Clase XIII. Amor, Castidad, Santa Pureza
La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones.
En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso.
Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.
En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral -y, en particular, el sexual- hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.
En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.
Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o «guarro», pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o «estrecho», pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.
La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es «normal». Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera «guarro», sino el que entiende como «normal» y «bueno». Así podremos situamos, rectificar lo necesario y comunicamos adecuadamente.
Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.
Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel «moral» -delicado o grosero- del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.
Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido -de entrada- como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, «guarras» o «poco delicadas». Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.
Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se viveadecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor «debe» considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.
Alguien podría objetar:
- ¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder!
Yo le respondería:- Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.
No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en unreunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.
— en ciertas conversaciones de la vida cotidiana, en las que aborda la sexualidad desde perspectivas no cristianas, con un lenguaje excesivamente crudo e impudoroso. A veces se cae, en aras de esa falsa naturalidad, en la grosería y la vulgaridad.
— en la aceptación acrítica de las formas y contenidos de algunosmedios de comunicación (libros, periódicos y revistas, TV, internet, anuncios, etc) y otros fenómenos sociales de gran impacto, como las canciones.
— en el modo de vestir, que sigue ciegamente los dictados y modelos de lo que se lleva, sin más.
— en la aceptación de determinados comportamientos, opuestos a la voluntad de Dios, que en una sociedad pagana se considera normal. Conviene recordar que las conductas aberrantes siguen siendo aberrantes por muy extendidas que estén (como el uso de determinadas drogas). Aunque lo patológico se convirtiera en cotidiano, no dejaría de ser patológico.
— en las alabanzas a pretendidas obras de arte profundamente inmorales. "El bien es la condición metafísica de la belleza" (Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4-IV-1999, 3,2); por tanto no se puede decir que una obra de arte sea plenamente bella si le falta la dimensión moral o va contra ella.