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I Aniversario de Benedicto XVI: ¡Señor, no me hagas esto!”


 









Rafael Navarro Valls, catedrático

Por tres veces Ratzinger había pedido al Papa Wojtyla que le permitiera volver a Baviera para pasar allí «los últimos años de mi vida». Juan Pablo II se negó, también por tres veces, a aceptar esa petición. Razón: «Le necesito a mi lado».

En su último libro, Juan Pablo II había llamado al hoy Benedicto XVI mio fidato amico, una apreciación que rara vez el Papa polaco había hecho expresamente. Por lo menos, por escrito. Ese amigo «fiel», pero nostálgico de su tierra alemana, inopinadamente es elegido Papa con 78 años.

El mismo narra su desconcierto cuando, hoy hace un año, el desarrollo de las votaciones en el Cónclave le permitió comprender «que la guillotina caería sobre mí». Sus palabras fueron: «Señor, ¡no me hagas esto!».

Así fue cómo un anciano cardenal, que creía haber realizado ya la obra de toda una vida , se encontró pilotando la nave de la Iglesia en aguas turbulentas. Un año después se ha duplicado -a veces triplicado- la presencia de peregrinos en las audiencias de los miércoles. ¿Razón? Varios factores podrían explicarlo.

Uno sería el efecto arrastre de los días de máxima exposición mediática durante el último mes de la vida de Juan Pablo II. Sin embargo, como autorizadamente se ha precisado, la verdadera causa ha sido no tanto la «fascinación de la novedad» cuanto «la fascinación de la religiosidad».

Este Papa, siguiendo la estela del anterior, está rompiendo el prejuicio anticristiano que parecía inevitable en la modernidad. Se ha convertido en el protagonista mundial de una visión del hombre no reconducible a pura biología, en un Pontífice en diálogo dialéctico con la modernidad.

En ese diálogo sabe combinar riqueza conceptual y claridad expresiva. Se hace entender por cristianos corrientes y por teólogos; por gente sencilla y por filósofos. Una rara cualidad. ¿Significa esto que Benedicto XVI continuará siendo un pensador eurocéntrico, un teólogo sin ilusiones tercermundistas cuyo interlocutor parece ser siempre el hombre de Occidente?

No lo creo, si estamos a los datos que aporta su primer año de Pontificado. Recién elegido comenzó a insistir en que el primer desafío de la Humanidad es «la solidaridad entre las generaciones, los continentes y los países». Su primera encíclica ha sido una encíclica social, que apunta directamente hacia ese 62% de católicos que viven en zonas deprimidas del Tercer Mundo: Iberoamérica, Asia y Africa. Y hace unos días ha vuelto a insistir en la responsabilidad de todos de acabar con el cáncer de la pobreza.

En este primer año, el Panzer cardenal (como algunos lo calificaban) se ha asemejado «más a un arado que a una máquina de guerra», por decirlo con palabras de Vittorio Messori. Se ha movido con una lenta cadencia, pero ha hecho mucho más de lo que externamente se percibe. No ha aplanado la tierra como una apisonadora, más bien la ha removido preparándola para la siembra.

Es lo que se ha llamado «el método Ratzinger»: primero el diagnóstico, luego la terapia. Algunos medios están confrontando el primer año de Benedicto XVI con el de Juan Pablo II. De modo -dicen- que a un Papa mediático habría sucedido un Papa pensador. Como si el habitat habitual del Papa Wojtyla hubiera sido la multitud y el del Papa Ratzinger la interioridad.

Esto explicaría, se concluye, el perfil más contenido del Papa actual en cuanto al número de discursos, viajes, apariciones públicas, audiencias, visitas, etcétera. Además de la diferencia de personalidad, en esos análisis se olvida -como se ha precisado desde Roma- que Benedicto XVI ha iniciado su Pontificado con 20 años más que Juan Pablo II, y que, por tanto, concentra su actividad en los aspectos que considera esenciales. Quizá por eso -como si el tiempo que le quedara fuera poco- ha insistido en que su verdadero programa de gobierno no se centrará en seguir sus propias ideas, «sino dejarme conducir por el Señor, de modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra Historia». El filósofo Giovanni Reale, al analizar las diferencias entre los dos papas, puntualiza que «se refieren a la forma, no a la sustancia».

Juan Pablo II «tenía un enorme talento de comunicador, Benedicto XVI es más un pensador, pero las cosas que dicen son las mismas». Por ejemplo, Benedicto XVI acaba de enumerar algunos principios innegociables para un cristiano en política.

Con la claridad de un profesor los ha sintetizado así : 1) Protección de la vida en todas sus fases, desde la concepción hasta la muerte natural; 2) Reconocimiento y promoción de la estructura de la familia, basada en el matrimonio entre hombre y mujer ; 3) Protección del derecho de los padres a educar a sus hijos. Sin olvidar lo que antes había dicho en su encíclica Deus caritas est al hablar de la lucha contra la pobreza, que no es «simple filantropía» sino verdadero «impulso divino».

Estas cuatro prioridades son prácticamente las mismas que Juan Pablo II marcaba a los laicos en su quehacer social y político. Antes he dicho que parece moverse lentamente, lo cual no significa que no sea un Papa dinámico.

Veamos.

Ha desplegado una actividad importante en el último Sínodo de Obispos, que ha presidido con intervenciones no programadas.

Logró concentrar más de un millón de jóvenes en Colonia, a los que estimuló sin cesar, anunciando ya su próximo encuentro con ellos en Sydney.

Tiene programados viajes a Polonia, España, Alemania y Turquía. Ha publicado su primer libro como Pontífice, y ha presidido un Consistorio en el que ha creado un buen número de cardenales.

Su primera encíclica ha tenido notable resonancia mundial, y todo parece apuntar a una cercana reestructuración de la Curia.

Ha renunciado a la denominación de Patriarca de Occidente, con clara intencionalidad ecuménica, siendo también el primer Papa en visitar una mezquita en Roma, insistiendo en el diálogo con el islam «moderado».

No duda en recibir a Hans Küng, al tiempo que intenta hacer volver al redil a los discípulos de Lefebvre. Sigue las huellas de su antecesor, pero sin sentirse «condicionado» por él. Juan Pablo II ha sido el último Papa a caballo entre los siglos XX y XXI.

Benedicto XVI es el primero del siglo XXI. Es consciente de que debe continuar con esa revolución que supone recuperar los valores morales y espirituales, perdidos en el tumulto de un flujo continuo de ideas, tantas veces transportadas en un perpetuo presente electrónico.

Sacar el cristianismo de la periferia de la Historia, y situarlo en el centro del quehacer humano. Esa parece ser su misión.

 


 

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