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En la Hacienda de la Esperanza, para la rehabilitación de drogadictos

y Rezo del Rosario en Aparecida con religiosas, seminaritas y diáconos


El Santo Padre visitó la comunidad de la Hacienda de la Esperanza, situada en Guaratinguetá, a 180 kilómetros de Sao Paulo, creada en 1979 para la recuperación de jóvenes toxicómanos y alcohólicos, y para la acogida de madres solteras, familias necesitadas, personas sin techo y enfermos de SIDA en fase terminal.

Le saludó Fray Hans Stapel, O.F.M., un misionero franciscano alemán que fundó en Guaratinguetá esta comunidad en 1979.

Está inspirada por el carisma de san Francisco de Asís y por la espiritualidad del Movimiento de los Focolares. Las Haciendas de la Esperanza se han diseminado después por el mundo. Hoy día hay 32 comunidades.

Este es el discurso del Papa:

Queridos amigos y amigas,

¡Finalmente estoy en la Hacienda Esperanza!

1. Con particular afecto, saludo a Fray Hans Stapel, Fundador de la Obra Social Nuestra Señora de la Gloria, también conocida como Hacienda de la Esperanza. Deseo desde ya congratularme por todos ustedes, por haber creído en el ideal de bien y de paz que este lugar significa.

A todos los que en fase de recuperación, así como a los rehabilitados, voluntarios, familias, ex internos y bienhechores de todas las haciendas representadas que se encuentran en esta ocasión para encontrarse con el Papa, os digo: ¡Paz y Bien!


Sé que aquí se encuentran reunidos los representantes de diversos países, donde la Hacienda de la Esperanza posee sedes. Vinieron a ver el Papa. Vinieron a oír y asimilar lo que él les quería decir.

2. La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de reproponer al mundo la voz de Aquél que dijo: «Soy la luz del mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Por su parte, la tarea del Papa es renovar en los corazones esa luz que no ofusca, pues quiere iluminar lo íntimo de las almas que buscan el verdadero bien y la paz, que el mundo no puede dar.

Un fulgor como éste, solo necesita un corazón abierto a los anhelos divinos. Dios no fuerza, no oprime la libertad individual; pide solo la apertura de aquel sagrario de nuestra conciencia por donde pasan todas las aspiraciones más nobles, pero también afectos y pasiones desordenadas que ofuscan el mensaje del Altísimo.

3. «He aquí que estoy a la puerta, y llamo: Si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos, yo con él y él conmigo» (Ap 3,20). Son palabras divinas que tocan el fondo del alma y que mueven hasta sus raíces más profundas.

A cierta altura de la vida, Jesús viene y toca, con suaves toques, en el fondo de los corazones bien dispuestos. Con ustedes, Él lo hizo a través de una persona amiga o de un sacerdote o, posiblemente, providenció una serie de coincidencias para decir que son objeto de predilección divina.

Mediante la institución que los alberga, el Señor proporcionó esta experiencia de recuperación física y espiritual de vital importancia para ustedes y sus familiares. Además, la sociedad espera que sepan divulgar éste bien precioso de la salud entre los amigos y miembros de toda la comunidad.

¡Ustedes deben ser los embajadores de la esperanza! Brasil posee una estadística, de las más relevantes, en lo que respecta a dependencia química de drogas y estupefacientes. Y América Latina no se queda atrás.

Por eso, digo a los que comercializan la droga que piensen en el mal que están provocándoles a una multitud de jóvenes y de adultos de todos los segmentos de la sociedad: Dios les pedirá cuentas por lo que están haciendo.

La dignidad humana no puede ser pisoteada de esta manera. El mal provocado recibe la misma reprobación hecha por Jesús a los que escandalizaban a los “pequeñitos”, los preferidos de Dios (cf. MT 18, 7-10).

4. Mediante una terapia, que incluye la asistencia médica, psicológica y pedagógica, pero también mucha oración, trabajo manual y disciplina, ya son numerosas las personas, sobre todo jóvenes, que consiguieron librarse de la dependencia química y del alcohol y recobrar el sentido de la vida.

Deseo manifestar mi aprecio por esta Obra, que tiene como base espiritual el carisma de San Francisco y la espiritualidad del Movimiento de los Focolares.

La reinserción en la sociedad constituye, sin duda, una prueba de la eficacia de la iniciativa de ustedes. Pero lo que más llama la atención, y confirma la validez del trabajo, son las conversiones, el reencuentro con Dios y la participación activa en la vida de la Iglesia. No basta curar el cuerpo, es necesario adornar el alma con los más preciosos dones divinos conquistados a través del Bautismo.

