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Clase VIII. Madurez, carácter y personalidad


Lecturas previas

Texto fundamental para preparar esta clase:

David Isaacs: La educación de las virtudes humanas y su evaluación. Eunsa. 13ª edición

 

  • Virtudes humanas


  • A. Polaino. Familia y austoestima. Ariel.

  • J. de las Heras. Conócete mejor. Espasa.

  • M. A. Martí. La Madurez. La Intimidad. La admiración. Ediciones Internacionales universitarias.

Cristo, el único modelo

  • Cristo es el único modelo para el cristiano
  • Cristo es el camino para alcanzar la verdadera libertad, interior y exterior


    • "Cuanto más se hace el bien -recuerda el Compendio del Catecismo, 363- más libre se va haciendo también el hombre. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, Bien supremo y Bienaventuranza nuestra".
  • Un cristiano enamorado de Cristo se esfuerza y desea asemejarse a Él en todo: en su vida, en sus aspiraciones y en su propio carácter.

 

Temperamento y carácter

  • ¿Qué es el temperamento?

Es la parte heredada de nuestra personalidad, la constitución particular de cada individuo, fruto de sus características fisiológicas y orgánicas.


Podría decirse que el temperamento es como la caja de la guitarra y el carácter como las cuerdas de la guitarra, que se van templando con el ejercicio de las virtudes.


Se le suele llamar “modo de ser”: “es una persona de temperamento apasionado”; -se suele decir- “es de temperamento tranquilo”.

  • El temperamento es un punto de partida, y ofrece un posible desarrollo positivo y otro negativo.

  • Mediante el ejercicio de las virtudes el temperamento se va templando como las cuerdas de la guitarra.

    • Una cuerda excesivamente tensada se acaba rompiendo y una cuerda sin tensar no sirve para nada.

    • Del mismo modo, dependiendo de como cultive las virtudes, una persona de temperamento apasionado puede acabar siendo un santo ferviente o un fanático alocado.

    • Y una persona de temperamento tranquilo puede acabar siendo un hombre sereno o un indolente apático.
  • ¿Qué es el carácter?

    • Es la parte no heredada, voluntaria, de nuestra personalidad; el conjunto de cualidades y rasgos psíquicos, afectivos y morales, que se conjugan con los heredados y adquiridos, y acaban conformando el modo de ser y de comportarse de cada persona.

 



La lucha cristiana por mejorar el carácter para identificarse con Cristo

  • Una persona que se propone vivir con plenitud la vocación cristiana recibida en el bautismo se esfuerza por luchar para mejorar su carácter, para identificar su personalidad con la de Jesucristo, con la ayuda de la gracia.

    No digas: "es mi genio así..., son cosas de mi carácter. Son cosas de tu falta de carácter: sé varón - "esto vir" (Camino, n. 4).

  • Se oponen a esa identificación con Jesucristo:

— el pensar constantemente en uno mismo (egoísmo).

— el mal genio, “el mal temperamento”, contra el que no se lucha (ira).

— la imaginación desbordada, a la que no se pone control (sensualidad).

— los caprichos y las manías consentidas.

—el “dejarse llevar”, sin resistencia, por los estados de ánimo

— vivir pendientes del que dirán, dejándose influenciar excesivamente por lo que “está bien visto” o “mal visto” en un determinado momento .

— las tozudeces: los arbitrarios: “¡por que sí, porque yo lo digo!”.

— el engreimiento del vanidoso que no acepta ni escucha realmente ningún consejo, aunque los oiga.

— el deseo de imponer la propia opinión a los demás, a toda costa.

— la mala educación, la chabacanería en el actuar y la grosería en el hablar, con la excusa en ocasiones de que “así lo hacen todos mis amigos ”.

— las rarezas contra las que no se lucha (gusto excesivo por la soledad, complicaciones interiores, etc.)

  • ¿Identificarse con Cristo significa perder la propia personalidad?

— Al contrario: significa llevarla a su plenitud, dejar que Cristo triunfe en la propia personalidad, en el carácter y el modo de ser.

— Los santos se identificaron con Cristo manteniendo su propio modo de ser: por eso hay santos de temperamentos y caracteres tan distintos. No hay ningún carácter que con la ayuda de la gracia de Dios no se pueda mejorar.



La Iglesia se ha planteado abrir la Causa de Canonización de Fesch, un francés ejecutado tras una condena a muerte por un asesinato.


En la cárcel, antes de que le ejecutaran, Fesch experimentó una transformación soprendente, porque dejó actuar a la gracia en su alma y mejoró extraordinariamente de carácter.

Hasta entonces Fesch había dejado que los grandes defectos de su carácter (el egoísmo, la irascibilidad, la sensualidad, la inmadurez, etc.) dominaran su vida y se apoderaran de su personalidad, llegando a cometer un asesinato en un momento de ofuscación.

Es un ejemplo más de la fuerza de la gracia, de la libertad y del amor a Dios.


¿Cómo podemos asemejarnos a Cristo con nuestro carácter y temperamento?
  • Mediante la petición de gracias y el esfuerzo cotidiano en la oración y la Eucaristía; mediante el testimonio y compromiso cristiano. Dios quiere que seamos felices en esta tierra y felices eternamente en el Cielo; pero somos nosotros los que elegimos libremente el Camino de la Felicidad que es Cristo: “Yo soy el Camino”.

  • El cristiano debe ir apartando de su vida, de su carácter y modo de ser, dejando actuar a la gracia de Dios en su alma, todo lo que le aparte de Cristo, que es Camino, Verdad, Vida, Amor Supremo y sin medida.

  • ¿Qué significa tener buen carácter?

 



¿Qué es la madurez humana y cristiana?

Cómo conocerse mejor a sí mismo.


Aunque en términos absolutos no puede hablarse de un joven maduro, ya que la madurez necesita del paso de los años, si que puede hablarse de un joven maduro en términos relativos.

Para ser un joven maduro se requiere:

  • Buscar un equilibrio entre la razón y la afectividad, cultivando la libertad y la responsabilidad.

  • Educar la imaginación y vivir en el presente.

  • Educar los impulsos y los estados de ánimo.

  • Aprender a aceptar la realidad, los propios defectos, los errores del pasado y a las personas que nos rodean.

  • Evitar las malas comparaciones con los demás, sin estar pendientes de “qué dirán”.

  • Mostrarse a los demás, con sencillez.

