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Clase I. La formación cristiana y el conocimiento de la fe

Preguntas previas para padres y educadores


Se sugieren algunas cuestiones para las personas —padres, educadores, etc.— que desen dar este Curso de Vida Cristiana.


Un gran reto

  • La juventud es el tiempo de los grandes ideales. Un gran reto de nuestro tiempo es saber cultivar en el alma de los jóvenes el ideal de la santidad y aventura cristiana, junto con el cuidado de los pequeños avances quehacen posible la conquista de ese ideal.


  • Los ideales de los jóvenes.


  • Por eso, supondría un error:

—hablar de ideales altos a los jóvenes, sin enseñarles el camino que conduce a realizarlos, día a día, en lo pequeño. (Sería como el monitor de natación que habla de ganar una medalla de oro en las Olimpiadas y se olvida de entrenar a sus alumnos día tras día).

concentrarse en el seguimiento de lo pequeño, sin darle el sentido del ideal. (Sería como el monitor de natación que está preocupado sólo en enseñar a bracear bien dentro del agua, sin motivar a sus nadadores con la posibilidad de ganar una medalla)


Los buenos padres cristianos

El comportamiento de los buenos padres cristianos de todas las épocas supone un buen punto de referencia:

  • No se mueven por un falso respeto a la libertad. No argumentan así: si mi hijo ha decidido irse de casa para seguir un mal camino, yo no debo hacer nada, salvo esperar a que venga, porque decirle algo sería coaccionarle). Los buenos padres intentan resolver todos los problemas con los medios a su alcance y confían más el cariño, en el afecto personal, que en los principios educativos generales.


  • Para ayudar a los jóvenes que dan los primeros pasos en su camino cristiano, no basta con tener con ellos conversación esporádica. Sería como un profesor de natación que se contentara con dar una clase teórica en una pizarra a las personas que desea aprender a nadar.

  • La atención de esos hijos, de esos alumnos, de esos jóvenes, deberá ser diaria o casi diaria, con un seguimiento constante, como hacen los buenos monitores de natación.

  • No se trata de pedir cuentas, ni de resaltar fallos, sino de enseñar a los jóvenes a moverse con autonomía y agilidad en su vida cristiana; mostrándoles modos concretos para vivir en cristiano en un mundo pagano.

  • No se trata sólo de enseñarles a apartarse del mal (no ahogarse, mantenerse a flote), sino de enseñarles a nadar a contracorriente: los padres y educadores deben mostrarles como pueden llevar a Cristo la sociedad en la que viven -con frecuencia, una sociedad alejada de Dios-, sin mimetizarse con ella.

  • Convendrá tener con ellos conversaciones distendidas que les ayuden a superar sus dificultades en el camino cristiano, buscando el momento oportuno para esas conversaciones.

  • Un buen acompañamiento espiritual por parte de los padres, de los educadores, del sacerdote, etc., debe llevar a:

    — estimularles en su apostolado personal y en su afán de almas.

    — preguntarles con oportunidad por las dificultades con las que se encuentran, dándoles sugerencias y consejos prácticos para su vida concreta, no sólo indicaciones generales de mejora.

    — ayudarles a organizar su vida cotidiana.

    — pedirles su opinión: tomarles en serio, sea cual sea su edad.

     


Algunas preguntas de interés:

  • Por lo que se refiere al anuncio del Evangelio que se desea hacer, conviene que los padres y educadores se planteen con frecuencia:

—¿Conozco con profundidad el Evangelio?

— ¿He estudiado con rigor el Catecismo de la Iglesia Católica ?

— ¿Sé cuales son las respuestas de la Doctrina cristiana sobre las grandes cuestiones actuales?

— ¿Conozco los criterios morales clásicos de la dirección espiritual?

— ¿He estudiado con detenimiento los últimos documentos del Magisterio sobre los temas más candentes?

