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Clase III. La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor


Se aconseja a los padres y educadores la lectura previa de:

Si alguno quiere seguirme...

Carta a los jóvenes. Juan Pablo II




Lectura y estudio previo

Se sugiere, antes de dar esta clase, el estudio y análisis de:


Los laicos. Christifideles laici

Bibliografía para preparar esta clase

 






¿Qué es la vocación?


  • La vocación es una luz que se enciende en la vida para iluminarla por entero: es una gracia, una iniciativa y una elección de Dios

    La vocación lleva a una misión:
    corredimir con Cristo, llevar la Buena Noticia del Evangelio, a todos los hombres; acercar a todos los hombres a la plenitud del Amor y la Belleza; a la máxima felicidad, que es la unión con Dios.

    Concepto:

    • Se entiende por vocación (del latín vocare, llamar) la llamada de Dios para realizar una tarea que abarca la vida entera.

    La vocación según el Catecismo de la Iglesia Católica

    Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" hasta su muerte "por nuestros pecados" (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25). Catecismo de la Iglesia Católica, 519.

     Cristo nos invita a seguirle y nos da ejemplo de entrega libre a la voluntad de Dios

    Durante toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5):

    - Él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle:

    - con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15);

    - con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1);

    - con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12). Catecismo de la IglesiaCatólica, 520


    Una piedrecita blanca



    La vocación: nuestro nombre



    Comenta García Morato en su libro Creados por amor, elegidos para amar, la frase bíblica: Te he llamado por tu nombre", que alude a la vocación y misión concreta que Dios nos confía. Al llamarnos por nuestro nombre Dios nos invita a una vida única, singular, irrepetible.

    "Para quien tiene fe -escribe este autor- el sentido de la existencia no es una especie de acertijo kafkiano: la revelación cristiana afirma que ese nombre se puede conocer en esta vida y esforzarse por realizar, si libremente se desea: "al vencedor le daré también una piedrecita blanca, y escrito en esa piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe" (...),

    La cuestión es que el nombre verdadero sólo nos lo puede dar quien nos conozca en plenitud. Por eso sólo Dios nos puede poner el nombre, porque sólo Él nos ama plenamente: ese nombre expresa lo que somos.

    Y no podemos olvidar que , para conocerlo, es necesario oirlo, escucharlo una y otra vez, y preguntarlo si es preciso.

    Del mismo modo que hemos aprendido nuestro propio nombre de pila oyendo desde la cuna como otros nos nombraban, y nuestros apellidos -incluso remontándonos a varias generaciones- preguntando a nuestros padres, podemos conocer el nombre que Dios nos da si nos decidimos a creer en Él, a preguntarle, fiándonos del amor conque nos nombra, y a escuchar.

    Lo expresa magníficamente Ernestina de Champourcin en uno de sus poemas, cuando dice:

    No sé como me llamo...
    Tú lo sabes Señor.
    Tú conoces el nombre
    que hay en tu corazón
    y es solamente mío;
    el nombre que tu amor
    me dará para siempre
    si respondo a tu vos.
    Pronuncia esa palabra
    de júbilo o dolor...
    ¡Llámame por el nombre
    que me diste, Señor!


    Pero como nada humano es realizable sin la libertad personal, no se trata simplemente de un nombre impuesto: es un nombre dado (donado) que, a la vez, ha de llegar a ser expresión de la identidad que hayamos realizado, tratando de vivir la verdad de nuestra existencia.

    Dios nos da el nombre como identidad y como meta: no cabe, por decirlo así- que nos "obligue" a llamarnos "así".

    Sin duda ese nombre es lo que nos define, pero la definición de la persona es siempre autodefinición.

    Nos vamos definiendo en la medida en que descubrimos y nos empeñamos en realizar el plan divino PARA Y POR EL QUE fuimos creados.

    Pues Dios primero piensa en nuestra vida como misión y luego nos otorga las cualidades necesarias para llevarlas a cabo.


