Clase XIII. Amor, Castidad, Santa Pureza
Varón y mujer los hizo Dios
Se citan algunos párrafos significativos de este ensayo. Se sugiere que la persona que de la clase lo consulte y lea en su integridad en www.teologia
4.1. Enseñanzas Bíblicas
4.1.1.2. Reprobación de los pecados sexuales
El sentido positivo que transmite la Biblia acerca de la sexualidad en ningún caso permite un uso arbitrario de la misma. Igualmente, el talante procreador del A.T. y la alabanza a la fecundidad no justifican todos los medios hábiles para favorecer o evitar la procreación. Por el contrario, en el A.T. abundan las prohibiciones y condenas de acciones que no respetan las leyes de la facultad generadora, hasta el punto de poder afirmar que la moral sexual veterotestamentaria, si se exceptúa la poligamia, es más severa y rígida que la del N.T. He aquí una lista de los pecados que son objetos de castigo, pues lesionan la naturaleza y finalidad generativa de la sexualidad humana:
1. El recto uso de la sexualidad está por encima del valor inestimable de los hijos. Es esta una tesis que se repite en la literatura sapiencial. Así, por ejemplo, vivir la castidad es superior a los hijos, por eso se alaba al eunuco, y se afirma que la mujer piadosa y estéril aventaja a la adúltera: “Dichosa la estéril sin mancilla, la que no conoce lecho de pecado, tendrá su fruto en la visita de las almas. Dichoso también el eunuco... por su fidelidad se le dará una escogida recompensa... En cambio los hijos de los adúlteros no llegarán a sazón, desaparecerá la raza de una acción culpable” (Sab 3,13-16).
2. Condena del adulterio. Entre las “acciones culpables” la más repetida es la de adulterio. Este pecado está contenido en el Decálogo: “No cometerás adulterio” (Ex 20,14) y se prohibe “desear la mujer del prójimo” (Ex 20,17). El Levítico lo expresa con más claridad: “No te juntes carnalmente con la mujer de tu prójimo, contaminándote con ella” (Lev 18,20). El Deuteronomio determina el castigo que se infligirá a los culpables: ambos deben morir: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. Así harás desaparecer de Israel el mal” (Dt 22, 22).
3. La fornicación del varón. La primera legislación judía recoge las penas que caerán sobre el hombre que fornica con una virgen: “Si un hombre seduce a una virgen, no desposada, y se acuesta con ella, le pagará la dote, y la tomará por mujer. Y si el padre de ella no quiere dársela, el seductor pagará el dinero de la dote de las vírgenes” (Ex 22,15-16). (Dt 22, 28-29). “Ante un padre y una madre avergonzaos de la fornicación... avergüenzate de mirar a la prostituta... no claves los ojos en mujer casada, no tengas intimidades con la criada -¡no te acerques a su lecho!-“ (Eclo 41, 17-24).
4. La fornicación de la mujer. El tema de la fornicación de la mujer soltera, llamada pénuyá en el rabinismo, merece especial atención, pues la mujer debía ser virgen cuando fuese al matrimonio. Además ha de tenerse en cuenta la consideración social negativa de la mujer soltera que cometía tal pecado y la consecuencia que podría derivarse, o sea, el hijo que cabía engendrar. Por estas razones se consideraba especialmente grave la calumnia contra la mujer virgen.
El Deuteronomio estudia el caso de que una doncella sea calumniada por el marido de no ser virgen al momento de casarse. Este tal, “será castigado”, luego debe “pagar una multa de cien monedas de plata al padre de la joven”. Además “la recibirá como mujer y no podrá repudiarla en toda su vida”. Pero si la acusación fuese verdadera, “si no aparecen las pruebas de la virginidad, sacarán a la joven a la puerta de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido una falta en Israel. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti” (Dt 22,20-21). Ese pecado, además de ser un “mal” en sí mismo, se constata que podría ser el inicio de la prostitución.
