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Clase XX. El tesoro de la amistad


El arte de conversar

Miguel Ángel Martí, La Intimidad, Eunsa, Pamplona, 1992


Siempre me he preguntado el porqué de tantas conversaciones insustanciales, que cansa el escucharlas y de las que uno cuando tropieza con ellas sólo piensa en una cosa: en huir. Se habla a borbotones, se pasa de un tema a otro, se cae en un tópico, se repiten frases hechas..., y al final, únicamente queda la sensación de haber perdido el tiempo y una cierta tristeza al comprobar una vez más, la pobreza de las relaciones interpersonales.

Se echa entonces de menos el arte de conversar con un cierto sesgo cartesiano, en donde el orden, la lógica y el respeto hacia las palabras y las personas, tanto la del que habla como la del que escucha, sean la filosofía de toda conversación. No estaría de más recordar que no podemos maltratar a los demás obligándoles a escuchar lo primero que a nosotros se nos ocurra decir.

La única forma de eludir este peligro es siendo autocríticos, así omitiremos decir todo aquello que no tiene ningún interés y que a lo sumo es una expansión afectiva, pero las expansiones afectivas tienen otro cauce más adecuado y, sobre todo, de mayor calidad. Ese deseo de comunicación puede ser encauzado por otros derroteros que no sean cuatro frases hechas, que lo único que consiguen es que nuestra dignidad quede al menos cuestionada, y que el que nos escucha en lugar de sentirse llamado a compartir nuestros sentimientos, se ve empujado, por el contrario, a desembarazarse de nosotros cuanto antes.

La calidad de la conversación

Ahora que el término “calidad» se está rei­vindicando para todo, pienso que así mismo habría que reivindicarlo para la conversación. El problema no es de ahora, ya en el siglo VI a.C. Heráclito denunciaba: «la gente no sabe ni escuchar ni hablar». Pero hablar de calidad de conversación no es caer en un academicismo frío, en la pedantería: sería peor el remedio que la enfermedad.

Siempre es mejor la espontaneidad, aunque sea caótica, que las actitudes frías, hieráticas. A veces parece que cuando se critica algo, hay alguien que se obstina en mantener que lo contrario es peor, y se olvida que entre ambas posturas hay una zona intermedia donde se encuentra la solución al problema planteado.

La calidad de la conversación depende de distintos factores que, integrados tanto en el que habla como en el que escucha, hacen que esa relación interpersonal sea buena. ¿Y cuáles son estos factores: ya hemos dicho que en primer lugar hace falta que los conversadores sean autocríticos, que eliminen de su conversación todo aquello que no merezca ser dicho. Se necesita también serenidad; los nerviosismos, la ansiedad, es el peor estado de ánimo para tener una buena comu­nicación; en cambio, la distensión, la tranquilidad son la mejor forma de enfrentarse en nuestra comu­nicación con los otros.

 

Objetividad, contraste

Otro factor importante para que la conversación tenga calidad es la cultura, la cultura es la que garantiza que lo que se dice tenga una cierta objetividad y esté contrastada; si quien habla tiene un conocimiento extenso - más o menos­ de lo que está diciendo, su reflexión no será sólo la fruición de un puro subjetivismo, sino que será más razonada, más rica y crítica a la vez; aunque desde una postura culta es posible caer en el engaño y en el error, no cabe duda de que la posibilidad es mucho mayor desde la ignorancia.

Hablar con una persona es algo tan bonito cuando hay un entendimiento mutuo y cosas que decirse que no es un adorno superfluo procurar que la con­versación se encuentre aderezada con todos aquellos ingredientes que hacen de ella algo ameno, divertido o patético, cargado de sugerencias, sembrado de recursos estéticos. Lo cotidiano -la palabra es el pan nuestro de cada día- no tiene por qué ser obligatoriamente vulgar, reiterativo, falto de imaginació

También la cotidianeidad admite la imaginación, la creatividad; evidentemente habrá que mantener el tono discreto que nuestras conversaciones normales exigen, porque no es lo mismo escribir un poema que hablar con un amigo: hecha esta aclaración, se puede reivindicar para esa charla informal que a lo mejor se tiene alrededor de una mesa en un bar, la corrección, la riqueza (le vocabulario y la imaginación para que la palabra coopere positivamente a la alegría que lleva consigo el encuentro entre dos amigos. Las reiteraciones, los circunloquios, las muletillas, las imprecisiones, los bloqueos: todo ello maltrata la conversación, convirtiéndola en un instrumento pobre, imperfecto e ineficaz.