     

     

     

     


 

 




Dios nos llama a todos. ¿Qué significa la expresión "vocación universal a la santidad"
  • La vocación universal a la santidad significa que Dios nos ha elegido a todos en Cristo, antes de la creación del mundo, con una vocación común, que nos impulsa a ser santos.

    Pablo VI
    :
    “Toda vida es una vocación”. (Populorum progressio, 26.III.1967)



    Catecismo de la Iglesia

    ‘Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad’ (LG 40). Todos son llamados a la santidad: ‘Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48):

    Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo.

    Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos. (LG 40). Catecismo de la Iglesia, 2013


Los primeros cristianos. Tarsicio, 11 años.

 


El retrato funerario que acompaña este texto es de un niño de la época romana, presumiblemente pagano. En esa época, durante el mandato de Valeriano, los cristianos sufrieron persecución y un niño romano de once años -la edad aproximada del niño del retrato- murió mártir, fiel a su vocación cristiana, por amor a Cristo.

En el siguiente relato de un autor actual se evoca su martirio:

"Es un día especial para los primeros cristianos de Roma. Sixto es ahora el sucesor del pontífice Esteban al que han matado los perseguidores. Todos cantan salmos, en medio de un gran silencio se leen algunos trozos del Evangelio.

El diácono Lorenzo pone pan y vino sobre la mesa y el anciano sacerdote comienza la fórmula de la consagración. Antes de comulgar se dan el ósculo de la paz. Todos conocen las consecuencias de su vocación cristiana, y la viven con coherencia, aunque pueda llevarlos a la muerte.

Antes de dispersarse hay un recuerdo para los encarcelados; son los confesores de la fe; no han querido renegar. Rezan por ellos, deseando hacerles partícipes de los santos misterios para que le sirvan de fortaleza en la pasión y en los tormentos.

¿Quién puede y quiere afrontar el peligro? Hace falta un alma generosa. Delante del nuevo papa Sixto un niño, Tarsicio, extiende la mano. Aceptan: nadie sospechará de un niño.

Jesús Eucaristía es envuelto en un fino lienzo y depositado en sus manos. S ólo tiene once años y es conocido por su fe y su piedad; no se ha amilanado en la furia de la persecución, aunque vio cómo mataban al papa Esteban.

Pasa junto al Tíber. Al verlo, unos amigos le llaman para jugar. Se niega; ellos se acercan: "¿Qué llevas ahí? Queremos verlo". Quiere echar a correr, pero es tarde. Uno de los que se ha acercado al grupo se hace cargo de la situación y dice: "Es un cristiano que lleva sortilegios a los presos". Pequeños y mayores emplean ahora, bajo excusa de la curiosidad, con furia y saña, palos y piedras.

Recogieron el cuerpo destrozado de Tarsicio y lo enterraron en la catacumba de Calixto.

Al fin de la persecución, el papa Dámaso mandó poner sobre su tumba estos versos:


Queriendo a san Tarsicio almas brutales
arrebatar el sacramento de Cristo,
prefirió entregar su corta vida
antes que los misterios celestiales."

 

 




 





Dios nos llama una a una, uno a uno, personalmente, por nuestro nombre

  • Dios no nos llama a granel, sino de un modo personalizado: desea que seamos todos santos –felices en esta tierra y en el Cielo, unidos a la Cruz de Cristo- recorriendo el camino irrepetible de cada una, de cada uno .

  • La vocación, por tanto, es al mismo tiempo comunitaria (todos tenemos vocación) y personal (yo tengo mi vocación, una vocación singular).

  • No hay ninguna existencia dejada al azar, olvidada o sometida a un destino ciego.

  • Todos —bautizados o no— somos enviados por Dios. Todos tenemos una misión específica en la tarea de la Corredención.

    Cada persona es un misterio único de amor y de vocación:

“Todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío” (Catecismo de la Iglesia Católica, 864).

  • Dios propone un plan a cada hombre, pero no se lo impone: la libertad del hombre, al aceptar el plan divino, se conjuga misteriosamente con la gracia de Dios. De ese modo, el hombre acaba fortaleciendo y configurando su propia vocación:

“Hermanos, poned el mayor esmero en fortalecer vuestra vocación y elección” (2 Pedro, 1.10).