5. Condena de la prostitución. Las citas son numerosas y abundantes en detalles. De ellas se deduce que la prostitución estaba arraigada tanto en Israel como en los pueblos vecinos. Por su grafismo, merece la pena transcribir este caso de prostitución: la advertencia contra los males que trae este pecado y la caída en la tentación de quienes no la huyen, sino que la buscan. Esta narración recuerda lo que sucede hoy en algunas calles de nuestras ciudades:
“Dile a la sabiduría: “Tú eres mi hermana”, llama pariente a la inteligencia, para que te guarde de la mujer ajena de la extraña de palabras melosas. Estaba yo a la ventana de mi casa y miraba a través de las celosías, cuando vi, en el grupo de los simples, distinguí entre los muchachos a un joven falto de juicio: pasaba por la calle, junto a la esquina donde ella vivía, iba camino de su casa, al atardecer, ya oscurecido, en lo negro de la noche y de las sombras. De repente, le sale al paso una mujer, con atavío de ramera y astuta en el corazón. Es alborotada y revoltosa, sus pies nunca paran en su casa. Tan pronto en las calles como en las plazas acecha por todas las esquinas.
Ella lo agarró y lo abrazó y desvergonzada le dijo: Tenía que ofrecer un sacrificio de comunión y hoy he cumplido mi voto; por eso he salido a tu encuentro para buscarte en seguida; y ya te he encontrado. He puesto en mi lecho cobertores policromos, lencería de Egipto, con mirra mi cama he rociado con áloes y cinamomo. Ven, embriaguémonos de amores hasta la mañana, solacémonos los dos, entre caricias. Porque no está el marido en casa, está de viaje muy lejos, ha llevado en su mano la bolsa del dinero, volverá a casa para la luna llena”.
Con sus muchas artes lo seduce, lo rinde con el halago de sus labios. Se va tras ella en seguida, como buey al matadero, como el ciervo atrapado en el cepo, hasta que una flecha le atraviesa el hígado, como pájaro que se precipita en la red, sin saber que le va en ello la vida. Ahora pues, hijo mío, escúchame, pon atención a las palabras de mi boca, no se desvíe tu corazón hacia sus caminos, no te descarríes por sus senderos, porque a muchos ha hecho caer muertos, robustos eran todos los que ella mató. Su morada es camino del seol, que baja hacia las cámaras de la muerte” (Prov 7,4-27).
Esta misma advertencia se repite en el mismo libro y va acompañada de un ruego: que el hombre se entregue a Yahveh y no a una prostituta: “Dame, hijo mío, tu corazón, y que tus ojos hallen deleite en mis caminos. Fosa profunda es la prostituta, pozo angosto la mujer extraña. También ella como el ladrón pone emboscadas, y multiplica entre los hombres los traidores” (Prov 23,26-28). (Lev 19,29). (Prov 29,3
Como es lógico, la “prostituta” tenía una apreciación social muy negativa. Así, el Levítico prohibe que “los sacerdotes tomen por esposa a una mujer prostituta” (Lev 21,7) y la hija del sacerdote que “se prostituyese, será quemada” (Lev 21,9). De aquí que el término “prostituta” o “hijo de prostituta” se acuñó como un insulto (Gén 34,31).
En Israel estuvo terminantemente prohibida la “prostitución religiosa” o “sagrada” (qédeshot), bien fuese femenina, denominada “hieródula” o masculina, a los que llamaban “hieródulo” o, despectivamente, “perros”. Este texto del Deuteronomio es terminante al respecto:
“No habrá hieródula entre las israelitas, ni hieródulo entre los israelitas. No llevarás a la casa de Yahveh tu Dios, don de prostituta ni salario de perro, sea cual fuere el voto que hayas hecho: porque ambos son abominación para Yahveh tu Dios” (Dt 23,18-19).
No obstante, por influjo de los cultos cananeos, llegó a introducirse (1 Rey 14,24; 22,47; 2 Rey 23,7). De aquí las graves condenas de los profetas Oseas (Os 4,14) y Miqueas (Miq 1,7) (…)
7. ¿Se condena la masturbación? Cabe ahora formular la cuestión acerca de la condena de la masturbación en el A.T. No se encuentran textos explícitos, si se exceptúa la dudosa interpretación del libro del Eclesiástico: “el hombre impúdico en su cuerpo carnal no cejará hasta que el fuego le abrase; para el hombre impúdico todo pan es dulce, no descansará hasta haber muerto” (Eccl 23,17).
