------ - Carta abierta a los jóvenes
---------------------------que se dirigen a Colonia (con la mochila o el deseo)
------------------------------------------para la XX Jornada Mundial de la Juventud.

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Estimados amig@s:

Para muchos, esta puede ser la primera Jornada Mundial de la Juventud de su vida.

Yo he tenido la fortuna de asistir, desde el principio, a la mayoría de las Jornadas de la Juventud. Estos encuentros fueron consolidándose poco a poco desde el Jubileo Internacional que Juan Pablo II tuvo con los jóvenes en 1984, en Roma.

He pensado que ahora, cuando todos nos dirigimos hacia Colonia -unos, con la mochila y otros sólo con la ilusión y el deseo- quizás os interese conocer algo de estas Jornadas al hilo de mis recuerdos.

Aquí están mis vivencias de veinte años, resumidas, desde 1984 a 2004.

José Miguel Cejas

 

1984: el Jubileo internacional de la Juventud

Acudimos más de 300.000 jóvenes de todo el mundo, con la ilusión de conocer al Papa, que había sido elegido seis años antes. Juan Pablo II nos dijo, en vísperas del Domingo de Ramos:

Qué espectáculo tan magnífico el que ofrece esta asamblea desde este escenario.

¿Quién ha dicho que la juventud actual ya no tiene interés en los valores? ¿Es verdad que uno ya no puede contar con ella?

No era verdad que no se pudiera contar con la juventud, y el tiempo demostró que los jóvenes estaban, estábamos, con el Papa; que el Papa podía -y sigue pudiendo- contar con nosotros.

Eran los primeros años del Pontificado de Juan Pablo II y el Papa se encontraba en la plenitud de su vitalidad, ya respuesto del atentado que había sufrido en 1981.

Resalto esto porque en la actualidad la mayoría de los jóvenes guardan la imagen entrañable de un Juan Pablo II anciano. Este era su aspecto entonces:

En aquel tiempo, la ciudad de Roma no estaba preparada para recibir las muchedumbres cada vez más numerosas que comenzaban a llegar, respondiendo a la llamada del Papa; y a pesar de la buena voluntad de seis mil familias romanas, que alojaron a muchos jóvenes en sus casas, nuestra irupción supuso un sobresalto para la ciudad, donde los embotellamientos y el caos de tráfico parecen formar parte del paisaje.

Fue la primera vez que vi a la madre Teresa de Calcuta.

Estaba allí, menuda, junto al Papa y su figura parecía más pequeña aún al pie de la imponente fachada de san Pedro.

Al verla junto a Juan Pablo II éramos conscientes de que estábamos contemplando a dos santos del siglo XX. Esa imagen -el Papa junto a la Madre Teresa- es el recuerdo inolvidable que guardo de aquel Jubileo. "Los santos existen, viven entre nosotros", coméntabamos entre nosotros, chicas y chicos venidos a Roma desde todo el mundo.

Recuerdo que en aquella Jornada se cantaba una canción italiana que decía "Ouédate con nosotros":

Resta qui con noi il sole scende già,
resta qui con noi Signore, è sera ormai.
Resta qui con noi il sole scende già,
se tu sei fra noi la notte non verrà.

Se rezó el Vía Crucis en el Coliseo  -todavía sin restaurar de todo- y se celebró la Eucaristía en la plaza de la Catedral de San Pedro. Y fue entonces cuando nació la costumbre de que el Papa entregara a los jóvenes una cruz de madera de gran tamaño.

Esa cruz, que luego ha ido de continente en continente, portada por los jóvenes, se convertiría en la ”Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud”.


1985: Año internacional de la Juventud

El año siguiente, 1985, fue declarado por las Naciones Unidas “Año internacional de la Juventud". El Papa nos convocó a los jóvenes, y de nuevo, millares de muchachas y muchachos, de jóvenes de todo el mundo respondimos a su invitación.

El Papa nos había hablado en una Carta de la necesidad de formarnos cristianamente para el futuro:

De esa actualidad, de su forma múltiple y de su perfil son responsables ante todo los adultos. A vosotros os corresponde la responsabilidad de lo que un día se convertirá en actualidad junto con vosotrosy que ahora es todavía futuro.

En vista de la magnífica experiencia de aquellas Jornadas, una semana después Juan Pablo II nos confirmó algo que deseábamos todos: la instauración de forma definitiva de esos encuentros con Jóvenes de todo el mundo.

Dijo en su Mensaje Pascual del 7 de abril:

“El domingo pasado encontré a centenares de miles de jóvenes y la imagen festiva de su entusiasmo ha quedado profundamente grabada en mi alma.

Mi deseo de repetir esta experiencia maravillosa en los años venideros y de crear de esta forma un encuentro internacional de la juventud el Domingo de Ramos corresponde a mi convicción que la juventud se enfrenta a una misión a la vez difícil y fascinante:

la de cambiar los mecanismos fundamentales que fomentan el egoismo y la opresión en las relaciones entre los Estados y de sentar nuevas estructuras orientadas hacia la verdad, la solidaridad y la paz.”