  • Aprender a tomar decisiones, sin precipitaciones y sin miedos exagerados a equivocarse.

  • Procurar cultivar el sentido del humor y el optimismo.

 


La madurez lleva a la humilde aceptación de sí mismo y a la autoestima



¿Qué es la autoestima?

 

Aceptarse a sí mismo

“Muy a menudo –escribe Jacques Philippe en La libertad interior- , lo que impide la acción de la gracia divina en nuestra vida no son tanto nuestros pecados o errores como esa falta de aceptación de nuestra debilidad, todos esos rechazos más o menos conscientes de lo que somos o de nuestra situación concreta.

Para «liberar» la gracia en nuestra vida y permitir esas transformaciones profundas y espectaculares, bastaría a veces con decir «sí» (un sí inspirado por la confianza en Dios) a aquellos aspectos de nuestra vida hacia los cuales mantenemos una postura de rechazo interior.


Si no admito que tengo tal falta o debilidad, si no admito que estoy marcado por ese acontecimiento pasado o por haber caído en este o aquel pecado, sin darme cuenta hago estéril la acción del Espíritu Santo. Éste sólo influye en mi realidad en la medida en que yo lo acepte: el Espíritu Santo nunca obra sin la colaboración de mi libertad.


Y, si no me acepto como soy, impido que el Espíritu Santo me haga mejor.

De forma análoga, si no acepto a los otros tal y como son (y, por ejemplo, me paso la vida exigiéndoles que correspondan a mis esperanzas), tampoco permito al Espíritu Santo que actúe de modo positivo en mi relación con ellos o que convierta esta relación en una oportunidad para el cambio”.


 





Algunas de las cualidades, valores y virtudes que debe cultivar un cristiano

Para identificarse con Cristo, Perfecto Dios y también Perfecto hombre, los jóvenes cristianos deben luchar, por iniciativa propia, empeñando la propia libertad, para adquirir estas virtudes.



¿Cómo mejorar en las virtudes?



Esta lista no es exhaustiva. No se citan, por ejemplo, algunas virtudes particularmente importantes, como la prudencia -que lleva a hacer lo que se debe en el momento oportuno- que gobierna todas las virtudes.

1. Abnegación y espíritu de servicio:


Enseña Jesucristo: "Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en redención por muchos" (Mt. 20, 26-28).

— El espíritu de servicio conduce a la entrega plena al servicio de Dios y de las almas: ése es el único éxito que debe buscar verdaderamente un alma dedicada a Dios.


 
2. Aceptación de uno mismo: aceptarse supone conocerse y aceptar sin dramatismos la propia identidad. Lleva a asumir los propios defectos y limitaciones, sin exagerarlos, conociendo también las propias virtudes. Lleva a quererse, y quererse no sólo en los aspectos positivos y agradables que descubrimos en nosotros, sino también en los negativos, aceptando las propias imperfecciones y luchando contra ellas con serenidad y sentido positivo.

Lleva a tolerarse y a tolerar a los demás; a aceptar los defectos; a no esconderlos; no a resignarse ante ellos. Lleva también a asumir con humildad y serenidad los errores del pasado, sin darle vueltas, sin lamentos, sin nostalgias, procurando vivir en el presente.



Lectura: Carácter y autoestima

 

Durante mucho tiempo consideré la baja autoestima una virtud. Me habían prevenido tanto contra el orgullo y la presunción que llegué a considerar que despreciarme era algo bueno. Pero ahora me he dado cuenta que el verdadero pecado es negar el amor de Dios hacia mí, ignorar mi valía personal.

(Henri J. M. Nouwen, El Regreso del hijo pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, PPC).

 

La propia aceptación, la autoestima, es fruto de madurez, de conocerse bien y lleva a valorarse adecuadamente, sin sentimientos de inferioridad, derrotismo, etc; y a confiar adecuadamente -sin ingenuidades ni presuntuosidades- en uno mismo.

 

Quien debido a su madurez se estima a sí mismo, no necesita de grandes títulos para concederse el respeto que se merece (...) Situar fuera del núcleo del hombre el punto de referencia de la autoestima es, no cabe duda, una equivocación. No por más títulos se es mejor persona. (...)

Hay que conseguir no identificar autoestima con éxito profesional. (...) En lugar de preguntar con tanta frecuencia: ¿qué es? debiéramos dirigir nuestra interrogación a: ¿quien es? (M. A. Martí, La madurez).

 



La Prudencia

 

Justicia

 

 

3. Alegría: se la ha llamado virtud-resumen; porque más que virtud, es fruto del resto de las vrtudes.

Me dormí y soñaba que la vida no era más que alegría.
Me desperté y vi que la vida no era más que servir.
Serví y vi que el servir era alegría.

Rabindranath Tagore. Dramaturgo, poeta y filósofo indio.



4. Amistad:


lleva a ser amigo siempre, “a las duras y las maduras”, a ser leal en situaciones difíciles; a no utilizar, no instrumentalizar la amistad para beneficio personal, porque la amistad es un bien en sí misma. (Soy amigo de éste de mi clase para conseguir que me invite a la casa que tiene en la playa).

La amistad lleva a compartir, a comunicar. No es buen amigo, por ejemplo, el que celebra los cumpleaños de los demás, pero no quiere que le celebren a él: la amistad se goza sobre todo en el gozo del otro.

La amistad lleva a seguir cultivando los lazos de afecto con el paso del tiempo, sin perder amigos por simple abandono. Exige aprender a comunicarse, a saber compartir alegrías y penas (y no sólo una de estas dos posibilidades).



Cuando uno es amigo de sí mismo,
lo es también de todo el mundo.

Séneca


5. Audacia:


lleva a actuar conforme a los propios principios, superando el miedo a no ser aceptado, el miedo a contrariar, a llamar la atención, a ser tildado de algo, a caer mal… (No me atrevo a decir lo que pienso, porque no es “políticamente correcto”).


Si de verdad vale la pena hacer algo,
vale la pena hacerlo a toda costa.

G. K. Chesterton (1874-1936). Escritor británico.


No es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles,
sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas.

Séneca


6. Autonomía, sentido de la solidaridad y capacidad de independencia.

  • Una persona madura es la que se esfuerza por conjugar sabiamente, con equilibrio, un espíritu de solidaridad con los demás con un sentido de la legítima autonomía e independencia.