Vamos a agradecer a Dios por haber querido colocar tantas almas en el camino de una esperanza renovada, con el auxilio de Sacramento del perdón y de la celebración de la Eucaristía.

5. Queridos amigos, no podría dejar pasar esta oportunidad para agradecer también a todos los que colaboran material o espiritualmente para dar continuidad Obra Social Nuestra Señora de la Gloria.

Que Dios bendiga a Fray Hans Stapel y Nelson Giovanelli Ros por haber acogido su invitación para que dediquen su vida a ustedes. Bendiga también a todos los que trabajan en esta Obra: los consagrados y las consagradas; los voluntarios y las voluntarias.

Una bendición especial va para todas las personas amigas que la sostienen: autoridades, grupos de apoyo y todos que aman a Cristo presente en éstos sus hijos predilectos.

Mi pensamiento va ahora a la muchas otras instituciones del mundo entero que trabajan para restituir la vida, y vida nueva, a éstos nuestros hermanos presentes en nuestra sociedad, y que Dios ama con un amor preferencial.

Pienso también en los muchos grupos de Alcohólicos Anónimos y de Narcóticos Anónimos, y en la Pastoral de la Sobriedad que ya trabaja en muchas comunidades, prestando sus generosos auxilios en favor de la vida.

6. La proximidad del Santuario de Aparecida nos asegura que la Hacienda de la Esperanza nació bajo sus bendiciones y su mirada maternal. Hace mucho que vengo pidiendo a la Madre, Reina y Patrona del Brasil, que extienda su manto protector sobre los que participarán en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe.

La presencia de ustedes aquí, supone una ayuda considerable para el éxito de esta gran asamblea; pongan sus oraciones, sacrificios y renuncias en el altar de la Capilla, ciertos de que, en el Santo Sacrificio del Altar, estas ofrendas subirán a los cielos como un suave aroma en la presencia del Altísimo. Cuento con su ayuda. Que San Fray Galvão y Santa Crescencia amparen y protejan a cada uno. A todos ustedes bendigo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Los jóvenes cantaron y bailaron para el pontífice, y algunos narraron testimonios duros de su experiencia en el mundo de la droga, como un joven dorgadicto desde los doce años.

Una joven alemana contó que llegó a la Hacienda después de haber tratado de suicidarse. «Sólo el amor del prójimo pudo transformarme».

El Papa deseó con el lema franciscano «paz y bien» a todos los que se encuentran en fase de recuperación, «así como a quienes se han restablecido, a los voluntarios, a las familias a los antiguos internos y a los bienhechores» de todas las Haciendas de la Esperanza, 32 en varios países del mundo.

El Santo Padre recordó a los jóvenes que «Jesús viene y toca, con toques suaves, en lo profundo de los corazones», añadiendo que el Señor se sirve «de un amigo, de un sacerdote», «o predispone una serie de coincidencias para daros a entender que sois objeto de la predilección divina».

Rezo del Rosario

Por la tarde se dirigió al Santuario de Aparecida donde se encuentra con sacerdotes, religiosas, seminaristas y diáconos para el rezo del Santo Rosario.

Durante el corto trayecto en papamóvil -un cuarto de hora- le saludaron numerosos fieles. Tras el rezo del Rosario, el Santo Padre regresó al Seminario.

El Santo Padre dirigió esta homilía a los religiosos y seminaristas que se reunieron en Aparecida para el rezo del Santo Rosario:

Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado y Presbiterado, ¡Amados religiosos y todos vosotros que, impelidos por la voz de Jesucristo, lo seguisteis por amor!


¡Estimados seminaristas, que os estáis disponiendo para el ministerio sacerdotal! ¡Queridos representantes de los Movimientos eclesiales, y todos vosotros laicos que lleváis la fuerza del Evangelio al mundo del trabajo y de la cultura, en el seno de las familias, así como a vuestras parroquias!

1. Como los Apóstoles, juntamente con María, «subieron a la sala de encima» y allí «unidos por el mismo sentimiento, se entregaban asiduamente a la oración» (Hechos 1,13-14), así también hoy nos reunimos aquí en el Santuario de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que es para nosotros en esta hora «la sala de encima», donde María, Madre del Señor, se encuentra en medio a nosotros. Hoy es Ella quien orienta nuestra meditación; Ella nos enseña a rezar.

Es Ella que nos muestra el modo de abrir nuestras mentes y nuestros corazones al poder del Espíritu Santo, que viene para ser comunicado al mundo entero.