¿Qué es exactamente la santidad?



  • Cardenal Ratzinger:


    Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «Esto no es para mí». «Yo no me siento capaz de realizar virtudes heroicas». «Es un ideal demasiado alto para mí».

    En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, pecadores normales.


    Tendríamos una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ya fue corregida -y esto me parece un punto central- por el propio Josemaría Escrivá.

    Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para llevarlos a cabo las personas normales.


    Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado.

    Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara.


    Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

    Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida.

    La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz.
    (...)


    Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.





 




¿Qué significa la expresión: Dios me ha dado una vocación?

  • Esa expresión significa que Dios, al darme una vocación, comoa todo hombre, me concede la gracia necesaria y conveniente para llevarla a cabo, para cumplir su Voluntad: para aceptar y encarnar en mi vida la vocación que me ha dado, -mi vocación- por grandioso e inalcanzable que me pueda parecer ese panorama vocacional desde mi pequeña perspectiva, como le sucede a una persona que contempla un paisaje extraordinario.

  • Y significa que al darme una vocación, Dios me confía una misión concreta, irrepetible (una tarea de apostolado y de corredención, de ayudar a salvar a unas almas determinadas, con nombres y apellidos) que yo debo realizar durante mi vida, una vida cuya duración sólo el conoce.




    Escribe García Morato en Creados por amor, elegidos para amar:

    "El plan eterno de Dios, antes de crearnos, engloba todas las facetas, etapas y circunstancias de nuestra existencia, aunque nosotros lo vayamos realizando paulatinamente; y al crearnos, nos da las capacidades necesarias para llevar a cabo la misión para la que nos da la vida.

    "Podemos decir -enseña Juan Pablo II- que Dios primero elige al hombre, en el Hijo eterno y consustancial, a participar de la filiación divina, y sólo después quiere la creación, quiere el mundo". (...)

    A cada uno nos toca descubrir la llamada personal de Dios, porque esa es la determinación personal de nuestra vocación bautismal".




  • Evangelio de San Mateo:


    [18] Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: [19] Seguidme y os haré pescadores de hombres. [20]

    Ellos, al instante, dejaron las redes y le siguieron.


    [21] Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. [22]

    Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

¿Qué no es la vocación cristiana?

  • Se han dado entre los cristianos, a lo largo de los siglos, algunas confusiones -que aún perviven- sobre el verdadero sentido de la vocación cristiana.

Algunas confusiones frecuentes:

  • Confusión: plantear la búsqueda de la vocación de forma angustiosa, o como una búsqueda a ciegas.


    Buscar la vocación no es un empeño angustioso por encontrar, a contra reloj, una llave única torneada de antemano por Dios de un modo rígido.


    E
    xplica García Morato en su libro Elegidos para amar que la respuesta a la llamada de Dios no suele consistir en la mera aceptación de un previo designio divino cognoscible de un modo claro y unívoco, que no deja lugar a ninguna duda
    (cosa que, por otra parte, se da en muy pocas ocasiones, pues exigiría una revelación personal a cada criatura); ni es tampoco una búsqueda a ciegas, en la que la iniciativa personal no cuente para nada.

    Por decirlo con un ejemplo, no se parece en nada al empeño angustioso por encontrar -y a demás, contra reloj- una especie de llave única que ya está torneada de antemano por Dios, de un modo rígido y sin la colaboración de cada una y de cad uno, para que encaje en la cerradura de nuestra vida.

    ... mas bien se trata de entender que mi libertad personal, las decisiones que voy tomando honradamente y con generosidad, procurando acertar, contribuyen
    -de un modo misterioso, pero no por ello menos real- a configurar mi vocacón personal.

    Se trata de un punto clave y, a la vez, una orientación lleba de serenidad ante la inevitable urgencia de conocer y responder a cualquier llamada divina.

    Porque a una persona que desea hacer la voluntad de Dios, le puede resultar angustioso pensar en la posibilidad de dejarla pasar en un momento determinado, a pesar de haber puesto subjetivamente los medios para "escuchar".

