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El Código da Vinci: novela y película
En el Chicago Sun Times
Thomas Roeser
27 de septiembre de 2003
El último prejuicio en aceptarse es el del anticatolicismo. No lo digo yo, que soy católico, sino el estudioso Philip Jenkins, un protestante, en su libro The New Anti-Catholicism.
En nuestra “correcta” sociedad, una declaración percibida como racista, antijudía, contraria a los homosexuales o las mujeres puede descalificar a un escritor durante mucho tiempo, pero no ocurre así con los insultos a Jesucristo y a sus discípulos.
Sorprendentemente, escribir un libro extenso sobre una conspiración católica llena de chismes puede ayudar a obtener abundantes beneficios y notoriedad, como así ha ocurrido con Dan Brown, autor de ‘El Código Da Vinci’.
La novela mezcla realidad y ficción en forma de docudrama y arroja conjeturas sin fundamento contra el catolicismo, y en defensa del moderno feminismo.
La editorial Doubleday distribuyó más de 10.000 ejemplares de promoción a los medios. Según el New York Times, la editorial no se había esforzado nunca tanto con otros libros, y quizá sea esta la principal razón por la que el libro ha escalado a lo más alto de la lista de superventas.
Pero vayamos sin más dilación a los muchos embustes que contiene. Brown afirma que Jesús no era el Hijo de Dios, sino un buen hombre elevado a la condición de Dios por el emperador Constantino, como un medio de afianzar el poder de Roma, con el apoyo del Nuevo Testamento para sustentar este mito. Jesús se casó con María Magdalena quien, en el momento de la crucifixión, estaba embarazada.
El Santo Grial no era el cáliz de la Última Cena, sino, literariamente, el seno de la Magdalena, un secreto que el catolicismo –y, en general, todo el cristianismo— ha preservado con incontables muertes para suprimir la verdad sobre el “carácter sagrado del sexo femenino”.
Supuestamente, la clave se puede encontrar en el fresco de La Última Cena, en donde, insiste Brown, la figura que está a la derecha de Cristo no es san Juan, sino María Magdalena (no es verdad, explica Bruce Broucher, conservador del Art Institute of Chigago, que ha echado por tierra la teoría).
La supuesta “investigación” de Brown bebe de las fuentes de un feminismo extremista, y de obras como The Gnostic Gospels, de Elaine Pagels, Holy Blood, Holy Grail, de Michael Baigent, Richard Leight y Henry Lincoln, y The Goddness in the Gospels: Reclaiming the Sacred Feminine, de Margaret Starbird.
Sus excéntricas conjeturas se mezclan con hechos e investigaciones chapuceras (los Juegos Olímpicos de la antigüedad se celebraban en honor de Zeus, y no de Afrodita; los Templarios, que supuestamente son los guardianes del “secreto” de la Magdalena, no construyeron las catedrales de su tiempo, sino que lo hicieron los obispos europeos; las catedrales góticas no tienen ningún simbolismo femenino –la crítica Sandra Miesel se pregunta con asombro “¿A qué parte de la anatomía femenina representan el transepto o las gárgolas de la nave lateral de Chartres?”—.
El odio al catolicismo impregna todo el libro, pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei, Prelatura personal aprobada por Juan Pablo II.
Un “monje” del Opus Dei (asombrosamente, Brown no comprende que esa organización no tiene monjes) es un asesino, que mata para impedir que el “secreto” de la Magdalena salga a la luz pública. Yo no soy del Opus Dei, pero lo conozco y lo admiro, entre otras cosas, por sus escuelas dirigidas a los jóvenes sin oportunidades de Chicago, en donde fui profesor.
A causa de la gran influencia del Opus Dei, tras la muerte de su fundador, más de un tercio del episcopado mundial pidió al Vaticano que se abriera su proceso de canonización. Cuando Juan Pablo II lo declaró santo en octubre de 2002, casi medio millón de personas abarrotaban la plaza de san Pedro y la vía de la Conciliación hasta llegar al río Tíber.
La novela forma parte de un género que presenta un odioso estereotipo del catolicismo. “Casi tan problemática como la abundancia de la retórica anticatólica es la dificultad para reconocerla como un grave problema social”, afirma Jenkins, prestigioso profesor de historia y estudios de religión en la Pennsylvania State University.
“En los medios, el catolicismo es percibido como un objetivo perfectamente legítimo... Lo que a veces parece ser ilimitado para la moderna tolerancia de la sociedad americana tiene estrictos límites donde está comprometida la Iglesia católica”.
‘El Código Da Vinci’ no es sino un cruel ataque más, como lo fueron las recientes manifestaciones a las puertas de las catedrales de Nueva York y Montreal (allí se pidió la aprobación del “horrible crimen”).
Lo que esta fallida novela pondrá pronto de manifiesto es que el Fundador de la Iglesia murió por amor, para redimir al hombre y que profetizó su persecución. Pero también dijo que ésta duraría hasta el final de los tiempos.
(c) 2003 Chicago Sun Times
Photo: GETTY IMAGES/Jonathan Harbourne)
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