Clase XVII. Evangelización y apostolado
Algunas dificultades en el trabajo evangelizador
Conviene dar luces claras ante estas excusas frecuentes. La gran dificultad es siempre la falta de amor a Dios.
Es evidente que hay dificultades, pero contamos con el motor poderosísimo de la gracia de Dios. Escribía Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio:
A todos los pueblos, no obstante las dificultades
35. La misión ad gentes tiene ante sí una tarea inmensa que de ningún modo está en vías de extinción. Al contrario, bien sea bajo el punto de vista numérico por el aumento demográfico, o bien bajo el punto de vista sociocultural por el surgir de nuevas relaciones, comunicaciones y cambios de situaciones, parece destinada hacia horizontes todavía más amplios.
La tarea de anunciar a Jesucristo a todos los pueblos se presenta inmensa y desproporcionada respecto a las fuerzas humanas de la Iglesia.
Las dificultades parecen insuperables y podrían desanimar, si se tratara de una obra meramente humana. En algunos países está prohibida la entrada de misioneros; en otros, está prohibida no sólo la evangelización, sino también la conversión e incluso el culto cristiano.
En otros lugares los obstáculos son de tipo cultural: la transmisión del mensaje evangélico resulta insignificante o incomprensible, y la conversión está considerada como un abandono del propio pueblo y cultura.
36. No faltan tampoco dificultades internas al Pueblo de Dios, las cuales son ciertamente las más dolorosas.
Mi predecesor Pablo VI señalaba, en primer lugar, « la falta de fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro. Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza ».56
Grandes obstáculos para la actividad misionera de la Iglesia son también las divisiones pasadas y presentes entre los cristianos,57 la descristianización de países cristianos, la disminución de las vocaciones al apostolado, los antitestimonios de fieles que en su vida no siguen el ejemplo de Cristo.
Pero una de las razones más graves del escaso interés por el compromiso misionero es la mentalidad indiferentista, ampliamente difundida, por desgracia, incluso entre los cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas no correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que « una religión vale la otra ».
Podemos añadir —como decía el mismo Pontífice— que no faltan tampoco « pretextos que parecen oponerse a la evangelización. Los más insidiosos son ciertamente aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio ».58
A este respecto, recomiendo vivamente a los teólogos y a los profesionales dela prensa cristiana que intensifiquen su propio servicio a la misión, para encontrar el sentido profundo de su importante labor, siguiendo la recta vía del sentire cum Ecclesia.
Las dificultades internas y externas no deben hacernos pesimistas o inactivos. Lo que cuenta —aquí como en todo sector de la vida cristiana— es la confianza que brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la misión , sino Jesucristo y su Espíritu.
Nosotros únicamente somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: « Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer » (Lc 17, 10).
Se ofrecen a continuación algunas sugerencias para afrontar esas dificultades con fe, sentido del humor y espíritu deportivo.
Los respetos humanos
Los llamados respetos humanos nacen de la visión humana, de la falta de fe en la acción de la gracia; denotan falta de personalidad y madurez.
- Santo Cura de Ars: ¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios. Es el respeto humano. (Sermón sobre las tentaciones).
El ambiente en que yo me muevo es muy difícil
- Ante esta excusa, se puede meditar la vida de los primeros cristianos, de los mártires y de los santos. Desde el siglo I la Evangelización ha sido muy difícil. Los primeros cristianos sufrieron numerosas persecuciones,
¿Quién me manda a mí meterme en la vida de los demás? Yo no sirvo para eso.
272 Si admitieras la tentación de preguntarte, ¿quién me manda a mí meterme en esto?, Habría de contestarte: te lo manda –te lo pide– el mismo Cristo. La mies es mucha, y los obreros son pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies (Mt IX, 37–38.).
No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No, para esto, no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo. El ruego de Cristo se dirige a todos y a cada uno de los cristianos.