  • Ser autónomo no es lo mismo que ser egoistamente independiente, insolidario o individualista: "la persona que vive su vida al margen de los demás".

  • Ser autónomo significa no depender para todo de los demás, ni recurrir por principio a los demás para que resuelvan los problemas que debemos resolver por nosotros mismos. La persona autónoma aprende a correr riesgos, a asumir sus errores, a “sacarse las propias castañas del fuego”.


  • Tener capacidad de independencia lleva a pedir ayuda cuando se necesita, pero no por principio. Obrar o buscar una excesiva independencia de los demás suele ser muestra de inmadurez, lo mismo que no saber pedir ayuda puede ser muestra de vanidad.

  • El sentido de la independencia lleva a no sobrevalorar excesivamente las opiniones contradictorias de los demás, y a quitarle importancia al qué dirán.



    Lectura sobre este aspecto: personas de criterio.


  • Forma parte de esta y de otras virtudes el no compararse con los demás, que suele llevar al rencor, a la envidia y en casos extremos a culpabilizar a los compañeros, al Colegio, al Instituto, al Ayuntamiento, al Planeta entero porque a uno le han suspendido... la asignatura de inglés.

  • Sobre la solidaridad: contar con los demás

7. Capacidad de adaptación a los cambios:


Es una cualidad muy importante, ya que es fruto de aceptar la vida tal como es.

No se trata de preveerlo todo, o de tener todas las soluciones previstas de antemano, analizando todas las posibles dificultades, aferrándose al plan trazado en un principio, sino de acoger la realidad tal como se plantea y cultivar la capacidad de improvisación ante lo inesperado.

La capacidad de adaptación lleva a discernir en cada momento qué es lo que se presenta como urgente y qué es lo verdaderamente importante.


Por ejemplo, puede ser urgente que esta tarde tome este bus o esta guagua para ir a clase de inglés; puedo pensar que si no salgo a tiempo llegaré tarde; pero quizá lo importante no es que llegue a tiempo a clase, sino que me matricule de esta asignatura de inglés; porque, si no estoy matriculado, aunque haya asistido puntualmente a todas las clases durante el curso, al final -eso es lo importante- no podré examinarme.

Esta capacidad exige saber improvisar, con creatividad, porque los acontecimientos no suelen desarrollarse exactamente como los habíamos planeado.

Esa capacidad lleva a rectificar cuando es necesario, sin obcecaciones.

Facilita la capacidad para aceptar lo que no se ha elegido.


Escribe Jacques Philippe:

Aceptar sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, esta o aquella situación que la vida le impone, etc., es "algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control.

Pero la verdad es ésta: las situaciones que nos hacen crecer de verdad son precisamente aquellas que no dominamos. (…) La mayor ilusión del hombre es la de dominar su vida. Porque la vida es un don que, por su misma naturaleza, escapa a todo intento de ser dominado”.

Philippe señala tres actitudes posibles “frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desagrada o que consideramos negativo.

La primera es la rebelión; es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc. La rebelión no siempre es negativa. Puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias brutalmente dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos encerrados en ella.

Al término rebelión se le puede dar también otro significado positivo: el del rechazo de una situación inadmisible que nos hace obrar respecto a ella empujados por justas motivaciones y con medios legítimos y proporcionados. Nosotros nos referimos aquí al término rebelión en su sentido de rechazo de lo real.

La rebelión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento.

Quizá cierto romanticismo literario haya hecho apología de la rebelión, pero basta un mínimo de sentido común para darse cuenta de que jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y propaga más aún el mal que pretende remediar.

A la rebelión tal vez le suceda la resignación: como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. Al lado de la rebelión, la resignación puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud menos agresiva y más realista.

Sin embargo, es insuficiente; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca cristiana, porque carece de esperanza. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más. Aunque puede ser una etapa necesaria, resulta estéril si se permanece en ella.

La actitud a la que conviene aspirar es la aceptación. Con respecto a la resignación, la aceptación implica una disposición interior muy diferente. La aceptación me lleva a decir «sí» a una realidad percibida en un primer momento como negativa, porque dentro de mí se alza el presentimiento de que algo positivo acabará brotando de ella. En este caso existe, pues, una perspectiva esperanzadora.

Así, por ejemplo, puedo decir sí a lo que soy a pesar de mis fallos, porque me sé amado por Dios; porque confío en que el Señor es capaz de hacer cosas espléndidas con mis miserias. Puedo decir sí a la realidad más ruin y más frustrante en el plano humano, porque -empleando la forma de expresarse de Santa Teresita de Lisieux- creo que «el amor es tan poderoso que sabe sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en mí».

La diferencia decisiva entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última –incluso si la realidad objetiva en la que me encuentro no varía- la actitud del corazón es muy distinta, pues en él anidan ya podríamos decir que en estado embrionario, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad.


Aceptar mis miserias, por ejemplo, es confiar en Dios que me ha creado tal y como soy.


Este acto de aceptación implica la existencia de fe en Dios, de confianza en Él y también de amor, pues confiar en alguien ya es amarle. A causa de esta presencia de la fe, la esperanza y la caridad, la aceptación cobra un valor, un alcance y una fecundidad muy grandes.

Porque (no nos cansaremos de decirlo), en cuanto hay algo de fe, de esperanza y de caridad, automáticamente hay también disponibilidad a la gracia divina, hay acogida de esta gracia y, más pronto o más tarde, hay efectos positivos.

La gracia de Dios nunca se da en vano a quien la recibe, sino que resulta siempre extraordinariamente fecunda.”

 



 


8. Capacidad de decisión:


es fruto del análisis, de la reflexión y de la puesta en práctica en el tiempo oportuno.

  • Supone combatir la precipitación a la hora de tomar decisiones. (Estoy estudiando sánscrito en vez de inglés, que es lo que me interesa, porque se me ocurrió de pronto).

  • Y lleva a combatir el análisis exagerado antes de decidirse, nacido de la inseguridad o el miedo a equivocarse. Con frecuencia no por analizar un problema una vez más se acaba resolviendo. (Voy a pensar durante todo este curso si es oportuno que me matricule en inglés durante el curso que viene).


9. Compasión:


nace de la humildad, de la preocupación por los demás y del conocimiento propio y lleva a compadecerse y a participar de las penas de los demás, sin ridiculizar nunca sus defectos morales, de carácter, de educación o físicos.