De hecho, tal falta era duramente castigada por la literatura rabínica, pues así fue entendida por los rabinos, los cuales se apoyaban también en Gén 38,10):
“Los moralistas judíos también se apoyaron en este texto (Gén 38,10) para condenar la masturbación o toda inutilización artificial del semen humano. Kol ha-mosi’ shikbar zéra’ Ibattalah jayyab mitah: “Quien expulsa semen inútilmente es reo de muerte” (TB Niddá 13ª).
La expresión “reo de muerte” no quiere decir que el masturbador tenga que vérselas con el bet-din, con un tribunal que le imponga pena capital, sino que uno muere ante Dios, pues comete un pecado mortal.
El que derrama el semen -se dice en el Talmud (ibid.)- es como si matara a niños o como el que comete pecado de idolatría (cf. Is 57,5). El Mesías no vendrá -dice ahí mismo rabbí José- hasta que hayan nacido todas las almas de los niños no nacidos (TB Niddá 13b)”
Es claro que esta doctrina rabínica se fundamenta en la tradición bíblica, si bien prohíbe la masturbación por la “pérdida de semen” y en razón de la procreación debida, entre la que se encontraba el futuro Mesías.
Ambas razones no se justifican. La primera obedece a la concepción biológica de la época y la segunda desconocía la concepción virginal del Mesías. No obstante, parece que es preciso mantener firme el dato de la condena.
8. Anatema contra la homosexualidad y el lesbianismo. La condena de la homosexualidad masculina está expresamente mencionada, se la considera como algo aberrante: “No te acostarás con varón como con mujer; es abominación” (Lev 18,22). A los homosexuales se le castigará con la muerte: “Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación; morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos” (Lev 20,13). En esta misma línea se prohibe que “la mujer lleve ropa de hombre” y que “el hombre se ponga vestido de mujer” (Dt 22,5).
El pecado de Sodoma era la homosexualidad: “abusar de ellos (los hombres)”. De aquí el castigo de la ciudad de Sodoma, de la que deriva el nombre de “sodomitas” (Gén 19,5).
El libro de la Sabiduría afirma que la “inversión de los sexos” se origina en la falta de religiosidad y en el culto a los ídolos (Sab 14,26). Por eso destaca que la homosexualidad era vicio ordinario en los pueblos paganos (Lev 20,23).
El lesbianismo -tan frecuente en el paganismo- no se menciona en el A.T. “La homosexualidad femenina no está expresamente condenada en el Antiguo Testamento; pero el lesbianismo, según Maimónides, está condenado implícitamente en la prohibición de las abominaciones de otros pueblos, como en Egipto”
9. Sanción contra la bestialidad. Se castiga con pena de muerte tanto el bestialismo del hombre como de la mujer: “El que se una con una bestia, morirá sin remedio. Mataréis tambien la bestia. Si una mujer se acerca a una bestia para unirse a ella, matarás a la mujer y a la bestia. Morirán; caerá sobre ellos su sangre” (Lev 20,15-16; cfr. Ex 22,18).
10. Condena del incesto y otras uniones con parientes. El Levítico sentencia: “Si uno toma por esposas a una mujer y a su madre, es un incesto. Serán quemados tanto él como ellas para que no haya tal incesto en medio de vosotros” (Lev 20,14)”. Al mismo tiempo condena otras uniones: al “que se acuesta con la mujer de su padre” (Lev 20,11), “si un hombre se acuesta con su nuera” (Lev 20,12), “si alguien toma por esposa a su hermana, hija de su padre o hija de su madre” (Lev 20,17), etc.
11. Rechazo de toda clase de impureza. Además de reprobar esas irregularidades -pecados- sexuales, el A.T. advierte contra el riesgo de dejarse llevar por el instinto sexual. Abundan los textos que destacan los males que se siguen cuando el hombre se guía, instintivamente, por la sexualidad: Los Proverbios sentencian que la lujuria “es amarga como el ajenjo y mordaz como espada de dos filos”. Y quien se deja dominar por ella, “al final gemirá, cuando se haya consumido la carne de tu cuerpo” (Prov 5, 3-11).