¡Habían nacido las Jornadas Mundiales de la Juventud!


1986 La primera Jornada Mundial de la Juventud


Con esa alegría se celebró la I Jornada el 23 de marzo de 1986, con el lema: Siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere. Y por esas ironías de la historia, yo -que había acudido a las dos anteriores y que acudiría a gran número de las restantes- no pude acudir a Roma.

Durante aquella época era relativamente frecuente que los grupos mexicanos, argentinos, españoles o colombianos se acercaran a la Columnata, bajo los apartamentos pontificios, para cantarle al Papa y que el Papa saliera para darles una bendición y una palabra de cariño y aliento. Yo fui testigo, a lo largo de los años, de muchas de esas intervenciones espontáneas y naturales, propias de un padre que acude a la llamada de sus hijos.


1987. Buenos Aires

Tampoco pude estar al año siguiente en Buenos Aires, donde se reunió un millón de argentinos y jóvenes sudamericanos para escuchar al Vicario de Cristo en la II Jornada Mundial de la Juventud. Eran -y desgraciadamente, sigue siendo- años de violencia en algunos países de América, y se cantaba, entre otras, esta canción de paz:

Una tierra que no tiene fronteras
sino manos que juntas formarán
una cadena más fuerte
que la guerra y que la muerte.

Lo sabemos: el camino es el amor

Ese estribillo "El camino es el amor", es una de las frases que repetiría Juan Pablo II a lo largo de su Pontificado.

La Jornada tuvo lugar del 11 -12 de abril de 1987 y el lema fue: 'Nosotros hemos conocido el amor que Dios tiene y hemos creído en Él.'

”Repito ante vosotros -dijo el Papa- lo que estoy diciendo desde el primer día de mi pontificado, que vosotros sois la esperanza del Papa, la esperanza de la iglesia.”

¡La esperanza de la Iglesia! Y los jóvenes de ahora -cuando se vive un momento histórico apasionante- sois esa esperanza de una forma muy singular.


1988. III Jornada Mundial de la Juventud

No pude estar en la II, pero acudí a la III Jornada, que se celebró en Roma el 27 de marzo de 1988.

En aquellos años la Cruz de las Jornadas ya tenía el fuerte sentido simbólico que tiene ahora: iba pasando de las manos de los jóvenes del mundo, como un símbolo de lo que tiene que ser su transmisión del mensaje de Cristo: un mensaje claro (sin cobardías ni edulcoraciones); un mensaje de entrega, sacrificio y amor.


1989. Santiago de Compostela

El año siguiente los jóvenes españoles tuvimos la suerte de que el Papa viniera a Santiago de Compostela, meta de peregrinación de millones de personas desde el siglo XI.

El lema de aquella Jornada fue: Haced todo lo que Él os diga.'

Fueron unos días de intensa emociión y alegría. Miles y miles de jóvenes llenaban las calles de Santiago en una peregrinación sin precedentes, y después de una larga caminata, animados por la hospitalidad tradicional de los gallegos, llegamos, por fin, el Monte del Gozo.

Rezamos, asistimos a la Eucaristía con el Papa y escuchamos sus palabras. Cantamos y disfrutamos bastante. Dormir, lo que se dice dormir, tengo la sensación de que se durmió poco... Ésta es una fotografía de aquellos días.

Se vivía ya con la conciencia de vivir las últimas décadas del siglo. Y, entre otras muchas otras canciones, se cantaba:

Entre tanta confusión
entre tanta falsedad,
buscamos hoy un camino
con horizontes de libertad.

No queremos más cuentos
sino una única verdad
para construir un mundo nuevo,
una nueva humanidad.

Somos los jóvenes del dos mil
 

1990. De nuevo en Roma

Acudí de nuevo a Roma para V Jornada Mundial. El lema fue, en aquella ocasión: 'Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.' Y lo siento, pero no guardo muchos recuerdos de aquel año. Sí que recuerdo que en el mes de agosto el Papa hizo esta convocatoria a los jóvenes del Este, que estrenaban por primera vez en su vida la libertad en su sociedadl:

A vosotros, jóvenes de los países del Este europeo, dirijo una palabra de especial aliento. No faltéis a esta cita que se prevé, desde ahora, como un encuentro memorable entre las jóvenes Iglesias del Este y del Oeste.

Vuestra presencia en Czestochowa constituirá un testimonio de fe de enorme significado.

Y vosotros, queridísimos jóvenes de mi amada Polonia, estáis llamados esta vez a dar hospitalidad a vuestros amigos que llegarán de todas las partes del mundo.

Para vosotros y para la Iglesia de Polonia, este encuentro, al cual yo también acudiré, constituirá un don espiritual extraordinario en este momento histórico que estáis viviendo, tan lleno de esperanzas para el futuro.

