el ritmo de la respiración;

5) el corporal (hatha-yoga), que concede un valor prioritario a los ejercicios encaminados a obtener la regulación y el control de la respiración, así como la fijación de la mente en una idea o cosa determinada;

6) el laya-yoga o yoga de la disolución, explicación teórica de la praxis (hatha-yoga), convertida en doctrina de salvación. Parte de una concepción anatómica y fisiológica del hombre, que no es científica y que busca su equivalencia entre el macrocosmo (universo) y el microcosmo (hombre);

7) el yoga psicomental (raja-yoga); etc.


Y el zen, ¿qué es?

 
Según una tradición oriental, un discípulo entregó a Siddharta Gautama (nombre propio de Buda = el iluminado) una flor y le pidió que le explicara el misterio de su doctrina. El maestro tomó la flor, la contempló en silencio durante un largo rato, y, sin palabras, con un gesto indicó al discípulo, un tanto extrañado, que se retirara. Al parecer, de esta anécdota se deriva el zen. El discípulo aprendió y trató de vivir la lección: el misterio no se alcanza con palabras ni con razonamientos, si no sólo mediante la contemplación.

El zen, considerado por muchos como la cima del budismo, es todavía en nuestro tiempo la norma única de vida de varios millones de bonzos y de sus discípulos en Japón. La palabra zen, forma abreviada del japonés zazen, significa encontrarse, meditar, sentado.

Los recursos psicotécnicos del zen pueden reducirse a:

1) ciertas posturas (por ejemplo, la del loto, con el pie derecho sobre el muslo izquierdo y el pie izquierdo sobre el muslo derecho, las rodillas pegadas al suelo, el tronco y la cabeza erguidos, etc.);

2) un método y ritmo respiratorio distinto del empleado en el yoga;

3) un ejercicio de concentración, llamado koan, consistente en una palabra o sentencia (a veces ininteligible, de ordinario enigmática, sin sentido) repetida interiormente, masticada, una y otra vez (por ejemplo, la palabra mu, la frase la luz tiene reverso);

4) el abandono de toda idea, imagen, recuerdo y representación sensible.

Todo va encaminado a producir el vacío interior. Sólo así se evitan las interferencias perturbadoras de la armonía con lo profundo del yo y del cosmos. De este modo puede llegarse a una iluminación -visión intuitiva interior- en el momento más imprevisto, aunque siempre tras un largo periodo de ejercicios (varios días, y ordinariamente meses y años). Suele ir precedida de temblores, lágrimas o risas aparentemente injustificadas e incontrolables.

En contra de lo escrito a veces en libros de divulgación en Occidente, una sola experiencia de la iluminación no basta ni es totalmente eficaz. Es preciso seguir practicando sin desmayo durante el resto de la vida los ejercicios psicotécnicos de concentración.


O sea, que se reduce a una serie de recursos gimnásticos y psicotécnicos...

No; son mucho más que eso, que es lo primeramente se ofrece al hombre occidental, cristiano o no.

Quien practique el yoga o el zen, de ordinario se ve progresivamente introducido en su trasfondo ideológico, hinduista, o budista.


Hablemos del hinduismo...

 

 

El hinduismo, básica y originariamente, es politeísta. Admite la existencia de 33 millones de dioses y diosas, que algunos multiplican por diez. Pero muy pronto este politeísmo se compaginó con el monismo panteísta o creencia en Brahmán (en sánscrito, palabra de género neutro), es decir, lo Uno, lo Todo, lo Absoluto.

A fin de evitar posibles confusiones, conviene recordar que tanto el monismo como el monoteísmo admiten la unicidad del principio de todas las cosas. Pero, de hecho, se distinguen; más aún: se contraponen.

El monoteísmo reconoce la realidad personal del único Ser supremo, causa de todos los seres, radicalmente transcendente a ellos y fin último suyo.

El monismo, en cambio, profesa que la multiplicidad de lo existente (dioses, hombres, animales, cosas y el universo entero) proviene de lo Uno Todo, no por creación, sino por emanación, como la tela de araña o los rayos caloríficos del sol.

Emana de lo Uno Todo en una especie de evolucionismo regresivo (de lo más perfecto a lo más imperfecto, de la luz a las tinieblas) y a lo Uno todo retorna con la periodicidad de los ciclos cósmicos de 4.320.000 años cada ciclo. Es por tanto un panteísmo.


El monoteísmo es religioso, espiritual.

El panteísmo, en el fondo, no se diferencia del materialismo, pues niega la substantividad del universo frente a lo Absoluto.

