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El escudo Papal de Benedicto XVI

O de cómo un escudo papal puede convertirse en una lección de catequesis.


El Escudo de obispo de Munich y Freising

Cuando Pablo VI nombró a Joseh Ratzinger el 25 de marzo de 1977arzobispo de Munich y Freising, éste eligió para su escudo algunos elementos del escudo de Baviera y un lema"Colaborador de la verdad".

  • Explicación del lema por el propio Joseph Ratzinger: "me parecía que ésa (colaborador de la verdad) era la relación entre mi trabajo anterior como profesor y mi nueva misión.

    A pesar de los diferentes modos de servir, lo que estaba en juego y seguía estándolo, era caminar tras la Verdad, estar a su servicio".


    "Elegí ese lema también -explicaba- porque en el mundo actual la cuestión de la verdad se olvida casi totalmente, ya que parece algo demasiado grande para el hombre; y, sin embargo, todo se desmorona cuando falta la verdad".
  • Sin embargo el Papa no ha puesto las palabras de su lema, inspiradas en la Carta III de San Juan en su escudo. Ha preferido que los símbolos hablen por sí mismos.



El escudo del Papa Benedicto XVI

 

Quizá en otros Pontífices de la edad contemporánea la elección de los símbolos del escudo hayan podido ser de carácter secundario. Pero el Papa actual, que conoce bien el lenguaje y la importancia de la cultura de la imagen en el mundo contemporáneo, ha introducido elementos innovadores, como innovador se adivina ya que será este pontificado.

Y se advierte en el escudo:

  • Una sustitución muy significativa: en vez de la tiara se ve una mitra de obispo, más conforme a la realidad teológica del Papa, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal.

  • Un añadido: el Palio, la estola de lana de la que habló en su primera homilía como Papa.

    El Palio tiene símbolos que recuerdan las cinco llagas y los tres clavos con los que fue crucificado Jesucristo.


    Explicó el Papa en esa homilía:
    • "Este signo antiquísimo, que los Obispos de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros.

      El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio.

      Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica –quizás a veces de manera dolorosa– y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia.

      En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia.

      La humanidad –todos nosotros– es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas.

      El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros.


      Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy".

Benedicto XVI conserva algunos elementos de su antiguo escudo como obispo:

  • El escudo del Papa conserva elementos del escudo de Munich y Freising, capital de Baviera, su tierra natal, que es uno de los múltiples países que conforman Alemania. El Papa fue obispo de Baviera desde 1977 hasta 1981.


    La cabeza de san Mauricio

  • "Sobre el blasón de los obispos de Frisinga se encuentra -explicaba el cardenal Ratzinger-, desde hace cerca de mil años, el moro coronado: no se sabe cuál es su significado. Para mí es la expresión de la universalidad de la Iglesia, que no conoce ninguna distinción de raza ni de clase porque todos nosotros "somos uno" en Cristo".
  • Esa imagen de un hombre de tez oscura, llamado popularmente el Moro de Freising, con una cabeza, vuelta hacia la izquierda, que forma parte desde 1316 del escudo del obispado, es, para algunos heraldistas, San Mauricio, santo muy venerado en Alemania, que sufrió martirio con sus camaradas militares por su fidelidad a Cristo. El Greco realizó uno de sus lienzos más célebres sobre este asunto, donde se representa el martirio de la Legión Tebana. Es el único de los cuadros del cretense que se conserva en El Escorial.




    El oso de san Corbiniano


  • Otro elemento es el “Oso de san Corbiniano”, animal que para este Papa tiene un significado muy especial: simboliza el peso del cargo, y la necesidad de cumplir la voluntad de Dios por encima de las preferencias personales.
  • Alude a la figura del obispo san Corbiniano, proveniente de una familia de origen galo por parte de madre y de francos por parte de padre, que predicó el Evangelio en la antigua Baviera y es considerado el padre espiritual de la archidiócesis de Munich-Freising.

    Según la leyenda, un oso mató al caballo de san Corbiniano cuando se dirigía a Roma. El santo regañó severamente al oso y, como castigo, le cargó con el fardo que hasta entonces había llevado el caballo sobre sus lomos. Así, el oso tuvo que arrastrar el fardo hasta Roma, donde Corbiniano lo dejó en libertad...

    En cierto sentido, para Ratzinger, san Corbiniano representa el alma bávara: "Se diría que somos siempre un Corbiniano que necesita pelear consigo mismo y con Grimualdo; porque nuestra cultura bávara -rica, noble y ardorosa, de la que nos sentimos justamente orgullosos- no ha nacido de sí misma".

