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Clase VI. La oración del alma


El Padrenuestro


Hay muchas oraciones cristianas. El arte ha inmortalizado, por ejemplo, el rezo del Ángelus al mediodia, con el famoso lienzo de Millet.

Pero el Padrenuestro es la oración por excelencia, porque nos la enseñó Jesucristo. Es el modelo de toda oración.

 

        Padre nuestro: con esta invocación nos dirigimos a Dios padre, que es la Primera Persona de la Santísima Trinidad, Dios Padre, que nos ha hecho hijos suyos adoptivos (cfr. Catecismo, 2782).

       Que estás en el cielo (cfr. Catecismo, 2794 y 2795): Dios está en todas partes y el Espíritu Santo mora en nuestra alma en gracia, junto con el Padre y el Hijo, mientras no le expulsemos por un pecado grave.

      Santificado sea tu nombre (cfr. Catecismo, 2807) Pedimos para que Dios sea conocido, amado, honrado y servido por todos los hombres de la tierra.

       Venga a nosotros tu Reino: queremos que Dios reine en nuestra alma por la gracia y que su Reino en la tierra (la Iglesia) se extienda cada día más, para que todos podamos reinar con Él en el Cielo (cfr. Catecismo, 2818).

      Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo: la Voluntad de Dios es que todos los hombres se salven (cfr. Catecismo, 2822). Nosotros le pedimos siempre que se haga lo que Dios quiera, no lo que queremos nosotros, porque a veces no sabemos pedir lo que realmente nos conviene.

        Danos hoy nuestro pan de cada día: le pedimos a Dios lo necesario para la vida del alma -el Pan de la Eucaristía- y para la vida del cuerpo (cfr. Catecismo, 2830 y 2831).

       Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: si perdonamos al prójimo -es decir a todos los que nos rodean-, también Dios nos perdonará a nosotros (cfr. Catecismo, 2839 y 2840).

       No nos dejes caer en la tentación: le pedimos a Dios que nos ayude a vencer las tentaciones: huir de las ocasiones de pecar, a ser constantes en la oración, a acudir con frecuencia a los sacramentos, etc. (cfr. Catecismo 2846-47).

      Y líbranos del mal: le pedimos a Dios que nos libre del único verdadero mal, que es el pecado; le rogamos también que nos libre de la pena que trae consigo el pecado, que es la condenación. (cfr. Catecismo, 2850-51).


 

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