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La ola del Código: una ocasión formidable


 

19 de mayo de 2006

Son conocidas las tesis de Dan Brown en el Código da Vinci: afirma que la verdadera historia del cristianismo fue adulterada por el partido de “los vencedores” –los seguidores de san Pedro- , que ocultaron a la posteridad “el Gran Secreto”.


Siguiendo las invenciones de algunos autores de la New Age, que el autor parece tomar en serio, ese “Gran Secreto” es que Jesús se casó con María Magdalena -según Brown porque eso era lo normal- y tuvo una descendencia que perdura en la actualidad. La divinidad de Cristo, en consecuencia, sería un montaje del emperador Constantino y el resultado de una votación en el Concilio de Nicea: “La Biblia –se afirma en la novela- , tal como la conocemos en nuestros días, fue compilada por el emperador romano Constantino el Grande, que era pagano”.

“El secreto que yo revelo –afirmaba Brown en una entrevista- ha sido susurrado durante siglos. No me pertenece. De acuerdo: quizá sea esta la primera vez en que el secreto ha sido revelado mediante el formato de una novela popular de suspense, pero la información no es nueva en absoluto”.

Desde el principio -se asegura en la novela- la Iglesia católica ha matado sin cesar para que nadie descubriera su “vicio de origen”; un misterio que sólo conocerían unos cuantos privilegiados, como Leonardo da Vinci -que lo transmitió en sus cuadros por medio de claves- o el mismísimo Walt Disney…

 

¿Por qué ha alcanzado tanto éxito?

 

El crítico del The Times de Londres afirmaba que “este libro es, sin duda, el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado y populachero ejemplo de pulp fiction que he leído”. Sin embargo, aunque la crítica, en su conjunto, haya sido demoledora, el número de ediciones se multiplica y el libro se ha traducido a más de cuarenta lenguas. ¿Qué sucede?

Para entender el fenómeno “ola da Vinci” –una ola que ahora vuelve con fuerza renovada, a raíz del estreno de la película- conviene recordar que el éxito de la novela no radica tanto en la trama (elemental); en la calidad literaria (más bien tosca); ni en el retrato de los personajes (planos y convencionales) o en el suspense;sino, en gran medida, en las conclusiones personales a las que llegan algunos de sus lectores, que encuentran en sus páginas una supuesta excusa “científica” para tirar su propia fe a la papelera.

Las reacciones de los lectores son distintas. Para unos es un simple pasatiempo y le perdonanal autor la mezcla de datos verdaderos con otros totalmente falsos, presentándolos como si fueran la historia “pacíficamente aceptada” por los historiadores. Otros sencillamente no aceptan esa especie de propuesta de una nueva fe, con un Evangelio en clave New Age y una historia de la Iglesia contada en cuatro trazos deformados.

 

Un cristianismo de temporada

Brown ofrece en su libro- ayudado por una costosa y eficaz mercadotecnia- un producto de fácil consumo: un Jesús de diseño políticamente correcto, conformista con los tiempos que corren, peinado ideológicamente según la moda y gustos del momento; un cristianismo de temporada, que permite a cualquiera autodenominarse “cristiano” aunque su estilo de vida, conducta y convicciones personales se muevan en coordenadas totalmente apartadas del verdadero mensaje de Cristo.

Esta es parte de la clave del éxito de Brown: logra que muchos de sus lectores acaben apostando por el Cristo prefabricado que les ofrece, un Jesús travestido en feminista radical, a tono con los dictados actuales de un determinada “liberación” de la mujer, y compatible con casi todo: el agnosticismo, el ateísmo o la ideología de género.

Como era previsible, Brown pone en los labios de su Cristo de diseño un mensaje permisivo en lo sexual que parece bendecir cualquier tipo de relación. Un Jesús gnóstico, New-age… ¿Alguien da más?

 

 

¿No estaremos exagerando?

Si sólo es una novela –se preguntan algunos- ¿para qué preocuparse? ¿No estaremos exagerando? En algunos países ya han colocado el cartelito en el libro de que éste es un libro de ficción, Pero el autor insiste en que no es una simple ficción; si lo fuera, la ola da Vinci no merecería mayor atención. El problema es la confusión que provoca en tantos lectores –y probablemente futuros espectadores de la película-, que parecen dispuestos a arrojar al fuego, por ignorancia, muchas de sus convicciones y valores, convencidos de que les han mostrado la verdad histórica.

¿Qué hacer? Los buscadores de la verdad, los amantes de la historia, los cristianos de cualquier confesión que conocen la realidad de su fe, han comprendido queno es el momento de montar una falla, y menos con el ninot caricaturizado e irrespetuoso de Dan Brown. Esto, además de darle publicidad gratuita al libro y película, llevaría al mismo error que se denuncia: la agresión indiscriminada, el linchamiento público de personas e instituciones.

Es el momento, por el contrario,de construir edificios sólidos; la ocasión de hablar de Jesús con rigor histórico y científico; de fomentar el estudio de la fe y el sentido crítico; la oportunidad para que muchos conozcan el Evangelio. Parecemás eficaz aprovechar esta ola para mostrar la historia de la Iglesia con seriedad, amenidad y amor a la verdad; para fomentar el respeto y la tolerancia ante las convicciones religiosas de los demás; informando sobre las actividades de solidaridad que promueven los católicos en el mundo.

 

Floater

Este fenómeno ha puesto de relieve de forma patente las carencias formativas de muchos católicos actuales, que lo desconocen casi todo sobre Cristo, sobre su fe, sobre la historia de la Iglesia. Es un momento para que los padres de familia se formulen algunas de estas preguntas. ¿Cómo es posible que un número tan elevado de jóvenes que se consideran cristianos no dispongan desuficientes elementos críticos para formarse su propio juicio? ¿Cómo les transmitimos esa fe en el hogar?

En algunos países -España entre ellos- parece faltar una profundización personal en los contenidosdoctrinales de la propia fe(reducida con frecuenciaa un manojo de preceptos morales) fruto de una reflexión personal y sincera, unida al estudio y al ejercicio del sentido crítico. Durante décadas, muchos padres y educadores se han limitado a transmitir un conjunto de “sentimientos religiosos” que resultan insuficientes: la ola del Código lo confirma.

Se lamentaba Mauriac por la falta de una “inteligencia católica” que sepa aunar la fe, la razón y el sentido crítico en medio de las campañas mediáticas de uno y otro signo. Juzgaba el novelista francés- posiblemente con excesiva severidad- que los padres y educadores cristianos se habían limitado durante décadas a formar “sensibilidades católicas”.

La “ola da Vinci” esun embate más –pero con una fuerza mediática espectacular- dentro de la marejada secularista contemporánea. Ofrece una oportunidad magnífica: aprovechar la propia fuerza del fenómeno, el interés que ha suscitado hacia Jesús y la Iglesia, para dar a conocer con mayor profundidad la figura de Cristo,particularmente a los jóvenes.

En lenguaje surfista se denomina floater a la capacidad para deslizarse por la cresta de la ola. ¿Sabrán los católicos aprovechar esta ocasión sin perder el equilibrio?

 

Jose Miguel Cejas. Artículo publicado en Arvo

 

 

 

 

 


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