El cristiano debe afrontar aquellas realidades en las que puede actuar positivamente, ejerciendo su compasión; pero, como todas las virtudes, hay que ejercitar esa compasión con prudencia.


No sería compasiva una persona que buscase denodadamente las situaciones trágicas, que leyese fundamentalmente noticias luctuosas y se recrease unicamente, quizá con morbosidad inconsciente, en el lado sombrío de la existencia.


10. Comprensión:

 




La comprensión va muy unida a la caridad. Es el fruto de escuchar al otro dedicándole tiempo, de atenderle con espíritu abierto y sin prejuicios, aunque se esté en desacuerdo con él.

Exige cultivar el lenguaje de la comprensión, fruto de la humildad, en el que intervienen el respeto, el deseo de aprender del otro, la sugerencia delicada, la frase de aliento, el gesto afable (quizá podrías plantearte...), etc; evitando el lenguaje impositivo, autoritario, tajante, sentencioso: "lo que a ti te pasa es qué", la soberbia en último término.

Lectura: Personalidad y soberbia

El hombre comprensivo se esfuerza por cultivar el arte de saber escuchar. Este arte exige:

-Respeto auténtico hacia el otro.

-Cultivar la capacidad de comunicación, diciendo lo que se deba decir.

-Dejar hablar largo rato, sin inetrrumpir, ni hacer gestos de fastidio o de cansancio, sin actitudes de prisa o urgencia.

- Escucharle en momentos de desahogo, en los que pueden decir expresiones, argumentos inconvenientes, que se pueden rebatir en otro momento, pero no en ése, ya que lo más probable es que la persona lo que desee y necesite en ese momento es ser escuchada.



Escribe Philippe en su libro La libertad interior:


Todos tenemos caracteres bien diferenciados, maneras de ver las cosas opuestas, y sensibilidades opuestas, y éste es un hecho que hay que reconocer con realismo y aceptar con humor.

A algunos les encanta el orden y el menor síntoma de desorden crea en ellos inseguridad.

Hay otros que en un contexto excesivamente cuadriculado y ordenado se asfixian enseguida.

Los que aman el orden se sienten personalmente agredidos por quienes van dejándolo todo en cualquier sitio, mientras que a la persona de temperamento contrario la agobia quien exige, siempre y en todo, un orden perfecto.

Y enseguida echarnos mano de consideraciones morales, cuando no se trata más que de diferencias de carácter.


Todos padecemos una fuerte tendencia a alabar lo que nos gusta y conviene a nuestro temperamento, y a criticar lo que no nos agrada. Los ejemplos serían interminables.

Y, si no se tiene esto en cuenta, nuestras familias y nuestras comunidades correrán el riesgo de convertirse en permanentes campos de batalla entre los defensores del orden y los de la libertad, entre los partidarios de la puntualidad y los de la flexibilidad, los amantes de la calma y los del tumulto, los madrugadores y los trasnochadores, los locuaces y los taciturnos, y así sucesivamente.

De ahí la necesidad de educamos para aceptar a los demás como son, para comprender que su sensibilidad y los valores que los sustentan no son idénticos a los nuestros; para ensanchar y domar nuestro corazón y nuestros pensamientos en consideración hacia ellos.

Es este un aspecto especialmente importante en las relaciones entre hombres y mujeres. Tras algunos decenios del dominio de una ideología que, confundiendo igualdad con identidad, ha sostenido que el hombre y la mujer son perfectamente intercambiables, ahora estamos redescubriendo (afortunadamente) las profundas diferencias psicológicas entre ambos sexos.

Una tarea complicada que nos obliga a relativizar nuestra inteligencia, a hacernos pequeños y humildes; a saber renunciar a ese «orgullo de tener razón» que tan a menudo nos impide sintonizar con los otros; y esta renuncia, que a veces significa morir a nosotros mismos, cuesta terriblemente.

Pero no tenemos nada que perder. Es una suerte que nos contraríe la manera de ver las cosas de los demás, pues así tendremos ocasión de salir de nuestra estrechez de miras para abrimos a otras cualidades.

Hace 25 años que vivo en comunidad y he de reconocer que, a fin de cuentas, he acabado recibiendo más de aquellos con quienes no me entendía que de aquellos a los que me unía cierta afinidad.

De haberme limitado a frecuentar a personas de mi misma sensibilidad, esos otros valores distintos a los míos nunca me habrían abierto los nuevos horizontes que he llegado a descubrir".

 

 


11. Constancia:


Exige cultivar la voluntad en lo pequeño, día tras día, sabiendo valorar los pequeños logros que se alcanzan, sin desanimarse.

Lecturas:


Constancia y tenacidad



Carácter y voluntad


12. Discreción:

es la prudencia en el juzgar, en el obrar, en el hablar, que lleva a actuar y hablar con oportunidad. Su falta provoca muchos disgustos.

  • Es discreta la persona que procura no hacer comentarios o apreciaciones que irritan a los demás.

  • Es discreta la persona que no hace preguntas inoportunas.

  • Es discreta la persona que no comenta lo que debe callar por secreto profesional, por sentido común, por delicadeza.

  • Es discreta la persona que cultiva el arte de saber callar y saber hablar oportunamente.


13. Equilibrio de ánimo:


Es el fruto de la autoeducación de los sentimientos, que evita las ideas negativas y las "cascadas de pensamientos catastrofistas" ("me han suspendido el inglés; a este paso, me suspenderán el curso; no podré estudiar una carrera; no seré nada en la vida") y cultiva la serenidad y el optimismo.

Para cultivar ese equilibrio hay que responder con moderación a los diversos contratiempos de la vida, sin exagerarlos, sin hacer continuas "profundas reflexiones existenciales", sin darles una importancia desmesurada, desequilibrada a los pequeños fracasos, las burlas, las opiniones negativas, los objetivos que no salen como deseamos.

El equilibro de ánimo lleva a esforzarse por vivir en el presente, sin preveer constantemente el futuro, imaginando peligros y temores. Lleva a eliminar tensiones innecesarias y victimismos.



