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Clase XIII. Amor, Castidad, Santa Pureza


 





Cómo hablar de esta virtud.
Sugerencias
para padres y educadores

 

  • Enseña San Pablo: La fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros; ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen (Ef 5,3-4).

    “Nunca hables, ni para lamentarte, de cosas o sucesos impuros. —Mira que es materia más pegajosa que la pez. —Cambia de conversación, y, si no es posible, síguela, hablando de la necesidad y hermosura de la santa pureza, virtud de hombres que saben lo que vale su alma”(Camino, n. 131).

 

Algunos párrafos del artículo La Castidad y los Jóvenes de Mikel Santamaría

Palabra, 442-443, IV-01 (217)

La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones.

En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso.

Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.

En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral -y, en particular, el sexual- hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.

En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.

Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o «guarro», pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o «estrecho», pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.

La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es «normal». Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera «guarro», sino el que entiende como «normal» y «bueno». Así podremos situamos, rectificar lo necesario y comunicamos adecuadamente.

Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.

Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel «moral» -delicado o grosero- del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.

Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido -de entrada- como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, «guarras» o «poco delicadas». Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.

Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se viveadecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor «debe» considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.

Alguien podría objetar:

- ¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder!

Yo le respondería:- Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.

No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en unreunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.


La naturalidad cristiana
  • Se percibe en la actualidad, una falsa "naturalidad" que confunde lo espontáneo con lo verdadero, y que está reñida con la auténtica naturalidad cristiana.

  • Esta falsa naturalidad se advierte, con mayor o menor intensidad:

en ciertas conversaciones de la vida cotidiana, en las que aborda la sexualidad desde perspectivas no cristianas, con un lenguaje excesivamente crudo e impudoroso. A veces se cae, en aras de esa falsa naturalidad, en la grosería y la vulgaridad.

en la aceptación acrítica de las formas y contenidos de algunosmedios de comunicación (libros, periódicos y revistas, TV, internet, anuncios, etc) y otros fenómenos sociales de gran impacto, como las canciones.

en el modo de vestir, que sigue ciegamente los dictados y modelos de lo que se lleva, sin más.

en la aceptación de determinados comportamientos, opuestos a la voluntad de Dios, que en una sociedad pagana se considera normal. Conviene recordar que las conductas aberrantes siguen siendo aberrantes por muy extendidas que estén (como el uso de determinadas drogas). Aunque lo patológico se convirtiera en cotidiano, no dejaría de ser patológico.

en las alabanzas a pretendidas obras de arte profundamente inmorales. "El bien es la condición metafísica de la belleza" (Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4-IV-1999, 3,2); por tanto no se puede decir que una obra de arte sea plenamente bella si le falta la dimensión moral o va contra ella.

 

  • Todo esto se opone al mensaje de Cristo. Siguiendo sus enseñanzas, recuerda san Pablo: la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros; ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen (Efesios 5,3-4).

  • La vida de los primeros cristianos —que vivían a contracorriente y se alejaban en muchos puntos de su conducta de los modelos dominantes de la sociedad pagana en la que vivían— siguen siendo una pauta para seguir en nuestros días.

Posibles conclusiones

  • Sería equivocado hablar de forma impura al intentar enseñar la virtud de la pureza.

    Lectura: Educación de la castidad
  • Se puede enseñar a vivir esta virtud hablando con claridad, pero sin caer en lo morboso.

    Lectura: Ni se mencione entre vosotros

  • Por esta razón, los padres y educadores cristianos siempre han tenido en cuenta que existen aspectos en la educación de esta virtud que, por su misma naturaleza, no se deben tratar en público, de modo indiscriminado con varias personas:

    — porque esos aspectos forman parte de la intimidad de la persona, de cada persona.

    — porque no es prudente que esos aspectos sean conocidos por jóvenes no hayan alcanzado cierta madurez.

    — porque se puede estimular, imprudentemente, una curiosidad malsana.

  • El hecho de que el lenguaje actual sea más explícito en estos temas y que las conductas inmorales estén más difundidas, deben llevar a los padres y educadores a actuar con un profundo sentido del equilibrio, que conjugue la claridad con la delicadeza; el sentido común con la visión sobrenatural.

  • El enfoque debe ser genuinamente cristiano; es decir: positivo, esperanzado, animante y limpio. No tendría sentido caer en la casuística; en la amenaza o el derrotismo. Siguiendo la tradición de la Iglesia, al tratar de cuestiones relacionadas con la castidad, conviene no detenerse más de lo imprescindible en la descripción de conductas pecaminosas.
  • Hablar en presencia de la Virgen. A los padres y educadores cristianos puede servirles recordar que la Madre de Dios es Madre del Amor Hermoso. Si recurren a la Virgen y hablan de estos temas en su presencia, Santa María les ayudará a encontrar la expresión adecuada, clara, delicada y precisa.
  • Puede ser un buen punto de partida para algunos padres y educadores la lectura del Vademecum para los confesores sobre moral conyugal (12-II-1997), del Consejo Pontificio para la Familia.



 

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