Regresar a la Portada del Código da Vinci---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

¿Qué dijeron los romanos contemporáneos de Jesús sobre Él?



¿Hay menciones de Jesús en los escritos romanos contemporáneos?

Sí. Hay menciones sobre Jesús en documentos literarios no cristianos muy cercanos a los acontecimientos, escritos por historiadores helenistas y romanos de la segunda mitad del siglo I o la primera mitad del siglo II.

Su conocimiento sobre la figura de Jesús es superficial, porque ignoraban su trascendencia futura. “Quizá por eso –afirma Francisco Varo- lo que dicen resulta especialmente significativo, porque se trata de menciones marginales en el conjunto de sus obras, escritas sin tener conciencia de la importancia que alcanzarían esos párrafos”.

Las siguientes respuestas se basan en el estudio "Rabí Jesús de Nazaret", publicado recientemente en España (BAC) por este autor cordobés, especializado en estudios bíblicos

 

¿Cuál es el texto más antiguo no cristiano que menciona Jesús?

La carta a su hijo de Mara bar Sarapion, un filósofo estoico originario de Samosata, Siria, hacia el año 73 en la que le anima a cultivar la sabiduría, porque –le decía- aunque los sabios sean perseguidos, la sabiduría permanece.

En ella denomina "Rey" a Jesús:


«¿De qué sirvió a los atenienses haber matado a Sócrates –escribe Sarapión-, crimen que pagaron con el hambre y la peste? ¿O de qué sirvió a los samios quemar vivo a Pitágoras, cuando todo su país quedó cubierto de arena en un instante?

¿O a los judíos dar muerte a su sabio rey, si desde entonces se han visto despojados de su reino?Porque Dios se tomó justa venganza por esos tres sabios: los atenienses murieron de hambre, los samios fueron inundados por el mar, los judíos sucumbieron y fueron expulsados de su reino, y viven dispersos por todas partes.

Sócrates no murió, gracias a Platón. Ni Pitágoras, gracias a la estatua de Hera.
Ni el rey, gracias a las nuevas leyes que promulgó»
'.

Esas «nuevas leyes» pueden aludir quizá al Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,21-48) z.

 

¿Cuál es el texto antiguo no cristiano más importante sobre Jesús?

El de Flavio Josefo, un prestigioso historiador judío que vivía en Roma, en su obra Antigüedades judías en la que narra hechos que ha vivido o que conoce de primera mano, por narraciones de los protagonistas.

Flavio Josefo cita a Jesús cuando habla de la ejecución de Santiago en la Pascua del año 62 d.C. Santiago es un “hermano de Jesús” –un pariente de Jesús, en el modo de decir judío- al que menciona Marcos (6,3,) en su Evangelio.

«Siendo así, Anás consideró que se presentaba una ocasión favorable cuando Festo murió y Albino se encontraba aún de viaje: convocó una asamblea de jueces e hizo comparecer a Santiago, hermano de Jesús llamado el Cristo, y a algunos otros, y presentó contra ellos la acusación de ser transgresores de la ley, y los condenó a ser lapidados».

Flavio Josefo cita a Jesús en otra ocasión:

«Por este tiempo vivió Jesús, un hombre sabio, si se le puede llamar hombre, que realizaba obras extraordinarias, maestro de todos los hombres que acogen con gusto la verdad.

Arrastró a muchos judíos y a muchos paganos. Él era el Mesías. Aunque, por instigación de nuestras autoridades, Pilato lo condenó a morir en la cruz, los que antes lo habían amado no lo abandonaron, porque al tercer día se les apareció vivo de nuevo, como lo habían previsto los profetas, que además habían anunciado muchas cosas admirables sobre él.

Hasta el día de hoy sigue existiendo el linaje de los cristianos, que se denomina así por él'.



Explica Varo: “El testimonio acerca de Jesús que ofrece es tan cercano a algunos puntos esenciales de la fe cristiana, que algunos comentaristas piensan que ese texto es el resultado de la interpolación realizada por una mano cristiana, en algún momento de los procesos de copia de los manuscritos, de algunas frases en un texto más breve de Flavio Josefo.

