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Clase XII. La obediencia cristiana: tras los pasos de Cristo


¿Qué es la obediencia?


Todos obedecemos, de un modo o de otro. Los que forman parte de un equipo de fútbol obedecen -en diferente medida- a los deseos del entrenador, al árbitro, a la afición... Los hijos obedecen a sus padres; los ciudadanos a los gobernantes; los trabajadores al que les dirige...

La obediencia cristiana es un acto libre que busca realizar la voluntad de Dios en la propia vida, para identificarse con Jesucristo.

En el Antiguo Testamento la obediencia a Dios era la virtud fundamental; el Nuevo Testamento nos presenta la obediencia de Cristo a su Padre Dios; a María y a José; y a las autoridades.

Al que obedece, Dios le da la victoria, se lee en el Libro de los Proverbios: vir oboediens loquetur victoriam


Obediencia a Dios


En el Catecismo de la Iglesia Católica se recuerda la necesidad de obedecer a la Ley de Dios.

Obedecer la ley de Dios


 

 










Cristo,


Cristo,
obediente hasta la muerte;
y muerte de Cruz

Cristo Crucificado, por Kiko Argüello

  • Cristo nos redimió obedeciendo la Voluntad del Padre. Fue obediente hasta la muerte y muerte de Cruz.

  • Recuerda el Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, 3: Jesucristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los Cielos, nos reveló su misterio y realizó la redención con su obediencia.

  • Recuerda san Agustín: "Pero no bastó a Dios indicarnos el camino por medio de su Hijo: quiso que Él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él" (Comentarios)


La obediencia de la Virgen María


Como recuerda el Compendio, 24, aunque en la Sagrada Escritura hay muchos modelos de obediencia en la fe, hay dos que destacan particularmente:


"Abraham, que sometido a prueba, "tuvo fe en Dios" Rm, 4,3) y siempre obedeció a su llamada; por esto se convirtió en "padre de todos los creyentes" (Rm, 4, 11.18). Y la Virgen María, quien ha realizado del modo más perfecto, durante toda su vida, la obediencia en la fe: "fiat mihi secundum Verbum tuum=hágase en mí según tu palabra".

 

Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente.

Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc I, 38.).

¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios ”(Cfr. Rom VIII, 21.). (Textos de la Homilía “La Virgen Santa, causa de nuestra alegría” en Es Cristo que pasa).

 


Primeros cristianos, Padres, santos, autores de espritualidad

 
  • San Juan Crisóstomo: "Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia" (Homilía sobre san Mateo, 56)

  • San Agustín: "Cristo, a quien el universo está sujeto, estaba sujeto a los suyos" (Sermón 51).

  • Santa Teresa: "Muchas veces me parecía no se poder sufrir el trabajo comforme a mi bajo natutral, me dijo el Señor: Hija, la obediencia da fuerzas". (Fundaciones)
  • Fray Luis de León: "La aceptación del sufrimiento no está en no sentir, que eso es de los que no tienen sentido, ni en no mostrar lo que duele y se siente, sino aunque duela, y por más que duela, en no salir de la ley ni de la obediencia a Dios. Que el sentir, natural es a la carne, que no es bronce" (Exposición del libro de Job, c. 3)
  • San Francisco de Sales recuerda que hay que obedecer no sólo en lo que nos cuesta, sino también lo que nos gusta: "Haz de obedecer cuando te manden cosas agradables, como es el comer y divertirse, porque aunque entonces no parece gran virtud el hacerlo, el no hacerlo sería gran defecto" (Introducc, 3, 11)


Santo Tomás Moro: Dios nos da fortaleza para obedecer y hacer su voluntad en los momentos difíciles


«Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturados y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento, su miedo inigualables.

De otra manera, desanimadas esas personas al comparar su propio estado temeroso con la intrépida audacia de los más fuertes mártires, podrían llegar a conceder sin más aquello que temen que de todos modos les será arrebatado por la fuerza. A quien en esta situación estuviera, parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz:

"Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento. Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se acercaba el sufrimiento.

Deja que el hombre fuerte tenga como ejemplo mártires magnánimos, de gran valor y presencia de ánimo.

Deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y enfermizo, tómame a Mí como modelo. Desconfiando de ti, espera en Mí.

Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores.

Agárrate al borde de mi vestido y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso" (La agonía de Cristo, La oración en Getsemaní)
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Humildad y obediencia

 


Escribe San Francisco de Sales en su Tratado del Amor de Dios

Todo es seguro dentro de la obediencia y todo se vuelve sospechoso fuera de ella. Cuando Dios concede sus inspiraciones a un alma, la primera es la de la obediencia...

Por esa razón, aquel que dice que actúa por inspiración de Dios, pero se niega a obedecer a sus superiores y a secundar sus recomendaciones, es un impostor. Todos los profestas y predicadores inspirados por Dios han amado siempre la Iglesia, han guardado su doctrina, han sido aprobados por ella...

San Francisco, santo Domingo y el resto de los Padres de las órdenes religiosas, se consagraron al servicio de las almas después de una inspiración extraordinario, y precisamente por eso, se sometieron más humilde y sinceramente a la sagrada jerarquía de la Iglesia.

Por eso, las tres señales mejores y más seguras de la inspiración verdadera son:

la perserverancia, frente a la inconstancia y la frivolidad

la paz y la serenidad del alma, frente a la angustia y el falso celo

la obediencia humilde, frente al afán singularizarse y la terquedad

 


 





Obediencia y libertad



“No concibo que pueda haber obediencia verdaderamente cristiana, si esa obediencia no es voluntaria y responsable. Los hijos de Dios no son piedras o cadáveres: son seres inteligentes y libres, y elevados todos al mismo orden sobrenatural, como la persona que manda.

Pero no podrá hacer nunca recto uso de la inteligencia y de la libertad –para obedecer, lo mismo que para opinar– quien carezca de suficiente formación cristiana. (...)


Ciertamente, el Espíritu Santo distribuye la abundancia de sus dones entre los miembros del Pueblo de Dios –que son todos corresponsables de la misión de la Iglesia–, pero esto no exime a nadie, sino todo lo contrario, del deber de adquirir esa adecuada formación doctrinal”. (San Josemaría, Conversaciones)


 





Obediencia a los padres


Lectura: el deber de obedecer a los Padres


Los padres y la vocación de los hijos

  • ¿Hay que obedecer a los padres cuando estos se oponen, sin justa causa, a que un hijo mayor de edad se entregue a Dios?

Contesta el Catecismo:

2232 Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza.


Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús
(cf Mt 16,25): "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi" (Mt 10,37).

2233 Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: "El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,49).

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.

  • ¿Esto significa falta de amor y cariño a los padres?

    El que sigue la voluntad de Dios quiere a sus padres con el Amor de Dios, al que pone en primer lugar en su corazón. Ese Amor a Dios le lleva a amar profundamente a sus padres, a los que debe en gran medida su vocación cristiana, con un amor ordenado.

    Escribe
    santa Teresa cuánto le costó abandonar la casa paterna y cuánto le ayudó Dios en aquella situación.



    "...cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me muera. Porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante.

    Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra.

    En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura. (Libro de la Vida, cap. 4, 1-2).


 

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