Nadie está dispensado: ni por razones de edad, ni de salud, ni de ocupación. No existen excusas de ningún género. O producimos frutos de apostolado, o nuestra fe será estéril. (San Josemaría, Para que todos se salven)
Para mí hacer apostolado supondría hacer algo raro
Hacer apostolado es normal en un cristiano. El bien es difusivo. Una persona que está enamorada desea comunicar a sus amigos esa alegría que lleva en el alma. Es lógico, es normal, que los cristianos hablen a sus amigos y a las personas con las que tienen confianza, de sus amores, de la gran alegría de su vida: saberse amados por Cristo.
273 Además: ¿quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas?
Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegre. Ese será tu apostolado.
Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla –a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte– charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos, aunque a veces algunos no quieran darse cuenta: las irán entendiendo más, cuando comiencen a buscar de verdad a Dios.
Pídele a María, Regina apostolorum, que te decidas a ser partícipe de esos deseos de siembra y de pesca, que laten en el Corazón de su Hijo. Te aseguro que, si empiezas, verás, como los pescadores de Galilea, repleta la barca. Y a Cristo en la orilla, que te espera. Porque la pesca es suya. (San Josemaría)
Llevo mucho tiempo intentando que mis amigos se acerquen a Dios y no he conseguido nada...
A veces esta queja tiene poco fundamento real. Si lo tuviera, valdría la pena considerar estas palabras:
Es Cristo el amo de la barca; es El el que prepara la faena: para eso ha venido al mundo, para ocuparse de que sus hermanos encuentren el camino de la gloria y del amor al Padre. El apostolado cristiano no lo hemos inventado nosotros. Los hombres, si acaso, lo obstaculizamos: con nuestra torpeza, con nuestra falta de fe.
261 Replicóle Simón: Maestro, durante toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido (Lc V, 5.). La contestación parece razonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y, precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día?
Pero Pedro tiene fe: no obstante, sobre tu palabra echaré la red (Lc V, 5.). Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se compromete a trabajar fiado en la Palabra del Señor.
¿Qué sucede entonces? Habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces, que la red se rompía. Por lo que hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que viniesen y les ayudasen. Se acercaron inmediatamente y llenaron tanto las dos barcas, que faltó poco para que se hundiesen (Lc V, 6–7.).
Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con humildad: apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador, Nuestro Señor responde: no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar (Lc V, 8, 10.). Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los apóstoles, a pesar de sus personales miserias.
262 Se repetirán los milagros
También a nosotros, si luchamos diariamente por alcanzar la santidad cada uno en su propio estado dentro del mundo y en el ejercicio de la propia profesión, en nuestra vida ordinaria, me atrevo a asegurar que el Señor nos hará instrumentos capaces de obrar milagros y, si fuera preciso, de los más extraordinarios. Daremos luz a los ciegos.
¿Quién no podría contar mil casos de cómo un ciego casi de nacimiento recobra la vista, recibe todo el esplendor de la luz de Cristo? Y otro era sordo, y otro mudo, que no podían escuchar o articular una palabra como hijos de Dios...
Y se han purificado sus sentidos, y escuchan y se expresan ya como hombres, no como bestias. In nomine Iesu! (Act III, 6.), en el nombre de Jesús sus Apóstoles dan la facultad de moverse a aquel lisiado, incapaz de una acción útil; y aquel otro poltrón, que conocía sus obligaciones pero no las cumplía...
En nombre del Señor, surge et ambula! (Act III, 6.), levántate y anda.
El otro, difunto, podrido, que olía a cadáver, ha percibido la voz de Dios, como en el milagro del hijo de la viuda de Naím: muchacho, yo te lo mando, levántate (Lc VII, 14.).
Milagros como Cristo, milagros como los primeros Apóstoles haremos. Quizá en ti mismo, en mí se han operado esos prodigios: quizá éramos ciegos, o sordos, o lisiados, o hedíamos a muerto, y la palabra del Señor nos ha levantado de nuestra postración.
Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a El, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido. (Para que todos se salven)
A mis amigos no les interesa hablar de Dios
Esto puede ser cierta base real... durante un tiempo. Pero, como señala san Josemaría, llega siempre un momento en el que la persona alejada de Cristo no puede más:
260 Vamos a acompañar a Cristo en esta pesca divina. Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor, ansiosas de escuchar la palabra de Dios (Lc V, 1.).¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen.
Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros –sin culpa de su parte– no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño.
Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas.
Y, aunque no lo admitan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor. (San Josemaría, Para que todos se salven)
Me desanimo
A los que se desaniman les puede resultar útil considerar estas palabras de Forja, 257.
Ante la aparente esterilidad del apostolado, te asaltan las vanguardias de una oleada de desaliento, que tu fe rechaza con firmeza... –Pero te das cuenta de que necesitas más fe, humilde, viva y operativa.
Tú, que deseas la salud de las almas, grita como el padre de aquel muchacho enfermo, poseído por el diablo: «Domine, adiuva incredulitatem meam!» –¡Señor, ayuda mi incredulidad!
No lo dudes: se repetirá el milagro.
Tengo la sensación de que hablo otro idioma...
El apóstol debe poner los medios para hablar el idioma de sus amigos. Escribía san Josemaría en Surco 203:
No llegas a la gente, porque hablas un "idioma" distinto. Te aconsejo la naturalidad.
¡Esa formación tuya tan artificial!
Un quioskero de Buenos Aires
Durante la estancia de san Josemaría en Argentina, Luís Lozano, un quiosquero de Buenos Aires, le estuvo hablando, con marcado acento porteño, de los avatares de su vida: había llevado una vida dura, de muchacho sin recursos en un barrio humilde de los arrabales de la capital argentina.
Las dificultades le habían ido curtiendo como el estaño, y ahora quería acercar a Dios a todos los de su barrio, pero no sabía bien como expresarse…
-Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, en la barra del café. Me convertí a los veinticinco años. Soy de los que dicen que tienen estaño…Y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, este corazón de barrio; y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor…
-¡Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden! –le dijo san Josemaría, alentándole-.
Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. ¡Háblales con tu lengua, que es una lengua buena! Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios… ¡déjala que se escape!
Pero sé sincero, noblote como eres… ¡valiente¡ : ¡un hombre que confiesa su fe, así, delante de estos miles de personas, no puede preocuparse por un taco más o menos!
¡Hala! ¡Adelante!
No me atrevo
- La virtud de la valentía es muy necesaria en la acción evangelizadora, que exige fortaleza en la fe. La cobardía de Pedro ante la criada puede estar presente en nuestra vida, disfrazada de falsa prudencia o acomodación a las circunstancias. Son los llamados respetos humanos.
- La falta de fe en Dios se traduce, para el apóstol, en miedo:
- Miedo a quedar mal, a “andar en lenguas ajenas”.
- Miedo a la murmuración: a los comentarios injuriosos o a las bromas denigratorias de amigos y compañeros.
- Miedo a “significarse”, a dejar de ser uno más dentro del conjunto social.
- Miedo a “parecer bueno” cuando ciertamoda lleva a “parecer malo”.
- Miedo a alejarse del patrón social y de lo políticamente correcto, de lo que en la actualidad se acepta o se denigra.
- El miedo es la más grande falta del apóstol, según el Siervo de Dios cardenal Wyszynski:
“La falta más grande del apóstol es el miedo.
La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo: y el miedo oprime el corazón y aprieta la garganta. El apóstol deja entonces de profesar su fe. ¿Sigue siendo apóstol? Los discípulos que abandonaron al Maestro aumentaron el coraje de los verdugos. Quien calla ante los enemigos de una causa, los envalentona.
El miedo del apóstol es el primer aliado de los enemigos de la Causa.
“Obligar a callar mediante el miedo”, es lo primero en la estrategia de los impíos. El terror que se utiliza en toda dictadura está calculado sobre el mismo miedo que tuvieron los Apóstoles.”
“El silencio posee su propia elocuencia apostólica solamente cuando no retira el rostro ante quien le golpea. Así calló Cristo. Y en esa actitud suya demostró su propia fortaleza. Cristo no se dejó aterrorizar por los hombres. Saliendo al encuentro de la turba, dijo con valentía: Soy yo” (citado en ¡Levantaos! ¡Vamos! de Juan Pablo II)
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