— ¿Conozco bien los textos de los santos y grandes autores espirituales sobre la materia de la que hablo?

— ¿Tengo el deseo habitual de actualizar mis conocimientos de formación cristiana?

— ¿Estoy al tanto de las nuevas publicaciones sobre la formación de la juventud o pienso —como actitud de amateur— que con lo que yo ya sé, con eso ya me vale?

 

  • Por lo que se refiere a la defensa de la fe

— ¿Me esfuerzo por ayudar a los jóvenes en su tarea de evangelización ayudándoles a dar respuesta a las preguntas más comunes que le formulan sus amigos y compañeros?

  • Me parece bien lo que dices, pero no me apetece hacerlo.

  • No entiendo que algo puede ser pecado. ¿Qué significa “pecado”?

  • No es pecado, porque yo no le hago daño a nadie.

  • Yo tengo un Dios muy personal…

  • Yo quiero un cristianismo sin normas.

  • ¿Por qué tengo que ir a Misa? ¿Y por qué precisamente los domingos?

  • Me parece muy bien lo que dices, pero eso sólo es válido para ti.

  • Yo no necesito confesarme con un sacerdote: lo hago directamente con Dios.

  • Etc.

 

  • Otras preguntas para padres y educadores.

—¿Son mis hijos, mis alumnos, los asistentes que vienen a la catequesis, jóvenes de oración? ¿Estoy poniendo los medios para que lo sean?

—¿Doy testimonio de Cristo con mi vida?

— ¿Pido con frecuencia luces al Espíritu santo?

—¿Me siento sólo un instrumento en las manos de Dios para formar a mis hijos, alumnos, etc., en la fe, o pienso que con mi fuerza de voluntad ya basta?

—¿Cuento siempre con la gracia de Dios?

—¿Considero que cada persona ha sido objeto de la redención de Cristo?

—¿Procuro mover a las almas al amor de Dios o me limito a transmitir unas enseñanzas teóricas?

— ¿Sé ir a lo esencial: ayudar a las almas a cumplir la voluntad de Dios para su vida, a enamorarse de Cristo?

— ¿Procuro enseñar a ir dando pasos en la vida de oración, en el trato con Cristo, en la formación cristiana, en la interiorización personal del mensaje de Cristo?

— ¿Les ayudo a concretar objetivos pequeños, asequibles y animantes, de carácter evangelizador?

— ¿Ayudo a los jóvenes a ver el sentido global de su vida cristiana, a comenzar y recomenzar, a tener hábitos de contrición, a construir en ellos al hombre nuevo renacido en Cristo?

— Un cristiano debe ser capaz de decir no porque tiene mucho que afirmar. ¿Qué visión transmito de la vida cristiana? ¿Es una visión esperanzada, de aventura y conquista? ¿O es una visión pesimista, que se limita únicamente a la prevención?

— ¿Me esfuerzo por transmitir a los jóvenes grandeza de miras?

 

  • Por lo que se refiere a la dedicación de tiempo

 

—¿Procuro ir al paso de Dios con cada hijo, con cada joven, ayudándole a vivir el Evangelio en su vida cotidiana?

— ¿Los estimulo con serenidad a identificarse con Cristo o sencillamente los agito de vez en cuando?

—¿Atiendo a los hijos, a los jóvenes de forma discontinua, o hablo con ellos “a ratos perdidos”?

— ¿Les voy enseñando con paciencia, momento a momento, a vivir las virtudes humanas y cristianas que necesitan para amar a Dios?

 

  • Por lo que se refiere al modo de escuchar:

— ¿Procuro colocarme en la piel de la persona joven, para comprenderla y ayudarla a tirar para arriba, hacia el encuentro con Cristo?

— ¿Sé escuchar a mis hijos, alumnos, etc., sin dar sensación de prisa?

—¿Escucho realmente sus preocupaciones, aunque me parezca que no tienen entidad?