A este respecto, es muy significativo el siguiente texto que acusa los males que produce la lujuria:
“Dos clases de gente multiplican los pecados y la tercera atrae la ira: el alma ardiente como fuego encendido, no se apagará hasta consumirse; el hombre impúdico (libidinoso) en su cuerpo carnal: no cesará hasta que su cuerpo le abrase. Para el hombre impúdico todo pan es dulce, no descansará hasta haber muerto. El hombre que su propio lecho viola y que dice para sí: “¿Quién me ve?; la oscuridad me envuelve, las paredes me encubren, nadie me ve, ¿qué he de temer?; el Altísimo no se acordará de mis pecados”... no sabe que los ojos del Señor son diez mil veces más brillantes que el sol, que observan todos los caminos de los hombres y penetran los rincones más ocultos” (Eclo 23,16-19).
En este texto, se “condena la fornicación, el adulterio y, según exégetas, el pecado solitario... La mano del masturbador ha de ser cortada in situ, exigía R.Tarfón (c.100 d.C.)”
Una pregunta queda pendiente al final de esta exposición: ¿Este rigor moral supone un concepto pecaminoso del sexo en el A.T.? La respuesta es negativa. Es cierto que, en dependencia de la cultura ambiental, cabría citar algunos aspectos negativos. El c.15 del Levítico, por ejemplo, hace el elenco de ciertas “impurezas sexuales”: las relacionadas con los “flujos seminales” del hombre y de la mujer. Pero una lectura atenta del texto destaca que, más que los “derrames naturales”, el Levítico condena las enfermedades contagiosas. De aquí la minuciosidad en detallar las purificaciones a que están sometidos los varones que las padezcan. Lo mismo cabe decir respecto a la menstruación de la mujer (cfr. vv.19-24), si bien contempla algunas situaciones de enfermedad (vv.25-27). También se reconocen cultualmente impuros los esposos que hayan mantenido relaciones sexuales (v.18). Pero, como enseñan los exégetas, esas advertencias tienen como motivo último la concepción de que todo lo referido a la sexualidad y a la procreación tiene en la cultura bíblica un carácter misterioso y sagrado
De aquí que esas “impurezas” se consideren como “impurezas cultuales”.
Pero, en conjunto, más bien cabe subrayar el sentido positivo de la sexualidad en la Biblia. Por eso estaba prohibida la automutilación, lo que sería castigado con la expulsión de la comunidad (Dt 23,2). Sobre todo, el valor bíblico de la sexualidad está presente en las narraciones amorosas -tan frecuentes- entre el hombre y la mujer, que son tomadas como modelo del amor de Yahveh a su pueblo. Símbolo de esa sensibilidad es el Cantar de los Cantares. La descripción, por ejemplo, en la que el hombre “conoce” a la mujer, sin turbación alguna, se entiende como plenitud de encuentro personal: es un modelo de la aprobación sin reticencias de la vida sexual. En general, la presentación de la relación sexual entre el hombre y la mujer en el pensamiento bíblico contrasta con las reservas que mantenían las religiones paganas de la época y el neoplatonismo del mundo cultural griego
En resumen, la moral sexual del A.T. responde al proyecto inicial de Dios de que “no es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18). No obstante, como consecuencia de las desviaciones a que dan lugar las pasiones, la normativa moral es muy rigurosa. Impresiona la lectura del c.20 del Levítico. En él, después de una extensa lista de pecados y costumbres sexuales “abominables” que practicaban los pueblos paganos, se advierte al pueblo judío que no caiga en los mismos pecados. Con este fin se urge severamente el cumplimiento de una serie de preceptos que regularán la conducta sexual de los israelitas. de ellas” (Lev 20,22-23).
4.1.2. Juicio moral del Nuevo Testamento sobre la vida sexual
El N.T. no es tan reiterativo, pero sí es más explícito en la condena de los pecados contra la castidad. Esta tesis es válida tanto para la enseñanza de Jesús como para la doctrina de los Apóstoles.
4.1.2.1. Enseñanzas de Jesucristo
Los textos explícitos de los Evangelios son más bien escasos. Jesús menciona entre los pecados que manchan al hombre, “los adulterios (moigeîai) y las fornicaciones (porneîai)” (Mt 15,19). En lugar paralelo, San Marcos además de “fornicaciones” (porneîai) y “adulterios” (moigeîai)”, añade “impudicias (ásélgeia)” (Mc 7,21-22).