Espiritualmente arrodillado ante la imagen de la Virgen Negra de Czestochowa, confío a su amorosa protección el entero desarrollo de la VI Jornada mundial de la juventud.



1991. Czestochowa VI Jornada Mundial de la Juventud (10-15 de agosto 1991)


Resulta difícil condensar en pocas líneas los recuerdos de aquellos días. Fuimos más de millón y medio de jóvenes europeos a Czestochowa. Yo había estado allí en los año anteriores, todavía bajo el régimen comunista, y conocía bien la pobreza, la falta de libertad, las penalidades que había sufrido el pueblo polaco.

La visita del Papa supuso un estallido de libertad y de alegría. Los polacos podían manofestar libremente su fe, respirando por primera vez vientos democráticos tras décadas de dictaduras de uno y otro signo nazis y marxistas. En aquella ciudad profundamente mariana se produjo por primera vez el encuentro entre millares de jóvenes del Este y del Oeste.

El grupo de españoles con el que yo iba tuvimos suerte, porque -después de perdernos y volvernos a perder por las carreteras de Alemania con nuestro autobús y de llegar relativamente tarde a la ciudad-, encontramos un suelo liso y bajo techo en el desván de un colegio donde poder dormir con la mochila como almohada.

Otros -miles- durmieron aquellas noches en los jardines -estábamos en pleno agosto- en las calles, en las aceras... Nos quedamos sin poder rezar en aquella ocasión ante la Virgen de Czestochowa, porque el Santuario se había visto obligado a cerrar sus puertas.

La falta de cierta organización -el país no disponía todavía de demasiados medios- se suplió con la buena voluntad y la bondad de los polacos. como todos, yo tenía el deseo de estar con el Papa frente a la explanada del Santuario, pero nos tuvimos que quedar a casi un kilómetro, en la avenida central.

Yo había paseado por esa misma Avenida, que tenía un nombre marxista, los años anteriores, en medio de la pobreza moral y material del régimen comunsita. Ese año se había quedado sin nombre y ahora se llama Avenida de Juan Pablo II.

La Avenida estaba completamente abarrotada y nos tuvimos que conformar con escuchar su homilía por los altavoces. El Papa fue saludando a los jóvenes de cada país, haciendo bromas que iban acompañadas por aplausos: aplausos corteses, joviales o estruendosos, según la nación. Los mexicanos se hacían notar por su alegría y su vitalidad, lo mismo que los españoles.

Al día siguiente, después de madrugar bastante, estábamos en la explanada, casi en primera fila, para una ceremonia tan emocionante que a todos nos pareció muy breve, aunque duró desde las nueve hasta las dos del mediodía. La música y los coros fueron magníficos, haciendo honor a la tradición musical polaca.

El Papa nos habló de la "Casa común Europea":

El Viejo Continente apuesta por vosotros, jóvenes de la Europa Oriental y Occidental, para construir esta ’casa común’ que debe aportarnos un futuro de la solidaridad y de la paz... para la prosperidad de las generaciones venideras hace falta que la nueva Europa se base en el fundamento de los valores espirituales que constituyen el núcleo más íntimo de su tradición cultural.

Meses después, evocando aquellos días, comentó:

¡Cómo quisiera que el soplo del Espíritu Santo, que recibimos en Czestochowa, se difundiese por todas partes!


En aquellos días inolvidables el santuario mariano se convirtió en el cenáculo de un nuevo Pentecostés, con las puertas abiertas hacia el tercer milenio.

Una vez más, el mundo pudo ver a la Iglesia, joven y misionera, llena de gozo y de esperanza.

Sentí una gran felicidad al ver a tantos jóvenes que, viniendo del Este y del Oeste, del Norte y del Sur, por primera vez se encontraron, unidos por el Espíritu Santo en el vínculo de la oración.

Vivimos un acontecimiento histórico, un acontecimiento que, por su gran alcance salvífico, abrió una nueva etapa en el camino de evangelización, del que los jóvenes son protagonistas.

 


1992 VII Jornada

En 1992 estuve en la VII Jornada, que se celebró en la Plaza de San Pedro el el Domingo de Ramos, el 12 de abril. El lema era : 'Id por todo el mundo predicando el Evangelio.

Como de costumbre, el Papa rezó el Viacrucis en el Coloseo, rodeado por miles de jóvenes que habían acudido para aquella Jornada. Lo hizo hasta el final de su vida, cuando ya le fallaban las fuerzas. Esta es una fotografía de aquel año:

No recuerdo más datos de esa jornada y de aquel tiempo, tan denso en noticias de los países del Este. El muro había caído diez años después de la visita del Papa a su país natal.