    Sn duda quien no escucha porque no pone los medios -"no hay peor sordo que el que no quiere oir", dice el refrán-, comenzaría a partir de ese momento por adentrarse en un camino erróneo -o, cuanto menos, desacertado-; un camino que no tendría que ser necesariamente malo, ni contrario a Dios; más aún, que incluso le podría dar muchas satisfacciones, sin duda; pero que no le podrá hacer feliz de verdad.

    Pero a quien se empeña por escuchar y, a la vez, va descubriendo el papel de la libertad en la respuesta y la configuración posterior de la propia vocación, le da, sin duda, tranquilidad.

    No esa tranquilidad momentánea de quien no se enfrenta con la llamada, sino la paz y la serenidad que da el pensar: Aquí estoy, yo te escucho, e iremos configurando la vida poco a poco, marcando Tú el ritmo.

    Y si no se resuelve de inmediato, ya se irá perfilando con el tiempo, mientras se mantenga esa actitud interior de urgencia sobrenatural. Es como si Dios dijera: Reza, vete tomando decisiones... , y ten por seguro que eso te va acercando a la meta, porque hará que llegue el momento en que se identifiquen nuestras dos voluntades.

    De este modo, cuando todos los acontecimientos paracen confluir en una misma direccción, se avanza por ese camino confiando en la Providencia amorosa de Dios sin exigir ni pretender una seguridad tal que haría casi imposible dar un solo paso.

    Esta actitud es precisamente la que permite arriesgar, con uns seguridad intuitiva que da Dios y que aparece muchas veces como locura incluso a los ojos humanos bienintencionados.

     


  • Confusión: Pensar que la llamada de Dios va dirigida a unos pocos, unos cuantos privilegiados.

—Los primeros cristianos tenían una conciencia clara de la llamada universal (es decir, general, dirigida a todos) a la santidad que se lee en el Evangelio: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mateo, 5, 48; Lucas, 19,2).

 


 

  • Confusión: Hablar de clases de santidad. Hay una única Santidad, porque hay un único Modelo yun único Camino que conduce a la Plenitud del Amor: Cristo (Camino, Verdad y Vida).

—Cada persona debe recorrer ese único camino de santidad por el camino particular por donde Dios le llame: sacerdote, laico, etc.



 

  • Confusión: Considerar la vocación como un añadido a la propia vida.

—No; la elección divina de cada hombre es anterior a su existencia: Dios llama antes de la constitución del mundo.

- la vocación es la que me configura y me constituye como persona; es la clave más profunda de mi identidad. Es mi razón de existir.




  • Confusión: Reducir la vocación a una simple lucha, a un mero empeño personal, a un ejercicio de la propia voluntad.

—La vocación requiere poner lucha ascética para vivir las virtudes humanas y cristianas. Eso exige un esfuerzo por parte de mi voluntad, pero la lucha ascética no consiste sólo en poner esfuerzo, sino en dejar que Dios obre en nosotros: lo contrario sería voluntarismo (vid Glosario)

—Se trata de amar a Dios con toda el alma, y a los demás por Dios.




 
  • Confusión: Pensar que vivir una vocación es recorrer “un camino de rosas”.

Habrá siempre rosas y espinas en el seguimiento de Cristo como las hay en cualquier camino humano. “El que quiera seguirme coja su cruz y sígame”, dijo el Señor.



 






¿A quiénes llama Dios a buscar la santidad en la Iglesia?

  • Dios llama a todos los hombres, católicos y no católicos, cristianos y no cristianos, porque Dios quiere salvar a todos los hombres.


    Y los llama a
    todos a la santidad en la Iglesia, algo que hace por caminos que sólo Él conoce. Es un misterio.

  • Dios llama a todos —bautizados y no bautizados— a la santidad :

en la Iglesia, Misterio de Comunión;

—y a través de la Iglesia, que sirve de instrumento al plan amoroso de Dios.