El riesgo del victimismo


14. Flexibilidad: lleva a:

distinguir entre personas y las acciones de esas personas (los errores no tienen derechos, las personas equivocadas sí);

a saber acomodar los principios a las situaciones, sin rigidismos: por ejemplo una persona puntual sabe que en ocasiones -por exigencias de la caridad, por ejemplo- lo ordenado es llegar tarde. Si tiene que llegar urgentemente a un lugar y se encuentra con un accidente en la calle donde debe ayudar a los otros, el sentido de la flexibilidad -de la caridad, de la solidaridad- le llevará a modificar su horario.

cultivar la autocrítica, que nos lleva a ser conscientes del valor relativo de nuestras propias opiniones, sin convertirlas en dogmas inamovibles.

pasar por alto las menudencias de la vida

a servirse de las pautas y los criterios de la vida, sin dejarse ahogar por ellos, discerniendo el modo de aplicarlos en cada momento para llevar a cabo el propio proyecto de vida. Es bueno seguir una pauta, un criterio de vida,vivir el orden, por ejemplo. Pero la persona flexible sabe acomodar cada pauta, cada criterio a las situación en la que se encuentra, sin rigidismos y sin hacer continuas excepciones.

 

Tener un proyecto personal no supone tener un catálogo pormenorizado de normas a seguir. No es éste el camino para alcanzar una personalidad madura. El formalismo está muy lejos de la madurez.

Hay personas tan reglamentadas que cuando uno está con ellas tiene la impresión de que más que pensamientos propios tienen criterios a seguir: criterios fríos, desvinculados de la realidad, en donde la persona cuenta poco, porque lo único importante es que el orden lo presida todo. (...)

Los proyectos personales requieren necesariamente reflexiones interiorizadas, que después se convierten en convencimientos personales. Sólo el que es fiel a sí mismo puede llegar a ser él mismo. (M. A. Martí. La Madurez)

 



15. Generosidad:

 

 



La generosidad más importante es la espiritual e interna. Es más fácil dar dinero que dar parte del propio tiempo; hacer un obsequio que ceder en una opinión durante una conversación.


Lectura: Fortaleza y generosidad

Lleva a dar a los demás lo que nos piden y necesitan, sin intromisiones en lo que debe resolver cada persona, sin hacer propios los problemas ajenos hasta tal punto que se pretende que los otros resuelvan esos problemas a nuestra manera.


Lectura: Centrarse en los demás


16. Laboriosidad

 
Lleva a trabajar con orden, con constancia, previsión y puntualidad, dedicando al trabajo el tiempo necesario, sin desfallecer cuando no se obtienen los resultados previstos.

No es laboriosa la persona que alterna grandes periodos de descanso con otros de agitación febril por falta de orden o de previsión; o la persona que encuentra en el trabajo una evasión para otros problemas de su vida.

 


17. Lealtad y coherencia.


Una persona leal y coherente es aquella que:

— obra conforme a sus convicciones y principios, sin rigideces.

— sabe adaptarse a las circunstancias y resolver sus problemas cediendo, concediendo o exigiendo, según sea preciso, sin perder su propia identidad humana, cultural, cristiana.

— no recurre a astucias ni a artimañas para conseguir sus fines.

—cuando no puede resolver los problemas por la vía directa, sabe buscarlos caminos que, con un prudente rodeo, le lleven a la misma meta. 


18. Magnanimidad, que lleva a cultivar los grandes ideales

 
La persona magnánima sabe cultivar los grandes ideales, sin dejarse arrastrar por la fantasía, siempre con los pies en el suelo, pero con capacidad para soñar y proponerse nuevos empeños, con amplitud de horizontes.


19. Naturalidad

 
Esta virtud, unida a la sencillez, lleva a comportarse conforme tal y como uno es, sin adoptar actitudes falsas o artificiosas; sin pensar como "juzgarán" nuestra actuación; sin pretender dar una imagen diversa de uno mismo para ser aceptado por los demás; y sin inhibirse, intentando pasar inadvertido por timidez.

Lectura: Carácter y naturalidad

"¿Has visto algo más tonto que un chiquillo "hombreando", o un hombre "niñoide"?" Camino, n. 858



Para algunas personas puede resultar difícil comportarse de modo espontáneo y natural en presencia de los demás, o de algunas personas concretas. Esto es especialmente frecuente cuando tratan con desconocidos o acuden a ciertas fiestas o reuniones (...). La causa de estis fenómenos suele guardar relación con la timidez, la inferioridad, la falta de seguridad en uno mismo o con un escaso desarrollo de las habilidades sociales.

Estas personas se comportan así como si los demás fuesen jueces que constantemente les estuviesen observando para evaluarlos. La inseguridad en ellos mismos (...) les lleva a pensar que se van a comportar de modo inadecuado, con lo que procuran medir todos sus comportamientos de un modo excesivo, que los hace forzados y artificiosos (...).

Comportándose de un modo sencillo, espontáneo y natural, todos esos problemas desaparecen. Al mostrarse relajados infunden confianza en los demás, facilitando que éstos a su vez se relajen, con lo que la relación se establece de un modo más sincero y fluido. Al actuar con espontaneidad, además, resulta más fácil ser aceptado por los otros" . Conócete mejor, 198


 


20. Objetividad:


consiste en aprender a valorar las situaciones con realismo, impidiendo que los sentimientos momentáneos nos hagan perder "el sentido de la realidad".

Lleva a saber esperar el momento adecuado para juzgar libres de emociones perturbadoras. La persona objetiva es capaz de reconocer, por ejemplo, que le han suspendido el inglés porque ha estudiado poco; la persona poco objetiva se abandona a los sentimientos más disparatados: Me han suspendido el inglés: hay una conspiración general contra mí: de mis padres, de mis compañeros y de mi profesor de inglés para que no apruebe jamás).

La persona objetiva procura serlo consigo misma y con los demás, sin crear en ellos unas expectativas que luego dificilmente se pueden cumplir: "Si apruebo el examen de inglés te invitaré a un paseo en barco alrededor del mundo".


21. Optimismo:


El optimismo es una virtud que hay que cultivar con tenacidad frente a varios peligros como el falso realismo o el derrotismo, que es la valoración exagerada y poco esperanzada de los fallos propios o ajenos, que llega a la conclusión de que "no hay nada que hacer, y si lo hacemos, saldrá mal".

El optimista busca la perspectiva de conjunto, integrando cas¡da suceso en el marco general y busca siempre el lado bueno de las personas y de las cosas, sabiendo disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de cada día.