Mientras tanto, el Papa seguía llevando el Evangelio por todo el mundo. Ese mismo año había visitado Senegal, Gambia y Guinea (19/26-II), y visitaría Angola, Santo Tomé y Príncipe ( 4/10-VI) y la República Dominicana (9/14-X)


1993. Denver

El Papa llegó el 12 de agosto procedente del estado mexicano de Yucatán y fue recibido por el Presidente de Estados Unidos. Le dieron la bienvenida más de cien mil personas en el Mile Hig Stadium, donde juegan habitualmente los famosos Denver Broncos del fútbol americano.

El sábado tuvo lugar la marcha a pie al Creek State Park, donde tendría lugar la Vigilia de oración y la Misa con el Papa en la fiesta de la Ascensión. Fue una buena caminata, entre nubarrones que presagiaban tormenta, aunque poco a poco fue saliendo el sol... La canción fue: One body

We are one body
The body of Christ
And we do not stand alone.
We are one body
The body of Christ
And He came that we might have life.

Pero tal como te lo estoy contando parece que yo estuve allí, y no. Ya me hubiera gustado, ya, estar en 1993 en Denver, al pie de las Rocky Mountain y escuchar la defensa apasionada de Juan Pablo II a favor de la vida en suelo norteamericano... Esta es una fotografía de aquellos días:

Te haré una síntesis de las noticias de prensa de aquella Jornada. Algunos amigos míos estuvieron allí y me dijeron que pasaron una noche agradable, rezando, charlando, o reuniéndose por grupos en el inmenso parque, con chicas y chicos de todas las razas y culturas.

Antes de llegar, el helicóptero que traía al Papa sobrevoló tres veces el cielo, para que Juan Pablo II pudiera ver y bendecir aquella multitud. Luego, durante la Misa, dijo con gran energía a aquella muchedumbre de jóvenes de la World Youth Day:

“No apagéis vuestra conciencia! La conciencia es el verdadero corazón y la parte sacrosanta de la persona humana donde está sola con Dios...

No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas.

No es tiempo de avergonzarse del Evangelio...

Es tiempo de predicarlo desde las azoteas. No temáis romper los estilos de vida confortable y rutinaria para responder al desafío de hacer conocer a Cristo en la ciudad moderna.“


1994. IX Jornada Mundial de la Juventud

No estuve en Denver, pero no falté a la cita romana del 27 de marzo de 1994, Domingo de Ramos, para la novena Jornada de la Juventud. Ya se advertían en el rostro de Juan Pablo II las huellas del trabajo y de su labor evangelizadora por todo el mundo, y se advertían algunos gestos de cansancio. Eso nos conmovía, porque éramos testigos de su entrega cotidiana al servicio del Pueblo de Dios.

Durante aquellos días en Roma los asistentes a aquella Jornada conocimos la noticia de que al año siguiente se celebraría la Jornada en Asia, como el Papa nos explicó meses después:

"en 1995 el encuentro mundial de los jóvenes con el Papa se celebrará por primera vez en el continente asiático, rico en tradiciones y cultura.

A vosotros, jóvenes de Filipinas, corresponde preparar esta vez una acogida a vuestros numerosos amigos del mundo entero. Esa Iglesia joven de Asia está llamada de manera especial a dar, en la cita de Manila, un testimonio vivo y ferviente de fe. Espero que sepa aceptar este don que Cristo mismo le va a ofrecer.


1995. Manila, Filipinas. 10-15 de enero de 1995. X Jornada

Manila fue una fiesta: una fiesta inmensa e irrepetible. Tampoco pude estar en la capital de Filipinas durante el encuentro con la Juventud mayor que se había realizado hasta entonces, y posiblemente uno de los mayores de la historia.

Las cifras hablan nada mas y nada menos que de cuatro millones de jóvenes. La canción oficial de las Jornadas fue:

For God so loved the world
He gave us Him only Son
Jesus Christ our Savior
His most precious one.
He has sent us His message of love
and sends those who hear
To bring the message to everyone
in a voice loud and clear.

¿Sois capaces de ofrecer vosotros mismos -les preguntó Juan Pablo II a los jóvenes de Asia-, vuestras fuerzas y vuestros talentos para el bien de los demás?

¿Sois capaces de amar?

Si lo sois, la Iglesia y la sociedad pueden poner grandes esperanzas en cada uno de vosotros.“


1996 XI Jornada Mundial de la Juventud

Todavía recordábamos las imágenes de las multitudes en Manila los que estuvimos el 31 de marzo de 1996 en la IX Jornada en Roma. El lema era: Señor, ¿a quién acudiremos? Tu eres el único que tiene palabras de vida eterna.

Los que acudíamos año tras año a Roma éramos testigos de cómo el río de peregrinos hacia la Plaza de San Pedro Para ver al Papa, y la asistencia de jóvenes a las Misas del Domingo de Ramos, en las que tenían lugar esas Jornadas, se iba haciendo cada vez mayor.