Escribe Miras que “todo hombre está penetrado por aquel soplo de vida que proviene de Cristo”. Y concluye: “A la luz de este misterio de vocación deben contemplarse incluso las existencias humanas más oscuras e inadvertidas, y también aquellas otras que parecen haber sido abandonadas sin sentido alguno: parias, víctimas, despreciados e ignorados de la humanidad.

Quizá los designios de la misericordia de Dios llaman a unos a identificarse con Cristo compasivo, llamando a otros a pasar su existencia terrena con la única misión de identificarse con Cristo, Siervo doliente, para mover a compasión. La parábola del pobre Lázaro, arroja una luz, aunque misteriosa, sobre ese enigma de la existencia humana”.

Jorge Miras, Fieles en el mundo. La secularidad de los laicos cristianos


  • El Bautismo es una vocación a la santidad. Es una semilla que hay que hacer fructificar en el alma, que tiene un fruto: la santidad.

    La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas.

    El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse.

    Recordad las palabras de San Agustín: Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes (S. Agustín, Sermo 169, 15 (PL 38, 926).). San Josemaría, Es Cristo que pasa,n. 58

  • Por eso, la vocación cristiana se llama también vocación bautismal.

“Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo”. (Catecismo de la Iglesia, 784).


 

¡Si Dios me dijera claramente lo que debo hacer!

  • Dios se manifiesta habitualmente como un Dios escondido. No suele ser del todo claro porque quiere que corramos siempre el riesgo de la libertad en el discernimiento de nuestra vocación. Quiere que respondamos que sí por amor, no porque no tenemos más remedio.
  • Dios no se nos impone: no fuerza nuestra voluntad, ni nuestra cabeza. Dios es Amor y se esconde, por amor, respetando nuestra libertad y dándonos siempre toda la gracia necesaria para corresponder.


     

¿Cómo y cuándo llama Dios?


  • Dios llama (a la fe, a la entrega a Dios, a un camino determinado) cómo quiere y cuándo quiere.

  • En algunos casos da una gracia especialísima (las conversiones, como san Pablo), pero habitualmente se sirve de medios cotidianos (un rato de oración, una conversación con un amigo, una lectura, etc.)

  • Dios llama con especial fuerza durante la juventud, en los mismos años en los que los hombres toman las grandes determinaciones de su vida (orientación profesional, elección de carrera, de estado, etc.)

  • Lectura: La vida a una carta: no esperar a ser mayores para ser santos.

    Mus

 


¿Para qué misión llama Dios a los laicos?

  • La misión del Cuerpo Místico de Cristo es “anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios” (Lumen Gentium, 5).



    Los laicos deben ser sal y luz

    Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo.

    No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa.

    Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos. Mateo 5, 13-16



  • La Iglesia recuerda en el Catecismo que los laicos tienen una misión: buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos, 16,15)

  • Los laicos, en concreto, deben procurar santificar el mundo, actuando como el fermento en la masa. Para eso deben evangelizar la sociedad, llevar a cabo un apostolado lleno de esperanza, de fe, de


    Ser sal y luz es mostrar que Dios es la Verdad, la Belleza, el máximo Bien que el hombre puede alcanzar.

  • Por eso, hay que llevar a Dios a los demás, de forma verdadera y de forma atractiva y hermosa: no hay vida más maravillosa que la que se vive con y junto a Cristo, sumo Bien.

 


 




¿Y los riesgos de embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios?


  • Embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios tiene unos riesgos evidentes: los mismos que corren las personas que comprometen y entregan su vida por amor.

 

Caminos de amor

 

 

 

 

  • Vocación y libertad. Algunas ideas para la propia reflexión:
    • El sentido de la vida, de mi vida, es servir a Dios.

    • Por tanto, el verdadero éxito de mi vida no es cumplir el objetivo que yo me proponga sino descubrir y poner los medios para que se haga en mi vida la Voluntad de Dios para mí.

    • Dios quiere que me entregue a su servicio libremente –nadie puede decidir por mí— , por amor, sin coacción interna ni externa de ningún tipo.

    • Puedo equivocarme, acertar, elegir el bien o el mal. Es el claroscuro de la libertad.