No deja de sorprender la radicalidad con que Cristo condena el adulterio sólo de deseo: “Habéis oído que fue dicho: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en el corazón” (Mt 5,27-28). Esta expresión es preciso considerarla en el contexto de las contraposiciones que establece entre la vieja y la nueva Ley.
4.1.2.2. Doctrina de los demás escritos del Nuevo Testamento
Los Apóstoles se encuentran ante una circunstancia nueva. Es sabido cómo el pueblo griego y romano practicaban una moral sexual muy alejada de las exigencias que la Biblia había señalado al pueblo judío.
Algunos datos pueden ayudar a entender la fuerza y novedad de la doctrina del N.T. sobre la vida sexual frente a una cultura que se guiaba por criterios éticos muy distintos. Una vez más se muestra cómo la Revelación contribuyó a elevar el nivel moral y evitó las degradaciones a las que se expone el hombre cuando queda a merced de sus instintos. Son unos textos que pueden ayudar a no desanimarse ante la tarea actual en este tema, puesto que ya en otras ocasiones se ha conseguido remontar.
En efecto, circunscritos exclusivamente al ámbito cultural greco-romano, en que se extiende el cristianismo de esta época, la imagen de corrupción sexual supera todo límite. Sabemos que, ya desde Sócrates se ponen de moda “ciertos progresismos” que hacen gala de una “sexualización” absoluta de la vida social griega. El Diálogo de Fedro relata la fascinación de este joven ante la presentanción que hace “el más grande escritor de la época” de un nuevo estilo de vida sexual, libre de todo prejuicio de las normas: es la conmoción erótica que persigue el máximo de placer. En el Convite, Platón propone el diálogo sobre la homosexualidad. Platón no es ajeno a la simpatía por este vicio, denominado por los romanos como el “vicio griego” y también, con posterioridad, “vicio romano”.
Pero tampoco se vio libre de tales desórdenes el Imperio Romano. Conocemos la situación de corrupción generalizada de la cultura romana. De los quince primeros Emperadores parece que todos, menos Claudio, fueron homosexuales. Los soldados de la época más gloriosa de Roma cantaban los amores de su Emperador Julio César con el Rey de Bitinia, Nicomedes. Los desórdenes de Nerón eran bien conocidos. La sociedad romana no sólo copió el “vicio griego”, sino que practicó sin ningún reparo ético la prostitución
Sería banal la presentación de testimonios de la cultura profana, dado que quizá la descripción más ajustada es la que hace San Pablo en la carta a los Romanos:
“Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos, pues trocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Criador, que es bendito por los siglos, amén. Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza; e igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío.
Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas, y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad; chismosos o calumniadores, abominaciones de Dios, ultrajadores, orgullosos, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados; los cuales, conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen” (Rom 1, 24-32)
En este medio ambiental de corrupciones sexuales, de falta de normativa ética en la interrelación hombre-mujer y de aprobación -incluso de elogio- de tales vicios, los Apóstoles presentaron el mensaje moral heredado del A.T., renovado por la doctrina de Jesús. A este respecto, por su insistencia en el juicio moral, destacan las enseñanzas de San Pablo, pues cubren casi todo el espectro de la vida sexual.
En primer lugar, Pablo incluye los vicios sexuales de la época en los catálogos de pecados que condena el Evangelio. Contra ellos previene a los bautizados, al mismo tiempo que les alienta a vivir la virtud de la pureza. La argumentación paulina es nueva y rigurosa: la impureza es un obstáculo para cumplir la vocación a la santidad a la que el cristiano ha sido llamado:
“La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación (porneías); que cada uno sepa guardar su cuerpo en santidad y honor, no con afecto libidinoso (pásei epizimías kazáper), como los gentiles que no conocen a Dios; que nadie se atreva a extralimitarse, engañando en esta materia a su hermano, porque vengador en todo esto es el Señor... pues Dios no nos llamó a la impureza (akazarsía), sino a la santidad” (1 Tes 4,3-7).
Enuncia esta retahila de vicios que eran comunes en la sociedad de Corinto:
“No os engañéis: ni los fornicarios (pórnoi), ni los idólatras (frecuentemente unida la idolatría a prostitución cultual), ni los adúlteros (moijoì), ni los afeminados (malakoì, los homosexuales, catamitas), ni los sodomitas (ársenokoîtai, homosexuales, pederastas), ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1 Cor 6,9-10).