Aquel año el Papa acometió viajes particularmente importantes. Estuvo en Guatemala, El Salvador, Colombia y Venezuela (5/11-II); en Túnez (14-IV); en Eslovenia (21/23-V); Alemania (21/23-VI); Hungría (6/8-IX-1996) y Francia (19/22-IX)


1997 XII Jornada Mundial de la Juventud en París, 19- 24 de agosto 1997

El encuentro en París tuvo la misma emoción que el de Czestochowa, aunque el clima y el ambiente fueran diversos.

Recuerdo que los carteles que anunciaban el acto por toda la ciudad preveían la llegada sólo de unas quinientas mil personas, cuando la afluencia fue de más de un millón. Aquel desbordamiento produjo una gran conmoción en la Ciudad de La Luz, en la que las autoridades habían intentado restringir al mínimo la trascendencia del acto. Era llamativa la ausencia de pancartas, de cualquier signo externo de recibimiento y agasajo.

Se pusieron de manifiesto en aquellos días la quiebra espiritual y el envejecimiento de cierta parte del alma de Francia, la "Hija Primogénita de la Iglesia", como le gusta decir a los católicos franceses.

Recuerdo que cuando la mayoría de los jóvenes franceses y extranjeros -más de un millón- se dirigían hacia el lugar previsto para el encuentro, decidí quedarme en un lugar cercano a Notre Dame para ver al Papa -que estaba en la catedral- de cerca.

Si no me equivoco, aquella misma mañana el Papa había ido al cementerio para orar ante la tumba del prestigioso cientifico Jerôme Lejeune, gran defensor de la vida humana desde el momento de la concepción.

Decidí esperar junto a la ribera derecha del Sena, una vez pasado el puente: así vería al Papa, pensaba, a la salida de Notre Dame. Me sorprendió ver la soledad de aquellas calles. El Papa despertaba expectación entonces en personas de todas las culturas y religiones. Miles de árabes, de budistas, de hindúes habían estado presentes en los encuentros de sus diversos viajes. Unos reconocían en él a un líder espiritual. Otros, sin ser católicos, deseaban escuchar a alguien que les hablara de Dios. Estaba reconocido como la primera autoridad moral del mundo, al margen de la religión que profesaran la mayoría de los ciudadanos de esos países.

Por eso, esas calles vacías de París me parecieron un símbolo de esa Europa que estaba perdiendo, olvidando, parte de sus raíces cristianas. Antes de que viniera el papamóvil los policías formaban un cordón de seguridad, pero, salvo yo, no había nadie que le aguardara en aquella larguísima acera junto al Sena.

Me parecía increíble. Estábamos en pleno centro de París y las calles estaban llamativamente vacías. Cuando el papamovil cruzó el puente, varios ancianos que estaban sentados en una cafetería de la esquina, movieron sus asientos para darle la espalda cuando pasase. Sólo vi una ventaba abierta en aquellas primeras manzanas de edificios. Al oir los motores de las motos de los guardias que acompañaban al Papa, una anciana salió un instante y se apresuró a cerrar las ventanas de su casa por dentro.

Esa frialdad de parte de la población parisina (sólo de una parte) se convirtió en un desbordante entusiasmo juvenil y en una alegría inmensa al llegar a la gran explanada. Era una marea humana, vibrante y multicolor. Miles de jóvenes franceses estaban allí dándole la bienvenida. Se confirmaba el diagnóstico de un intelectual francés:

Es cierto que el cristianismo encuentra actualmente dificultades en Europa. Pero no se puede extender este diagnóstico al resto del mundo. Además, es precisamente en Europa donde los esfuerzos por renovar el cristianismo son más intensos.

No nos fue fácil llegar hasta el lugar donde se celebró la Vigilia y la Misa. Las autoridades francesas habían previsto que nos acercáramos hasta el lugar del encuentro en Metro, y que desde allí fuéramos caminando hasta el lugar (y era una buena caminata). Pero vinieron tantos jóvenes de toda Europa y de tantos lugares del mundo, que el Metro... se colapsó absolutamente. Se abarrotaron los vagones, los andenes, las escaleras. Se corría el riesgo de caer a las vías por el número interminable de jóvenes que acudían. Los que estábamos en el andén, esperando la salida del vagón -absolutamente abarrotado- nos quedamos asombrados -aunque lo comprendimos- del aviso que nos dieron por los altavoces: debíamos salir todos inmediatamente a la calle porque en esas condiciones el Metro no podía funcionar. Y de hecho, se cerró.

El Papa nos dijo -tras aquella Vigilia inolvidable, con grandes reflectores que formaron en la noche parísina edificios fantásticos de luz-:

Todos vosotros, reunidos aquí, venidos desde tantos países y continentes, ¡sois los testigos de la vocación universal del pueblo de Dios adquirido por Cristo! La última respuesta a la pregunta "Maestro, ¿dónde moras?" debe ser entendida así: yo moro en todos los seres humanos salvados.