    • Dios no me impone su proyecto para mi vida. Me lo propone de una forma y un modo que no son nunca excesivamente claros y evidentes. Dios habla en penumbra, para respetar mi libertad.

    • Dios quiere contar conmigo: para eso me ha dado unas virtudes, unos talentos, de los que quiere servirse; y junto con esas virtudes, unos defectos, de los que quiere servirse también, para darle gloria (de diversos modos: aceptándolos, procurando mejorar, etc.. ) Es decir, Dios cuenta con mis virtudes y defectos, con el libre ejercicio de mi libertad.





    Toda verdadera respuesta a la llamada de Dios es una respuesta libre, y tiene que asumir la incertidumbre y el riesgo que se da en todas las decisiones humanas.

     

  • Esa respuesta exige responsabilidad, madurez y conciencia clara del alcance de los compromisos que se asumen con plena libertad.





  • Pero, si Dios quiere que sea santo... ¿soy verdaderamente libre?

    Sí; recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1742: La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

    Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo exterior.

    Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.



  • Al decir que al Señor hay que ser consciente de lo que se hace: se está ejercitando responsablemente la propialibertad, por amor.


  • Lectura: No hacer barricadas con la libertad.


Recuerdos de un poeta. Luis Rosales


“Así era ella. Se llamaba María, para jugar y entretenerse en algo y era la más pequeña de nosotros. Doce años bien cumplidos, pelicastaños, joviales (...).

Jugaba siempre a tener alegría, a no dejar cosas por hacer, a vivir en mañana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandonáramos demasiado a ser hombres. Tenía los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el cañaveral de alegría.

Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo vocación y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento.

Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jugábamos con las columnas y los primos en el patio de casa.

Aunque reía para nosotros, estaba disgustada porque a mí aquello del piano me pareció decisión para nunca.

No sé lo que le dije; probablemente alguna tontería cuando no la recuerdo. Y ella siguió viviendo sus doce años como jugando al escondite con ellos; pero por las mañanas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo música celestial. Al principio, naturalmente, no consiguió que nadie tomara en serio su vocación. Todos culpábamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todavía tuvieran en los ojos alumbrado de gas.

Nos decíamos, para quitarle importancia al asunto, que ellas debían haberla sonsacado, pero a sabiendas de que María no era fácil de sonsacar.

Y así pasaron varios años. Lo que más nos extrañaba al observarla, al conversar con ella, era advertir que no había habido ni el más ligero cambio en su carácter.

Al contrario, la alegría se le fue haciendo más inmediata e irrestañable.

Le nacía de más hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios seguían teniendo aquel desplante y aquella impávida terquedad de siempre.

Dulce también lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisión que parecía subirse en una silla para ponernos los ojos en hora.

Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burlón, la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegué a saber que la tristeza no es cristiana (...).

Pero vamos a ver, María, ¿cómo estás tan segura, a tu edad, de tener vocación religiosa? Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombrío. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risueña y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que está esperando la llegada del tren (...).

Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme. Y no se equivocó.

La vocación no se equivoca. Desde entonces todos los años que ha vivido se le reunieron en la luz de una mañana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perdíamos para siempre, no me dolieron sus palabras.

Comencé a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel día ambos tenemos la misma edad:

Hemos cumplido los mismos años de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocación: la certidumbre de estar pisando todavía sobre el último grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos –¿verdad, María?– que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocación".

 

 

 


Seguir la propia vocación es la gran aventura de la vida


  • ­La vocación es una aventura humana y espiritual verdadera, hermosa y apasionante.

  • Es un don que hay que agradecer a Dios.

  • Como toda aventura, exige superar obstáculos, sin olvidar las palabras del Señor: Mi yugo es suave y mi carga ligera.


  La fidelidad a su vocación de los primeros cristianos: los cuarenta mártires de Sebaste, jóvenes en su mayoría


Los cuarenta mártires de Sebaste, en Armenia menor

Es un auténtico el "testamento" colectivo que los mismos mártires redactaron poco antes de morir. El martirio tuvo lugar en el 320, durante la persecución de Licinio.

"Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII 'Fulminada', la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor).

Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. El martirio ocurrió bastante más al norte de Melitene, en la ciudad llamada Sebastia (más exactamente que Sebaste), donde tal vez la legión mantenía un fuerte destacamento.

Los cuarenta eran muy jóvenes, de unos veinte años; en su 'testamento', donde envían el último saludo a sus seres queridos, uno solo saluda a la mujer con el hijito, otro a la novia, mientras los demás saludan a los padres vivientes. En general, debían de estar todavía en la primera juventud.

Cuando llegó al campamento la orden de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos rehusaron; arrestados en seguida, fueron atados a una sola cadena, muy larga, y después encerrados en la cárcel.

La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardabam órdenes de comandantes superiores o incluso -dada la gravedad del caso- del mismo Licinio. En esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su 'testamento' colectivo por mano de uno de ellos, cierto Melecio.

En este documento los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el pasado con respecto a las reliquias de otros mártires- disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein, cerca de la ciudad de Zela.

El documento trae, como de costumbre, los nombres de todos los cuarenta mártires, y de ahí los nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias de grafía.

Llegada la sentencia de condenación, los cuarenta fueron destinados a morir de frío: debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución parece que fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia, donde los condenados serían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y a la vez vigilados por los empleados de las termas.

En el patio existía una amplia reserva de aqua, una especie de estanque, que estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que el lugar estaba en el medio de la ciudad, y que la ciudad estaba adyacente al estanque: quizás la reserva de agua, para uso de las termas, no era sino una derivación del verdadero estanque externo.

Más tarde sobre el lugar del martirio se construyó una iglesia, y justamente en esta iglesia parece que Gregorio de Nisa pronunció sus discursos en honor de los mártires.

Sobre esa explanada helada, a una temperatura bajísima, los tormentos de esos cuerpos desnudos debieron de ser espantosos. Para aumentar el tormento de las víctimas, había sido dejado abierto de intento el ingreso de las termas, del cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del calidarium: para los martirizados era una visión potentísima, puesto que bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. Pero estaba de por medio una barrera infranqueable: Cristo, del que hubieran tenido que renegar.

Las horas pasaban terriblemente monótonas: ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. El vigilante de las termas asistía como estupefacto a la escena. De repente uno de los condenados, extenuado por los espasmos, se arrastró hacia la puerta iluminada; pero ahí, por un hecho fisiológico normal, en cuanto le alcanzaron los vapores calientes falleció. Al ver esto, el vigilante, en un arranque de entusiasmo, decidió remplazarle completando nuevamente el número de cuarenta. Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados.

El alba del día siguiente iluminó un tendal de cadáveres. Uno solo quedaba todavía con vida: era el más joven, un adolescente al que algún documento llama Melitón.

La veneración hacia los Cuarenta Mártires fue muy popular en Oriente. Pero también en Occidente, a fines del mismo siglo, habla de ellos Gaudencio de Brescia, que estaba particularmente informado acerca de Oriente. Además, en Roma escenas de su martirio se conservan todavía en un fresco del siglo VII-VIII, que se halla en un oratorio contiguo a la iglesia de Santa María Antigua en el Foro Romano"
(Giuseppe Ricciotti, "L' Era dei Martiri", p. 268-270).

 


Comenzar y recomenzar


  • Comenzar y recomenzar en la vida cristiana. Cuidar la vocación.

  • No todos comprenden el don del celibato, como dijo Jesús. Se lee en el Evangelio de San Mateo: “[11] El les respondió: No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido. [12] En efecto, hay eunucos que así nacieron del seno de su madre; también hay eunucos que así han quedado por obra de los hombres; y los hay que se han hecho tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda”.

  • Para los hijos: Mis padres: les debo mi vocación cristiana. Debo quererles, obedecerles, escuchar y valorar sus consejos, pero sin descargar en ellos (ni en nadie) la responsabilidad de unas decisiones sobre mi vida que me corresponde tomar sólo a mí.



    Los padres y la vocación de los hijos

 

 

.Fotografías de M. Hasson


 

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