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Clase VII. La oración del cuerpo.


Pasión y muerte de Jesucristo en la Cruz. Algunas ideas esenciales para recordar


 

Jesucristo padeció y murió por nuestros pecados

 Como consecuencia del pecado original, los hombres nacemos esclavos del pecado, del demonio y de la muerte.

La Redención (que significa rescate) sólo podía venir de Dios.

Los hombres no teníamos posibilidad alguna de reparar por nosotros mismos y satisfacer a la justicia divina, ni podíamos merecer el perdón y alcanzar la gracia y la amistad con Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven

La Voluntad del Padre es que todos los hombres se salven (cfr. I Tim 2,4). Por amor nuestro, Dios Padre entregó a su Único Hijo (cfr. Ef 2,4-5; I Ioann 4,9-10).

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, para que, redimidos los hombres del pecado, fuéramos constituidos hijos de Dios (cfr. Gal 4,5), partícipes de la vida divina de la Santísima Trinidad.

Se dice en el Credo que Cristo, "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo... y por nuestra causa fue crucificado".

 Para redimirnos, Cristo se hizo "obediente hasta la muerte y muerte de Cruz" (Philip 2,8). Toda la vida de Cristo es cumplimiento de la Voluntad del Padre, y la entrega de su vida en la Cruz es la suprema manifestación de su obediencia a la Voluntad divina (cfr. Lc 22,42; Catecismo, 606-607).

"Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres «los amó hasta el extremo» (Ioann 13,1)... aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar" (Catecismo, 609).

               

El sacrificio de la Cruz

Jesucristo anticipó en la Ultima Cena la ofrenda de su vida, instituyendo la Santísima Eucaristía: "Este es mi Cuerpo que será entregado por vosotros" (Lc 22,19). "Esta es mi Sangre de la Alianza que será derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26,28).

La Eucaristía es "memorial" de su sacrificio en la Cruz (cfr. I Cor 11,25).

Jesucristo instituyó a los Apóstoles como sacerdotes y les mandó: "Haced esto en conmemoración mía" (Lc 22,19) (cfr. Catecismo, 610-611).

En la Cruz, Cristo se ofreció a sí mismo como víctima inmaculada a Dios Padre por medio del Espíritu Santo (cfr. Heb 9,14).

Un verdadero y perfecto sacrificio

Jesucristo, Sacerdote y Víctima a la vez, realizó un verdadero y perfecto sacrificio, pues entregó su vida, en un acto de amor y obediencia a la voluntad del Padre, y "se ofreció a Dios por nosotros en oblación y hostia de olor suavísimo" (Ef 5,2; cfr. Catecismo, 613).


"Este sacrificio es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cfr. Heb 10,10)" (Catecismo, 614).

El Sacrificio de Cristo tiene "valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo" (Catecismo, 616), porque nos redime (rescata) de la esclavitud del pecado, repara (sana, levanta) la enfermedad o la caída del pecado, expía o sufre, en nuestro lugar, la pena del pecado, y satisface por la ofensa a Dios —la culpa del pecado— reconciliándonos con Él.

La Redención obrada por Cristo es universal

La Redención obrada por Cristo en la Cruz es universal, se extiende a todo el género humano. Pero es preciso que llegue a aplicarse a cada uno el fruto y los méritos de la Pasión y Muerte de Cristo, principalmente por medio de los Sacramentos.

Jesucristo es el Único mediador

Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres (cfr. I Tim 2,5). Pero Dios Padre ha querido que fuéramos no sólo redimidos sino también corredentores (cfr. Catecismo, 618). Nos llama a tomar su cruz y a seguirle (cfr. Mt 16,24), porque Él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (I Petr 2,21).


El valor redentor de la enfermedad y el dolor

Dios no ha querido librarnos de todas las penalidades de esta vida, para que aceptándolas nos identifiquemos con Cristo, merezcamos la vida eterna y cooperemos en la tarea de llevar a los demás los frutos de la Redención.

La enfermedad y el dolor, ofrecidos a Dios en unión con Cristo, alcanzan un gran valor redentor, como también la mortificación corporal practicada con el mismo espíritu con que Cristo padeció libre y voluntariamente en su Pasión: por amor, para redimirnos expiando por nuestros pecados.

El ejemplo de Jesucristo en la Cruz

En la Cruz, Jesucristo nos da ejemplo de todas las virtudes:

                — de caridad: "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (cfr. Ioann 15,13);

                — de obediencia: se hizo "obediente al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz" (Philip 2,8);

                — de humildad, de mansedumbre y de paciencia: soportó los sufrimientos sin evitarlos ni suavizarlos, como un manso cordero (Jer 11,19);

                — de desprendimiento de las cosas terrenas: el Rey de Reyes y Señor de los que dominan aparece en la Cruz desnudo, burlado, escupido, azotado, coronado de espinas, por Amor.


 

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