Gracias a la Iglesia que nos hace participar de la misma vida del Señor, nosotros podemos ahora retomar la palabra de Jesús: "¿A quien iremos? ¿A quién otro iremos?"

Queridos jóvenes, vuestro camino no se detiene aquí. El tiempo no se para hoy.

¡Id por los caminos del mundo, sobre las vías de la humanidad permaneciendo unidos en la Iglesia de Cristo!

Continuad contemplando la gloria de Dios, el amor de Dios, y seréis iluminados para construir la civilización del amor, para ayudar al hombre a ver el mundo transfigurado por la sabiduría y el amor eterno.

Perdonados y reconciliados, ¡sed fieles a vuestro bautismo! ¡Testimoniad el Evangelio!

Como miembros de la Iglesia, activos y responsables, ¡sed discípulos y testigos de Cristo que revela al Padre, permaneced en la unidad del Espíritu que da la vida!

Al terminar, bajo el fuerte calor de agosto, el Papa nos dió una noticia que provocó una oleada de aplausos: se había decidido nombrar a Teresa De Lisieux Doctora de la Iglesia.


1998 XIII Jornada Mundial de la Juventud. 5 de abril de1998


'El Espíritu Santo os enseñará todo, fue el lema de aquel año. Si no me equivoco, estaban restaurando todavía la fachada de Maderno, y la parte frontal de San Pedro aparecía cubierta por andamios.

Aquel año -gracias a la gestión de un colega periodista- pude estar arriba, cerca de la fachada de San Pedro, muy cerca del Papa, a pocos metros del altar donde celebraba el Papa, tras los cardenales y obispos, y recuerdo la alegría que nos dio a todos escuchar de sus labios estas palabras:

Desde hace más de diez años, el domingo de Ramos se ha convertido en una esperada cita para la celebración de la Jornada mundial de la juventud.

El hecho de que la Iglesia dirija precisamente en este día su particular atención a los jóvenes es, de por sí, muy elocuente. Y no sólo porque hace dos mil años fueron los jóvenes —pueri Hebraeorum— quienes acompañaron con júbilo a Cristo en su entrada triunfal en Jerusalén; sino también, y sobre todo, porque, al cabo de veinte siglos de historia cristiana, los jóvenes, guiados por su sensibilidad y por una certera intuición, descubren en la liturgia del domingo de Ramos un mensaje dirigido a cada uno de ellos.


Queridos jóvenes, a vosotros se os propone nuevamente hoy el mensaje de la cruz. A vosotros, que seréis los adultos del tercer milenio, se os encomienda esta cruz que, dentro de poco, un grupo de jóvenes franceses entregará a una representación de la juventud de Roma y de Italia.


De Roma a Buenos Aires; de Buenos Aires a Santiago de Compostela; de Santiago de Compostela a Czéstochowa; de Jasna Góra a Denver; de Denver a Manila; de Manila a París, esta cruz ha peregrinado con los jóvenes de un país a otro, de un continente a otro.

Vuestra opción, jóvenes cristianos, es clara: descubrir en la cruz de Cristo el sentido de vuestra existencia y la fuente de vuestro entusiasmo misionero.

A partir de hoy peregrinará por las diócesis de Italia, hasta la Jornada mundial de la juventud del año 2000, que se celebrará aquí, en Roma, con ocasión del gran jubileo. Luego, con la llegada del nuevo milenio, reanudará su camino por el mundo entero, mostrando de ese modo que la cruz camina con los jóvenes, y que los jóvenes caminan con la cruz.


1999 XIV Jornada Mundial de la Juventud 28 de marzo de 1999

 

La convocatoria de aquella jornada tuvo lugar el día de Reyes. Se celebraba en toda la Iglesia el Jubileo del Milenio. En esa época empezaron a ponerse de moda los tatuajes y los piercings. Por una asociación de recuerdos, se me ha quedado grabada en la memoria una expresión que el Papa nos dijo en su mensaje de convocatoria: Dios ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos.

Este fue su mensaje:

Queridos jóvenes amigos:

Desde la perspectiva del ya próximo jubileo, el año 1999 tiene la función de «ampliar los horizontes del creyente según la visión misma de Cristo: la visión del “Padre celestial”, por quien fue enviado y a quien retornará»

En efecto, no es posible celebrar a Cristo y su jubileo sin dirigirse, junto con él, hacia Dios, Padre suyo y Padre nuestroTambién el Espíritu Santo nos guía hacia el Padre y hacia Jesús: si el Espíritu nos enseña a decir «Jesús es Señor», lo hace para permitirnos hablar con Dios, llamándolo: «¡Abbá, Padre!»

Por tanto, os invito, junto con toda la Iglesia, a dirigiros hacia Dios Padre y a escuchar con gratitud y admiración la sorprendente revelación de Jesús: «El Padre os ama»

Éstas son las palabras que os propongo como tema de la XIV Jornada mundial de la juventud. Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero, acoged su amor.