  • Por lo que se refiere al facilitamiento de la sinceridad

— ¿Doy consejos a los jóvenes acerca de la vida cristiana en frío, sin procurar encender antes sus almas en amor a Dios?

— ¿Mi forma de hablar facilita la sinceridad? ¿Suelo pedir permiso, con delicadeza (“Perdóname, me gustaría sugerirte...”) o utilizo fórmulas autoritarias y categorícas?

— ¿Uso la ironía, o hago esas bromas irónicas que crean tantas distancias entre los jóvenes y sus padres y educadores?

— Cuando hablo con los jóvenes de vida cristiana, ¿se sienten comprendidos, animados, alentados?

— ¿Se dar muestras patentes y sinceras de confianza, o tiendo a pensar: éste me está engañando; yo ya me las sé todas?

— ¿Pongo interiormente etiquetas simplistas, o trato a los jóvenes como simples casos? (Este hijo mío es un caso...)

— ¿Expongo el mensaje cristiano con franqueza, o sigo procedimientos tan tácticos como artificiosos?

— ¿Transmito la verdadera esperanza cristiana? ¿Ayudo a esos jóvenes que no saben qué hacer con sus miserias, para que se sirvan de ellas para amar más a Dios?

 

  • Por lo que se refiere al modo de corregir las equivocaciones

— ¿Sé corregir sin reñir, de modo que los hijos, los alumnos, etc., no se inhiban, ni dejen de actuar por temor a equivocarse?

— ¿Evito al máximo las reprensiones cuando no son necesarias?

— Cuándo me veo obligado a hacer una corrección a una persona joven -un hijo, un alumno, etc.-, ¿esa reprensión es fruto de mi oración? ¿La hago con serenidad? ¿La persona que la recibe se queda animada? ¿Procuro curar las heridas sin dejar cicatrices?

— ¿Me dejo llevar por impulsos humanos (“este hijo mío se va a enterar”)?

— ¿Sé conjugar la exigencia con la cordialidad, con el buen humor, con la simpatía?

— ¿Evito las simpatías y las antipatías, los personalismos?

— ¿Hago manifestaciones externas de desaliento en mi tarea formativa (hijo mío, ya no sé qué hacer contigo, eres un desastre)?

 

  • Por lo que se refiere a los laicos y las cuestiones de moral

 

— ¿Cuento con la preparación adecuada o tiendo a delegar siempre, cómodamente, todas las dudas que me plantean los jóvenes en el párroco o en el sacerdote amigo? (Yo no sé nada de eso, pregúntaselo al cura y que él te diga).

— ¿Tengo presente la prudencia en los consejos en materia de ciencia moral? ¿Me erijo, siendo laico, en maestro de moral, sin serlo?

— ¿Soy consciente de que la prudencia del laico consiste precisamente en dudar ante las cuestiones específicas que debe resolver el sacerdote?

 

  • Por lo que se refiere al modo de dar la formación cristiana:

—¿El modo en que digo las cosas depende de mi estado de ánimo?

— ¿Analizo el modo y el contenido del Anuncio cristiano que transmito?

— ¿Me propongo aprender a transmitir el mensaje del Evangelio con más vibración, con más fuerza comunicativa, con más belleza y capacidad de atracción, o me dejo llevar por la rutina ?

— ¿Tiendo a utilizar fórmulas estereotipadas?

— Lo que digo, y el modo en que lo digo, ¿resulta atractivo y adecuado para un joven cristiano actual?

— ¿Los jóvenes no me entienden bien... o yo no me explico bien?

— ¿Sé explicar los porqués de la vida cristiana?

— ¿Selecciono los puntos esenciales que deseo transmitir a cada persona o en cada clase, en cada conversación, intento decirlo todo sobre la materia?

— ¿Sé que el mejor camino para aburrir consiste en querer decirlo todo?