Acabamos de recitar el Rosario. A través de sus ciclos meditativos, el Divino Consolador quiere introducirnos en el conocimiento de un Cristo que brota de la fuente límpida del texto evangélico. Por su parte, la Iglesia del tercero milenio se propone dar a los cristianos la capacidad de «conocer - con palabras de San Pablo - el misterio de Dios, esto es Cristo, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2,2-3).

María Santísima, la Virgen Pura y sin Mancha es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del Cielo y de la Tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para deciros en primer lugar: "Permaneced en la escuela de María". Inspiraos en sus enseñanzas. Procurad acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, os envía desde lo alto.

Como es bueno estar aquí reunidos en nombre de Cristo, en la fe, en la fraternidad, en la alegría, en la paz, "en la oración con María, la Madre de Jesús" (Hechos 1,14). Como es bueno, queridos Presbíteros, Diáconos, Consagrados y Consagradas, Seminaristas y Familias Cristianas, estar aquí en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que es Morada de Dios, Casa de María y Casa de Hermanos y que en estos días se transforma también en Sede de la V Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe.

Qué bueno es estar aquí, en esta Basílica Mariana hacia dónde ahora convergen las miradas y las esperanzas del mundo cristiano, de modo especial de América Latina y del Caribe.

2. ¡Me siento muy feliz de estar aquí con vosotros, en medio de vosotros! ¡El Papa os ama! ¡El Papa os saluda afectuosamente! ¡Reza por vosotros! Y suplica al Señor las más preciosas bendiciones para los Movimientos, Asociaciones y las nuevas realidades eclesiales, ¡expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia! ¡Qué seáis muy bendecidos!

Va aquí mi saludo afectuoso a vosotras, Familias aquí congregadas y que representáis todas las queridísimas Familias Cristianas presentes en el mundo entero. Me alegro de modo especialísimo con vosotros y os envío mi abrazo de paz.

Agradezco la acogida y la hospitalidad del Pueblo brasileño. ¡desde que llegué aquí fui recibido con mucho cariño! Las varias manifestaciones de aprecio y saludo demuestran cuánto queréis bien, estimáis y respetáis el Sucesor del Apóstol Pedro. Mi predecesor, el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II se refirió varias veces a vuestra simpatía y espíritu de acogida fraterna. ¡Tenía razón!

3. Saludo a los estimados padres aquí presentes, pienso y oro por todos los sacerdotes diseminados por el mundo entero, de modo particular por los de América Latina y del Caribe, incluyendo entre ellos a los que son fidei donum.

Cuántos desafíos, cuántas situaciones difíciles enfrentáis, ¡cuánta generosidad, cuánta donación, sacrificios y renuncias! La fidelidad en el ejercicio del ministerio y en la vida de oración, la búsqueda de la santidad, la entrega total a Dios al servicio de los hermanos y hermanas, gastando vuestras vidas y energías, promoviendo la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el compartir, - todo eso le habla fuertemente a mi corazón de pastor.

El testimonio de un sacerdocio bien vivido dignifica a la Iglesia, suscita admiración en los fieles, es fuente de bendición para la Comunidad, es la mejor promoción vocacional, es la más auténtica invitación para que otros jóvenes también respondan positivamente a los llamados del Señor. ¡Es la verdadera colaboración para la construcción del Reino de Dios!

Os agradezco sinceramente y os exhorto a que continuéis viviendo de modo digno la vocación que recibisteis. Qué el fervor misionero, que la vibración por una evangelización siempre más actualizada, ¡que el espíritu apostólico auténtico y el celo por las almas estén presentes en vuestras vidas! Mi afecto, oraciones y agradecimientos van también a los sacerdotes de edad y enfermos. ¡Vuestra conformación al Cristo Sufridor y Resucitado es el más fecundo apostolado! ¡Muchas gracias!

4. Queridos Diáconos y Seminaristas, a vosotros también que ocupáis un lugar especial en el corazón del Papa, un saludo muy fraternal y cordial. La jovialidad, el entusiasmo, el idealismo, el ánimo para enfrentar con audacia los nuevos desafíos, renuevan la disponibilidad del Pueblo de Dios, vuelven a los fieles más dinámicos y hacen crecer a la Comunidad Cristiana, progresar, ser más confiados, felices y optimistas. Agradezco el testimonio que ofrecéis, colaborando con vuestros Obispos en los trabajos pastorales de las diócesis.

Tened siempre delante de los ojos la figura de Jesús, el Buen Pastor, que "vino no para ser servido, pero para servir y dar su vida para rescatar a la multitud" (Mt 20,28). Sed como los primeros diáconos de la Iglesia: hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo, de sabiduría y de fe (cf. Hechos 6, 3-5).