Permaneced firmes en esta certeza, la única capaz de dar sentido, fuerza y alegría a la vida: su amor nunca se apartará de vosotros y su alianza de paz nunca fallará. Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos.


2000 XV Jornada Mundial de la Juventud - Roma. 15 -20 de agosto de 2000

La canción de aquellas jornadas fue Enmanuel:

Siamo qui
sotto la stessa luce
sotto la sua croce
cantando ad una voce.
E' l'Emmanuel
Emmanuel, Emmanuel.
E' L'Emmanuel, Emmanuel.

Pero esa canción yo no la escuché. No estuve en Roma en el Jubileo del 2000, aunque seguí de cerca el encuentro de aquellos dos millones de jovenes. Esta panorámica da idea de aquella multitud:

 

Estas fueron las palabras emocionadas del Papa, siempre alentadoras y constructivas, al final de la Homilía:

Al final de esta Jornada Mundial, mirándoos a vosotros, a vuestros rostros jóvenes, a vuestro entusiasmo sincero, quiero expresar, desde lo hondo de mi corazón, mi agradecimiento a Dios por el don de la juventud, que a través de vosotros permanece en la Iglesia y en el mundo.

¡Gracias a Dios por el camino de las Jornadas Mundiales de la Juventud! ¡Gracias a Dios por tantos jóvenes que han participado en ellas durante estos dieciséis años!

Son jóvenes que ahora, ya adultos, siguen viviendo en la fe allí donde residen y trabajan. Estoy seguro de que también vosotros, queridos amigos, estaréis a la altura de los que os han precedido. Llevaréis el anuncio de Cristo en el nuevo milenio.

Al volver a casa, no os disperséis. Confirmad y profundidad en vuestra adhesión a la comunidad cristiana a la que pertenecéis.

Desde Roma, la ciudad de Pedro y Pablo, el Papa os acompaña con su afecto y, parafraseando una expresión de Santa Catalina de Siena, os dice: Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!

Miro con confianza a esta nueva humanidad que se prepara también por medio de vosotros; miro a esta Iglesia constantemente rejuvenecida por el Espíritu de Cristo y que hoy se alegra por vuestros propósitos y de vuestro compromiso.

 

2001. XVI Jornada Mundial de la Juventud. 8 de abril de 2001

He escuchado a Juan Pablo II en muchas ocasiones. Sin embargo, aquella homilía del 8 de abril, en la Plaza de san Pedro, durante la XVI Jornada, es una de las que permanece con más fuerza en mi memoria.

El Papa estaba visiblemente enfermo. Algunos medios de comunicación elucubraban sobre su dimisión, aunque Juan Pablo II había dicho en varias ocasiones que debía llevar la Cruz que el Señor le había puesto sobre sus hombros hasta el último momento. Nos habló del sentido de la Cruz de un modo especialmente vibrante:

 "¡Hosanna!", "¡crucifícale!". Con estas dos palabras, gritadas probablemente por la misma multitud a pocos días de distancia, se podría resumir el significado de los dos acontecimientos que recordamos en esta liturgia dominical.

Con la aclamación:  "Bendito el que viene", en un arrebato de entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que entra en la ciudad montado en un borrico. Con la palabra:  "¡Crucifícale!", gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.

Por tanto, nuestra celebración comienza con un "¡Hosanna!" y concluye con un "¡Crucifícale!".

La palma del triunfo y la cruz de la Pasión:  no es un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.

Escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado la "hora", y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres:  "Sabiendo que había llegado su hora de pasar  de este mundo al Padre, habiendo  amado  a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".


 

2002 XVII Jornada Mundial de la Juventud - Toronto, Canadá 23-28 de julio

No estuve en Canadá, pero si lo hizo un buen amigo que me fue contando sus impresiones casi al instante (Ya estábamos en la época de internet y del e-mail). Hubo cerca de un millón de asistentes, en su mayoría canadienses y norteamericanos, y aunque les llovió de forma persistente -y el suelo del aeropuerto conservaba la humedad- no perdieron en ningún momento ni el entusiasmo ni la alegría de estar junto al Vicario de Cristo.



”En la impresionante Catedral de Colonia -les dijo el Papa al anunciarles donde se celebraría la siguiente Jornada- se veneran a los Tres Reyes Magos, a los huérfanos del Oriente que se dejaron guiar por las estrellas que los llevó a Cristo Jesús. Vuestra peregrinación a Colonia inicia hoy. Cristo os espera allá para celebrar la XX Jornada Mundial de la Juventud.“

Nadie pensaba entonces que ese encuentro en Alemania lo presidiría el sucesor de Juan Pablo II y que sería un papa alemán: Benedicto XVI.

El Papa hizo en Denver otra de sus vibrantes llamadas a la generosidad y la entrega:

El "espíritu del mundo" ofrece muchos espejismos, muchas parodias de la felicidad. Quizá no haya tiniebla más densa que la que se introduce en el alma de los jóvenes cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor.