Esa hipótesis, aunque discutible, no puede ser rechazada como totalmente arbitraria, ya que, como sucede con todas las obras de la antigüedad clásica, no se conserva el manuscrito original, sino copias medievales realizadas en monasterios cristianos. Por lo que la eventualidad apuntada no se puede rechazar sin más .

Una primera cuestión técnica que es necesario afrontar consiste en averiguar, en el supuesto de que haya habido alguna interpolación posterior a Josefo, qué frases de ese texto pertenecen al original y cuáles han sido añadidas. E incluso, si se formula la cuestión de modo más radical, podría plantearse si hay algo original de Flavio Josefo en todo ese párrafo.

De entrada, se puede advertir que la posterior mención de Jesús en la misma obra, al hablar de la muerte de Santiago, parece presuponer ya conocido del lector a ese Jesús del que apenas se ofrecen después más explicaciones; luego cabe esperar que en la obra de Josefo hubiera una mención anterior a aquella y más amplia, que necesariamente debe ser esta de la que nos ocupamos. Otro tema es si toda ella es original de Josefo, o sólo una parte.

En cualquier caso, se puede constatar que el texto emplea modos de expresarse corrientes en el lenguaje de Josefo, pero no en el cristiano, como son el calificativo « hombre sabio» aplicado a Jesús, la denominación «obras extraordinarias» para calificar lo que la literatura cristiana llama « milagros» o «signos», o la expresión «acoger con gusto la verdad», ya que la palabra «gusto» (en griego hedoné, de donde deriva «hedonismo») suele tener connotaciones negativas en las obras

Sin embargo, también hay que tomar en consideración otros datos que inducen a pensar que, a pesar de que el texto tenga su origen en Flavio Josefo, se han introducido algunos retoques en época temprana.


De una parte, hay algunas frases que difícilmente han podido ser escritas por un judío, pues parecen claramente redactadas por un cristiano: el inciso «si se le puede llamar hombre», la afirmación de que «él era el Mesías» y la explicación de que «al tercer día se les apareció vivo de nuevo, como lo habían previsto los profetas, que además habían anunciado muchas cosas admirables sobre él”. Por otra parte, Orígenes afirma explícitamente en una de sus obras que Josefo no creyó que Jesús fuera el Mesías 9. Por lo tanto, es muy probable que esas frases que parecen añadidas no estuvieran en el texto de Josefo que leyó Orígenes.

Una posible reconstrucción del texto original de Josefo, que luego sería ligeramente retocado, podría ser la siguiente, que es la traducción de una versión árabe del texto de Josefo citada por Agapio, un obispo de Hierápolis, en el siglo X:

«Por este tiempo, un hombre sabio llamado jesús tuvo una buena conducta y era conocido por ser virtuoso. Tuvo como discípulos a muchas personas de los judíos y de otros pueblos. Pilato lo condenó a ser crucificado y morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos no abandonaron su discipulado y contaron que se les apareció a los tres días de la crucifixión y estaba vivo, y que por eso podía ser el Mesías del que los profetas habían dicho cosas maravillosas»

Incluso este texto, expurgado de toda eventual reelaboración cristiana, constituye un testimonio de primer orden no sólo acerca de la existencia de Jesús, sino de los elementos centrales de su vida:

  • fue un hombre bueno
  • atrajo tras de sí a muchas personas
  • tuvo discípulos que le permanecieron fieles incluso en los momentos difíciles
  • fue condenado por Pilato y murió en una cruz,
  • y sus seguidores manifestaron desde el primer momento que a los tres días había resucitado, que vive y que en él se cumple lo mandado por los profetas”.

 

¿Qué otros autores romanos hablan de Jesús?

Hablan autores de la talla de Plinio el joven en uno de sus libros de Cartas su correspondencia con el emperador Trajano.

En una de esas cartas le habla de la rápida expansión de los discípulos de Cristo y del fuerte arraigo de la creencia en el carácter divino de Jesús, compartida por jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, gentes de la ciudad y del campo, personas de todas las clases sociales:

«Maestro, es una regla para mí someter a tu consideración todas las cuestiones en las que tengo dudas. ¿Qué podría hacer mejor para dirigir mi inseguridad o instruir mi ignorancia?