El cristiano siempre tiene motivos para ser optimista, porque sabe que ha sido redimido por Cristo; porque confía en la gracia y en el amor de Dios, y conoce que hasta los hechos más negativos de la historia son para bien para los que buscan a Dios, que es el verdadero Señor de la Historia.

El optimismo nace de la fe, de la esperanza, de la confianza en Dios.

Sobre el optimismo se puede construir la esperanza cristiana. Sin ella, puede quedarse en "pura fachada", como señalaba el cardenal Ratzinger en su libro Mirar a Cristo:


"El temperamento optimista es algo muy hermoso y útil ante las zozobras de la vida: cuando una persona irradia alegría y confianza, ¿quien no se alegra con ella? ¿Quién no desea ese optimismo para sí? Como todas las disposiciones naturales, el optimismo es una cualidad moralmente neutra, que cada persona desarrollar y cultivar por su cuenta, del mismo modo que el resto de sus disposiciones personales, para formar de modo positivo su propia fisonomía moral.
Ahora bien, el optimismo puede ir engrandeciéndose, mediante la esperanza cristiana, hasta convertirse en algo más puro y profundo; o puede quedarse en una pura fachada, si esa persona lleva una existencia vacía y falsa".


 


22. Orden:


 



esta virtud tiene muchas manifestaciones, según los diversos ámbitos de la vida: hay personas muy ordenadas con su tiempo y desordenadas con las cosas.

Lectura: Orden y capacidad de organizarse


Para cultivarla es conveniente establecer una buena escala de prioridades: Dios, los demás, yo. Los desórdenes en la vida cotidiana provienen con frecuencia por la transgresión de esa escala.


23. Paciencia:

 
Ser paciente es signo de madurez, que se desarrolla con la propia vida, con el tiempo, ya que la paciencia está estrechamente ligada al tiempo. Lleva a saber esperar, a cultivar la sabiduría campesina que sabe que se necesita tiempo para sembrar, para que el fruto crezca y para recoger. El impaciente es como el niño que hoy siembra una semilla y espera que mañana le de fruto.



El hombre paciente procura tener el llamado "don de la oportunidad": procura hablar y callar cuando debe, cuando es oportuno y necesario.

24. Ponderación:


Lleva a juzgar sólo cuando se poseen los elementos de juicio necesarios, después de haber oído a las “dos campanas”; y a tener paciencia con las cosas que marchan mal, sin la tentación de querer “ reformarlo todo y enseguida”.

 


La persona ponderada no da demasiada importancia a lo que no la tiene; asume los riesgos de la vida, afronta las dificultades a su tiempo; evalúa bien sus propios logros personales y no agranda ni sus éxitos ni sus fracasos.

La persona ponderada evita los extremismos; las hipersensibilidades; las reacciones desorbitadas ante los fallos, agravios y ofensas; la agresividad desbocada; las manifestaciones desmedidas de afecto, de enfado, de alegría, de ira, de entusiasmo... aunque se comprenda que haya excepciones, cuando le marcan un gol al propio equipo como al señor de la fotografía. Pero hay que procurar que sean eso: excepciones.


25. Realismo:


Esta virtud lleva a saber valorar y disfrutar con lo que se tiene; a una sana autocrítica, esperanzada, objetiva y positiva. La autocrítica es una especie de desconfianza inteligente sobre nuestra propia conducta en la que suele haber:

  • Contradicciones: por ejemplo, del que afirma: "quiero aprender inglés, pero no voy a clase".

  • Precipitaciones: "Me he matriculado en la primera Academia de inglés que he visto por la calle y ahora he descubierto que es la peor de la ciudad".

  • Juicios equivocados de intenciones: "Me da la impresión de que mis padres quieren que aprenda inglés sólo para librarse de mí por las tardes".

  • Acciones que son fruto de la soberbia, de la frivolidad, del mal humor o del pesimismo: "Como ha perdido mi equipo de fútbol, que era el Manchester, ahora ya no me interesa el inglés".

  • Prejuicios: "Es muy raro aprender bien un idioma a mi edad, con 16 años. Es mejor que lo deje".

  • Descalificaciones generales. "Lo tengo comprobado: todos los profesores de inglés son unos incompetentes".



     

    Es necesario tener un sentido ajustado de la realidad, de lo contrario surgen conflictos innecesarios. Ya la vida nos depara sufrimientos ineludibles, no añadamos con nuestra inmadurez más dificultades a la existencia.

    El hombre y la mujer madura no piden a la vida más que lo que esta puede dar, no se crean falsas expectativas. (M. A. Martí. La Madurez)

     


Hay también un realismo en las aspiraciones, que lleva a no caer en la espiral de una vida desmesuradamente activa, como señalá M. A. Martí.

Esta sociedad nuestra -a la que tantas veces aceptamos acriticamente- se manifiesta muy exigente a la hora de pedirnos cosas. Si es malo no tener aspiraciones, también lo es no encontrar nunca techo en lo que se desea. No siempre el adverbio más es el que nos conviene.

La ambición -incluso a nivel de curriculum- es un vicio. Saber conformarse con lo que se posee, no es una actitud propia de los débiles, sino de los prudentes. Disfutar pacíficamente de lo alcanzado es -no lo olvidemos- saber explotar el éxito.

Y este disfrute pocos lo saborean, porque cuando vienen a darse cuenta ya es tarde. (M. A. Martí, La Madurez)

 


26. Reciedumbre:



en los estados de ánimo, en mantener el entusiasmo inicial, en empezar a estudiar la asignatura que se debe y no la que mas me gusta, etc.


Una manifestación de la reciedumbre es saber acabar lo que se ha comenzado, aunque haya disminuido el entusiasmo inicial.


Lectura: Sobreponerse a la dificultad

 


27. Rectitud de intención:


Esta virtud lleva a actuar cara a Dios, conforme a nuestra conciencia rectamente formada, sin estar excesivamente pendiente de algo que rara vez se logra: agradar a todos.


28. Respeto:


nace del propio auto-respeto, de la coherencia interior, de tomarse en serio a uno mismo y a los demás. No está reñIdo con la cercanía, la sencillez y la confianza, pero si con la grosería y la superficialidad.

Lleva a tratar a cada persona según su situación: abuelos, personas mayores, personas que hacen determinados trabajos, etc.


29. Responsabilidad:


tiene muchas y variadas dimensiones.

La inmadurez lleva a la irresponsabilidad.

No debe confundirse la responsabilidad con el defecto del perfeccionismo o la tendencia a culpabilizarse por cualquier fallo.

