Habemus Papam!

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Prisas por toda Roma tras la fumata blanca

Comienzo esta crónica cuando ya ha aparecido la fumata blanca sobre el tejado de la capilla Sixtina y se ignora aún el nombre del que va a ser, a partir de ahora, Padre y Pastor de la Iglesia Universal. A mi lado están, entre otras personas, un no católico japonés, que está viviendo intensamente estos momentos.

Me parece un ejemplo llamativo de lo que sucede a escala planetaria, porque la elección de este nuevo Papa no concierne solo a la Iglesia Católica, sino al mundo entero. Interesa a los cinco continentes, y muy particularmente a las mujeres y hombres de buena voluntad.

Las campanas del Vaticano repican a gloria después de veinticinco horas de Cónclave, mientras una muchedumbre, un río humano de personas jubilosas, la mayoría corriendo, abarrotan la Via della Conciliazione y la Plaza de San Pedro. Miles de personas gritan y vitorean al nuevo Papa, de nombre aún desconocido, agitando paraguas de colores y banderas de numerosos países: Malta, Canadá, Chile, de México, España, Argentina, Perú...

Hay personas de los enclaves más diversos y alejados entre sí de la tierra, unidos por un gozo común. Al fondo, junto a la Columnata, unos jovenes ondean una gran bandera vaticana, amarilla y blanca.

Hay personas asomadas desde todos los balcones y terrazas que dan a la Plaza de san Pedro, como un símbolo de los millones que siguen este acontecimiento histórico asomados a las pantallas de televisión de los cinco continentes. Pocos sucesos de la sociedad globalizada adquieren una dimensión tan global como ésta.

 

Las miradas, fijas en la fachada de Maderno

El hecho de que haya habido una fumata antes de la hora prevista -las siete de la tarde- ha indicado claramante que la Iglesia cuenta con un nuevo Papa. Todas las miradas se concentran en la fachada de Maderno. La multitud aguarda ansiosamente a que se enciendan las luces de la Sala de las Bendiciones. Eso significaría la llegada inmediata del cardenal protodiácono dispuesto a dar el gran anuncio.

Pasan los minutos. Bajo la gran balconada, un altorrelieve representa el momento en el que Jesucristo entrega las llaves a san Pedro, aquel pobre pescador de un país pequeño y sin importancia dentro del Imperio Romano. La Iglesia es experta en humanidad, pero también en paradojas, que llega al extremo en la terrible y luminosa, dolorosa y gozosa al mismo tiempo -por ser fuente de esperanza-, paradoja de la Cruz, triunfo y derrota.

Las muchedumbres están cantando ya, y esto me lleva a la reflexión. No aguardan a conocer al hombre concreto para manifestar su alegría o su echazo. Están contentos porque la Iglesia cuenta ya con un Pastor: el nombre, la persona del elegido, el color de su tez, el acento, la lengua, el carácter, importan menos: ese hombre es Pedro, nuevo Vicario de Cristo. Su origen geográfico, su nombre, su edad -datos que aún ignoro cuando tecleo estas palabras- son elementos secundarios: es al sucesor del Príncipe de los Apóstoles, al que se aguarda, al que se espera.

Por eso este júbilo, me parece de gran calado teológico.

Unos funcionarios del Vaticano despliegan el gran tapíz con el escudo del pontifice anterior. Llega la Guardia suiza desfila para rendir los honores al nuevo Papa.

Suena un fragor. Se abre la puerta del balcon. Sale el cardenal para anunciar al nevo Pontífce, al Padre y Pastor de la Iglesia Universal. Cae algunas gotas de lluvia.

-Fratelli e sorelle.... Queridos hermanos y hermanas.

Repite el mismo saludo inicial en francés, en inglés, en alemán.

-Anuncio vobis gaudium magnum...!

Suena un nuevo estruendo de alegría.

-Habemus Papam

El silencio se apodera de la Plaza cuando comienza a decir la antigua fórmula:

-Eminentisimum et reverendisimum cardinalem dominen Josephum Sancta Romanae... qui sibi nomen imposuit: Benedictus XVI

-Benedicto XVI! El nuevo Papa ha elegido suceder, en el nombre, a aquel gran Papa del siglo pasado, Benedicto XV, que gobernó la Iglesia en tiempos difíciles: los de la Primer Guerra Mundial. Benedicto XV: el Papa de la Paz, que salvaguardó, en circunstancias durísimas, la neutralidad de la Santa Sede; el Papa de la formación y santificación de los sacerdotes; el gran diplomático al servicio del hombre; el Papa del amor fraterno, que abrió los brazos de par en par a todos los hombres.

En vida aquel Papa cosechó críticas por sus esfuerzos para lograr la paz, por parte de ambos contendientes, empecinados en mantener una guerra y un tratado de paz que sería el germen de una nueva Guerra, aún más terrible; pero a la muerte de aquel Papa de pontificado breve todo tipo de personas, católicos y no católicos, se sumaron al aplauso por el Papa que mantuvo la llama del cristianismo viva en un tiempo de desolación, cuando gran parte del mundo rezumaba odio y violencia.

Benedicto XV: los turcos levantaron un monolito en Constantinopla en su honor en 1921. En él se lee como se le considera un Padre Común porqe había sido un "benefactor de todos los pueblos, sin distinguir nacionalidades o religiones"

Sale el nuevo Papa.

“Queridos hermanos y hermanas –dice Benedicto XVI- para suceder al gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, que soy un humilde trabajador de la Viña del Señor… Me consuela el hecho de saber que el Señor se sirve de instrumentos insuficientes y confío en vuestras oraciones...

Sigue una invocación a Cristo Resucitado y a la Virgen. El nuevo Papa da la bendición urbi et Orbe. Sonríe y la oración se trasluce en sus ojos.

Se llamaba Ratzinger, un cardenal alemán que ha muerto en este Cónclave, para convertirse en el Primer Papa del tercer milenio, en el Padre común de todos los cristianos, en una luz para todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

José Miguel Cejas

 

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