El panteísmo es una de las características más acentuadas del hinduismo.


¿Y el budismo?

 

 

El budismo ha sido y es considerado como ateo en primer lugar por los hindúes, aunque no lo sea del todo. Buda permanecía en silencio cuando se le preguntaba acerca de la divinidad.

El budismo no cree en la divinidad en cuanto causa eficiente o hacedora y conservadora de las cosas, e influyente tanto en el mundo como en la vida y destino de los hombres.

En cierto sentido admite la divinidad, pero sólo en cuanto causa final o imán de todas las aspiraciones humanas; es el nirvana, especie de cielo sin Dios ni ángeles.

Coherente con esta concepción, el budismo proclama el pancosmismo o el Universo-Todo, que viene a ser como la secularización, la desacralización radical del panteísmo hindú. De suyo, es una consecuencia y reflejo del ateísmo budista.

Como el hinduismo, del cual se desgajó, el budismo admite los ciclos cósmicos y el evolucionismo regresivo a la hora de explicar el origen de las cosas y del hombre, pero sin la intervención de lo Uno Todo impersonal (Brahman hindú) ni de divinidad alguna.

El cosmos o universo es eterno y eternamente sometido a una especie de explosiones cósmicas de luminosidad decreciente hasta que se llegue a la obscuridad universal, seguida de otra explosión que inicia un nuevo ciclo en todo idéntico al anterior.


Y lo que llaman "transmigración de las almas", ¿qué es?

La transmigración de las almas es una creencia común al hinduismo así como a las dos ramas, desgajadas del mismo: el budismo y el jinismo.

El hinduismo admite la existencia del alma; el budismo la niega. En su lugar, los budistas creen en algo intrínseco a todos los seres que sienten, subsistente a pesar de las mutaciones de lo apariencial en cada ser. Es lo que en el zen se denomina ordinariamente naturaleza búdica o de Buda, y también naturaleza esencial, naturaleza verdadera, el yo verdadero.

Tanto el alma del hinduismo como la naturaleza búdica o el yo verdadero del zen pueden reencarnarse no sólo en otro hombre de rango (casta, en el hinduismo) superior o inferior, sino también en un animal e incluso en un árbol o planta. Esa reencarnación se efectúa de acuerdo con el grado de mérito o demérito acumulado en las existencias anteriores.

Cuando el alma o la naturaleza búdica consiguen purificarse del todo, se diluyen en el Uno Todo (Brahmán) como el agua de los ríos en la del mar (aspiración del yoga hindú) o pasa al nirvana (aniquilamiento del deseo de lo sensorial), que es la aspiración del yoga y del zen budista. Pero, para alcanzar esta meta, se requiere un número incalculable de años, el equivalente -según los budistas- a la unidad seguida de 2.103 ceros.

Por tanto, ni en el hinduismo ni en el budismo hay inmortalidad o subsistencia del alma personal después de la muerte ni, menos aún, resurrección de los muertos.


¿Cúal sería la nota más definitoria de estas creencias?

 

Una nota definitoria del yoga, del zen y de la meditación transcendental es el irracionalismo o predominio de lo emocional sobre lo intelectual; es el ansia y búsqueda, con frecuencia desenfrenadas, del sentimiento, del sentir algo en las prácticas religiosas.

No obstante, lo específico del hombre es guiarse por la luz de la razón y, si se es cristiano, por la razón iluminada por la Revelación, por la fe, que es asentimiento; no necesariamente sentimiento.

El zen es una vivencia personal, inmediata e indecible; algo esencialmente subjetivo, ilógico e irracional. Propiamente no es una filosofía ni una religión. No enseña nada por vía de análisis intelectual, ni exige la aceptación de algo por medio de fe.

Tampoco contiene verdades inmutables, obligatorias para sus adeptos. Priva de valor a los libros sagrados y a su interpretación. La vivencia personal -en su raíz psicológica- está por encima de cualquier autoridad y explicación. El subjetivismo, el irracionalismo y el talante desacralizador del zen sintonizan, en gran medida, con tres características del hombre occidental moderno. Esta afinidad ayuda a explicar su irrupción en Occidente.

El yoga cae también en el subjetivismo, en el encerramiento del hombre en sí mismo, y a veces en el afán de vivencia apasionada de la entrega a la divinidad, de inmersión en lo Uno Todo. No obstante, de ordinario y al menos aparentemente, predomina el talante rigorista.