Nunca he participado en las investigaciones sobre los cristianos. Por tanto no sé qué hechos ni en qué medida deban ser castigados o perseguidos. Y con no pocas dudas me he preguntado si no habría que hacer diferencias por razón de la edad, o si la tierna edad ha de ser tratada del mismo modo que la adulta; si se debe perdonar a quien se arrepiente, o si bien a cualquiera que haya sido cristiano de nada le sirva el abjurar; si ha de castigarse por elreprobables, o las acciones reprobables que van unidas a ese nombre.

Mientras tanto, esto es lo que he hecho con aquellos que me han sido entregados por ser cristianos. Les preguntaba a ellos mismos si eran cristianos. A los que respondían afirmativamente, les repetía dos o tres veces la pregunta, amenazándolos con suplicios: a los que perseveraban, los he hecho matar. No dudaba, de hecho, confesaran lo que confesasen, que se los debiera castigar al menos por tal pertinacia y obstinación inflexible.

A otros, atrapados por la misma locura, los he anotado para enviarlos a Roma, puesto que eran ciudadanos romanos. Bien pronto, como sucede en estos casos, multiplicándose las denuncias al proseguir la indagación, se presentaron otros casos diferentes.

Fue presentada una denuncia anónima que contenía el nombre de muchas personas. Aquellos que negaban ser cristianos o haberlo sido, si invocaban los nombres de los dioses según la fórmula que yo les impuse, y si ofrecían sacrificios con incienso y vino a tu imagen, que yo había hecho instalar con tal objeto entre las imágenes de los dioses, y además maldecían a Cristo, cosas todas ellas que me dicen que es imposible conseguir de los que son verdaderamente cristianos, he considerado que deberían ser puestos en libertad.

Otros, cuyo nombre había sido dado por un denunciante, dijeron que eran cristianos, pero después lo negaron. Lo habían sido, pero después dejaron de serlo, algunos al cabo de tres años, otros de más, algunos incluso por más de veinte. También todos estos han adorado tu imagen y las estatuas de los dioses y han maldecido a Cristo.

Por otra parte, estos afirmaban que toda su culpa o su error habían consistido en la costumbre de reunirse determinado día antes de salir el sol, y cantar entre ellos sucesivamente un himno a Cristo, como si fuese un dios, y en obligarse bajo juramento, no a perpetrar cualquier delito, sino a no cometer robo o adulterio, a no faltar a lo prometido, a no negarse a dar lo recibido en depósito.

Concluidos estos ritos, tenían la costumbre de separarse y reunirse de nuevo para tomar el alimento, por lo demás ordinario e inocente. Pero que habían abandonado tales prácticas después de mi decreto, con el cual, siguiendo tus órdenes, había prohibido tales cosas.
He considerado sumamente necesario arrancar la verdad, incluso mediante la tortura, a dos esclavas a las que se llamaba servidoras. Pero no logré descubrir otra cosa que una superstición irracional desmesurada. Por eso, suspendiendo la investigación, recurro a ti para pedir consejo. El asunto me ha parecido digno de tal consulta, sobre todo por el gran número de denunciados. Son muchos, de hecho, de toda edad, de toda clase social, de ambos sexos, los que están o serán puestos en peligro. No es sólo en la ciudad, sino también en las aldeas y por el campo, por donde se difunde el contagio de esta superstición. Sin embargo, me parece que se la puede contener y acallar.

De hecho, me consta que los templos, que se habían quedado casi desiertos, comienzan de nuevo a ser frecuentados, y las ceremonias rituales, que se habían interrumpido hace tiempo, son retomadas, y que por todas partes se vende la carne de las víctimas, que hasta ahora tenía escasos compradores.

De donde se puede concluir que gran cantidad de personas podría enmendarse si se les ofrece ocasión de arrepentirse».


 

¿Puede tratarse de una carta falsa, interpolada por algún copista medieval entre las cartas de Plinio?

