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El Código da Vinci y su visión de la Iglesia Católica


Un conglomerado

La novela ‘El Código Da Vinci’ es un conglomerado de arqueología, simbología, misterio, datos reales y colosales invenciones. Todo ello tramado en un relato bastante bien escrito que llega a encubrir la falta de verdad y quien sabe si también las intenciones menos confesables.

El autor ya había ensayado este procedimiento en novelas anteriores, especialmente en la última, Ángeles y Demonios, una historia en la que se mezclan simbología, religión y secretos misteriosos; tuvo una acogida más bien limitada.

En ésta que comentamos da un salto descomunal e involucra en su trama todo aquello que más revuelo puede causar, a personas tan relevantes como Jesús de Nazaret y la Magdalena, o instituciones tan prestigiosas y queridas como el Opus Dei y la misma Iglesia católica.

La novela parte de un crimen extraño que se comete en el Louvre: la víctima es un sucesor de Leonardo da Vinci y de Isaac Newton que se lleva a la tumba “el fabuloso secreto” del Santo Grial y la verdad sobre Cristo. A partir de este suceso Brown entreteje una trama confusa de peripecias fantásticas para dar con ese supuesto secreto.

Al llegar el cambio de milenio sin haberlo descubierto se movilizan los poderes interesados en poseer esas pruebas, y llevan a cabo una serie de estratagemas, en las que no falta el chantaje y hasta el crimen, con tal de hacerse con el curioso secreto. Éste es en síntesis el contenido del libro.

Consciente de que el escrito atañe a elementos muy enraizados en el alma de hipotéticos lectores, presenta sus fuentes de información. Para apoyar la verdad sobre Jesús, incluso esa invención del matrimonio con la Magdalena y la supuesta hija de ambos, habla de unos evangelios apócrifos, pero silencia que todo el apoyo de esta burda quimera es una frase del evangelio gnóstico de Tomás: “Y (Magdalena) subirá a mi tálamo...”, y, por supuesto, se calla que los gnósticos entendían el tálamo nupcial en sentido místico, nunca en sentido literal, y que ningún comentarista serio interpreta dicha expresión gnóstica como lo hace Brown influido por “La última tentación de Cristo” y algunos escritores sensacionalistas de “teología ficción”.

Como fuente de información sobre la Prelatura Opus Dei —de la que hay una amplísima bibliografía seria y asequible— aduce, en la sección de Agradecimientos, unas conversaciones mantenidas con dos miembros de la Obra y con otros dos que la abandonaron. Pretende el autor achacar a otros sus errores manifiestos y estimular en el lector una credulidad absoluta a su testimonio.

Sobre la Iglesia católica que termina siendo el blanco último de sus envenenados dardos, no menciona ni un solo documento de sus dirigentes jerárquicos ni de los innumerables comentaristas e historiadores bien intencionados.

Se limita a repetir los viejos tópicos sobre las Cruzadas, la inquisición, la condena del racionalismo o cientifismo, etc., y cuando se refiere a la época contemporánea, alude, siempre de modo negativo, al Banco Ambrosiano y a las finanzas del Vaticano, al supuesto afán de dominio o a la escasa valoración de la mujer en la Iglesia. Con todo esto el libro aporta mucha información aparente, pero con incorrecciones y errores de bulto que no resisten la crítica más elemental.

Un relato deforme

Todo en el relato es ampuloso y deforme. La figura de Jesús es tratada con menosprecio. Además de negar su divinidad se le describe como un hombre cualquiera, acosado de pasiones y cargado de problemas menos nobles. No se oculta su condición de maestro y líder, pero siempre en un plano horizontal y achatado. Su matrimonio con la Magdalena y el trato con su hija son elementos básicos para rebajar su condición espiritual y su condición divina, y vulgarizar lo más posible su comportamiento.

Al referir sucesos en los que intervienen miembros del Opus Dei los trazos se hacen más gruesos, se describen como habituales actitudes aberrantes y se deforma la personaldiad de los protagonistas hasta extremos insospechables. A lo largo del libro se presenta una figura tan deforme del Opus Dei que ni los enemigos más enconados podrán aceptar, por inverosímil.

La Obra es, según la novela, una especie de secta fanática, formada por monjes que desprecian su cuerpo y hacen penitencias increíbles; someten y oprimen a la mujer, fomentan los valores más conservadores del catolicismo y adoptan agresivos métodos de reclutamiento, como drogar a los jóvenes con mezcalina. Eso sí, es una empresa de gran potencial económico, construye un rascacielos en Manhattan, el prelado viaja en jet privado y ostenta joyas fabulosas, etc.

En el mismo clima de exageraciones se dice que obtuvo de la Santa Sede la forma jurídica de Prelatura a cambio de enjugar el déficit de la banca vaticana que sobrevino tras la quiebra del Banco Ambrosiano (¡mil millones de dólares! costó la broma).

La presentación deforme y siempre negativa del comportamiento del personaje siniestro, un monje albino y desequilibrado, miembro del Opus Dei, llega al extremo cuando relata que cometió varios asesinatos, mató a su padre, a la monja que conocía aspectos de su vida e incluso llega a amenazar de muerte al Prelado.

Demasiada invención

Demasiada invención, demasiada maldad, demasiada perversión como para ser ni siquiera verosímil, pero los lectores más inocentes pueden quedarse con la idea de que el Opus Dei es una institución poco fiable.

La Iglesia Católica es, como hemos indicado, el centro de su demencial condena. La idea que deja traslucir sobre el Opus Dei repercute necesariamente en la Iglesia y en su jerarquía, puesto que es una institución aprobada y apreciada. Pero además la novela contiene invectivas directas, tan graves como falsas.

La Iglesia es, en la novela, la gran mentira histórica, nacida como consecuencia de una invención del emperador Constantino, que buscaba una religión única para el imperio; hasta entonces era una simple creencia de origen oriental que giraba en torno a un profeta judío llamado Jesús que había enseñado una doctrina atractiva mientras convivía con una mujer de nombre María Magdalena y con su hija Sarah.


Constantino

El propio Constantino convocó el Concilio de Nicea donde sometió a votación y se declaró como dogma la divinidad de Jesús. Desde entonces el que era un hombre sencillo fue encumbrado a la dignidad de Hijo de Dios. Semejante innovación obligó a destruir los antiguos evangelios y reescribirlos de nuevo mostrando el carácter divino de Jesús. Estos nuevos relatos manipulados ya no mencionan a la Magdalena como mujer de Jesús.

A partir de entonces la Iglesia católica se ha convertido en una institución poderosa que no ha dudado en cometer crímenes horrendos para conservar su prepotencia. Por conservar el secreto, base de la ficción de la novela, la Iglesia es capaz de todo tipo de atropellos, de todo tipo de falacias.

En este contexto se valoran negativamente las cruzadas (campañas militares de la Iglesia para recopilar y destruir información sobre el secreto de los orígenes vergonzantes del cristianismo), se exageran los crímenes cometidos por la Inquisición, se ridiculizan las condenas del racionalismo, etc.

Lo que se opone a la Iglesia es presentado como auténtico y digno de aprecio; lo que está a favor, es deforme y engañoso.

Por más que el autor intenta enmascarar estos disparates con múltiples referencias históricas, religiosas o artísticas, cualquier lector medianamente informado se sentirá herido y tomado por estúpido.

Santiago Ausín

Profesor de Sagrada. Escritura


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