Seguidamente, Pablo argumenta contra quienes justificaban el uso caprichoso de la sexualidad. Parece que algunos bautizados que no habían roto con los viejos hábitos argumentaban más o menos así: “todo me es lícito” y Pablo comenta: “pero no todo conviene”, o sea, no todo es éticamente permitido. Y añadían estos cristianos: “los manjares para el vientre y el vientre para los manjares”: hacían referencia a pari entre el estómago para la comida y la finalidad sexual de los órganos corporales. Y Pablo aclara: “el cuerpo no es para la fornicación”. Parece que estos tales mantenían esas convicciones apoyados en la enseñanza de Pablo de que la redención había alcanzado la libertad del hombre, por lo que el bautizado estaba libre de las prescripciones legales. De aquí la falsa conclusión de que los apetitos sexuales podían asimilarse a la necesidad de alimentarse.
Contra estos desaprensivos, Pablo argumenta de dos modos: Primero, establece la diferencia entre ambas necesidades: tomar alimento es necesario para la vida, mientras la actividad sexual tiene otra finalidad. Además, San Pablo intenta demostrar que el cristiano tiene un motivo más para no prestarse a los desórdenes sexuales: la nueva antropología del bautizado; o sea, su ser-en-Cristo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz?”. La respuesta de Pablo es contundente: “De ningún modo ¿No sabéis que quien se allega a una meretriz se hace un cuerpo con ella? Porque serán dos, dice, en una carne. Pero el que se allega al Señor se hace un espíritu con Él”. A la imagen bíblica de “una caro”, es preciso tener a la vista que, “cada parte del cuerpo, según la fisiología semita, puede considerarse que representa al cuerpo entero”
Y Pablo concluye con la enseñanza de que la praxis sexual empeña al hombre entero:
“Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, fuera de su cuerpo queda; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis?” Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6,18-20)
Pablo no contempla aquí la condición de miembro de Cristo en sus relaciones con la Iglesia, sino que atienda su dimensión de ser-cristiano: “Esa cualidad, que todo cristiano tiene en sí mismo, es la que resulta profanada por la fornicación”
También en otros libros condena S. Pablo los vicios sexuales: Gal, Col, Efes. En resumen, el N.T. mantiene y prolonga las enseñanzas del A.T., si bien cabe hacer algunas matizaciones, pues encierra elementos nuevos. Por ejemplo:
- La enseñanza de San Pablo deja más patente aún la condena de todas las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Este es el sentido del consejo que el Apóstol da a los célibes y viudas de Corinto: quienes no puedan vivir la castidad, que se casen, pues “mejor es casarse que abrasarse” (1 Cor 7,9).
En consecuencia, no cabe decir que el primer cristianismo es heredero de una concepción judaica y estrecha de la sexualidad humana, sino que más bien, consciente de la nueva dignidad del cristiano, trató de elevar la conducta de los creyentes según las exigencias de la virtud cristiana de la pureza y por eso advierte contra el pecado a que da lugar la sexualidad no controlada. Prueba de que el cristianismo no tuvo un concepto peyorativo de la sexualidad son los consejos que Pablo da a los casados y la advertencia de que no abandonen sus relaciones conyugales (1 Cor 7,1-6). Y no cabe aducir ninguna enseñanza de Jesús en menoscabo del matrimonio, más aún, en el marco festivo de una boda, a la que había sido invitado, “Jesús hizo el primer milagro, manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos” (Jn 2,11). (…)
4.4.7. Naturalismo, arte y pornografía
La pornografía y la pornovisión suponen una transgresión del «límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal respecto a lo que se refiere al cuerpo humano sexuado, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad y en último término— cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y masculinidad a través de la entera estructura del ser hombre» (cat. 61, n.4). La sensibilidad personal desaprueba la reducción del cuerpo humano al rango de mero objeto de placer (cf. cat. 63, u. 5).
En cambio, el llamado «naturalismo», que reclama el «derecho a mostrarlo todo», olvida que la entera verdad sobre el hombre «exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo como la coherencia del don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el cual se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior de la persona» (cat. 62, u. 2. Cf. Gratissimnn sane, 20).