— ¿Pongo los medios para transmitir las verdades del Evangelio según lo que necesita ahora cada persona, valorando su edad, su carácter y sus crcunstancias, o tiendo a seguir esquemas despersonalizados?

— ¿Pienso que transmitir el Evangelio y la fe cristiana es lo mismo que explicar cualquier asignatura?

—¿Soy suficientemente flexible, acomodándome a las circunstancias de cada joven, a su edad, momento y oportunidad?

 

  • Por lo que se refiere a la terminología cristiana:

— ¿Empleo las palabras, metáforas y comparaciones adecuadas?

—¿Utilizo expresiones que ya no se entienden o que se han quedado anticuadas?

—¿Voy familiarizando a los jóvenes con determinados términos cristianos, explicándoles su sentido (términos como gracia, presencia de Dios, inhabitación del Espíritu Santo...) o pienso que por el heccho de que yo conozca esos términos, ya los conoce todo el mundo o se explican por sí solos?

— ¿Me esfuerzo por contestar a fondo todp lo que me preguntan mis hijos, mis alumnos, etc., sobre la fe cristiana?

 

  • Por lo que se refiere al tono

— ¿Uso el tono adecuado para comunicar el mensaje Evangélico?

— ¿Me sitúo a veces en posturas de superioridad que humillan al que no sabe? ¿Provoco, con esa arrogancia, reacciones de rebeldía en los jóvenes?

— ¿Tengo siempre presente que “la verdad se propone, no se impone", como recordaba Juan Pablo II?

— ¿Uso giros dogmáticos, que producen rechazo? (Mira chico, déjate de historias, tú lo que tienes que hacer es...)

— ¿Descalifico con malos modos a las personas equivocadas?

— ¿Recurro constantemente a argumentos de autoridad (del tipo: mira, hijo mío, esto es así...¡porque lo dice el Papa! y no le des más vueltas) sin poner medios para dar razones y explicar el sentido del Magisterio de la Iglesia?

¿Suelo preguntar: "Y tú, ¿qué piensas de esto?", "¿por qué no reflexionas sobre este asunto, y luego me dices?

— ¿Me esfuerzo para que la formación cristiana que doy lleve a los jóvenes a un encuentro paulatino con Cristo, lleno de descubrimientos propios?

— ¿Castigo la sinceridad, como esos profesores que aguarda a que sus alumnos les cuenten la verdad que les pregunta para descargar sus iras sobre ellos?

 

  • La responsabilidad del formador

Algunas ideas que pueden servir de punto de partida.

  • Una formación cristiana verdadera no atiende sólo al comportamiento externo.
  • Pueden surgir crisis de maduración cristiana en los jóvenes que se deban en parte a que no se ha sabido ayudarles verdaderamente, en su intimidad: no se le han dado medios adecuados para que formen su inteligencia con sentido cristiano (lecturas, películas, novelas, etc.); o no se ha sabido encender su corazón con ideales e ilusiones genuinamente cristianas.


    En ocasiones los padres y educadores ponen excesivamente el acento en el comportamiento exterior, olvidando la intimidad de sus hijos o de sus alumnos .

Visión de futuro

  • Conviene pensar con frecuencia en la proyección futura de cada adolescente, sembrando a corto y a largo plazo, con la paciencia del campesino que sabe que los frutos tardan en llegar.

  • Valorar los puntos fuertes y los puntos débiles de su formación cristiana. ¿Qué ha recibido? ¿Qué le falta? ¿Cómo le puedo ayudar para que adquiera lo que le falta? ¿Qué es lo más prioritario y urgente en su formación?

  • Ayudarle a conocer sus defectos y sus virtudes humanas y espirituales: fe, esperanza, caridad...

  • Conocer bien el punto concreto de la vida cristiana en que se encuentra.

  • Conviene que el padre y el educador se pregunten de vez en cuando: ¿Qué medios estoy poniendo y qué medios debería poner para ayudar mejor a este joven en su vida cristiana?

 

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