Varo rechaza esa hipótesis, porque que esa carta y la respuesta de Trajano ya eran conocidas en el siglo II, como lo atestigua la mención de Tertuliano en una obra escrita el año 197.

“Por otra parte –explica Varo-, no es de extrañar que en el Ponto hubiese tantos cristianos ya en esa época, puesto que había en Jerusalén hombres venidos de esa zona que escucharon la predicación de Pedro en Pentecostés (Hch 18,2).

Además, es bien conocido un personaje cristiano de allí, llamado Marción, al que Tertuliano refuta, que era hijo de padre cristiano y murió en edad madura hacia el año 160. Nada tiene, pues, de extraño que cuando Plinio escribe desde Bitinia y el Ponto a Trajano en el año 112 o 113 hubiese allí muchos cristianos”.

 

He oído decir que Nerón culpó a los cristianos del incendio de Roma...

Eso lo cuenta un historiador romano, Tácito, autor de los famosos Anales. Y a finales del siglo I, evocando las consecuencias del incendio de Roma en el año 64 d.C., dice:

 

«Ni con los remedios humanos ni con las larguezas del príncipe o con los cultos expiatorios perdía fuerza la creencia infamante de que el incendio había sido ordenado.

En consecuencia, para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba crestianos, aborrecidos por sus ignominias. Aquel de quien tomaban nombre, Cresto, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato.

La execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino por toda la Ciudad, lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas.

El caso es que se empezó por detener a los que confesaban abiertamente su fe, y luego, por denuncia de aquéllos, a una ingente multitud, y resultaron convictos no tanto de la acusación del incendio cuanto de odio al género humano.

Pero a su suplicio se unió el escarnio, de manera que perecían desgarrados por perros tras haberlos hecho cubrirse con pieles de fieras, o bien clavados en cruces, al caer el día, eran quemados de manera que sirvieran de iluminación durante la noche.

Nerón había ofrecido sus jardines para tal espectáculo, y daba festivales circenses mezclado con la plebe, con atuendo de auriga o subido en un carro. Por ello, aunque fueran culpables y merecieran los máximos castigos, provocaban la compasión, ante la idea de que perecían no por el bien público, sino por satisfacer la crueldad de uno solo»

 

Pero Tácito habla aquí de los chrestianos...

Esto es, como explica Varo, un signo de autenticidad. Al oir la palabra "cristianos" Tácito la relacionó con el término griego chrestós («beneficioso») que era mucho más corriente para un pagano, y no con christós (es decir, «ungido», “mesías») de la tradición judía.

Escribió lo que le sonaba al oído sin conocer con precisión su sentido. Por eso, si se tratara de un párrafo interpolado en su obra siglos después por algún copista, sin duda diría christianos, que era la terminología habitual.

Y hay más citas, como la de Gayo Suetonio Tranquilo, otro autor pagano, que escribió ocho biografias: de Julio César y otros emperadores romanos. En la quinta, cuando habla de la expulsión de los judíos de Roma por parte del emperador Claudio, escribe:

 

«Expulsó de Roma a los judíos, que provocaban alborotos continuamente a instigación de Cresto»

 

“El interés de esta mención –explica Varo-, a pesar de su brevedad, es grande, ya que fue escrita por quien tenía un buen acceso a las fuentes imperiales y habla del revuelo organizado en Roma por las noticias acerca de Cristo mientras Claudio era emperador.

La expulsión de los judíos que vivían en Roma en tiempos de Claudio es aludida en el libro de los Hechos de los Apóstoles al explicar el motivo del traslado de Áquila y Priscila a Corinto (Hch 18,2), y tuvo lugar en el año 49, es decir, menos de veinte años después de la muerte de jesús en Jerusalén.

Estaría testificando, pues, que hubo una presencia de cristianos muy temprana en Roma, y, a la vez, que la proclamación de que jesús es el Mesías ya estaba muy extendida en ese tiempo, y suscitaba altercados entre los judíos de la ciudad”.


Un texto en pdf de Francisco Varo sobre esta misma cuestión


Regresar a la Portada del Código da Vinci


Para saber más: el Código da Vinci en diez minutos


 Ir a la Página de Inicio