La persona responsable pone los medios a su alcance para lograr sus objetivos, pero sin exageraciones del tipo: como quiero aprobar a toda costa el examen de inglés, voy a estudiar doce horas todos los días, para evitar la mínima posibilidad de suspender.

Otros ejemplos: La responsabilidad ciudadana me lleva a detener el carro o el coche si veo que en mitad de la carretera hay un objeto que puede provocar un accidente; la responsabilidad ecológica me lleva a no contaminar, ni dejar sucio un lugar en un parque donde he estado almorzando un día de excursión; etc. Lo contrario sería una conducta irresponsable.

Pero denotaría una hiperresponsabilidad, que no es bueno cultivar, ir en carro o en coche con la cabeza fuera de la ventanilla vigilando que no haya ningún objeto en la carretera; o limpiar todos los papeles del parque antes de irme, etc.No es más responsable la persona que se exige desmesuradamente a sí misma: esa desmesura -que puede afectar a la salud- indica falta de humildad y conocimiento propio. La persona responsable se plantea una exigencia propia razonable según sus circunstancias y posibilidades.



30. Saber decir no y saber decirse que no:

esta cualidad va ligada a la fortaleza. El hombre fuerte sabe decir no al pecado, al egoismo que le lleva a no ayudar a los demás.

 

 




31. Sencillez:


lleva -entre otras medidas de actuación- a evitar los análisis complicados, constantes y pormenorizados de la realidad.



¿Cómo se cultiva la sencillez?

 


32. Sentido del humor:

es importante aprender a descubrir el lado amable, divertido, de la vida, y exige cultivarlo adecuadamente, en estos ámbitos:

  • Aprender a reirse de uno mismo, frente a la soberbia que tiende a que nos tomemos demasiado en serio, admitiendo las propias limitaciones y fallos con sentido positivo.

  • Aprender a reirse con los demás, nunca de los demás.

  • Aprender a reirse y a relativizar los fallos, pequeños o grandes.

  • Aprender el verdadero sentido del humor, que nunca es amargo,prepotente, mordaz, satírico, irónico, ofensivo; sino alegre, humilde, sencillo, constructivo, animante.

 

No se puede dar por natural que unos enfados sucedan a otros. Cuando esto sucede hay que analizar seriamente cúal es la causa de este tipo de comportamiento. (...)

Dejarse llevar por la ira es sin duda, una debilidad. Ante las discrepancias debe prevalecer un tono dialogante y un espíritu sinceramente democrático. Las actitudes prepotentes y autoritarias son mucho más proclives a no tener en cuenta las opiniones de los demás. Con personas amables y educadas la posibilidad de enfados es mucho menor. (M. A. Marti, La Madurez).

 



33. Serenidad:


 
Esta virtud lleva al autocontrol, a ser dueños de nuestro ánimo, y a cultivar el equilibrio íntimo y la estabilidad de ánimo. Nace de la ponderación en el juicio y en la acción y lleva a obrar con sosiego interior y exterior.

Es fruto de muchas otras virtudes. Un cristiano encuentra sosiego y serenidad al saberse hijo de Dios, en manos de Dios y no de un destino ciego y caprichoso.




Si eres paciente en un momento de ira,
escaparás a cien días de tristeza.

Proverbio chino


Cualquiera puede enfadarse,
eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada,
en el grado exacto,
en el momento oportuno,
con el propósito justo
y del modo correcto,
eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

Aristóteles (Ética a Nicómaco)



Para cultivar la serenidad es conveniente:

  • Darle a los sucesos de la vida propia y ajena la importancia que tienen, ni más ni menos.

  • Más que enfatizar los problemas, procurar resolverlos en la medida que se puedan, aceptando aquellos que no se sepan o puedan resolver a corto o largo plazo.

  • No olvidar que los nervios y el sentido trágico no resuelven los problemas: suelen servir sólo complicar aún más las cosas.


  • Lectura: Serenidad


     

    Llamar la atención, el deseo de que nos compadezcan, la actitud de queja, el no querer aceptar la realidad: son causas todas ellas que explican por qué son pocas las personas que, ante las contradicciones de la vida, reaccionan con serenidad.

    A las cosas hay que darle la importancia que tienen, ni más ni menos. O dicho en otros términos, es conveniente atenerse sobriamente a la realidad, si no la vida se complica innecesariamente. (M. A. Martí. La Madurez)

     



34. Sinceridad.


35. Sobriedad:

 



Tiene muchas manifestaciones: las más claras son las que serefieren a la gula: si durante un viaje vamos a un hotel donde hay buffet libre, por ejemplo, eso no es excusa para comer alocadamente y sin control.


Esta virtud lleva a la moderación, a cultivar el equilibrio en todo: en el deporte, en las horas de trabajo y de descanso.

Una manifestación concreta de sobriedad es la utilización del tiempo: hay que aprender a distribuir el tiempo. No tendría sentido por ejemplo, perder toda la mañana en tareas inútiles en el día víspera de un examen, y quedarse por la noche a estudiar. Sería una falta de pereza, de reciedumbre, de laboriosidad y en cierto sentido, también de sobriedad.




36. Sociabilidad:


Aunque es bueno saber estar solo de vez en cuando (para orar, para reflexionar, para meditar) hay que aprender a relacionarse evitando lo que suponga aislamiento de los demás.

Lectura: Simpatía y talento social

 


37. Tenacidad y constancia, sabiendo vivir en el presente con serenidad.



Escribe Jacques Philippe:

Como acabamos de decir, tenemos el defecto de añadir al peso de hoy el del pasado, e incluso el del porvenir.

El remedio contra esta actitud consiste en meditar (y pedir a Dios la gracia de vivir) las enseñanzas del Evangelio respecto al abandono en la Providencia:

Respecto a vuestra vida, no os preocupéis acerca de qué comeréis, ni respecto a vuestro cuerpo, acerca de qué os pondréis. Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede añadir a su estatura un solo codo?... No andéis, pues, inquietos diciendo: ¿Qué comeremos?, o ¿qué beberemos?, o ¿con qué nos vestiremos ?.

No se trata de volverse irresponsables o faltos de previsión; tenemos obligación de trazar proyectos y pensar en el mañana.

Pero es preciso hacerlo sin inquietud, sin esa zozobra que roe el corazón, que no resuelve absolutamente nada y que tan a menudo nos impide estar disponibles para lo que hemos de vivir en el instante presente (...).

