Código da Vinci: libro y película


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El circo da Vinci

ABC, 24 de agosto de 2005

Fernando Martínez Laínez.

De una extraña época como ésta, tan descreída para algunas cosas y tan crédula para otras, podría decirse lo que G. K. Chesterton afirmaba de los ateos: lo malo no es que no crean en Dios, sino que son capaces de creer lo que les echen.

Aunque sea lugar común que los escritores, un gremio en el que cualquier vanidad tiene su asiento, queremos a nuestros libros como si fueran hijos propios, pienso que Dan Brown, el avispado autor del indescriptible «Codigo Da Vinci», debe ser el primero en estar asombrado de que mucha gente se tome tan en serio su argumento, y lo haya convertido, con la fe del carbonero, en una biblia místico-esotérica-feminista aliñada con el aceite de una prosa plana, el vinagre de una peripecia delirante, y el perejil de un tebeo de vieja escuela.

Aquí, en la aldea global, empezamos a estar como don Quijote, que terminaba creyéndose todo lo que leía, aunque recelemos del compromiso: su valor para lanzarse al campo y combatir contra los gigantes disfrazados de molinos de viento.

La primera lección de cualquier iniciación a la literatura debería ser que una novela es una novela, una novela, una novela. Fingir desmayos, protestas y adhesiones para alimentar la publicidad de la historia de la Magdalena madre del Rey de Reyes, resulta una forma de llamar la atención en un escenario necesitado de que el circo no se interrumpa. Es como la canción del verano, todo el mundo percibe que es una memez, pero todo el mundo la baila, la jalea y hasta se la compra.

Las pasiones y creencias de otros días han quedado reducidas a listas de superventas, rebajas en el supermercado y confianza en los teléfonos móviles y lo que dice la televisión. Dicho lo cual, recomiendo a quien todavía no se haya comprado el libro de marras, que lo busque, lo compre de una vez, compare, y si no encuentra algo mejor se replantee seriamente cambiar de afición, o por lo menos de vida.


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