Y vosotros, Seminaristas, dad gracias a Dios por la llamado que Él os hace. Recordad que el Seminario es la "cuna de vuestra vocación y escena de la primera experiencia de comunión" (Directorio para el Ministerio y vida de los Presbíteros, 32). Rezo para que seáis, si Dios quiere, sacerdotes santos, fieles y felices en servir a la Iglesia!

5. Detengo mirada y atención ahora sobre vosotros, estimados consagrados y consagradas, aquí reunidos en el Santuario de la Madre, Reina y Patrona del Pueblo Brasileño, y también diseminados por todas partes del mundo.

Vosotros, religiosos y religiosas, sois una dádiva, un regalo, un don divino que la Iglesia recibió de su Señor. Agradezco a Dios vuestra vida y el testimonio que dais al mundo de un amor fiel a Dios y a los hermanos. Ese amor sin reservas, total, definitivo, incondicional y apasionado se expresa en el silencio, en la contemplación, en la oración y en las actividades más diversas que realizáis, en vuestras familias religiosas, en favor de la humanidad y principalmente de los más pobres y abandonados.

Esto suscita en el corazón de los jóvenes el deseo de seguir más de cerca y radicalmente a Cristo el Señor y ofrecer la vida para dar testimonio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que Dios es Amor y que vale la pena dejarse cautivar y fascinar para dedicarse exclusivamente a Él (cf. Exort. ap. «Vita Consecrata», 15).

La vida religiosa en Brasil siempre ha sido significativa y ha tenido un papel destacado en la obra de la evangelización, desde los inicios de la colonización. Ayer aún, tuve la grande satisfacción de presidir la Celebración Eucarística en la cual fue canonizado San Antonio de Santa Ana Galvão, presbítero y religioso franciscano, primer Santo nacido en Brasil.

A su lado, otro testimonio admirable de consagrada es Santa Paulina, fundadora de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción. Tendría muchos otros ejemplos para citar. Que todos ellos os sirvan de estímulo para vivir una consagración total. ¡Dios os bendiga!

6. Hoy, en vísperas de la apertura de la V Conferencia General de los Obispos de América Latina y del Caribe, que tendré el gusto de presidir, siento el deseo de deciros a todos vosotros cuán importante es el sentido de nuestra pertenencia a la Iglesia, que hace a los cristianos crecer y madurar como hermanos, hijos de un mismo Dios y Padre.

Queridos hombres y mujeres de América Latina sé que tenéis una gran sed de Dios. Sé que seguís a Aquel Jesús, que dijo “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Por eso el Papa quiere deciros a todos: ¡La Iglesia es nuestra Casa! ¡Esta es nuestra Casa!

¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo: “Camino, Verdad y Vida”, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida! Por eso, el Papa vino aquí para rezar y confesar con todos vosotros: ¡vale la pena ser fieles, vale la pena perseverar en la propia fe! Pero la coherencia en la fe necesita también una sólida formación doctrinal y espiritual, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más humana y cristiana.

El Catecismo de la Iglesia Católica, incluso en su versión más reducida, publicada con el título de Compendio, ayudará a tener nociones claras sobre nuestra fe. Vamos a pedir, ya desde ahora, que la venida del Espíritu Santo sea para todos como un nuevo Pentecostés, a fin de iluminar con la luz de lo Alto nuestros corazones y nuestra fe.


7. Es con gran esperanza que me dirijo a todos vosotros, que os encontráis dentro de esta majestuosa Basílica, o que participaron del Santo Rosario desde fuera, para invitarlos a volverse profundamente misioneros y para llevar la Buena Nueva del Evangelio por todos los puntos cardenales de América Latina y del mundo.

Vamos a pedir a la Madre de Dios, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que cuide la vida de todos los cristianos. Ella, que es la Estrella de la Evangelización, guíe nuestros pasos en el camino al Reino celestial:

“¡Madre nuestra, protege la familia brasileña y latinoamericana!

Ampara, bajo tu manto protector a los hijos de esta Patria querida que nos acoge,

Tú que eres la Abogada junto a tu Hijo Jesús, dale al Pueblo brasileño paz constante y prosperidad completa,
Concede a nuestros hermanos de toda la geografía latinoamericana un verdadero fervor misionero irradiador de fe y de esperanza.

Haz que tu clamor de Fátima por la conversión de los pecadores, sea realidad, y transforme la vida de nuestra sociedad.

Y tú, que desde el Santuario de Guadalupe, intercedes por el pueblo del Continente de la esperanza, bendice sus tierras y sus hogares.


Amén

 

 

 

 

Fuente:Zenit


 

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