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Clase III. La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor


 






Los padres y la vocación de los hijos

La llamada divina, un gran don de Dios

La vocación es un don divino completamente inmerecido para cualquier persona; y para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una caricia muy especial de Dios. Cuando Dios llama a un hijo para que se entregue plenamente a su servicio (en cualquiera de sus formas: en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la entrega plena en medio del mundo, etc.), inmediatamente brota en el alma un acto de acción de gracias, pues supone un verdadero privilegio.

"Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos" (Catecismo Iglesia Católica, n. 2233).

Los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.

"La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios" (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 53).


Los padres no sólo deben respetar esa llamada, sino cultivarla y favorecerla, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

"A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cfr. Mt 16, 25)." (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2232).


Es una tradición cristiana recibir la vocación de un hijo como lo que es: un don gozoso. Tantas veces esa vocación es el fruto de la entrega sin condiciones de sus padres. Así oraba San Agustín hablando sobre su madre, Santa Mónica:

"Tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos" (San Agustín, Confesiones, V, 10-13).

Las últimas palabras de Santa Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de unos padres cristianos:

"Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces" (San Agustín, Confesiones, IX, 26).


El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas, aunque no necesariamente. Se sirve, muchas veces, de un afán bueno: del afán de mies de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.

Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.

Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan padres e hijos santos.


Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo. Por esa razón, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias cristianas lo reciben con un orgullo santo.

Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.


Dios llama por caminos muy diversos, no siempre los previstos por los padres

"Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles (...) Hay —lo sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones (...) de laicos comprometidos que sigan más de cerca de Jesús (...) La Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes, y si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: Sígueme. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera" (Juan Pablo II, Cochabamba, Bolivia, 11.V.1988).

Cuando se conoce la llamada de Dios, se conoce el sentido de la propia existencia. Con la llamada, se descubren los planes que Dios tiene para cada uno: para los hijos y para los padres. La felicidad, de los padres y de los hijos, depende del cumplimiento de los planes de Dios, que nunca encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.


Dios no se deja ganar en generosidad

Dios premia a los que le siguen —de nuevo, tanto a los padres como a los hijos— con el ciento por uno en esta vida y, después, con la vida eterna. Sólo en el Cielo podrán ver los padres los frutos que, a través de sus hijos, producirán en tantas almas a lo largo de los siglos su oración y su siembra generosa. Por otra parte, no le damos nada a Dios, que nos lo ha dado todo.

Una persona fiel a su vocación es instrumento en sus manos para la salvación de miles de almas (y se deberá, en mayor o menor medida, a esa generosidad previa de sus padres): personas de todo tipo a las que habrá ayudado a formarse, a ser mejores; familias en las que habrá más paz y más alegría gracias, en buena parte, a su celo apostólico; etc. Aunque lo más importante no es eso que se ve, sino, sobre todo, que esa persona ha correspondido al querer de Dios.


El noventa por ciento

Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padres. Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.

Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.

Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad.

Por eso san Josemaría decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.

Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.

Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Recordaba Juan Pablo II:

"Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad" (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).


Un orgullo santo

La elección de Dios constituye un motivo de un orgullo santo no sólo para los padres: es también un motivo de alegría para los abuelos, hermanos, tíos, etc., y también para esos matrimonios a los que Dios no concede hijos pero son verdaderos padres espirituales de tantas almas entregadas a Dios.

Con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. No es un simple imprevisto: es parte de su vocación de padres.

Los padres cristianos siguen, al actuar así, el ejemplo de la Virgen y San José. Comentaba el Papa con este motivo la escena del Niño perdido y hallado en el Templo:

"Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (...). ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (...); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos" (Juan Pablo II, La Paz, Bolivia, 10.V.1988).

Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría tener a los hijos continuamente a su lado, hasta que comprenden que esto no es posible. Muchos, buscando su bien, les proporcionan una formación académica que les exige un distanciamiento físico (facilitándoles que estudien en otra ciudad, o que vayan al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, amistad, noviazgo, etc. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.

Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. La mayoría de los chicos de esas edades buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente.A veces se comprueba en la vida de otros chicos de su edad, cuando se niegan por motivos egoístas, o por simple deseo de independencia, a participar en algunos planes familiares.

Con el tiempo se comprueba que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces exija una cierta separación física: les quieren más, porque Dios no separa, siempre une.

Con frecuencia la entrega a Dios (y no sólo en el sacerdocio o la vida religiosa) supone en determinado momento dejar el hogar paterno. Es natural que a los padres les cueste ese paso, y sería extraño que esa separación no costara, y a veces mucho. También aquí se manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia.

En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación; y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa ofrece en esto el testimonio de su propia vida:

"Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra" (Santa Teresa de Ávila, Libro de la Vida, cap. 4, 1).


¿Y no es demasiado joven? ¿Sabe bien lo que hace?

Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos –tengan la edad que tengan– son demasiado pequeños para tomar decisiones. Y que les parezca siempre que es demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos se casan a edades normales: ¡son tan jóvenes!

Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud...

A veces llama en la niñez:

"Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño" (Juan Pablo II, Carta a los niños, XII.1994).

El Cardenal Arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, contaba cómo Dios le llamó a los siete años:

—Se dice, Don Antonio, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación. En ese sentido a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?

—Pues que yo... ¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura... ¡locas! (...). A partir de ese dato de mi experiencia veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.

Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencias del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado..., digamos, prepotente: ¡la madurez personal!

¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿La madurez delante de Dios? ¿La capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor ¿eh?" (Entrevista a D. Antonio Mª Rouco, Cardenal Arzobispo de Madrid, entrevista en Ecclesia, II.1996).


Otras veces llama en la adolescencia:

"En la vida de cada fiel laico hay momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la adolescencia" (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 58).

Habitualmente la llamada tiene lugar en la juventud:

"Santo Tomás de Aquino (...) explica la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan ‘por su tierna edad’, y saca de ahí la siguiente conclusión: esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud" (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 63).

"Cristo tiene necesidad de vosotros, jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de vuestra edad" (Juan Pablo II, Alocución 27.XI.1988).

Cuando Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente terrena del misterio de la llamada divina; ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o ignorancia del mundo.


El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades del mundo, sino, sobre todo, de madurez en el trato con Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya conocido ya, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren esos padres. Los jóvenes deben afrontar hoy toda una serie de difíciles dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó.

Lo importante es decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente. Dios llama habitualmente en la juventud, aunque también puede llamar en la ancianidad. Son significativas algunas actitudes ante la entrega que recoge el Evangelio: la de San Juan y la del joven rico.

Además, la vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el Evangelio de las distintas llamadas a distintas horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple "apuntarse" a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero sólo Dios decide el momento de luz y de gracia.

"No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia" (Juan Pablo II, Alocución 13.V.1983).

En unos casos, Dios llama a persona con una larga experiencia humana; en otros no. Por ejemplo, para un joven no hace falta haber salido con muchas chicas y haber tenido varias novias para decidirse por Dios; igual que no hace falta haber tenido muchas novias para encontrar la mujer con que uno debe casarse.

Es bueno que tengan los pies en el suelo; pero no sería sensato desorbitar ese afán de que conozcan mundo poniéndoles en situaciones límite, desproporcionadas para su edad. Al tallo que crece no se le puede pedir que tenga la solidez del tronco, ni probarlo con hachazos.

Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza a las personas que lo conocen. En estas edades de continuo cambio, es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien. Es mejor contrastar opiniones.

Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la actualidad es tan fuerte la presión que reciben en contra de la entrega, que una persona joven sabe bien que entregarse le supondrá mucha renuncia y mucho sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a entregarse a Dios, lo habitual será que sus padres piensen por principio que es reflejo de una actitud generosa, madura, y no de un arranque infantil.

Los padres deben evitar la tentación de querer proyectarse indebidamente en los hijos.


Si buscan sinceramente la felicidad del hijo, todo es más fácil.

"Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios. Deben recordar que Dios mismo ha querido que se le ame y se le sirva en libertad, y respeta siempre nuestras decisiones personales: dejó Dios al hombre —nos dice la Escritura— en manos de su albedrío (Eccli 15, 14)." (Conversaciones, n. 104).

Se trata, en definitiva, de actuar como buenos padres cristianos:

"Unas palabras más, para referirme expresamente al último de los casos concretos planteados: la decisión de emplearse en el servicio de la Iglesia y de las almas. Cuando unos padres católicos no comprenden esa vocación, pienso que han fracasado en su misión de formar una familia cristiana, que ni siquiera son conscientes de la dignidad que el Cristianismo da a su propia vocación matrimonial. Por lo demás, la experiencia que tengo en el Opus Dei es muy positiva. Suelo decir, a los socios de la Obra, que deben el noventa por ciento de su vocación a sus padres: porque les han sabido educar y les han enseñado a ser generosos. Puedo asegurar que en la inmensa mayoría de los casos —prácticamente en la totalidad— los padres no sólo respetan sino que aman esa decisión de sus hijos, y que ven en seguida la Obra como una ampliación de la propia familia. Es una de mis grandes alegrías, y una comprobación más de que, para ser muy divinos, hay que ser también muy humanos" (Conversaciones, n. 104).


Una solicitud que no acaba nunca

Cuando un hijo se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse de su educación, pensando que en otras instancias ya se ocupan de él, sino al revés: tienen la responsabilidad bendita de afianzar y sostener su entrega, especialmente cuando es aún joven. Han de seguir exigiéndole y ayudándole a desarrollar las virtudes humanas, a obtener buenas calificaciones, a ser ejemplares, etc. Deben acoger con una estima grande esa actitud generosa de su hijo, y apoyarle con su oración y su cariño, esté cerca o lejos.

F
otografía: M. Hasson


 

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