    Y el Santo -un pensador, amante de la naturaleza, que deseaba recluirse en su estudio- ofrece también a Joseph Ratzinger paralelos con su propia vida.

    "Corbiniano se enfrentó constantemente con el dilema de optar entre el recogimiento interior y las tareas apostólicas de servicio a los demás. Su deseo íntimo fue siempre vivir como un ermitaño, entregarse plena y únicamente a Jesucristo, para vivir el gozo de la fe en su exclusiva compañía.

    Con este deseo se encaminó a Arpajón, en los alrededores de París.

    Pero la luz de su lámpara, que le hubiese gustado ver cubierta por el celemín, le tracionó, brillando a su pesar; y fueron tantas las personas que acudían a pedirle apoyo y consejo, que no lograba estar sólo ni de día ni de noche...

    "Decidió escapar de aquello y marchar a Roma donde encontró al fin la calma necesaria para vivir junto al Señor en el anonimato.

    Pero precisamente allí le sorprendió la misión apostólica que le traería a nosotros, hasta Freising.
    "


    Estas palabras, dichas en la Catedral de Freising, el 19 de noviembre de 1977 tienen un claro sentido premonitorio.

  • El cardenal Ratzinger al hablar de las palabras de san Agustín en sus comentarios del Salmo 72: «Me he convertido para ti en una bestia de carga". Es una imagen -decía el cardenal- de lo que debo ser".

    Muchos años después, en 2005, cuando el cardenal Ratzinger soñaba con regresar a su Baviera natal para dedicarse tranquilamente -no en el anonimato, pero si en medio de una discreta jubilación- a la oración y al estudio, recibió una carga insospechada por parte de aquellos que habían descubierto, muy a su pesar, la luz de su lámpara: las Llaves de Pedro.





    La concha del niño de San Agustín


  • Otro elemento es la concha del peregrino. Independientemente de otros significados (la fe, el bautismo, "el signo de nuestra condición de peregrinos", en palabras del cardenal Ratzinger), para el Papa esta concha recuerda un suceso significativo -estrechamente vinculado con la humildad intelectual que debe vivir el teólogo- de la vida de San Agustín, al que Benedicto XVI profesa especial veneración.

    Cuenta la historia que mientras san Agustín paseaba por la playa, pensando en el misterio de la Trinidad, se encontró a un niño que había hecho un hoyo en la arena y con una concha llenaba el agujero con agua de mar.

    El niño corría hasta la orilla, llenaba la concha con agua de mar y depositaba el agua en el hoyo. San Agustín le preguntó por qué lo hacía, y el niño le dijo que intentaba vaciar toda el agua del mar en el agujero.

    -¡Eso es
    imposible!

    -¡M
    ás imposible es para un hombre -le dijo el niño- descifrar el misterio de la Trinidad!

  • Estos dos símbolos -el oso y el niño de la playa-, servían al cardenal Ratzinger para realizar esta reflexión: "¡Cuántas veces se rebeló san Agustín contra las tareas que tenía que cargar sobre sus espaldas su carga, que le impedían la gran labor intelectual que sentía como su vocación más profunda! "
  • Y comentaba a continuación la necesidad de seguir al Señor como un borrico humilde, un animal de carga: como un borrico soy junto a Ti, y siempre estaré contigo.

    "Así como el animal de tiro es el más cercano al campesino y cumple con su trabajo, de la misma manera el Santo, con su humilde servicio a la Iglesia, estaba más cerca de Dios, se abandonaba totalmente en sus manos y era su instrumento.

    No podría estar más cerca de su Señor, no podría ser más importante para Él".


    Esta reflexión guarda, como se ve, para el alma de Joseph Ratzinger, la misma clave biográfica que la que hizo sobre san Corbiniano.

Las llaves de san Pedro

El escudo se completa con las dos llaves cruzadas, símbolo del ministerio de Pedro: simbolizan el poder de atar y desatar que le confirió Cristo, que permite abrir las puertas del Cielo.

Un ministerio que -como es conocido- Joseph Ratzinger no deseaba para sí: había pedido varias veces a Juan Pablo II retirarse a descansar en su Baviera natal, para dedicarse al ejercicio intelectual.

Sin embargo -como san Agustín y san Corbiniano- aceptó la carga pastoral de la Iglesia entera sobre sus hombros, haciéndose hasta el final de sus días, instrumento de Cristo.

 

José Miguel Cejas