Quienes se hablan así pierden la alegría de la comunicación. Conseguirán transmitir una información más o menos precisa, pero sus palabras no fecundarán su pensamiento, y no disfrutarán al ver cómo sus palabras apresan su mundo interior y a la realidad toda con la precisión, la finura y la delicadeza que pueda tener el ininiado de un viejo códice. Constatar que lo que se ha pensado se ha comunicado tal cual. sin que haya experimentado ninguna pérdida al encarnarse en la palabra. es algo que además de descansarnos psíquicamente produce una fruición estética y, además, quien nos escucha se hace cargo hasta de los matices de nuestro mensaje.

 

Oír-escuchar

Otra condición para que la conversación se lleve a cabo con normalidad es que los interlocutores se escuchen. Yo distingo entre oír y escuchar. Oír, oímos siempre que hay un ruido a nuestro alrededor, siempre que tenga la suficiente intensidad para que lo alcance nuestro oído; también oímos palabras, cuando se nos dirigen a nosotros, aunque con fre­cuencia no sepamos cuáles y qué han querido decir­nos con ellas, porque nuestra atención estaba en otra parte.

Escuchar, en cambio, es oír con atención, fijándose en lo que se nos dice, apropiándonos del contenido de las palabras, para hacernos cargo del mensaje que se nos da y luego poder -si es el caso­, responder con justeza y precisión.

Quien interrumpe por sistema a quien habla, está demostrando con su interrupción que está fallando en uno de los elementos constitutivos de la conversación: la actitud de escucha.

Por eso Cleóbulo, uno de los sabios griegos, aconseja en una máxima: «sé ávido de escuchar y no de hablar»'. Escuchar es una acción difícil de realizar- porque todos tendemos-a tener un protagonismo muy activo en nuestras conversaciones queremos -como se dice vulgarmente—llevar «la voz cantante».

Cabría, pues, preguntarse el por qué de esa resistencia nuestra a convertirnos en auditores. Tal vez la causa esté en que abundan las personas de temperamento nervioso, y sea superior a sus fuerzas mantenerse callados, aunque yo pienso que con una adecuada educación a este respecto, esa tendencia podría ser corregida en gran parte.

También explica esa resistencia a escuchar la realidad de que es más creativo, más divertido hablar que escuchar. Quien habla está creando un discurso y pensando,no olvidemos que muchas veces pensamos hablando.

Otra respuesta sería que con frecuencia las personas olvidamos que interrumpir a quien está hablando es una falta de educación lo es porque es un atentado (todo lo atenuante que se quiera) a la dignidad del otro, que está en su derecho de exponer libremente lo que quiera decir. No estaría de más que todos recordáramos este criterio, sobre todo en nuestras conversaciones ordinarias. porque en las conversaciones cualificadas sí que somos conscien­tes de que no podemos tomar la palabra hasta que el otro haya terminado.

 

Saber escuchar

El saber escuchar se ha convertido en una nota distintiva de humanidad. Se oye ya con frecuencia decir de una determinada persona «es de las que escucha», queriendo indicar que está adornada de una alta cualidad que la distingue de la mayoría incapaz de hacerlo. Esas personas que con su silencio, con su mirada, con su cuerpo entero están diciendo habla, tómate el tiempo que quieras, que yo te escucho, se adornan de un atractivo difícilmente superable: lo contrario de aquellas otras que por quitarnos la palabra de la boca antes de haber podido expresar un pensamiento, se hacen acreedoras de nuestra indiferencia, porque al darnos cuenta de su desinterés por nuestras cosas, terminamos no contándoselas.

 

 



 

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