Convenzámonos de una cosa: la gracia, al igual que el maná que alimentó a los judíos en el desierto, no se «almacena». No se pueden obtener reservas de ella; sólo se puede recibir instante tras instante. Forma parte de ese «pan de cada día» que pedimos en el Padrenuestro. El hecho de que hoy me sienta tan débil que me desmaye sólo de pensar en un pinchazo, no quiere decir que el día de mañana no vaya a obtener la gracia del martirio, si eso es lo que se me pide.

Para permanecer libre tanto del pasado como del futuro, es imprescindible obligarse a hacer un trabajo de «reeducación» de nuestra psicología. Ciertas observaciones de sentido común pueden ayudamos a ello.

Las cosas raramente ocurren como las prevemos; la mayor parte de nuestros miedos y aprensiones son totalmente imaginarios: todos tenemos experiencia de ello.

Cosas que creíamos iban a resultar dificilísimas luego se revelan muy sencillas; y, por contra, se nos presentan obstáculos en los que nunca hubiéramos pensado.

La correspondencia entre nuestra representación de los hechos futuros y lo que luego sucede realmente resulta tan pequeña que gs preciso distanciarse de las obras de nuestra imaginación; vale más recibir las cosas tal como van viniendo una' tras otra, en la confianza de que tendremos la gracia en el momento preciso, que montar todo tipo de escenarios «en previsión de» y para protegemos de lo que pudiera venir; escenarios que, por lo común, suelen resultar inadecuados.

La mejor manera de preparar el futuro no consiste en pensar en él sin descanso, sino en estar bien anclado en el instante presente.

En el Evangelio, tras advertir a sus discípulos que serán llevados ante los tribunales, añade Jesús: Grabaos, pues, en vuestros corazones el no preocuparos por lo que habéis de responder, pues yo os daré tal elocuencia y sabiduría que no la podrán resistir ni contradecir todos nuestros adversarios .

La proyección en el futuro y la representación que imagina nuestra mente nos apartan de la realidad y acaban impidiéndonos «manejar» ésta de forma adecuada; absorben nuestras mejores energías, en definitiva. (...)

... el miedo al sufrimiento nos hace más daño que el sufrimiento mismo.

Y así es como debemos empeñamos en vivir: «Hay que eliminar a diario, como si fueran pulgas, las mil inquietudes que provocan en nosotros los días por venir y roen nuestras mejores fuerzas creadoras.


Mentalmente tomamos toda una serie de medidas para los días siguientes, y nada -nada de nada- sale como habíamos previsto.

A cada día le basta su propio afán. Hay que hacer lo que hay que hacer; y, en cuanto al resto, evitar dejarse contaminar por las mil pequeñas angustias que son otras tantas muestras de desconfianza en Dios. Todo terminará arreglándose...

Nuestra única obligación moral es la de cultivar en nosotros vastos espacios de paz e ir ampliándolos progresivamente, hasta que esa paz irradie a los demás. Y, cuanta más paz exista entre las personas, más paz habrá en este mundo en ebullición»

 




38. Tolerancia:


Esta virtud lleva a:

-mantener puntos de vista abiertos a posibles modificaciones, cuando se cuenta con nuevos datos, sin ser como las corrientes de los rios, que nunca dan vuelta atrás.

-comprender los fallos, limitaciones, equivocaciones y defectos grandes y pequeños de los demás, sin reprochárselos continuamente.

-ser capaz de escuchar con serenidad opinones diversas a la propia.

-ser capaz de distinguir las cuestiones importantes y las menos importantes, tolerando en muchas ocasiones las segundas, para conseguir un bien.

Eso no significa aprobar los defectos ajenos, sino tolerarlos, sin exagerarlos o minimizarlos, ayudando al otro, en la medida posible, a mejorar. La tolerancia es fruto de la caridad, y es muy diversa de la permisividad, que es fruto del esgoismo, del nihilismo, de la ausencia de convicciones y valores.


39. Valentía:


lleva a actuar con coherencia, sabiendo tomar la iniciativa, afrontando el riesgo necesario, superando miedos y temores con los demás y con uno mismo. “Te empeñas en ser mundano, frívolo y atolondrado porque eres cobarde. ¿Qué es, sino cobardía, ese no querer enfrentarte contigo mismo? (Camino, 18)

 



 










Un ejemplo concreto:
las virtudes humanas y el aprendizaje del inglés



Para mostrar un ejemplo del modo de vivir algunas de estas virtudes, se aplican a la situación de una persona que desea aprender inglés:

  • Moderación: voy a dedicarle cinco horas de estudio al día a este idioma, no veinticinco, ya que también debo estudiar otras materias.

  • Equilibrio: no sólo voy a aprender inglés, porque debo estudiar más materias, y debo realizar otras actividades en diversos ámbitos: cuidar la vida espiritual, cultivar amistades, formarme culturalmente, hacer deporte...

  • Objetividad: sé que aprender esta lengua me costará bastante esfuerzo, porque no tengo facilidad para los idiomas, pero si trabajo con constancia, lo lograré.

  • Serenidad: No voy a pretender dominar este idioma en una semana: iré avanzando poco a poco, sin impacientarme.

  • Prudencia: Voy a preguntar cúal es la mejor Academia de inglés, pidiendo consejo a varias personas que hayan estudiado esa lengua.

  • Responsabilidad: Conozco el desembolso que supone matricularme en la mejor Academia de inglés, y el esfuerzo que debo poner para aprender ese idioma.

  • Capacidad de análisis: Voy a estudiar bien qué horario de la Academia es el que me conviene, el profesor, el método...

  • Espíritu crítico: No voy a matricularme en la primera Academia de Inglés que encuentre por la calle.

  • Control de los sentimientos: Aunque en estos momentos esté desanimado con el aprendizaje de los idiomas, me matricularé en la Academia.

  • Optimismo: Voy a plantearme las dificultades que se presenten en el aprendizaje del inglés como retos para superar, más que como una sucesión de pequeños fracasos.

  • Decisión y seguridad: Ya que lo he pensado bien y estoy decidido, ¡voy a matricularme hoy mismo!

  • Sentido común, sentido de la realidad y sentido del humor: Será mejor que me matricule mañana, porque hoy es domingo y está todo cerrado...

 

 


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