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El secreto del Código da Vinci



Hacer crítica literaria de un best seller como “El Código Da Vinci” es, posiblemente, una tarea inútil. Ni el autor, ni los lectores habituales de este tipo de libros van buscando buena literatura, sino argumentos bien desarrollados que proporcionen un rato de entretenimiento.

“El Código Da Vinci” posee, ciertamente una elaborada trama argumental y un ritmo trepidante.

El problema es que esos recursos no resultan suficientes para convencernos de que Jesús de Nazareth estaba casado con María Magdalena; la Iglesia Católica asesinó a cinco millones de mujeres llevada de su furor misógino; Isaac Newton fue el Gran Maestre de una sociedad secreta que practicaba el sexo ritual; los numerarios del Opus Dei son monjes que visten hábito y acostumbran a drogar, secuestrar y a asesinar a la gente; o, como colofón, que el Santo Grial no es el Cáliz de la Última Cena, sino los diarios secretos de Jesús y de María Magdalena, junto con los restos de ésta, una especie de divinidad femenina.

Describir la sucesión de disparates históricos que, a lo largo de seiscientas páginas, acumula el autor sería embarcarse en una incontenible catarata de fábulas e interpretaciones cabalísticas que preparan al lector para que tenga por creíble el núcleo de la novela: Jesús era un simple hombre y todo el cristianismo es un montaje del Emperador Constantino, sostenido por la violencia eclesiástica y la fuerza de los mitos.

La prueba de esa afirmación constituye un secreto que ha costado muchas vidas, pero que paradójicamente ha sido difundido a la largo de los siglos por artistas como Leonardo Da Vinci, Bernini, Mozart y especialmente Walt Disney. Aunque sea descubrir algo del final, no me resisto a desvelar el definitivo papel de François Mitterrand para ocultar el tan buscado Grial femenino.

Para mantener el ritmo narrativo de la trama el autor elabora un abigarrado cóctel de tópicos: intriga policial, conspiraciones mundiales, oscuros intereses disfrazados de religiosidad, interpretaciones cabalísticas, filosofía New Age y una acción frenética.

Sin embargo, el excesivo número de ingredientes y la desmesura de los planteamientos exigen al lector una fe muy superior a la que debe tener cualquier cristiano para afirmar su credo.

No hay que olvidar que este género de novelas de “teología-ficción” pretende aprovecharse del escándalo que sus hipótesis suscitan en los creyentes, y a la vez enganchar con un público carente de cultura religiosa pero todavía familiarizado con la imaginería cristiana.

Por eso, más que acusar a esta novela de ser un conjunto de falsedades y simplezas –justificadas fácilmente con el recurso a la ficción– se le puede reprochar que ridiculice las creencias de millones de personas y presenten a la Iglesia Católica como una institución cuasi-criminal, con el único propósito de ganar dinero.

En “El Código Da Vinci” se da el agravante de que el autor afirma, en sus primeras páginas, que se ha documentado abundantemente, por lo que sugiere que las hipótesis de la novela están basadas en hechos reales.

Afortunadamente, cualquier comprador incauto descubrirá en seguida que esa afirmación es la ficción más increíble de toda la novela.

 

Alvaro Matud


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Para saber más: el Código da Vinci en diez minutos


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