Los practicantes del yoga, sobre todo dentro del hinduismo, desprecian el cuerpo, lo material, lo sensorial, y se esfuerzan por romper ese encadenamiento. De ahí que su norma de conducta sea generalmente el más absoluto rigorismo ascético, purificatorio, excepto en la bhakti-yoga. En ésta la explosión de los sentimientos ha precipitado a no pocos en las prácticas eróticas más disolutas, con la particularidad de que la unión y manifestaciones sexuales son consideradas como símbolo de la donación total y de la unión con la divinidad.

La meditación trascendental, aunque se denomine meditación, no lo es en el sentido que este término tiene en Occidente. Precisamente su apelativo trascendental alude a que trasciende el plano meramente intelectual e incluso el consciente.

La meditación trascendental repercute de modo directo en las profundidades del individuo. No es una reflexión especulativa o filosófica ni simplemente discursiva sobre, una idea, un tema o una realidad. Tampoco se trata de una práctica específicamente religiosa ni de una forma de oración (la hecha predominantemente con la mente o los pensamientos).

Se caracteriza por la ausencia deliberada de todo esfuerzo en los ejercicios de interiorización; el gozo y la calma brotan por sí mismos en el interior de las personas. La llave que abre ese manantial no son las ideas ni el sentimiento, sino sólo el sonido de unas palabras (mantras) repetidas lentamente una y otra vez. A cada persona corresponde un mantra específico, exclusivo, suyo, que -si acierta con él- lo pone en armonía consigo mismo, con cada cosa y persona de su entorno, con el universo entero.


¿Qué aspectos positivos tienen estas realidades?

Teniendo en cuenta que el hombre está hecho a imagen de Dios (Gen 1,26) y para Dios, y que, por tanto, es connatural al hombre buscar la unión con Dios, el yoga, el zen y la meditación trascendental pueden ser considerados como diversas modalidades de esa aspiración natural al perfeccionamiento y felicidad que provienen de alcanzar a Dios.

El Concilio Vaticano II habla de los vestigios de Dios que se encuentran en las religiones no cristianas:

La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en estas religiones (...) hay de santo y verdadero.

No se refiere a ellas en cuanto no cristianas, sino en la medida en que recogen destellos de la Verdad -que es Cristo, camino, verdad y vida (Io 14, 6)- y exigencias de lo natural o inherente a la misma naturaleza del hombre, hecha o dispuesta así por Dios. Por eso, a continuación añade:

considera con sincero respeto los diferentes comportamientos y sistemas de vida, los preceptos y las doctrinas, que, aunque discrepen mucho de los que ella profesa, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres (Nostra aetate, 2b).

Naturalmente, no son en sí mismos incompatibles con el cristianismo los recursos gimnásticos y psicotécnicos, al menos algunos de ellos, pero despojados de su trasfondo doctrinal de índole religiosa.


¿Y qué aspectos son incompatibles con el cristianismo?

Cuando se leen libros que tratan de yoga, zen, etc., o un cristiano se inicia en estas prácticas, conviene cribar la praxis psicotécnica de la teoría o doctrina subyacente. No siempre resulta fácil.

Quien se inicia en estas escuelas corre el peligro de recibir primero las lecciones y prácticas relativas a los recursos psicotécnicos. Esa puede ser su intención, con el deseo de no pasar de ahí. Pero con frecuencia, en la mente del gurú o iniciador, lo psicotécnico no es sino una especie de anzuelo.

Una vez aceptado, el iniciador trata de sacar del recinto cristiano a quien se inicia; es más frecuente que pretenda habituarlo -ordinariamente con cierto forcejeo- a las doctrinas hinduistas o búdicas, precipitándolo en el sincretismo y en el relativismo disolventes de lo específicamente cristiano.

De hecho, el guru Maharaji suele tardar unos dos años en hablar de la reencarnación de las almas a los asiduos a sus lecciones; llega incluso a presentarse como un avatara (descenso, reencarnación) de Jesucristo, así como una mujer residente en Estados Unidos dice serlo de la Virgen María.

Precisamente el panteísmo y el pancosmismo (que pueden ser presentados de modo capcioso para los cristianos sin formación teológica), la negación de la inmortalidad del alma e incluso de su existencia (zen) así como la negación de la resurrección, y la reencarnación de las almas, fácilmente reconocible por cualquiera, pueden servir de hitos orientadores a la hora de discernir cuándo se pasa de la praxis psicotécnica a la teoría o creencias hindúes o búdico-zenistas.

Frente al monismo panteísta hindú y el pancosmismo budista, el cristianismo profesa el monoteísmo.

