Son diversas. Con frecuencia al adolescente la falta capacidad para expresar lo que le está sucediendo. Pueden ser:
—Perder el ideal de Cristo. “No querer parecer buen cristiano ante los demás”.
—Disgusto exterior, falta de alegría.
—Desaliento ante la falta de coherencia o de fidelidad cristiana de un amigo o de alguien a quien se admiraba mucho.
—Falta de entusiasmo ante el panorama de la entrega cristiana.
—Atracción por el estilo de vida frívolo o menos exigente que llevan sus amigos no cristianos.
—Falta de coherencia entre lo que se hace y lo que se dice.
—Valoración negativa de algunas virtudes cristianas (sacrificio, abnegación, obediencia).
—Exageración de las exigencias de la entrega cristiana.
—Atracción hacia modelos de conducta alejados de Cristo: espectáculos, series de televisión, diversiones.
—Falta de vibración evangelizadora.
El formador cristiano (padre, educador, sacerdote, amigo, etc.) debe estar atento ante estas realidades poniendo los medios para ayudarle, con su estímulo, su oración y su consejo; para volver de nuevo a Cristo con sentido deportivo, mediante la humildad, la oración, la vida de sacramentos, la generosidad, el buen uso de la libertad, etc.