El cuerpo humano se convierte en modelo para la obra de arte (artes plásticas, escultura o pintura) que es elaborado por el artista. El cuerpo humano como objeto de reproducción en otras artes: cine, fotografía, televisión, aunque convertido en anónimo al contar una historia, y en ese sentido objetivado. Estamos hablando de una experiencia estética para el observador, que sin embargo porque el hombre está tan vinculado a su objeto –es su propio cuerpo humano, y este tiene unos valores y significados propios (carácter esponsalicio)- no puede dejar de afectarle subjetivamente y por tanto su mirada estética no estará totalmente aislada de su mirada ética: es no solo un mirar para ver, sino que puede ser también un mirar para desear.
Evidentemente estamos aquí ante una situación en la que confluyen significados que busca el artista, medios que utiliza, y sensibilidad del espectador.
¿Cuándo la cultura se convierte en pornovisión o pornografía? Cuando es sobrepasado el límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal, respecto a lo que se refiere al cuerpo humano, a su desnudez; cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad y –en último término- cuando se viola esa profunda ordenación del don y del recíproco donarse, que está inscrita en la feminidad y masculinidad a través de la entera estructura del ser del hombre.
Dicho de otra forma cuando el sentido de la vergüenza y de la sensibilidad resultan ofendidos es porque se ha trasladado a la dimensión de comunicación social, de propiedad pública, lo que en el justo sentir del hombre pertenece a la relación interpersonal.
Cuando desde el punto de vista del naturalismo se reclama poder representar todo lo que es humano, y eso en nombre de la verdad realista sobre el hombre, se esta haciendo un flaco servicio a la verdad sobre el hombre. Es precisamente la verdad entera sobre el hombre la que exige tomar en consideración tanto el sentido de la intimidad del cuerpo, como la verdad sobre el don vinculado a la masculinidad y feminidad del cuerpo mismo, en el que se refleja el misterio del hombre, propio de la estructura interior del hombre.
El animal no tiene pudor, no tiene vergüenza, no tiene intimidad, no puede darse, no ama. Se puede manifestar desnudo delante de todos los demás animales.
El cuerpo humano en su desnudez, entendido como una manifestación de la persona y como su don, o sea, como signo de confianza y de donación a la otra persona que también esta convencida de ese don y que está dispuesta a responder de ese mismo modo personal, se hace fuente de una particular ‘comunicación’ personal.
El problema no es de puritanismo, ni de moralismo estrecho, como tampoco de un pensamiento maniqueo, sino de defensa de la verdad integral sobre el hombre y su dignidad. Se trata de un conjunto de valores frente a los cuales el hombre no puede permanecer indiferente.
En todas las épocas nos encontramos con artistas y con obras cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez, y cuya contemplación nos permite concentrarnos, en cierto sentido, sobre la verdad entera del hombre, sobre la dignidad y sobre la belleza –también suprasensual- de su masculinidad y feminidad. Estas obras llevan en sí, como escondido, un elemento de sublimación que conduce al espectador, a través del cuerpo, al entero misterio personal del hombre.
Resumiendo podemos decir que en primer lugar (el ethos de la imagen) el artista debe ser consciente de que su obra al tratar del cuerpo humano no solo tiene un carácter estético sino también ético. En su obra se trasluce el mundo de los valores interiores que el lleva y por tanto la vivencia sobre la verdad del objeto que está tratando.
El conjunto de estos valores ya tiene un contenido ético que debe ajustarse a la verdad sobre el objeto: el cuerpo personal. Pero además la calidad y el modo de representación y simbolización artística deben adecuarse también a la verdad sobre el cuerpo humano. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con objeciones es porque descubrimos que en la intencionalidad de la obra de arte, o en su representación junto a la objetivación del hombre y de su cuerpo está presente de modo insoslayable una reducción del cuerpo al rango de objeto, de objeto de placer destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma.
Por otra parte debemos tener en cuenta al espectador (el ethos del ver). El mirar de este debe procurar esforzarse por descubrir esa verdad completa sobre el hombre, que representa la imagen. También puede quedarse en un consumidor superficial de impresiones, que aprovecha el encuentra con el tema-cuerpo para su sensibilidad.
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