El engaño más grande, la mayor fuente de infelicidad es el espejismo de encontrar la vida prescindiendo de Dios, de alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal.

El Señor os invita a elegir entre estas dos voces, que compiten por conquistar vuestra alma. Esta elección es la esencia y el desafío de la Jornada mundial de la Juventud.

¿Para qué habéis venido desde todas las partes del mundo? Para decir juntos a Cristo: "Señor, ¿a quién iremos?". ¿Quién, quién tiene palabras de vida eterna? Jesús, el amigo íntimo de cada joven, tiene palabras de vida.

Lo que heredaréis es un mundo que tiene necesidad urgente de un renovado sentido de fraternidad y solidaridad humana. Es un mundo que necesita ser tocado y curado por la belleza y la riqueza del amor de Dios. El mundo actual necesita testigos de ese amor. Necesita que vosotros seáis la sal de la tierra y la luz del mundo.

El mundo os necesita; el mundo necesita la sal, os necesita como sal de la tierra y luz del mundo.


2003 XVIII Jornada Mundial de la Juventud Domingo de Ramos

Aquella Jornada tuvo un hondo sentido mariano. La Semana Santa cayó relativamente tarde: el domingo de Ramos fue un 13 de abril. Juan Pablo II nos habló de la Virgen;

"He ahí a tu Madre". Jesús os dirige estas palabras a cada uno de vosotros, queridos amigos. También a vosotros os pide que acojáis a María como madre "en vuestra casa", que la recibáis "entre vuestros bienes", porque "ella, desempeñando su ministerio materno, os educa y os modela hasta que Cristo sea formado plenamente en vosotros" .

Que María os lleve a responder generosamente a la llamada del Señor y a perseverar con alegría y fidelidad en la misión cristiana.

A lo largo de los siglos, ¡cuántos jóvenes han aceptado esta invitación y cuántos siguen haciéndolo también en nuestro tiempo!

Jóvenes del tercer milenio, ¡no tengáis miedo de ofrecer vuestra vida como respuesta total a Cristo! Él, sólo él cambia la vida y la historia del mundo.


2004 XIX Jornada Mundial de la Juventud 4 de abril de 2004

En 2004 el rostro y el cuerpo de Juan Pablo II mostraban las consecuencias de su servicio infatigable a la Iglesia; un servicio que le había unido a Cristo y que por eso mostraba de forma singular la alegría y la juventud de Cristo.

La palabra de Cristo, la santidad, el amor de Cristo que reflejaba: eso era lo que atraía a miles de jóvenes hasta su lado: esa era una de las misteriosas claves de atracción de aquel Papa. No me explico de otro modo el ambiente que se respiraba en Roma en aquellos días de Semana Santa de 2004.

Acudían a las convocatorias del Papa más jóvenes que nunca. Los analistas se interrogaban sobre el fenómeno: un Papa anciano y enfermo que conectaba maravillosamente con la juventud.


2005

Y estuve tambien en la Semana Santa de 2005, cuando nos habló de nuevo, si no recuerdo mal, desde la ventana -con voz vacilante- sobre la próxima convocatoria en Colonia. Aquellas fueron las últimas palabras.

Pero no, pensándolo bien, no fueron sus últimas palabras. El último mensaje de aquel Papa santo -el más emocionante, rico y profundo en mi opinión- fue el que nos dirigió desde la ventana de su apartamento el Domingo de Resurrección, cuando las palabras no superon acudir a su llamada. Sin palabras, el Papa nos habló hondamente, a cada uno, a cada una, con el testimonio de su santidad.

Llenaban la Plaza de San Pedro miles de jóvenes; y algunos, como yo, ya no tan jóvenes, que habíamos habíamos visto a Juan Pablo II desde nuestra juventud gastándose sin reservas en su trabajo por llevar el Evangelio al mundo entero; otros, eran la primera vez que le veían.

Las palabras pudieron acudir a los labios del Papa, ni obedecieron a su llamada; pero su mensaje nos llegó a todos, fuerte, claro, vibrante.

Pocos días después, jóvenes de todo el mundo abarrotaron de nuevo la Plaza de San Pedro para dar el último adios a aquel Papa santo y, tras el Cónclave, para saludar al nuevo Papa, Benedicto XVI, que ha continuado la tradición de estas Jornadas.

Estas Jornadas son días de siembra de paz y solidaridad entre todos los jóvenes del mundo; días en los que Dios habla al corazón de cada uno sin palabras, como en la última alocución de Juan Pablo II.

Cuentan los testigos de la muerte santa de Juan Pablo II que antes de fallecer alzó su mano hacia la ventana, aquella ventana desde la que había alentado hacia la santidad durante tantos años a todos los hombres de buena voluntad, y de modo particular a los jóvenes, constructores del futuro. Fue su último gesto. A continuación, dijo Amén, y expiró.

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