Recuerda el Concilio Vaticano II que la Iglesia

cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, Creador y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola substancia espiritual, singular, absolutamente simple, e inconmutable, debe ser predicado como distinto del mundo real y esencialmente, felicísimo en Sí y de Sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que fuera de El mismo existe o puede ser concebido (Conc. Vaticano I, Dz 1782).

Lo especifico del cristianismo en cuanto a la creencia en la divinidad no es el monoteísmo, presente también en el judaísmo, en el islamismo y en tantas religiones de los pueblos llamados primitivos (o, mejor, sin escritura), sino el monoteísmo trinitario. La Santísima Trinidad está constituida por las relaciones personales, divinas, ad intra; es la vida íntima de Dios.

Por eso, a diferencia de Dios en cuanto Uno (cognoscible también por medio de la razón a través de sus obras ad extra: el universo, el hombre con sus aspiraciones), Dios en cuanto Trino sólo puede ser conocido mediante la Revelación del mismo Dios (Mt 11, 17; Lc 10, 22). De hecho, conocemos la Trinidad de personas divinas porque quiso comunicárnoslo Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre.

El cristianismo se caracteriza por ser una religión en la que la iniciativa es divina; no es una búsqueda de Dios por parte del hombre, como en el caso del yoga hindú, ni mucho menos una identificación del ser propio con el ser cósmico, del yo con el universo, como en el zen; antes que nada en el cristianismo hay un descenso de Dios hasta nosotros: Es Dios quien se manifiesta, se descubre, se revela, quien busca a los hombres, para infundir en ellos su misma vida.

Un punto de partida de la fe cristiana es la aceptación, la recepción llena de fe (obediencia de la fe) de aquello que Dios ha dado: sólo después, una vez recibido y aceptado libremente el don de Dios, surge la necesidad de una respuesta por parte de la criatura. La religión cristiana es, pues, una irrupción de Dios en la vida del hombre.

En la contemplación cristiana, la unión con el Padre de los cielos no tiene parangón posible con el zen. Y es que la contemplación cristiana no se agita en el mundo interior cerrado del yo, sino que se abre a Dios, Padre nuestro y centro de nuestra vida. La vida del cristiano en cuanto tal se apoya en el soporte objetivo de la gracia y de la filiación divina: en su participación de la naturaleza divina y en su condición de hijo -con frecuencia pródigo- de Dios, conformado con Cristo, Unigénito del Padre.

El cristiano no participa de la esencia divina por naturaleza, sino por la gracia santificante. La vida y mística cristianas son esencialmente vida y mística de fe y gracia. De ahí que la práctica ascético-mistica quede en segundo plano, pues a Dios no se llega a base de esfuerzos, de concentración, de recursos psicotécnicos, como la iluminación búdica y zenista.

Aunque no prescinda del esfuerzo, el cristiano sabe que más que elevarse él hasta Dios, es Dios quien se adelanta, se le manifiesta y se comunica con él. El hombre sabe que solo podrá ascender al plano sobrenatural, divino, correspondiendo a la acción de Dios, que, desde arriba y desde dentro de él mismo, lo toma y eleva.

La filiación divina, realidad objetiva, se convierte en el plano subjetivo, personal, en la contemplación y amor filial a nuestro Padre Dios, que serán definitivos y totalmente beatificantes en el más allá de la muerte (para el alma de cada bienaventurado antes de la Parusía o venida gloriosa del Señor, y, después de ella, también para el cuerpo resucitado). Se salva o condena cada persona, no un alma o un yo profundo vivificadores de un sinnúmero de cuerpos a lo largo de sucesivas reencarnaciones.

San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, resume la tarea y destino puesto por Dios a sus elegidos: ser conformes a la imagen de su Hijo (Rom 8, 29). Esta con-formación se realizará incluso en cuanto al cuerpo. Pues en la Parusía Cristo transfigurará nuesto cuerpo conformado a su cuerpo y gloria. (Phil 3, 20), o glorioso, resucitado.


Jesucristo no solo es nuestro modelo (al estilo de Buda para los budistas), ni se limita a influir en nosotros desde fuera (al estilo de Krisna para los hinduistas), sino que, además, el cristiano ha de unirse e identificarse con Cristo; ha de llegar a ser alter Christus, ipse Christus.

Refiriéndose a la exclamación de Santa Teresa de Jesús: apartarse de Cristo..., no lo puedo sufrir, el Papa Juan Pablo II afirmaba: Este grito vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del cristianismo no tiene sentido. Toda. técnica de oración es válida en cuanto se inspira en Cristo y conduce a Cristo, el camino, la verdad y la vida (cfr. Io 14, 6); (Juan Pablo II, Homilía, Avila 1-XI-82).

 


 

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